Aunque las palabras tarden en salir, no nos callamos más

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Jueves, 8.30 hs. Segunda clase a residentes de un hospital del conurbano. Hay facturas, café y palabra. Se ha leído, subrayado y apuntado Miller y Laurent porque “El Otro que no existe” es la Ley que se ausenta. La simbólica y la jurídica. La que determina que no es femicidio si mata “estando enamorado”. De una chica mayor, le lleva ocho años. Que además está en otra relación.

Los opinadores, los “comités de ética” del subtítulo de “El Otro que no existe”, justifican: ya con las mujeres no se sabe qué hacer. Nunca se supo, pero ahora menos: entre las que no se depilan, las que se enamoran un tiempo de uno y luego de otro, las que no se enamoran, las gordas, las exitosas, no se sabe qué hacer.

Algunos, unos cuantos, se animan y las fajan, las violan, las matan.

Otros, unos cuantos, apoyan esos actos.

Rita Segato pone el dedo donde duele: la virilidad en decadencia. Los crímenes del poder, que buscan la mirada, la aprobación de otros impotentes. “No pude sino matarla, no pude sino violarla”. La caída del sitio de confort masculino. Pérdidas laborales, caídas económicas.

Jueves, 18.30 hs. Una chica de catorce está furiosa: hoy tuvieron clase especial de género en el colegio. ¿Por qué matan y violan adolescentes y jóvenes? Sus amigos le echan “la culpa” a que las chicas cada vez se visten “más provocativas”. Dos de sus compañeras dan el debate de moda: el largo del short, el escote. Una chica de 15 propone “cubrirse” para que no corran peligro. Dos chicas se levantan y se van, otra quiere pegarle. Varios interceden.

La chica dice: “estoy enojada”. Yo le marco que está buenísimo que puedan discutir sobre temas que las ubican en el mayor grupo de riesgo: no por cómo se visten, sino porque tienen poca tolerancia al alcohol y drogas, porque los abusadores y violentos buscan víctimas que estén solas o tengan poco entorno de contención o red, porque en la adolescencia suele ocurrir que unx sienta que no vale nada, porque la/s violencia/s tienen formas de control a veces que no se notan: revisar el celular, Facebook, stalkear los corazones de Instagram. Y luego montar la escena sobre eso: acusar, celar, violentar. Aislar.

Intento todo lo que puedo no adoctrinar sobre temas sobre los que trabajo: sí insisto en la importancia que tiene que en el colegio se ponga palabra a estas temáticas. Ya lo dije, pero lo repito: la educación sexual no son frases del colectivo “Me lo dijo un forro”. La ESI es fundamental para poner palabras a situaciones de riesgo en poblaciones –lxs adolescentes- que sienten que lo pueden todo.

Pero que siguen pensando que si tienen relaciones cuando tienen la menstruación, o si él acaba afuera, o si toman la “pastilla del día después” no quedan embarazadas. Lo que ubica, según el informe 2016 de ONU, a Argentina como el segundo en el ranking Latinoamericano de producción de embarazo en las edades entre 12 y 15 años.

En la charla les pasaron fragmentos de comunicadores: Mirtha Legrand preguntándole a una invitada “¿Vos que hacías para que él te pegara?”, Baby Echecopar afirmando que “muchas violaciones son por provocación de las nenas”, Pampita echándole en cara a Melina Lezcano que bailara reggaetón “con un camisón, ¿toda tapada en un reggaetón?”.

C. me dijo: “Nosotrxs no nos damos cuenta de las cosas que dicen en la televisión”.
Hace un año en una discusión “de novios” un chico le mordió el brazo a la chica y le rompió el celular: los padres de la chica la cambiaron de colegio. El chico terminó el año lectivo.

Son pésimos tiempos para ser mujer, sea por biología o por elección.

A raíz de un uso más productivo de las redes sociales, se dieron a conocer cantidad de abusos contra personas conocidas e ignotas.

“No nos callamos más” es un buen lema.

El resultado no es muy alentador: Farré mató a su mujer de 74 puñaladas, fue condenado por femicidio pero dá entrevistas donde sirve té y circula por la cárcel con un halo de admiración. Cristián Aldana, acusado de varios casos de abuso sexual, dá clases de guitarra en un pabellón protegido. Lucía Perez, asesinada, tiene a uno de los acusados de su caso yendo a un hospital de día para tratar “su problemática de adicciones” y su cuerpo es violentado uno y mil veces: del empalamiento y el abandono de persona a “sostener relaciones sexuales consentidas”, según la nueva autopsia. La fina ironía de varios comunicadores, afirmando no haber trabajado con mujeres porque “solo traen problemas”.
Discusiones y debates acerca de la utilidad del escrache virtual, o del tiempo transcurrido tras el abuso antes de hacer la denuncia, como si fuera sencillo.

La feminazi (identificada como mujer medio loca en tetas que no se depila y odia a los hombres) está cayendo en el ranking: todas las mujeres volvemos a tener el status de incomprensibles, insoportables, denunciadoras seriales, provocativas, querellantes.
Por otra parte, los órganos encargados de cuidar ciertas situaciones donde la violencia circula también falla: el caso Farré fue considerado “de bajo riesgo” por la OVD (Oficina de Violencia Doméstica) y –mientras se le dictaba la exclusión del hogar y el no acercamiento a menos de 300 metros- se le permitía ver a sus hijos y hasta llevarlos con él los fines de semana. 74 puñaladas después contra su madre, los hijos tramitan su cambio de apellido.

¿Cómo se dictamina bajar una pena “por amor” a quién mató de 7 puñaladas a su ex mujer? Brian Montenegro logró así eludir la condena por femicidio.

Ari Paluch se “defendió” diciendo que con su mujer “cogemos seguido” tras una catarata de acusaciones por abuso y maltrato.

Son pésimos momentos para ser mujer –biológicamente o por elección-: aumentan los travesticidios, los femicidios, la/s violencia/s familiares.

Mientras se apunta a la paranoia social por el peligro externo (“Me robaron el celular, el auto”) cantidad de cuerpos se apilan en la morgue.

Elizabeth Stenko, profesora de Criminología y Sociología en el Reino Unido, lo escribió clarito: “El debate público sobre el delito silencia nuestra compresión privada sobre el peligro personal… pese a la clara evidencia de que el riesgo de violencia interpersonal es mucho mayor por parte de quienes están cerca de nosotrxs, pareciera que nos preocupa más la amenaza de extrañxs”.

En definitiva lo que enlaza y hace palabra entre la clase a residentes del hospital de conurbano y la clase de género de un colegio secundario de CABA es que tenemos que cuidarnos entre nosotras.

No es ninguna novedad la figura de la mujer loca, querellante, mentirosa, infiel, provocativa.

La “histérica”.

Los signos que tenemos que leer es que mientras luchamos porque se nos respeten los derechos a veces dejamos entrar el asesino en nuestras casas.

Que el amor no significa control.

Ni es fijo, ni es indeclinable, ni tiene porque ser “para siempre”.

Que un short, una musculosa o un vestido corto pueden significar estar cómodas.

Que beber de más no significa un permitido sobre nuestros cuerpos.

Y qué quién asesina es un asesino.

Quién abusa es un abusador.

Y que no nos callamos más.

Aunque las palabras nos tarden unos años en salir, no nos callamos más.

Miriam Maidana
Miriam Maidana

Psicoanalista, investigadora UBACyT en Consumos Problemáticos.

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