Abuso y pornografía infantil: el silencio es complicidad

Abuso y pornografía infantil: el silencio es complicidad

Los procesos de visibilización del abuso sexual infantil son lentos. No alcanza con romper el silencio: es muy importante cómo reaccionamos frente a eso que nos resulta siniestro.

03/06/2019

Por María Cristina Borgobello*

El Garrahan se enteró de que uno de sus médicos distribuía pornografía infantil el día que lo detuvieron en el estacionamiento del hospital, a pesar de que los investigadores hacía seis meses que habían allanado su casa. Desde ese momento la institución se puso a disposición de la justicia: se presentó como querellante en la causa y ofreció todo su aporte.

En los casos de abuso infantil no siempre las instituciones acompañan estos procesos. Muchas veces prefieren el silencio. Miran para otro lado porque temen el desprestigio.

Los procesos de visibilización del abuso sexual infantil son lentos. No alcanza con romper el silencio: es muy importante cómo reaccionamos frente a eso que nos resulta siniestro. La psicoanalista de niños, niñas y adolescentes Susana Toporosi dice que “narrar el trauma no consiste en contar los acontecimientos, sino que implica haber realizado algún trabajo de apropiación de eso ocurrido por parte del yo,  entender el lugar que esas vivencias tuvieron en la propia historia, vale decir, haber transformado las vivencias en experiencias”.

Las denuncias interpelan a las familias y a las instituciones. Para que un abuso se instale deben existir otras complicidades, tal vez no conscientes. La primera barrera institucional la ponen los adultos que no quieren intervenir. Muchos docentes, pediatras y psicólogos tienen sospechas pero callan. “Para qué denunciar si la justicia no hace nada”, argumentan. El silencio es complicidad.

Lo que no terminan de entender es que un “Yo te creo” hace la diferencia. Una denuncia pone límites al abusador, que comienza a sentirse observado. Una condena es liberadora y ordenadora para la víctima.

M es una niña con discapacidad. Hace algunos años en la institución a la que asistía comenzamos a notar cambios en sus conductas: insultos, gestos obscenos, se irritaba con cierta facilidad. En sus dibujos aparecían datos que permitían sospechar que vivía situaciones de abuso sexual. Un día, después de mucho trabajo, lo pudo contar: el transportista, el hombre que llevaba todos los días a su casa, abusaba de ella.

Desde la institución acompañamos a la familia en la denuncia judicial. Nos enteramos que en otra institución había ocurrido un caso similar con el mismo transportista. Había un problema: no todos los padres se animaban a denunciar. También avisamos a la obra social, que tenía al hombre en su cartilla de prestadores, para evitar futuras derivaciones.

La causa judicial nunca avanzó. Unos años después, una de las colegas que había trabajado en el caso, atendió a otra niña abusada por el transportista. Había sido recomendado por la misma obra social.

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El abuso sexual y el consumo de pornografía infantil son de los delitos más aberrantes que pueden suceder. Cuando estos hechos implican a las instituciones, (jardines de infantes, psicólogos, un pediatra del Garrahan) producen una conmoción familiar, aparecen las culpas, los miedos y la vergüenza. Padres y madres sienten no haber sido lo suficientemente protectores.

No es lo mismo que las imágenes encontradas en la computadora del pediatra del Garrahan hayan sido tomadas dentro de la institución o no. Para las familias puede ser un alivio saber que sus hijos e hijas no aparecen en esas fotos. Pero sigue siendo terrible saber que depositaron su confianza y expusieron a sus hijos a esta persona.

El perverso no siente culpa, logra que sean las víctimas quienes se sientan así. De alguna manera, esas familias también son víctimas de ellos.

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Los que trabajamos con niñxs hablamos de la culpa y la vergüenza que sienten. Ese niño o niña se siente responsable. “Algo hice yo para que me pase esto”.

A la culpa le sigue el silencio. Con el tiempo suelen aparecer el olvido o la confusión de los hechos. Funcionan como una herramienta protectora y refugio de aquello intolerable.

Pero lo traumático reaparece como síntoma: el cuerpo habla, los dibujos y los gestos dicen mucho. Lo silenciado vuelve con llantos repentinos, cambios de conductas, irritabilidad, gestos, miedos que antes no estaban, dolores de estómago, alteraciones en el sueño

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P es una adolescente que padece un síndrome. Después de un año de trabajo pudo denunciar a quien abusaba de ella. Lo hizo en una de sus terapias y luego en la institución.

La institución escuchó a la niña y nos escuchó a las profesionales que trabajamos con ella. Igualmente se negaron a denunciar. “Es muy común que estas niñas, en estas épocas de movimientos feministas y tanta exposición en la TV acusen sin ser cierto”. “No podemos entender cómo pueden tener certeza de que esto esté ocurriendo”. “Ustedes pueden destruir una familia con semejante denuncia”.

La culpa es del abusador pero la responsabilidad es de todos y todas.

*Psicóloga. Trabaja con niñxs y adolescentes.