Colombianas víctimas de explotación sexual en Chile y Japón

Diana Isabella Sánchez y Luiyith Melo García – El País

Cientos de mujeres son sacadas del país a ejercer la prostitución en el exterior, ilusionadas con promesas de trabajo y atadas a una deuda impagable. Dramas y rutas de un mercado negro de 32.000 millones de dólares.

El año pasado, Milena y Catalina recibieron una propuesta que les cambiaría la vida: viajar desde Buenaventura (Valle) a Buenos Aires (Argentina) para trabajar como meseras en un restaurante que ofrecía muy buen salario.

Las mujeres, de 17 y 22 años, aceptaron la propuesta y en abril de ese año emprendieron el viaje. Salieron del Puerto hacia Cali y de ahí fueron a Pereira donde abordaron el avión que las llevaría al país gaucho. Sin embargo, aterrizaron en Chile.

Una vez allá, quien las recibió les explicó que en lugar de tomar pedidos en un restaurante, como les habían prometido, tendrían que atender clientes en un prostíbulo. Eso no era lo que ellas buscaban. Sus vidas empezaron a tomar un giro inesperado.

Milena y Catalina fueron obligadas a prestar servicios sexuales en un establecimiento al sur de Chile. No podían salir, ni mucho menos llamar a sus familiares para alertarlos sobre su situación. No podían pedir ayuda.

Sin embargo, la suerte estuvo de su lado. Una semana después de su llegada, sus compañeras de cautiverio, quince mujeres colombianas que habían caído en la misma trampa, les ayudaron a escapar, con la condición de buscar auxilio también para ellas.

Lo primero que hicieron las dos mujeres fue llamar a sus familiares en Colombia para que acudieran a las autoridades y las repatriaran.

“La tía de una de ellas hizo la denuncia ante el Comité Interinstitucional de Trata de Personas. De inmediato el caso pasó a la Personería de Buenaventura y a los pocos días las trajeron”, cuenta Valentina Cortés, profesional de apoyo en la oficina de Mujer y Género de la Secretaría de Convivencia de Buenaventura, quien para la época en que ocurrieron estos hechos era parte de la entidad que recibió la denuncia.

La suerte de las 15 compañeras que se quedaron en un prostíbulo de Chile se ignora, pues el caso fue remitido a la Fiscalía 21 del Puerto y todavía se encuentra en la etapa de investigación.

“Lo último que supe es que la tratante, es decir, la persona encargada de coordinar esta red de tráfico desde Buenaventura hacia Chile, fue capturada por las autoridades; era una mujer a la que le decían ‘La Mona’”, cuenta Valentina.

Pese a los relativos resultados logrados por las autoridades para detectar rutas e identificar responsables, los tratantes de blancas siguen tendiendo sus redes.

Carolina López, oficial del programa de lucha contra la trata de personas de la Organización Internacional para las Migraciones, OIM, dice que entre los años 2000 y 2012 esta entidad registró 76 casos de víctimas de tráfico sexual en el Valle del Cauca. Pero pudieron ser cientos o miles. Los municipios más afectados por este delito son Cali (21), Buenaventura (16), Buga (9) y Cartago (6).

En manos de la Yakuza

Vanessa (solo se da el nombre para proteger su identidad), era una juiciosa ama de casa caleña antes de terminar en las garras de la mafia japonesa.

“Una amiga me contactó por Internet -relata-y me contó que estaba viviendo bien en Madrid (España), que viajó por recomendación de una señora para trabajar cuidando ancianos y que en solo cinco meses había logrado pagar las deudas que adquirió.

Debido a la inestabilidad laboral, con mi esposo tomamos la decisión de buscar alternativas en otro país. En esta circunstancia la familia de mi esposo decidió apoyarlo para que yo pudiera viajar a España.

Mi amiga me puso en contacto con la señora y ella me dijo que debía viajar a España, pero que el trabajo sería en Japón, pues tenía una agencia de trabajo internacional y que por mi perfil yo cuidaría los niños de una señora de un diplomático.

Cuando llegué a Japón los primeros días cuidé a la hija de la señora que me llevó, dormía en el piso y la señora se enfurecía por todo; la segunda semana me quitó mi ropa y mis documentos y me dijo que yo no servía para ese trabajo, pero que igual ella me iba a decir cómo le iba a pagar su dinero.

Entonces me dio un vestido corto, unos zapatos de tacón y me llevó a la calle, allí habló con unos señores y ellos me llevaron a un apartamento donde estaban otras colombianas. Yo no entendía nada de lo que estaba pasando, pedí que por favor me dejaran llamar a Colombia, pero me dijeron que no podía hablar con nadie y que si intentaba escapar me iban a llevar a la policía por ladrona.

Yo me puse a llorar… Los que cuidan las calles son de la mafia (la Yakuza), las mujeres tienen mucho miedo pues son muy violentos y si alguien quiere huir o pedir ayuda lo golpean casi hasta la muerte. Un día llegó mi amiga y yo le pedí que me ayudara a salir de esto, que no importaba, que yo buscaba el dinero para pagar, pero ella me dijo que la forma para salir era llevando otras mujeres, que así fue como ella salió.

Finalmente estuve varios años, pagué mi deuda, ahorré algún dinero y cuando regresé sin ayuda de nadie, me di cuenta que mi esposo tenía otra compañera y mi suegra se había quedado con los niños”.

Una deuda insaldable

Carlos Andrés Pérez, coordinador del proyecto por la lucha contra la trata de personas en Colombia de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, Unodc, recordó que las víctimas de comercio sexual deben pagar a la red de tratantes una deuda por todos los gastos invertidos en el viaje.

“Al principio todo parece estar muy bien. Los tratantes pagan el pasaporte o la visa, si la persona lo requiere, los tiquetes de avión, la ropa y comida que les den, pero en cuanto llegan a su destino todo se los cobran”. Como ocurrió con Vanessa en Japón.

El dinero invertido en las víctimas puede ascender a los US$6.000. Sin embargo, los tratantes sobredimensionan los costos a US$60.000, haciendo que la deuda sea prácticamente imposible de saldar, comenta, a su vez, Carolina López, oficial de la OIM.

“A ellas no les cobran únicamente los gastos del viaje. Cuando llegan al país de destino deben pagar alojamiento, alimentación, ropa, medicinas si se enferman, y en ese caso, les cobran multa por no trabajar”, explica.

Agregó que estas víctimas ganan un promedio de US$100 mensuales, de los cuales deben pagar una cuota de US$70 al tratante y el dinero restante es para cubrir su sustento y otros gastos que se les presenten.

“Si pagan su deuda pueden quedar libres, pero bajo estas condiciones es muy difícil. Algunas víctimas mueren sin lograrlo. Quienes escapan o saldan la deuda son muy afortunadas”, afirma Carolina.

Según la Unodc, la trata de personas es un mercado que mueve US$32.000 millones en el mundo, una mafia tan poderosa como el narcotráfico. Y el Valle del Cauca aporta una cuota nada despreciable a ese mercado de horror.

Calvario en Singapur

Relato de Juanita, una joven de Buenaventura.

“Un conocido me contó que estaban buscando personas para viajar a Singapur como empleada de un restaurante, que pagaban bien, y que además los empleadores pagaban los tiquetes y los documentos para viajar.

La verdad, a mí me pareció bien la idea, no sospeché algo malo, pues no era como que me iban a regalar nada sino que me estaban prestando la plata para poder viajar y llegar hasta el lugar donde me ofrecían el trabajo.

Además me dijo que la gente en ese país no hacía esos trabajos y que por eso requerían personas como nosotros, de por acá de Latinoamérica, porque necesitaban cubrir el trabajo.

Lo que ellos me prestaron para viajar fue realmente poco dinero y me dijeron que lo pagaría, por mucho, en tres meses. Yo me ilusioné con eso, dejé a mi hijo con su papá y luego inicié el viaje.

Cuando llegué, me llevaron a un lugar que era como un hotel, allí vivían otras mujeres, algunas que estaban en la misma situación que yo, es decir, contra su voluntad y otras que no tenían deuda y pagaban allí alojamiento.

Ellas fueron las que se encargaron de decirme la verdad, que iba a ejercer la prostitución.

A las personas encargadas del negocio les gusta que uno se dé cuenta en el instante, como para que uno reaccione; es muy duro, uno se enoja, pero allí lo amenazan por la cantidad de dinero que uno les debe, le dicen que lo van a matar a uno o a su familia.

Entonces uno se resigna pero sigue siendo muy duro, algunas mujeres son golpeadas por no obedecer, por no querer salir con los hombres o por no dejarse hacer ciertas cosas…

Después de Singapur me llevaron luego a Hong Kong y allí logré buscar ayuda en el consulado, luego con apoyo de varias entidades logré regresar a mi casa”.

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