Colombia: la historia del niño-bomba

niño-bombaSalud Hernández-Mora. El Tiempo-. En El Charco (Nariño), las Farc usaron a un menor como mensajero de la muerte.

Si no se mete de polizonte, hoy su madre no tendría una sola foto para recordarlo. Justo un año antes morir, Heriberto abordó el barco que partía hacia Buenaventura sin que nadie lo viera. Llevaba a su inseparable hermano menor de la mano. Se escondieron hasta que estaban tan lejos de El Charco que ya no podían devolverlos.

“Cuando ya el barco iba afuera, me buscaron. Heriberto, o ‘Ñato’, como le decíamos, me dijo: ‘Mamita, también nos vinimos’. Pagué los pasajes. ¿Qué más podía hacer? No me los iba llevar porque es mucha plata, pero ellos querían conocer Cali. Y vea: gracias a eso es que tengo la fotico”.

Rosa Estupiñán descuelga de la pared la fotografía de su hijo ataviado con unas alas de ángel. En la original aparecía junto a otros niños, pero después del entierro le hicieron el montaje.

Rosa vive en una casa de tablones de madera sobre pilotes, amplia y pobre, del barrio El Carmen, que pudo mejorar un poco gracias a los veinte millones que Acción Social le entregó por la pérdida de su muchacho. Pero con doce hijos, nietos, e incontables necesidades, el dinero se esfumó enseguida. Trabaja su finquita a una hora de distancia del centro urbano. De sus palmas recoge cocos, uno de los productos que proliferan en el mercado de El Charco, noroccidente de Nariño, municipio de veinticinco mil habitantes, la mitad esparcida por sus veredas.

La población, a orillas del río Tapaje, es la más pobre de Colombia, según el Dane, porque el 85 por ciento son desplazados. Se sostiene, sobre todo, de la pesca, la madera, el comercio, unos pocos cultivos de coca y el plátano. Solo es accesible por agua, y la travesía a Buenaventura, la que siguió Heriberto en su primer y único viaje, demora doce horas por el Pacífico. También se llega desde Tumaco o Guapi.

La Armada Nacional tiene una base al otro lado del río, frente al pueblo, y la Policía Nacional, una estación fortificada en la calle principal. La edificación es la diana prioritaria del poderoso Frente 29 de las Farc, único amo y señor de la región. Le lanzan granadas y hostigan con disparos sin importar quien circule por los alrededores y sin tener en cuenta que cerca hay un colegio y el precario hospital de primer nivel, en el que escasean tanto las medicinas como los fondos para pagar salarios.

El 25 de marzo del 2010, el ataque fue distinto, mejor planeado y más sanguinario. Heriberto Grueso Estupiñán tenía 11 años y cada jornada, antes de clase o en sus ratos libres, salía a rebuscarse unos pesos haciendo mandados y cargando bultos en el puerto. Su ir y venir cotidiano, transportando lo que fuese, pesado o ligero, a la cabeza o la espalda, con uniforme colegial o en pantaloneta y camiseta, formaba parte del paisaje callejero de El Charco.

Esa fue la razón de que los milicianos del Frente 29 lo escogieran para cometer el atentado. Nadie, ni siquiera la Policía, sospecharía que llevaba una carga mortífera en sus brazos. Tampoco llamaría la atención que el niño se acercara a la estación, protegida por trincheras, para entregar una colchoneta donde iba escondido el explosivo. Hacía semanas que grupos de campesinos se habían desplazado a la cabecera, y algunos recibían colchonetas como ayuda. Eran tantas familias que doblaron la jornada escolar.

Aquel jueves de marzo, a las tres de la tarde, Heriberto salió de la Institución Educativa El Canal en un recreo para hacer un encargo. “Lleve esta colchoneta a la estación”, le dijo un miliciano. Le dio mil pesos, y Heriberto, según vio un testigo que no podía adivinar lo que ocurriría unos minutos más tarde, se acomodó la mochila a la espalda y el encargo en la cabeza, y recorrió las dos cuadras que separan el puerto de la estación a fin de entregarla.

Cuando se acercó a los agentes, protegidos por la trinchera, accionaron la bomba y el niño voló por los aires. Nueve civiles y tres policías resultaron heridos. Después de la fuerte explosión, todo fueron gritos, confusión, llantos. Unos vecinos descubrieron horrorizados que entre las víctimas había un niño por sus pequeñas piernas. Fue lo único que quedó del cuerpo; el resto lo desintegró la bomba. “Voló un pelao”, exclamó uno.

Tardaron varias horas en identificarlo; debieron hacer un exhaustivo recuento de los escolares por todas las casas. Al final de la amarga jornada descubrieron que solo faltaba Heriberto. Sus papás solo lo supieron al día siguiente, al regresar de la finca. “Yo lo miré en el cementerio, lo tenían en un plástico, solo sus piernitas. La alcaldía me ayudó para el entierro”, señala doña Rosa.

“Era el mayor de mis dos últimos hijos y los únicos que entonces vivían conmigo. Estaba en tercero de primaria, no perdía día de colegio, hacía todos los días la tarea y siempre le salían (bien)”, rememora su mamá, que perdió a su esposo, Arciliades Grueso, el papá de su extensa prole, hace un año, por una enfermedad repentina. Ahora convive con otro compañero, padre a su vez de ocho hijos. “Cuando los muchachos no querían estudiar, les decía: yo voy a salir de profesor para enseñarles a ustedes”.

La profesora Lola Torres fue su maestra en el colegio; lo conocía desde muy niño. “Yo lo registré porque su mamá no sabe leer ni escribir, y como fui fundadora de la escuela que había antes del colegio, me tocaba salir a buscar a los niños. Por eso yo lo llevaba a la escuelita con su hermano. Era un peladito de poco hablar; lo recuerdo sentado en su silla, callado, no molestaba nunca”, rememora. “Pasaban una necesidad tremenda, era una familia muy pobre; la falta de comida les afectaba para el aprendizaje, porque entonces no había restaurantes escolares. Por ayudar en su casa hacía mandados por cualquier moneda”.

El ser de pocas palabras y serio, agradaba a los adultos, por lo que Heriberto nunca se quedaba de brazos cruzados. “Los sábados ya estaba levantado a las seis, en la calle, viendo qué hacía; todo el mundo lo quería, a todos les hacía mandados o se iba a ‘conchar’ (buscar ostras en la playa). Y los días de semana siempre decía: “Mamita, cuando salga del colegio dejo los libros y me voy a trabajar. Me traía todo lo que ganaba y me decía: usted verá qué me da. Yo le daba cualquier cosa, y él salía y me traía más”.

En la casa familiar, además de Rosa y su compañero, habitan dos hijos, una nuera, dos nietas y un par de sobrinos. “Ñato hace mucha falta, era muy recochero, adoraba a la sobrina; siempre que podía le compraba galletas, bombas”. El resto de los Grueso marcharon a Cali hace años, como miles de chargüeños que prefieren una ciudad grande donde encuentran mayores oportunidades.

Aunque El Charco es un municipio nariñense, sus pobladores siempre miran hacia el Valle del Cauca para ensanchar horizontes o buscar empleo, porque además de la violencia y la escasez de servicios básicos –la energía y el agua solo llegan unas horas en días alternos y a veces faltan ambos–, sufrieron un terremoto.
En el puerto encuentro a otros muchachos como Heriberto y les pregunto si le hacen vueltas a la Policía o les da miedo. “Si alguien quiere que les lleve algo a la estación, le digo que sí pero si me acompaña hasta entregar el mandado. Uno toma sus precauciones”, cuenta un adolescente.

En cada aniversario de la muerte del niño-bomba, celebran una misa en su memoria y los escolares desfilan con sus profesores por El Charco para rechazar la violencia. “Fue un golpe muy duro para el pueblo y no lo olvidamos”, señala un comerciante que conocía bien a Heriberto.

En el cementerio, al llegar a la hilera de nichos, a Rosa le cuesta dar con el de su hijo. La humedad se comió el nombre, grabado en su día con un palo sobre el cemento húmedo con que taparon el hueco. Lo mira con tristeza. “Mi hijo solo tenía once años y no le hacía daño a nadie. No los perdono”.

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