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Shaila Rosagel – Sin Embargo.-

Las últimas noticias, las del fin de semana pasado, ponen en duda la versión oficial desde sus cimientos. Los peritos argentinos que participan en el caso Ayotzinapa dijeron a los padres de los 43, y luego a la agencia estadounidense AP, que tienen dudas hasta del único joven declarado oficialmente muerto: Alexander. No saben cómo llegaron sus restos a una mesa del basurero de Cocula.

Eso es el caso Ayotzinapa: de duda en duda. Hoy hace cuatro meses desaparecieron los jóvenes estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero, y la tesis de Jesús Murillo Karam, Procurador General, se mantiene como la única: que están muertos. Padres y activistas asocian la desaparición con militares; no hay, que se sepa, una investigación al respecto. Padres y activistas desconfían del gobierno federal al punto de haber suspendido el diálogo.

Cuatro meses, pocas respuestas.

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Julio César López quería ser parte de la banda de guerra de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa. “Yo quiero estar en esa banda de guerra, verá que voy a quedar”, le dijo en una ocasión a su padre. “Ya verá que sí”, contestó él.

Rafael López Catarino es el padre del muchacho. Durante cuatro meses ha soñado que regresa. Y cada vez los sueños son más recurrentes.

“La última vez venía más repuesto, no tan flaco. Estaba cachetoncito. Estaba preocupado, verdad, que no comiera por allá donde lo tenían. Yo lo veo llegar y que se mete a su cuarto. Siento mucha emoción. No lo puedo creer. La alegría de verlo. Me siento tan feliz de verlo que no le hablo luego luego. Cuando le quiero hablar, me despierto. Me despierto a la triste realidad: que no está. Que no lo hemos encontrado”.

Rafael hace una pausa. Se le anuda la garganta al repasar los sueños que con el tiempo se acentúan, aunque no logra, en ellos, hablar con él, con su hijo Julio, uno de los 43 muchachos secuestrados por policías que, al parecer, los entregaron al crimen organizado.

Apenas hace cuatro meses Rafael vivía con tranquilidad. Se dedicaba a sembrar una hectárea de tierra con cultivos de maíz, flor y calabaza y aunque el campo, dice, no deba mucho, se ayudaba con la engorda de algunos cerdos y borregos.

Su esposa se dedicaba a vender verduras y a esperar a sus hijos y a su marido para merendar. Pero a partir de aquel 26 de septiembre, el panorama para la familia cambió.

“A veces siento que ya no puedo seguir, sin dinero. La gente está cansándose de ayudarnos. Pero son nuestros hijos; tenemos que andar aquí, con todo el cansancio, el dolor de cabeza, los problemas. Ha cambiado mucho mi vida: yo soy campesino y andaba sembrando. Me cansaba y me iba a una sombrita y luego le entrábamos al campo. Ahora ya no siembro. Abandoné el campo, se me echó a perder la cosecha y tuve que vender los animalitos”, dice.

Para Rafael, su esposa es quien lleva la peor parte. “Ella está enferma de los riñones y son minutos, horas, días, semanas y semanas que no podemos ver a nuestro hijo. A veces voy en el transporte y escucho que la gente habla de nosotros y yo les quisiera decir: ‘Como no son sus hijos, no les duele’. Pero me aguanto”, cuenta.

La mamá de Julio reza a cada momento por encontrar a su hijo, dice Rafael. El rezo, la única arma que posee para apoyar en la búsqueda, le quita el sueño.

“Son las 12 de la noche y mi mujer rezando. Está bien cansada, reza en el día y en la noche. Yo la entiendo es una madre desesperada, pero a veces le digo: ‘Duérmete, ya mujer’, porque se levanta a las cinco de la mañana para comprar verduras. A veces nos contesta mal a mí y a mis otros hijos y le digo que debemos tenerle consideración. Una madre sufre más por un hijo”.

Rafael recuerda a Julio. Siempre lo lleva consigo. Lo busca y lo seguirá buscando. No cree en la versión de la Procuraduría General de la República (PGR) y tiene la esperanza de que se encuentre secuestrado en algún lugar de la sierra.

Algunos les han dicho que los vieron vivos. Los arrieros, los que suben y bajan a la sierra. Imágenes que cobran vida en la mente del padre. Se lo imagina allá, en el monte, trabajando, secuestrado y sin poder escapar.

Julio hizo sus exámenes para ser maestro en Ayotzinapa a los 24 años, pues toda su vida ayudó en la siembra a su padre y trabajó en otras parcelas para ganar un poco de dinero. “Mi hijo era bueno. Me quería comprar un tractor cuando trabajara, para que ya no anduviera en el lodo, porque uno desde muy temprano anda en el lodo. ¿Por qué Dios nos quita a las gentes más buenas?”.

Padres Ayotzinapa 3 - Antonio Cruz

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“Cuando llegamos a la Normal, los dos hijos que siempre lo acompañan no estaban con él. Estaba destrozado. Nos vio y nos abrazó con los ojos llenos de lágrimas. Le dijimos que nos quedaríamos con él, pero nos dijo: ‘Vayan a marchar, vayan, la lucha sigue, tiene que seguir’. Estaba con la frente en alto, lleno de dolor, pero con la frente en alto”, narra José Isabel García Mora, familiar de Alexander Mora Venancio.

Es la escena que ocurrió hace mes y medio cuando Ezequiel Mora Chora, padre de Alexander, recibió la noticia de que un molar y un hueso de dos centímetros ubicados entre los restos que la PGR encontró en Cocula, eran de su hijo.

Ese día Ezequiel, viudo desde hace cinco años y taxista en el Pericón, Tecoanapa, Guerrero, perdió la esperanza de encontrar a su hijo con vida y lloró su muerte. Se quebró de dolor, sin un cuerpo para sepultar.

“Ahorita, a mes y medio, me siento mal porque me están engañando con los restos de mi hijo. No le creo nada al gobierno, le doy cinco días para que me entreguen a Alexander Mora vivo”, dijo exaltado Ezequiel.

La voz de Ezequiel tiembla: ni siquiera le entregaron el molar y el hueso de dos centímetros de Alexander, para darle sepultura, llevarlos al cementerio de el Pericón.

“[El Presidente Enrique] Peña Nieto tiene sus hijos, si le secuestraran un hijo o se lo mataran, rápido iba a querer la venganza”, dice con desesperación.

En el tono de Ezequiel hay rabia. La rabia de un hombre que dejó su vida, el taxi que trabajaba, para permanecer día y noche en Ayotzinapa en la espera de los restos de su hijo.

Sin embargo, en ello hay algo de consuelo. La esperanza de volver a ver a su hijo con vida se encendió tras la versión de la PGR de que es imposible reconocer a los otros 42 en aquellas bolsas negras de cenizas.

“Quieren apagar al movimiento diciendo que los jóvenes están muertos. Para mi hijo no está muerto, está vivo. Nada me demuestra lo contrario, ni la muela ni el pedacito de hueso que le hayan quitado. Yo quiero a mi hijo vivo”, dijo.

La vida para Ezequiel y el resto de su familia padece la ausencia de Alexander, pues era el menor de cinco hermanos.

Uno de los hermanos vive en Los Cabos, Baja California Sur, otro es jornalero en Estados Unidos y dos de los más jóvenes viven con él en el Pericón.

“Hay mucha tristeza, es el chamaco más chiquillo de todos. Yo lo quiero vivo”, insistió.

Alexander era un joven educado que vivía en una casa de techo de lámina, con piso de tierra, con dos de sus hermanos y su padre.

Estudiaba primer grado, tenía 19 años cuando desapareció en Iguala con otros 42 compañeros.

Cuando decidió ingresar a la normal de Ayotzinapa, su padre se opuso en un principio.

Sin embargo, el deseo de Alexander por ser normalista y el lograr superar los exámenes para su admisión, convenció a Ezequiel de permitir que el muchacho ingresara a la escuela.

A pesar de que son cuatro meses de ausencia y de que es el único de los 43 que oficialmente, según la PGR, está identificado, su padre no se resigna y lo espera en Ayotzinapa.

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Padres Ayotzinapa 2 - Cuartoscuro

Desde hace cuatro meses Ayotzinapa es el hogar de Macedonia Torres Romero, madre de José Luis Luna Torres, otro de los normalistas desaparecidos el 26 de septiembre en Iguala.

Ahí, entre las paredes corroídas de las aulas viejas donde estudiaba para ser un maestro rural, y frente al altar de santos colocado en el centro de la explanada de usos múltiples de la escuela, Macedonia vive y acompaña el rezo con otras decenas de madres que como ella, esperan alguna noticia.

Llegó días después de la desaparición del normalista y sólo se ha movido del lugar para participar en marchas y actividades para encontrar a José Luis.

Macedonia es una mujer de baja estatura, de complexión media, originaria de Amilcingo, Morelos, y es viuda desde hace algunos años.

“Yo me dedicaba a vender elotes y cacahuates en Cuautla y ahora no trabajo, aquí me la llevo, porque si nos vamos todas a nuestras casas a seguir la vida, ¿quién va a buscar a nuestros hijos? Nosotras nomás”, dijo.

Hace tres meses y medio SinEmbargo habló por primera vez con Macedonia en Ayotzinapa. En esa ocasión la madre de José Luis apenas podía hablar por el dolor de la pérdida. Hoy la mujer es contundente y sus palabras son duras.

“Ahorita me necesita mi hijo. Lo único que queremos todas las madres es encontrar a los 43 estudiantes y que esos hombres malos que los tienen, que les den comer que no los maltraten. Vamos a seguir luchando hasta que los encontremos”, dijo.

Macedonia como otros padres y madres, no cree en la versión de la PGR. No acepta cenizas, afirmó. Quiere a su hijo vivo.

“Vivos se los llevaron, vivos los queremos. Eran estudiantes, no eran vándalos como ellos dicen. Eran hijos de campesinos. Si yo tuviera dinero le hubiera pagado una escuela particular, pero somos pobres. Yo no les creo que esté muerto en esas cenizas, yo no lo vi”, sentenció.

En Ayotzinapa, las madres de los normalistas suman sus voces y plegarias juntas. Se consuelan una a la otra, explicó Macedonia.

Ahí recuerdan anécdotas de sus hijos, reviven aquellos días cuando estaban con ellas en sus hogares. Ríen y Lloran.

“Aquí todas estamos juntas, nos ayudamos, nos damos fuerzas. Si una se enferma, la otra le ayuda, pero esperando que nos digan algo de nuestros hijos”, relató.

Macedonia se emociona al recordar a José Luis, un joven que quiso estudiar en la Normal de Ayotzinapa para acceder a mejores oportunidades.

Aunque a la mujer sus conocidos la alertaron de que era peligroso estudiar ahí, la insistencia de su hijo la convenció.

“Me dijo: ‘Ándale mamá déjame estudiar para tener un trabajo especial y tener más, nosotros no tenemos nada, déjame para que vivas conmigo en una mejor casa’, porque nosotros somos pobres, no tenemos nada allá en Morelos’”, dijo.

En Morelos, Macedonia era vendedora ambulante y viajaba hora y media en combi para trasladarse a Cuautla todos los días. Su esposo le dejó como patrimonio familiar antes de morir, una casa de dos cuartos en Amilcingo. Uno de lámina y otro de concreto.

“El cuarto de concreto me lo hizo con el trabajo del campo, me dijo: ‘Vieja qué hacemos con el dinero del sorgo, lo multiplicó Dios. Vieja, ¿compramos ropa y zapatos?’, porque yo quería ropa para mis hijos”, recuerda. “Pero me dice: ‘Siempre hay ropa, siempre hay zapatos, pero una casa no’, entonces hicimos el cuarto de colado”.

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Padres Ayotzinapa - Antonio Cruz

Aquella noche se sentaron a la mesa para hablar del futuro del muchacho: Cristian Alfonso Rodríguez quería ser Ingeniero Agrónomo, pero no había recursos, pero sí otras opciones.

Cristian le platicó a Clemente, su padre, que estudiaría para maestro rural y de esa forma saldría adelante. La escuela estaba a unos 15 minutos del centro de Tixtla, Guerrero, donde vivía y era un lugar que podía albergar a un muchacho pobre, como él.

Así ingresó a Ayotzinapa, con el sueño de algún día tener recursos para cambiar el panorama familiar: la pobreza.

Pero esos sueños se derrumbaron dijo Clemente Rodríguez Moreno, padre de Cristian. Ahora es más pobre que nunca, pues antes del 26 de septiembre el hombre se dedicaba a vender por las calles de Tixtla agua de garrafón.

Con tres hijas de 21, 17 y 14 años y todas estudiando, para Clemente, que dejó de trabajar para dedicarse a la búsqueda de su hijo desaparecido, la situación es devastadora.

Se acabó el dinero para el recreo, para calzar y vestir y su esposa, la madre de Cristian, a quien él deseaba ayudar económicamente para que ya no trabajara, lo sigue haciendo con más esfuerzo.

“Mi hijo me decía que quería ganar bien y trabajar. Mi esposa se dedica a echar tortillas en el comal para vender y mi hijo le decía: ‘eso te puede hacer daño para la vista a la larga, cuando trabaje ya no vas hacer tortillas’, a mí me quería poner una purificadora, con trabajadores, eran sus sueños pues, pero todo se derrumbó, le quitaron sus esperanzas”, relató.

El panorama para Clemente y su familia es desolador. Cristian era el único hijo varón y un brazo en el que la familia se apoyaba.

“Todos los padres estamos pasando por la misma situación. No me quejo, la gente nos apoya y le doy gracias, se quitan un peso de su cartera, de su monedero para darnos a nosotros”, dijo.

Aunado al problema económico, el golpe psicológico para sus hijas ha sido duro.

“Siempre hay alguien que les está preguntando en la escuela por su hermano. Les dicen que a lo mejor ya no vuelve y ellas sufren. Mi familia ha cambiado muchísimo, ya no somos los mismos”, asegura.

En la casa de Clemente su mujer y sus hijas están cabizbajas, cuenta. No descansan, no duermen.

“La vamos pasando. Yo le digo a mi esposa que no se dé por vencida, porque vamos a caer en una enfermedad, que vamos a salir de esta”.

Fotos: Antonio Cruz / Sin Embargo y Cuartoscuro