Argentina: El horror en un pueblo apacible

Por María Sol Amaya – Para Cosecha Roja.

Se cuelga su mochila roja y sale corriendo apenas toca el timbre. Se mezcla entre la marea de guardapolvos blancos. Es mediodía y la avenida principal de la pequeña ciudad de Lincoln se llena de colectivos escolares, autos estacionados en doble fila y padres aguardando en la puerta de la escuela a que salgan sus hijos.

Tomás Dameno Santillán, como muchos otros chicos, vuelve caminando a casa. Apenas doce cuadras las lo separan de su madre, que lo espera con la comida lista. A diferencia de otros días, esta vez no lo acompaña su primo.

Susana Santillán mira el reloj. Algo le preocupa. Hace tres meses que viven en la parte de atrás de la pensión de la calle 25 de mayo, a donde se mudó huyendo de una relación con el padre de su segundo hijo, un bebé de apenas 6 meses. Tomás tiene 9 años y no puede perderse, pero no llega. Susana sale desesperada a preguntar por él.

Cuando Eva Moretti, la dueña del quiosco de la esquina, la ve entrar, piensa: “turrones y chicles”. Es lo que generalmente pide Tomás. Pero él no está con su madre. “¡¿Lo viste?! ¡Decime que lo viste!”. Eva niega con la cabeza y se ofrece para ayudar a buscarlo.

El boca en boca se convierte casi inmediatamente en cientos de folletos con la foto de ese nene de 1,20 metros, ojos marrones, pelo rubio y una sonrisa que deja al descubierto dos paletas separadas.

Claudia Depetri no lo conocía. Pero no lo dudó ni un minuto. Hizo varias fotocopias de los volantes y salió a repartirlos. No había negocio o vehículo que no llevara una foto con los datos de Tomás. Era casi imposible que un niño pudiera desaparecer ante los ojos de todos, en plena calle y sin que nadie lo notara.

Tres días inciertos

A casi 400 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, los 40 mil habitantes de Lincoln, esta pequeña localidad bonaerense, pasan tres días sumidos entre la esperanza y la incertidumbre. Las plazas están vacías y la mayoría de los padres ya no deja a sus hijos jugar solos en la calle, una costumbre que en este lugar se mantiene en todos los barrios.

Mientras tanto, todo un equipo de voluntarios realiza rastrillajes en la ciudad y sus alrededores. Mónica Roldán deja en segundo plano su trabajo en el hogar de día para sumarse a la búsqueda que realiza Defensa Civil.

Es una más de tantos otros en esa misión, y camina sin saber que será ella la que de por finalizada la tarea. Algo asoma entre los yuyos en un descampado. Está a unos 7 kilómetros de la ciudad. Se acerca con cuidado. Las zapatillas verdes, la remera del mismo color, el guardapolvo blanco. El cuerpo de Tomás inerme, su carita con algunas marcas de golpes. Mónica se descompone.

La noticia se desparrama entre todos los vecinos. Es el único tema de conversación entre la gente. “¿Cómo está señora?”, pregunta a su clienta Alfredo Romero, dueño de la casa de pastas de al lado de los Santillán.

“Mal”, responde Ana María Ríos, conmovida. Ella tiene tres hijos. “Muy mal. Es terrible, terrible”, repite. Y se agarra la cabeza.

La escuela cierra por luto. “Tomás era un santito. Estamos destrozados”, dice una señora, mientras ata un ramo de flores a las rejas de la entrada de la institución.

A 80 kilómetros de Lincoln, en medio de la nada, hay un pequeño poblado de apenas 400 habitantes. Timote, el pueblo donde crecieron los padres de Tomás, es el lugar elegido para la despedida. El sol raja la tierra. Las callecitas de tierra reciben una inesperada avalancha de periodistas. Están todos; nadie del pueblo ha faltado a la hora más negra de los Santillán.

Serán siete horas de llanto desconsolado, seguidas de un peregrinaje hasta el cementerio.

Bajo la lupa

La mirada de la Justicia comienza a girar en torno a Adalberto Cuello, el padrastro de Tomás. Había hecho amenazas, no podía aceptar el rechazo de Susana. Cuando ella se mudó a la pensión con el hijo de ambos y Tomás, Adalberto le envío una bolsa con todas las pertenencias de su hijastro destrozadas: fotos, juguetes, dibujos.

La aparición del pequeño cadáver desata la furia de la ciudad. “Si de mí dependiera, lo colgaría en medio de la plaza”, dice una señora entrada en años, los ojos enrojecidos, sentada en la esquina de la cuadra donde viven los padres de Adalberto.

Pero la mujer no es la única que lo piensa.  El fiscal Javier Ochoaizpuro traslada a Cuello a Los Toldos, apenas unos kilómetros a las afueras de Lincoln. Hasta allí lo sigue un grupo de personas pidiendo Justicia a los gritos. Durante unos minutos se enfrentan con los policías que custodian el lugar. “Homicidio agravado con ensañamiento y alevosía”, será el delito que pedirá poco después, y que el juez aceptará para dictarle la prisión preventiva. A Cuello ya casi no le quedan coartadas del día que desapareció Tomás. Estuvo con su novia. Ella lo niega. Fue a pedirle dinero a un amigo. Él lo niega.

En un calabozo del penal 49 de Junín, Cuello  “llora y clama por su inocencia”, contó su abogado. Pero la última evidencia de la investigación parece desmentirla de plano: encontraron rastros del perfil genético del niño en la manija del Fiat Palio que manejaba el día de su muerte. Aislado, sólo puede salir al patio custodiado por tres guardias penitenciarios: apenas si llega a oír el desprecio del resto de los presos que ya lo apodaron “el asesino de chicos”.

Foto: www.prensa-serrana.com.ar

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