Colombia: ¿es posible reparar sin repetir el dolor en Buenaventura?

buenaventura 1Por Ana María Saavedra – El País.-*

La señora V tiene 54 años, diez hijos -dos de ellos están muertos- y doce nietos. Es hermana de uno de los más de dos mil asesinados en los últimos diez años. Es prima hermana de uno de los 1.577 desaparecidos. Y una de las 122 personas violadas por actores del conflicto armado en esta ciudad.

Está sentada en una silla Rimax de plástico remendada con cabuya. Tiene el pelo prieto peinado con diminutas trenzas. Su sonrisa de dientes blancos es como la carne de los cocos que bajaba de los árboles cuando era niña y vivía en Chocó.

La señora V se inscribió en la Unidad de Víctimas en Buenaventura para pedir una reparación, lo mismo que hicieron otras 177.590 víctimas. Ella es una de los 80.000 desplazados que en los últimos años han dejado sus hogares. Y lidera una de las 33 organizaciones de víctimas agrupadas en el principal puerto de Colombia.

La Ley de Víctimas ha sido una iniciativa del Gobierno para reparar a las personas afectadas por el conflicto del país en los últimos 28 años. El objetivo de la ley, dice el gobierno, es tomar medidas que “beneficien a las víctimas del conflicto armado y posibiliten sus derechos a la verdad, la justicia y la reparación con garantía de no repetición”. Algo así como reparar el daño que han causado la guerrilla, los paramilitares, las bandas criminales y hasta el mismo Estado.

Reparar: Arreglar algo que está roto o estropeado. Enmendar, corregir o remediar.

La señora V deja de sonreír y llora. Algo dentro de ella se rompió. ¿Se podrá reparar?

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Un periodista con cara de niño, camisa color caqui y el pelo engominado se para delante de la cámara. Al fondo, se ven los barcos de carga, la imagen típica del puerto por el que se mueve el 50 % del comercio exterior del país. Hasta allíllegan buques con carros, motos, televisores, computadoras que le reportan al país 4 billones de pesos.

Los barcos salen de foco y el periodista, en primer plano, es inclemente ante el micrófono: hoy se cumple una semana de militarización en Buenaventura. Más de dos mil efectivos de la Armada y la Policía han hecho presencia en esta ciudad, considerada por muchos como una de las más violentas del continente. Un reciente artículo de BBC la llamó“el infierno colombiano”.

Este año, Buenaventura recibió la visita de decenas de periodistas nacionales y extranjeros. Segmentos enteros de noticieros entrevistaron a comerciantes extorsionados, mostraron imágenes de militares patrullando calles de barro, niños corriendo descalzos, mujeres lavando ropa en la entrada de sus casas y recogiendo agua en trastos.

Luis Carlos Vélez, el director de Noticias Caracol -uno de los dos canales privados del país-, es parte de la comitiva. Usa un chaleco antibalas. Recorre las calles subido en un tanque blindado, en cuyo techo está un hombre con una ametralladora punto 50, y es testigo de un operativo: militares armados con fusiles se bajan de un camión en uno de los barrios de Bajamar.

Ahí se ve la imagen de la otra Buenaventura: la de la pobreza del 80 por ciento de sus habitantes, la de quienes viven con menos de un dólar al día, la del 63 por ciento que está desempleado.

La BBC, en un artículo publicado el 24 de marzo, definió a Buenaventura como “la ciudad de las casas de pique”, donde bandas criminales de origen paramilitar, dedicadas a la extorsión y el narcotráfico, descuartizan vivas a muchas de sus víctimas antes de arrojar los pedazos al agua.

Buenaventura es también la ciudad de los desaparecidos, como el primo de la señora V.

– Era como un hermano. Un día salió de su casa y no regresó. Las mujeres de mi organización nos reunimos cada mes a hacer plantones por los desaparecidos. No es una pelea por dinero, sino por la recuperación de los restos de los seres queridos.

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Levanten la tumba,

levántela ya,

porque esta alma se ha ido

para nunca más.  

Levanten la tumba,

levántela ya,

porque esta alma se ha ido

para nunca más.

Las mujeres cantan este alabado en el último día del novenario. Los hombres juegan naipes y toman biche. Las cinco velas que iluminaban el ataúd siguen prendidas. En el suelo está el vaso de agua para que el difunto calme la sed. Y es en ese último día que el cuerpo se va para descansar. Así es el rito de los negros del Pacífico para despedir a sus muertos.

– Cuando alguien nace -dice la señora V-, su estómago se siembra y cuando muere su cuerpo también debe ser sembrado en la tierra. Con las desapariciones, no nos dejan velar a nuestros muertos. Sin nuestros ritos, el alma queda perdida.

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buenaventura 2En Buenaventura la violencia es como esa marea del Pacífico que, cada doce horas, llega para inundar los barrios de Bajamar. Un agua salada, oscura y sucia que sube a casi tres metros de altura y tapa parte de los palos incrustados en la arena que sostienen las casas. Luego se va, dejando una colcha de basura: botellas, hojas, latas, ramas, bolsas plásticas. En ocasiones, esa marea trae algo más que basura.

El viernes 28 de febrero se escucharon los gritos de Marisol por toda la calle Piedras Cantan, en el barrio Viento Libre, una de las zonas de Bajamar. Sus habitantes, acostumbrados a oír y callar, esta vez no aguantaron los lamentos y llamaron a la Armada. El barrio se llenó de hombres con camuflado y fusiles que buscaron entre las casas. Descubrieron sangre y varios documentos en una de las viviendas.

Marisol Medina, su esposo Ómar Alexánder Angulo Valois, y Jhon Edwar Cuero, habían desaparecido esa mañana, tras llegar en su lancha a Viento Libre. Traían la carga que Marisol le había comprado a los pescadores del corregimiento de La Bocana, donde vivían. Ese día habían pescado una raya.

Marisol creció en el barrio La Playita, cerca a la plaza de mercado. Tuvo varias lanchas para pescar con trasmallo y antes de desaparecer se dedicaba a comprar y vender pescado. Ómar, el esposo, tenía una lancha de turismo y la había traído para que ella no tuviera que pagar el transporte desde La Bocana, un balneario a 45 minutos.

– Para descargar el pescado -explica un investigador de la Fiscalía-, Marisol debía pagarle vacuna a la banda Los Chiquillos. Ella, al parecer, ese día se negó. Los retuvieron y los llevaron a una de esas casas de pique.

El sábado la marea regresó el cuerpo. Le habían amarrado una piedra al cuello y tenía heridas de machete. Al cadáver del esposo lo hallaron un día después. Las partes de Jhon Edwar las encontraron unos pescadores cerca a la Isla Cangrejo, frente al barrio Viento Libre.

“La violencia en Buenaventura va más allá de las bandas que quieren controlar las zonas de Bajamar por las rutas del narcotráfico. Es mucho más complejo que eso y se relaciona con esas prácticas de violencia ya aprehendidas, unas actitudes sanguinarias que se meten en la cotidianidad de las personas”, explica el investigador del Cuerpo Técnico de Instigación (CTI).

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buenaventura 3Este año la marea regresó 35 restos humanos que pertenecían a 14 personas, según los estudios de ADN de los médicos forenses.

El Fiscal General comisionó a expertos en el Análisis del Comportamiento Criminal para hacer un diagnóstico de las casas de pique. Psicólogos y psiquiatras llegaron desde Bogotá para analizar los casos e intentar responder a la pregunta: ¿por qué esa saña de descuartizar los cuerpos?

Después de un mes de trabajo concluyeron que hay varias razones, pero la principal es generar miedo y así lograr el control de los barrios.

Buenaventura es un botín codiciado por su condición de puerto. Allí se mezclan las economías de la ilegalidad: desde el contrabando y el narcotráfico hasta las microextorsiones. La de los desmembramientos es una práctica heredada de otras épocas. En los 90, cuando el capo Víctor Patiño Fóme mandaba en la ciudad, dicen que los narcos empezaron a descuartizar a sus enemigos. En 2000 llegaron los paras, con sus torturas, masacres y desapariciones forzadas.

— En mi barrio -cuenta la señora V- decían que habían venido a derrotar a maricas, prostitutas, ladrones y guerrilleros. Aquí todo se jodió cuando ellos llegaron, la violencia se volvió peor y se empezaron a hacer unas cosas atroces. Violaban niñas, mataban, desaparecían. Y nosotros dejamos de mirarnos unos a otros como amigos, como hermanos. Antes, cuando yo veía a un pelado, veía al hijo de una vecina. Ahora veo a un enemigo. Lo veo como el muchacho que amenazó de muerte a mi nieto, como el que anda armado pidiendo plata en el barrio. El conflicto nos ha hecho enemigos.

En los últimos dos años, la Unidad de Víctimas del Valle del Cauca recibió 25.436 solicitudes de atención humanitaria. “El reto que hemos tenido -dice Paula Gómez, coordinadora de la Unidad- es reconstruir tejidos sociales. La situación es tan compleja que en muchas ocasiones se siente como correr en una caminadora estática: hacemos cosas y no se avanza. Hemos sacado adelante con la Alcaldía la construcción del Centro Regional de Víctimas, que demuestra que sí se pueden hacer cosas importantes. También se ve en la labor que se hace desde la mesa de víctimas. Pero, por otro lado, parece que hay una cultura política de desdén con la población y una negativa a aceptar el conflicto”, explicó.

La Unidad de Víctimas ha entregado unos $20 mil millones -hasta el año pasado- a tres mil personas que presentaron un caso de reparación. La cifra es 20 veces menor a las ganancias que le genera el puerto al país.

El mecanismo de pago es un proceso administrativo: una persona se inscribe, un equipo analiza la solicitud y luego se da la reparación con unos montos establecidos que no superan el tope de 40 salarios mínimos (aproximadamente $16 millones).

“La indemnización sólo es uno de los derechos. También se tienen que dar unos proyectos productivos para los cuales la Unidad pone el 70 por ciento y la rehabilitación para que las huellas físicas y psicológicas sean tratadas. Eso tiene una corresponsabilidad con el Ministerio de Salud”, explicó Gómez.

– Las heridas siempre están. Aunque uno trate de sanar, tu vida cambió. Hasta a tu mismo marido lo miras como enemigo. Fui violada. Lo callé por muchos años y eso me hizo la mujer de carácter que usted ve ahora. Fueron cuatro. Tranquila. Puedo hablar de esto. Como le dije a mis hijas, tengo la satisfacción de no haber permitido que a ellas les hiciesen algo. Eran unas niñas de 8 y 12 años. A ellas querían tocarlas, pero gracias a Dios y a un buen samaritano las pude sacar. Ninguna de mis cuatro hijas viven conmigo.

La señora V se para de la silla y entra a la casa. Levanta un poco la voz.

– Aquí me violaron y aquí me quedé. Adonde me causaron tanto dolor quiero dejar un legado. Aquí encontré un pedazo de tierra para mí y mis hijos. Y si Dios me puso aquí, fue para cumplir una misión.

Ha padecido el desplazamiento masivo y la desaparición forzada de su primo hermano. A sus nietos intentaron reclutarlos y uno de ellos debió irse a otra ciudad donde lo discriminaron por negro. A su sobrina le desfiguraron la cara por negarse a ser la novia de uno de los jefes de la banda de su barrio.

– Fue este año. Amenazaron a mi hermana y le destrozaron la cara a mi muchacha. Con un pico de botella le dibujaron la cara. Debieron irse de ese barrio y dejaron sus cosas tiradas.

En 2013 unas 4.900 personas debieron dejar sus hogares. Y este año huyeron más de 1.200. ¿Cómo decirle a un desplazado “tranquilo, tenga esta indemnización de 17 salarios mínimos” -como dice la Ley- si mañana o pasado tendrá que volver a coger sus cosas porque el barrio al que llegó también está caliente? ¿Cómo garantizar la no repetición en una ciudad en la que muchos de sus barrios son controlados todavía por los actores armados?

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buenaventura 4En la galería de Pueblo Nuevo hay una virgen adornada con flores rojas y amarillas de plástico. Está en el segundo piso, a pocos metros de un letrero que dice que el Gaula de la Policía invita a denunciar la extorsión. Los Gaulas son grupos especiales creados hace más de quince años para investigar los secuestros y las extorsiones.

Chencha, una de las matronas del Pacífico, revuelve una olla de sancocho. Lleva más de tres décadas cocinando en la galería. Tiene 80 años, los ojos claros por las cataratas y la piel negra. En una olla más pequeña tiene guisos de camarón, piangua, calamar, toyo y jaiba. Cuando termina de revolver, busca un plato y lo enjuaga en un bidón. En la galería no siempre hay agua potable. Buenaventura no tiene agua las 24 horas y hay sectores de la ciudad que pasan varios días sin poder abrir el grifo.

Las mesas con manteles de flores están vacías. Ya no vienen turistas, tampoco los porteños. Tienen miedo.

– Ahora la gente prefiere comprar en los supermercados- dice uno de los pocos visitantes del lugar. Acá todo es más caro por la ‘vacuna’. Si usted compra una paloma (una gallina pequeña) en la galería de Santa Elena en Cali le cuesta $9000. Acá vale $18.000, el doble.

– Somos cabeza de hogar- dice Chencha- y estamos al borde de la quiebra. Hay que decirle a la gente que vuelva a probar nuestra sazón. Pero tengo clientes que dicen que les da miedo. Hay días que no vendo nada, otros que vienen tres personas, tal vez cinco. Ayer vendí solo $15.000.

Chencha le reza a la virgen para que regresen los comensales.

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La señora V camina con un vestido verde manzana. Habla en susurro, está preocupada.

– Desde que hablamos hace un mes, han pasado cosas. Antes, pese a todo, no tenía miedo de caminar por mi barrio, ahora he recibido llamadas y mensajes amenazantes. Me dicen ‘vieja sapa deje de joder’. Creen que yo le di información a la Policía.

Su barrio es una de las zonas que se disputan las bandas criminales. La Empresa y Los Urabeños quieren hacerse el control de la ciudad, especialmente de la Bajamar.

– Hay mucha gente que ha salido de las cárceles, y ha llegado gente nueva.

Su mente viaja años atrás, cuando llegaron los paras al Puerto. En ocasiones siente ese mismo miedo: hombres armados, con corazones como el carbón, que no tocan las puertas sino las tiran. Amenazan, violan, torturan, desaparecen. Tiene miedo de volver a ser una víctima.

– Yo no sé si me toque irme de nuevo, como hace años. Dejarlo todo y salir de mi casa. Si tuviera para donde lo haría o al menos plata para partir.

La señora V viajó a Cali para asistir al Encuentro Nacional de Víctimas del Conflicto, donde participaron 1667 víctimas. Fue un espacio para recoger propuestas y llevarlas a la mesa de negociaciones con la guerrilla en La Habana.

En su mesa, la de los afro, pidieron que pare la guerra. Que los políticos cumplan sus promesas y hagan algo por el Pacífico. Que las víctimas dejen de aumentar. Que las Farc no sigan amenazando a los líderes de los ríos ni dinamiten las torres de energía.

La señora V camina. Alguien le toca el brazo.

– Hola primo- lo saluda.

– Solo una pregunta – le dice-. ¿Estarías dispuesta a perdonar?

Ella calla. Piensa.

– Contesta solo sí o no-, le insiste el hombre.

– Sí, perdonaría.

*Esta investigación se desarrolló en el Seminario Taller de periodismo especializado en la cobertura de seguridad ciudadana, del que participaron 20 periodistas de América Latina. El encuentro organizado por la FNPI (Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano) fue en Bogotá, Colombia en mayo de 2014.

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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