Perfil del Loco Barrera, el narco que guarda los secretos del crimen colombiano

Juan David Laverde Palma. El Espectador.-

De cotero en Corabastos pasó a convertirse en el último gran capo del narcotráfico en Colombia. Nacido en Bogotá en noviembre de 1968, Daniel Barrera Barrera, alias El Loco, fue heredero y promotor de la maquinaria de guerra en los Llanos Orientales durante las últimas dos décadas. En 1988 su hermano mayor, Ómar, lo inició como cocinero en los laboratorios de droga en las selvas del Guaviare. El curso de matón vendría después del asesinato de Ómar el 1° de enero de 1990 en El Retorno (Guaviare). Cinco meses tardó en tomar venganza: uno a uno cayeron los sicarios de su hermano. Entonces saltó de raspachín a patrón local.

El 7 de febrero de ese año, sin embargo, fue capturado en San José del Guaviare. De allí se fugó apenas ocho meses después. De vuelta al negocio, para evadir la mano de la justicia, suplantó a su hermano Arnoldo —quien tiene síndrome de Down— y dicen que le cortó a Ómar el dedo índice antes de enterrarlo para autenticar documentos de su naciente fortuna. Sus hermanos José Demetrio Rubiel, Álex, César y hasta sus mujeres terminaron secundando sus andanzas. Para 1992 ya le colaboraba en sus vueltas al capo Miguel Arroyave.

Mientras el país veía caer a Pablo Escobar Gaviria en un tejado en Medellín y un par de años más tarde eran capturados los hermanos Rodríguez Orejuela en Cali, El Loco Barrera seguía en lo suyo en su centro de operaciones en Guaviare: al tiempo que trababa alianzas con el cartel del norte del Valle en cabeza de Beto Rentería y Jhony Cano, lo hacía con los frentes 40 y 43 de las Farc, al mando de Géner García, alias John 40. Así traficó a sus anchas mientras Colombia fijaba su atención en el narcoescándalo del Proceso 8.000, después el Caguán, en seguida Ralito y, al final, en la extradición de los jefes paramilitares. Todos ellos sus antecesores, por supuesto.

Para el año 2000 se conectó con Luis Agustín Caicedo Velandia, Julio Lozano y Claudio Javier Silva Otálora, un triunvirato del que se documentó que constituía la mayor organización criminal desde el ocaso de los carteles de Medellín y Cali. De esa manera, El Loco extendió su círculo de lavadores y su red de sicarios. A la par tuvo cinco hijos con distintas mujeres. Con una particularidad: todos aparecen registrados como hijos de Arnoldo Barrera. Las autoridades calculan que el mayor tiene 23 años y el menor 7. Su ambición hizo que trasladara sus negocios a Bogotá.

Compró tierras en Tenjo y Tabio (Cundinamarca) y desde Chía despachaba como hacendado sin requerimiento alguno de la justicia, aunque ya figuraba en el radar de algunos investigadores. Uno de sus predios fue allanado en medio de una cita de negocios con Beto Rentería y Jhonny Cano, pero logró escapar. Regresó a Guaviare, estrechó sus vínculos con otro coloso del narcotráfico, Pedro Oliverio Guerrero Castillo, alias Cuchillo, y tras la muerte de Miguel Arroyave, en 2004, su ‘narcoimperio’ se extendió hasta el sur del país.

Empresas de transporte, agroindustriales y firmas de ganado fueron usadas por su organización para lavar dinero. Un ejemplo de ello fue la Comercializadora de Carnes Continental: en 2003 facturó $1 millón de ganancias. En 2009, $40 mil millones. Su red de testaferros la encabezaban Danilo Bustos –ya extraditado–, Wílmer Ospina y Armando Gutiérrez Garavito. Todos aparecen referenciados en la investigación que adelantó el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, luego de incluir sus bienes y empresas en la llamada Lista Clinton.

A pesar de la visibilidad que fue ganando para los organismos de inteligencia, Barrera siguió fraguando alianzas y en frentes paralelos negoció con paramilitares y guerrilla. La Unidad Antimafia de la Fiscalía fue estrechándole el cerco y poco después de la ‘Operación Cuenca del Pacífico’ en 2010, en la que cayeron sus socios Lozano, Caicedo y Otálora, también fueron detenidos nueve miembros de su organización, incluidos su mamá Ana Silvia Barrera, su hermano Arnoldo y los esposos de sus sobrinas, Óscar Alberto Jerez Pineda y Jaime Jerez Galeano.

Su organización fue desmoronándose a destiempo. La DEA terminó de proveer datos esenciales para la captura de su círculo más cercano y sólo faltaba que cayera él. La telaraña comercial edificada por Barrera Barrera quedó en evidencia y múltiples procesos de extinción de dominio se abrieron para decomisar esa fortuna ilegal. Como ya es costumbre, cortes federales de los Estados Unidos documentaron con mayor velocidad las andanzas del último gran capo del narcotráfico. En Colombia, según datos de la Fiscalía, apenas tiene un proceso por narcotráfico.

Acosado por las autoridades, desde hace un año inició contactos, a través de emisarios, con agentes norteamericanos. Incluso llegó a decirse en un momento que estaba ad portas de entregarse, pero, de nuevo en Venezuela, como pasó con el narcotraficante Maximiliano Bonilla, alias Valenciano, cayó luego de un operativo que estuvo coordinado desde Washington por el comandante de la Policía, general José Roberto León Riaño. La noticia recordó tantas otras ya divulgadas en un país en el que se recicla la mafia con la misma velocidad con que se mueve el rentable negocio de la droga.

Muchas verdades sobre la violencia de Colombia reposan en los secretos de este capo. ¿El Loco estará dispuesto a contárselas a la justicia?

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