Caso Soria: la estrategia de los celos patológicos

Cosecha Roja.-

El primero de enero una bala calibre 38 puso fin a 40 años de matrimonio entre el flamante gobernador de Río Negro, Carlos Soria, y Susana Freydoz. En el último tiempo, la relación se había vuelto enfermiza. Ella sospechaba que él tenía una amante. Lo perseguía, le revisaba el celular y amenazaba con suicidarse. Esta semana comenzó el juicio que tiene a Freydoz como única acusada. Su abogado, Alberto Richieri, habló con Cosecha Roja y contó su estrategia: demostrar que la mujer sufría “celos patológicos” y percibía “una realidad que era ajena a lo normal”.

-Mierda que vas a ser gobernador. Antes voy a hacer como Liliana y me voy a tirar del séptimo piso- gritó Susana Freydoz a su marido poco antes de la muerte.

La mujer sospechaba que su esposo la engañaba con una kinesióloga de 36 años. Durante la campaña electoral, mientras Soria todavía era intendente de General Roca, ella le revisaba el teléfono y lo esperaba afuera dela Municipalidad escondida en el auto. Una noche -a mediados de 2011-, en el departamento de la pareja, Freydoz amenazó con suicidarse como había hecho Liliana Planas, la mujer del ex gobernador de Neuquén Jorge Sobisch.

Un tiempo antes, Freydoz había comenzado un tratamiento psicólogico, pero lo abandonó para evitar que los conflictos matrimoniales se hicieran públicos. “Ella tenía una realidad que era ajena a lo normal”, aseguró su abogado Alberto Richieri. En el último año, dijo, su situación psicológica fue deteriorándose día a día. “Mezclaba sedantes con alcohol. Eso fue ratificado por los testigos en el juicio”, agregó.

La esposa de uno de los hijos del matrimonio, Victoria Argañaraz, estaba a cargo de la oficina de prensa del municipio cuando Soria era intendente y trabajaba en la campaña para gobernador. Casi a diario, Freydoz la llamaba para pedirle que revisara la agenda de su marido para confirmar si eran ciertas las reuniones a las que iba. Cansada del asedio, Victoria encaró un día a Soria y le preguntó si era cierto que tenía una amante.

-Esto va a terminar mal, yo sé lo que les digo. Esto va a ser un desastre. Esta mujer está loca- dijo Carlos Soria delante de sus colaboradores de campaña.

El primero de enero Soria cumplía 21 días como gobernador. Antes había sido diputado nacional, titular de la Secretaría de Inteligencia del Estado –cargo al que renunció después de la Masacre de Avellaneda, donde la policía asesinó a dos militantes- e intendente de la localidad de General Roca.

El clima en la cena de año nuevo estuvo tenso. El matrimonio había discutido todo el día. Susana bebió más de lo normal. “Tomó daiquiris en la previa, vino blanco en la cena y champagne luego”, dijo Victoria Argañaraz. Durante la tercera jornada del juicio, la mujer contó que su suegra “estaba particularmente irritable”.

Los invitados se fueron antes de las 4 de la mañana. María Emilia fue la única que se quedó con sus padres en la chacra familiar de Paso Córdoba, a 6 km de General Roca. Carlos Soria apiló las sillas y se metió en el dormitorio dando un portazo. Susana entró corriendo detrás.

-Por tu culpa me voy matar- gritó.

-Estás loca – le respondió él.

A las 4:47 María Emilia escuchó un disparo. Entró en la habitación y vio a su madre con una Smith & Wesson calibre 38 en la mano. El padre estaba desnudo sobre la cama, con la cabeza apoyada sobre una almohada ensangrentada. Tenía la cara cubierta de sangre.
Un rato más tarde, cuando Martín –el hijo mayor de la pareja e intendente de General Roca- llegó a la casa, Carlos Soria todavía respiraba. El hijo se arrodilló junto a la cama.-La bala era para mí. ¡Dejame terminar con esto!- le dijo ella.

-Aguantá, viejo, que ya llega la ambulancia- le dijo al oído.

Susana estaba acucurrucada en el piso, casi inmóvil.

-¿Qué le hiciste a papá? ¡Sos una hija de puta!- gritó Martín.

Cuando la ambulancia llegó hasta la chacra, Soria estaba pálido y sin signos vitales.  Durante el traslado, los médicos le pusieron la máscara de oxígeno y le hicieron masajes cardíacos para intentar reanimarlo. Fue en vano: el hombre ya estaba muerto.

Desde hace nueve meses, Susana Freydoz pasa los días en el servicio de Salud Mental del Hospital de Cipolletti. La mujer decoró la habitación con flores y se hizo traer una biblioteca desde General Roca. La madre, la hermana y los hijos suelen visitarla y se pasan horas charlando de los nietos y de otros temas. Nunca habla de la noche de año nuevo. “Ese es un tema que a los hijos los tiene muy mal. Está tildada”, contó el abogado. Cuando esta sola, Freydoz teje y mira televisión.

La estrategia de la defensa para evitar una eventual condena a cadena perpetua es conseguir la “imputabilidad” de Susana o al menos demostrar que actuó bajo “emoción violenta”. “Ella manifestó la existencia de un mundo ajeno al real. En ese contexto, lo que ocurrió aquella noche fue un hecho vinculado con la emoción violenta”, dijo el abogado.  Las declaraciones de algunos testigos, que contaron que la mujer mezclaba pastillas con alcohol, que estaba fuera de sí y que bebió de más la noche del crimen, alimentan esta estrategia.

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