“Me salvé porque me metí en la tumba”

Por Luis González González – La Estrella.-

 

 

 

 

 

 

 

Cuando las llamas se englobaron despiadadas en la celda 6, a David Ríos Suazo un impulso de desesperación lo llevó a meterse debajo de la “tumba” de cemento. Un reducido espacio mal cuadrado en el que apenas cabía su flaco cuerpo de 17 años, el cual tuvo que disputarse con uno de sus amigos para poder sobrevivir, según cuenta Yesica, su hermana mayor.

Ríos y Cristian Mora, de 16, son los únicos que salieron con vida después de ser internados en la Sala de Quemados del Hospital Santo Tomás. Lo hicieron a los 31 días Ríos, y a los 57 Cristian. Ambos, con medida cautelar de casa por cárcel concedida por las autoridades ante lo ocurrido, dejaron el hospital custodiados por los abogados y familiares, y perseguidos por cámaras y micrófonos de periodistas intentando saber qué desató el incendio.

David volvió a su casa en Santa Eduvigis de Tocumen, cerca del aeropuerto internacional, no muy lejos del Centro de Cumplimiento, el jueves 10 de febrero, luego de un mes de hospitalización por las quemaduras que sufrió. El sábado siguiente reveló en una entrevista al diario La Estrella que ellos en la celda 6 no participaban de la revuelta en el Centro. Estaban encerrados, de otra manera no se habrían quemado. Aún así les dispararon perdigones. A Mora le dio uno en la mano. Aseguró que la segunda lacrimógena que metió el policía por la ventana fue la que generó el fuego en un colchón. “Me salvé porque me metí en la tumba… Pedíamo’ que nos dejaran salir, los policías nos insultaban, se reían. Cuando ‘tábamos en el patio nos pegaron”, expresó con ese acento de chico de barrio que mutila las palabras. Le dieron hasta en la cabeza. Las cicatrices se le veían todavía frescas en medio de los espacios trasquilados en su cabello. Su voz estaba ronca por los gritos y el efecto tóxico del gas lacrimógeno mezclado con el humo del fuego. Las quemaduras color rosado en un brazo y su cuello, lo martirizaban todavía así estuviera en el calor de su casa, con su madre y hermanos.

Eso fue lo único que dijo David ese día, en medio de las investigaciones del Ministerio Público y la asesoría de su abogado.

 

Traumas y pesadillas

—A David se le hizo mucho daño. Ahora hay que sacarle las palabras, esquiva hablar de lo que pasó —explicó su hermana Yesica a finales de junio, pasados casi seis meses de la tragedia en el Centro y cinco de la salida del chico del hospital. La mujer de 25 años hablaba con timidez y consternación a la vez, y en los ojos una mirada de misterio en cada frase que pausaba.

—Cuando se prendió el colchón en la celda, Cristian y mi hermano se pusieron mucha ropa porque el fuego no se apagaba—. Eso le dijo David en charlas entre hermanos que se tienen confianza.

Ella había decidido atenderme luego de varias llamadas a su celular. La encontré mientras esperaba en la Pediátrica del Seguro en Carrasquilla a que la atendieran para ponerle mascarillas a sus dos hijos, de 4 y 2 años. A los niños los tenía congestionados el resfriado y a pesar de eso corrían inquietos por los pasillos.

—Mi hermano pudo haber sido lo que fuera, pero estaba en perfectas condiciones; el deber de ellos era devolverlo bien.

Ríos purgaba tres años por un robo agravado —arma de fuego— a una estación de gasolina, del cual Yesica dijo no recordar detalles ni cuánto tiempo había pagado en la cárcel. Lo que sí recordó bien fue que los últimos meses del hermano en su casa habían sido diferentes. Su mal humor por cualquier cosa, combinado con el desánimo, en principio hicieron ver a su familia a un David distinto. Ese David que antes cooperaba voluntario con los oficios, parecía no tener ganas ni por la vida. Para Yesica, había que ponerse en los zapatos del hermano para entenderlo. Desde su regreso, hubo muchas noches en las que no quería que le apagaran la luz para dormir.

David le confesó en confianza que cuando despertó del coma en el hospital veía a muchas personas a su alrededor, pero no había nadie. Y que en una ocasión se tiró de la cama asustado por las pesadillas en las que se veía quemándose. Despertaba ahogado por la debilidad de sus pulmones. Se le aparecían las escenas de sus seis amigos de celda entre las llamas; esas imágenes irrumpían abominables entre los recuerdos de amistad con sus compañeros a pesar de pasar el tiempo. “Él recuerda a José Frías con el pellejo colgando de los brazos; los gritos, rostros, llamas…”. Fue David quien dio aviso a los policías que uno de ellos estaba adentro porque no podía caminar; estos se habrían negado a buscarlo ordenándole que fuera con Cristian a sacarlo.

—Él dice que tiene que ser fuerte, que él es hombre. Por eso no lloró en la reconstrucción del caso (marzo pasado). Cristian sí —repasó la muchacha  reacomodando el volumen de su peso en la silla de espera, mientras regañaba a sus hijos para aquietarlos. El más chico se agitó en tos y el grandecito, enojado, no quería hacerle caso.

 

Nuevas ilusiones

Para esos días las cosas empezaban, sin embargo, a bosquejar nuevos horizontes. Aunque mantenía una parálisis parcial del cuello al mentón, David ya podía pronunciar sílabas más entendibles. Y una nueva relación con una muchacha que lo visitaba le revivía las ilusiones. “Eso le ha despertado ganas de trabajar para ayudarla, ella tiene un hijo de otra relación que fracasó”. Algo de suerte lo acompañaba también. En una construcción cercana donde trabajaban conocidos suyos le ofrecieron un puesto para ayudarlo. Incluso, no sería necesario que hiciera tareas pesadas por su condición de salud. Su abogado le recomendó que no, por su condición con la justicia, subrayó la hermana.

Tendría entonces que seguir con los videojuegos, el celular, el internet o la televisión en casa. Solo podía salir cuando iba a terapia psicológica. Su madre y Yesica, pendientes de esas evaluaciones, sabían que el asunto tomaría tiempo. Tiempo para curar heridas de la carne y de la mente… Y es que en la infancia de David se repite el mismo patrón que en la de Omar, el hijo de Marquesa Bersal, uno de los fallecidos que dejó el incendio. Épocas turbulentas en su familia que no pasaron en vano, por las que dejó la escuela y se involucró en malos pasos. A pesar de eso, David culminó un curso de sastrería en el que  lo inscribió la mamá y en el Centro estaba tranquilo.

—¿Sabes el nombre del otro que presuntamente no cabía con tu hermano en la tumba? —Era uno que ellos llamaban “Hijo” —respondió llena de dudas. Sus ojos parecían volver a ver entonces en la nada. Otro misterio: doña Marquesa había dicho sin recordar nombres que una hermana de uno de los sobrevivientes le decía que el muchacho siempre preguntaba por Omar, creyendo que aún vive. “¿Ustedes no le han dicho que Omarcito murió?”, le preguntaba ella sin obtener respuesta en esos encuentros por gestiones en el Ministerio Público.

 

Malos reportes

En el transcurso del año, David Ríos Suazo ha tenido otros tropiezos con la ley. Durante un hecho confuso de aparente violencia intrafamiliar a mediados de abril, su padrastro lo acusó de haberle disparado con un arma de fuego en la casa. La Policía informó que el hombre mostró en la denuncia los orificios de bala en su automóvil. La madre de David, María Suazo, de 45 años,  con golpes en la cara alegó que el hombre con quien tuvo una relación irrumpió en la casa y la agredió e intentó ahorcarla, por lo que su hijo salió en su defensa.

En el mes de junio, David fue detenido por policías cerca del Centro de Menores Arco Iris que le habrían encontrado con una platina en momentos que se daba un motín en ese reclusorio.

Más tarde, para el 13 de julio, los medios informaron de su detención cerca de su casa en Santa Eduvigis. En dicho incidente el capitán José Ríos, del área policial de Tocumen, explicó que a David se le halló cinco carrizos de presunta cocaína y que quiso huir de una ronda de agentes. La defensa legal del muchacho, liderada por Pablo Quintero, indicó a los medios que lo encontrado podía ser “para su consumo”; no obstante, por tener ya 18 años quedó a órdenes de la Fiscalía de Drogas.

A finales de noviembre, otro caso confuso fue alertado por la Policía Nacional. Un menor de 17 años, sobreviviente de la tragedia de los quemados el 9 de enero, y que gozaba de medida cautelar de casa por cárcel, resultó detenido después de disparar a los cabos César Bonilla y Héctor Quintero. El caso fue dado a conocer en un boletín de la Policía sin especificar el nombre del menor.

 

 

Foto: archivo La Estrella

 

Sin comentarios

Responder

Su dirección de email no será publicada