Avalancha maldita: un argentino murió en un concierto punk en Chile

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Carolina Rojas – The Clinic.-

Gastón Eduardo Angladetti era argentino, tenía 25 años y murió aplastado en el concierto de la banda punk Doom.

El concierto de Doom era una de las tocatas punk más esperadas de los últimos años, pero todo terminó en una noche de horror en el centro de Santiago. Se culpó al movimiento, a sus costumbres, y a la estampida, que junto a la escasa seguridad, concluyó con cuatro jóvenes muertos. Ignacio Medina, una de las víctimas, tenía 17 años, no era violento, no bebía alcohol, tenía promedio 6,2 y asistía a un colegio católico de Macul. “Solo estuvo en el lugar y el momento equivocado”, cuentan sus amigos. Aquí su historia.

Son las cuatro de la tarde del sábado y afuera de la ex Posta Central en avenida Portugal solo hay caras tristes, rostros de ojos hinchados y abrazos apretados de consuelo para los familiares de las víctimas. Un grupo de jóvenes, de pelo fucsia y morado, reparte platos de comida preparada en una olla común organizada para capear el hambre en medio de la espera interminable. Allí están los amigos y padres de los cuatro jóvenes muertos y cuatro heridos en riesgo vital del fatal concierto de Doom, una banda de crust punk inglesa identificada con el movimiento anarco y el metal extremo.

“La prensa miente” “Fuerza Cabros”, dicen algunos lienzos que cuelgan de las rejas para no olvidar la tragedia. Corren las botellas de agua y los vasos de café. Todos esperan nerviosos, o apuran un cigarro, porque otros ya han corrido peor suerte: Daniel Moraga (24), Gastón Anglabeti (25) y Fabián González (22). El sábado, a las 11:40, murió Ignacio.

En las bancas de madera, ubicadas cerca de la portería, están los amigos y compañeros del estudiante, esperan ahí como si aguardaran un milagro, como si su muerte pudiera ser una equivocación. Ya no saben qué hacer con tanto cansancio, con los sentimientos de impotencia y con el dolor después de llorar a “El Medina”, así le decían a Ignacio en su curso, el cuarto B del Colegio católico San Viator de Macul. Ahora, todo parece mentira.

-El Medina está muerto, está muerto, su puesto estará vacío el lunes, es de no creer-, dice Diego Vidal, un chico robusto de polera negra, uno de sus compañeros de curso y amigo cercano, quiere recordarlo, para aliviar un poco la amargura de las últimas horas. Dice que le avisaron a través del grupo Whatsapp del curso que Ignacio estaba entre los heridos del concierto.

-Luego, en la sala de clases, el profe jefe me comunicó de que Ignacio había muerto – explica Diego, del impacto no alcanzó a sacarse la mochila, y le tocó la dura labor de avisarle a otros compañeros.

Se siente decaído y molesto por el prejuicio, por los comentarios de la gente que no hace más que justificar las muertes hablando de los punks como si no fueran personas, un grupo, una masa violenta que se mató entre ellos. “El Medina no tomaba, era vegetariano y amaba la música, es eso es lo que me gustaría que la gente supiera, tenía tatuadas dentro del labio inferior las tres equis de los Straight edge, quienes se abstienen de tomar alcohol, usar drogas y fumar tabaco”, afirma. Lo recuerda con cariño, al igual que sus otros amigos que lo acompañan.

Ignacio era alumno de un curso mixto donde la mayoría de los adolescentes se conocen desde séptimo básico. Era el mayor de dos hermanos, le sigue Martín (6), y su mayor pasión siempre fue la música: Tocaba bajo, guitarra y batería en el grupo “La perra” y tenía un proyecto solista que él llamó como Na-die, el mismo nombre que ocupaba en su perfil de Facebook. Ignacio sólo alcanzó a grabar un demo y su gusto por la música punk lo llevó a juntar la plata para ver a una de sus bandas favoritas, los británicos Doom, que venían por primera vez a Chile. El concierto era día de semana, tenía clases al otro día, por eso su novia Valentina, “La China”, no quiso acompañarlo.

“Dijo que se había gastado todas las lucas en dos entradas en el Punk Rock Festival, pero empezó a juntar plata de nuevo para Doom y estaba súper contento porque al fin los iría a ver”, recuerda su amigo Diego.

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Para sus compañeros, “El Medina”, quien con su metro 95 parecía invencible, sólo estuvo en el lugar y el momento equivocado. La banda apenas alcanzó a tocar unas pocas canciones, luego vino el caos, la avalancha, Ignacio quedó atrapado en la escalera. Según el parte médico de la ex Posta Central, su caso era uno de los más graves. “Con lesiones compatibles con un trauma torácico severo, producto de golpes o aplastamiento”.

-Ignacio quería ser sicólogo ¿sabía?- cuenta Diego mientras mira al suelo y restriega sus zapatillas polvorientas. Dice que sus ensayos de filosofía eran los mejores, que tenía de promedio un 6,2 y que en la gira de estudio a Bariloche del año pasado se fue “guitarreando” y contando chistes. Siempre los hacía reír.

Valentina, una niña de pelo rojo, que también era su compañera de curso, era su novia desde hace dos años, juntos hacían poleras en serigrafía, vendían hamburguesas de soya, peleaban en clases, se reconciliaban y entonces se volvían a sentar juntos. “La China está destrozada, no creo que pueda hablar de esto”, advierte, Katherine, otra de sus amigas.

En el velorio del lunes, en la entrada del pasaje Marta Brunet de Macul, la casa está decorada con globos negros, un cartel que dice “Na-die por siempre”, sus amigos están reunidos en un círculo sentados en sillas de colegio, en el living está el féretro, las coronas de flores, sus fotos y un collage: Ignacio junto a su padre, Ignacio más pequeño en un paseo, Ignacio y su guitarra en una de las tantas presentaciones que hizo en el colegio y en la cancha de básquetbol de la Villa Chillán.

Su madre, Judith Rozas (43), está más tranquila. Es una mujer alta y de melena castaña, lleva puesta una polera negra con dibujos de serigrafía que hacía su hijo. Álvaro Medina (46), su marido y padre de Ignacio, viste igual en una especie de homenaje. Conversan, buscan respuestas, atesoran el banano con las cosas de Ignacio: Llaves, el dinero que sobró, las dos entradas al Punk Rock Festival y el celular donde esa noche su madre le dejó 25 llamadas perdidas.

-Yo sabía que había pasado algo malo, él dijo que lo pasáramos a buscar a las 11 en el metro Santa Lucía, pero no contestaba el teléfono y empezamos a llamarlo antes de salir- recuerda su madre y todos los detalles se vuelven a hacer confusos.

Dice que muchas veces lo fueron a dejar y a buscar a tocatas en el Club San Martín, esta vez harían lo mismo. Sin embargo, el jueves Ignacio les avisó que el lugar del concierto había sido cambiado.

Ese día su hijo llegó de clases, tomaron once, su papá le preguntó qué quería comer. “Un té y pan con tomate, por favor, papá”, contestó. Después se despidió.

–Cuídate hijo, gente mala hay en todas partes y contesta el celular- le dijo Judith antes de partir. Ignacio se veía feliz.

A las 12 de la noche aún no sabían nada de Ignacio. Ambos lo llamaban nerviosos, ya un poco alterados. Judith dice que tuvo un mal presentimiento.

-Cosas de mamá, usted sabe-, explica. Recuerda que su esposo partió en el auto a buscarlo, quizás en el camino lo podía llamar. Álvaro vuelve a marcar, el celular tiene tono, hay señal por unos segundos y se tranquiliza con un pensamiento. “Debe venir en una micro”. Le contestan. Al otro lado de la línea, escucha la voz de una mujer, se identifica como una enfermera.

-Su hijo está en la UCI de la ex Posta Central, Unidad de quemados, tuvo un accidente- le informan.

Todo se vuelve a negro. Álvaro maneja a toda velocidad.

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Joven hasta la muerte

El jueves, a las 11 de la noche, Doom tocaba en el Centro de Eventos Santa Filomena, el recinto estaba lleno hasta el tope, la capacidad está habilitada para 186 personas, se vendieron 300 entradas. La tocata llevaba una hora cuando al lugar llegaron patrullas con siete carabineros. Una veintena de personas intentaba entrar sin pagar en la entrada.

Los jóvenes, agolpados en la vereda, comenzaron a tirarles objetos y a gritar “Police bastard”, tal y como dice uno de los versos de la canción de Doom del año 89’. El ambiente se vuelve espeso. La pelea escala a una batalla campal, un tira y afloja entre quienes empujaban y la seguridad tras la reja. En este punto las versiones se encuentran. Algunos dicen que las personas encargadas no eran guardias, sino amigos de los organizadores y que para reprimir la estampida -que ya llegaba a la segunda escalera que da a la pista- usaron palos y bates. La reja finalmente cedió. La primera escalera del lugar se transformó en una grieta ciega donde todo se volvió asfixia, sangre, gritos. Una pila humana.

-La gente empezó a morir ahogada, aplastados por ellos mismos, se veían las caras moradas, era el horror- dice aún con nerviosismo Max Rayo, testigo de esa noche y colaborador del sitio web sobre actualidad musical Humo Negro. Afirma que será la última vez que hablará del tema.

Recuerda a las personas subiéndose a los capós de los taxis, no como un acto vandálico, sino para hacerlos parar, una micro bajó a los pasajeros para llevar a los heridos. De entre la masa aparecían cuerpos morados, bocas sangrantes, gente sin conocimiento, jóvenes que murieron en minutos. Los gritos, el ruido insoportable de las sirenas, el shock. Cada grupo intentaba salvar a sus amigos. “No era que los punks agredieran a quienes los asistían, en muchos casos lo que pasaba era que todos querían que su amigos fuera el primero en ser atendido, era algo producto de la desesperación”, declara.

Agrega que fue cosa de minutos y que cuando pasó todo, la gente gritaba “¡Hay muertos!”. Vio algunos jóvenes pidiendo ayuda a los bomberos, que atendían según la prioridad. “Ese respira. Este otro no respira. Ese de allá se va…”. Las veredas desbordadas de cuerpos jadeantes y otros inertes.

“Hubo más heridos, unos treinta que se fueron a otros centros asistenciales”, asegura para describir ese momento en que el pánico se apoderó de todo.

Frente a las versiones cruzadas, una fuente cercana a la investigación, comentó que el Servicio Médico Legal aún no ha establecido la causa de muerte de los cuatro jóvenes y que se encuentran “indeterminadas y en estudio”. Además revela que entre los últimos antecedentes de la investigación, se está realizando el peritaje de un bastón retráctil y bates que se encontraron dentro del local tras la avalancha.

En el velorio, sentada sobre el sillón en un estudio de su casa, Judith, la madre de Ignacio, se da un tiempo para repasar las últimas horas y las señales que a su juicio ignoró.

-Me dio mala espina el local, tampoco quería que fuera, era día de semana, pero lo vi tan feliz que fui blanda con él-, comenta.

De los cuatro amigos que lo acompañaron al recital de Doom, sólo Ignacio entró.

-Vamos Ignacio, hueón, esta es una boca de lobo-, le advirtió uno. No hizo caso, se dio media vuelta y entró.

“Ellos dicen que había gente encargada de la seguridad repeliendo la estampida con bates, una mesa metálica, un extintor y hasta un paralizador de corriente”, confiesa Judith.

Tras la avalancha, la escena sigue con Ignacio pálido, tirado en la vereda. Los amigos lo mueven. Le tocan la cara. “¿Respira o no respira?” Lo suben a una micro junto a otros cuatro jóvenes y parten rumbo a la Posta Central.

La escasa seguridad

El sábado a las cuatro de la tarde fue la audiencia de formalización de los responsables de la organización del evento: Fernando Sánchez, Sidney Yates, Ramón Paredes y Gonzalo Mix. El local tenía un registro de tres partes municipales y seis partes policiales.

Allí se describieron los antecedentes de la Fiscalía Centro Norte que se refieren a la evidente falta de seguridad en el local y cómo los encargados de la producción del concierto no tomaron las medidas necesarias: Contar con un número adecuado de guardias capacitados y acreditados por el departamento OS10 de Carabineros, una planificación para evitar ingresos no autorizados, tener artículos y encargados de primeros auxilios, estar dotados de vías de evacuación y asegurar que la capacidad del local fuera adecuada para el número de asistentes que se proyectaba.

En contacto con The Clinic, desde la Municipalidad de Santiago explican la historia de este lugar. Patricio Hidalgo, director de inspección, comenta que el local Santa Filomena fue antiguamente un cine, que fue reacondicionado como salón nocturno en el año 1994. Durante el concierto tenía vigente las patentes de discotheque y cabaret. La última fiscalización fue el 27 de marzo, allí se detectó que la persona que realizaba la fiesta no era la persona encargada del lugar y no había un contrato regularizado por la municipalidad. Los últimos dos años las principales faltas se referían a los extintores vencidos y falta de luces de emergencia. “Tampoco puedo clausurar un local que me parece conflictivo, porque a mí me parece así, la ley nos constriñe, dentro de nuestras facultades hicimos todo lo que correspondía”, explica.

En su opinión, un local puede tener una sola salida de emergencia, como en este caso que es la misma entrada, mientras tenga dos vías de evacuación. Pero el lugar estaba repleto y las salidas estaban atochadas.

Pese a toda esa información, para el profesional la tragedia se originó en las puertas de acceso. “La avalancha, que fue anunciada por redes sociales, fue lo que provocó el accidente”, concluye.

Judith dice que los amigos de su hijo que lo acompañaron a la tocata, hoy no pueden hablar, están shockeados. Aún recuerdan el cuerpo de su hijo descalzo, el hilo de aire que lo mantenía con vida. “¿Habrá sentido miedo?, ¿su cuerpo quedó abandonado? Los doctores trataron de reanimarlo durante 35 minutos”, y sigue con sus recuerdos.

Cuenta que tras un llamado de su marido, partió con lo puesto a la ex Posta Central, un vecino la llevó en su auto. Al llegar, un guardia le impidió la entrada. Según su versión, en medio del aire picante por la bombas lacrimógenas, Fuerzas Especiales de Carabineros bloqueaba el acceso a los jóvenes punk que preguntaban por sus amigos. En el pasillo retumbaban los gritos que venían del primer piso. Tampoco olvida la información frontal del doctor. “Su hijo está grave, está en coma inducido y tiene un riesgo vital altísimo, probabilidades de que viva, ninguna”.

-Sabe, yo pude haberme derrumbado en ese mismo momento, allí en el pasillo de la posta, pero tengo otro hijo, lo ve, a él también le gusta la música punk-, concluye, mientras Martín corretea por el living, aún sin entender lo que le pasó a su hermano.

Fotos: Alejandro Olivares

 

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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