Cómo consumir drogas sintéticas y no morir en el intento

Cómo consumir drogas sintéticas y no morir en el intento

La masificación de la cultura electrónica llevó a un aumento de la demanda de drogas y de la adulteración de las sustancias. La muerte en España de una joven marplatense de 19 años vuelve a poner el tema en debate: ¿cuáles son las estrategias para saber qué se consume?

21/08/2019

Por Martín Güelman y Sebastián Sustas*

Pasaron poco más de tres años desde la muerte de cinco jóvenes en la fiesta Time Warp en Costa Salguero y recibimos la noticia de la muerte en España de Alanís, una joven marplatense, por presunto consumo de una droga sintética adulterada en una rave. La noticia vuelve a poner en escena la relación entre el consumo de este tipo de sustancias y los contextos en los que ocurren.

Los testimonios de quienes estuvieron en la Time Warp dan cuenta de serias irregularidades en la organización del evento (falta de ventilación adecuada, sobreventa de tickets, baños y puntos de hidratación insuficientes), de ausencia de control por parte de las autoridades del gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y de situaciones de venta de drogas sintéticas al interior del predio, algunas de ellas adulteradas. Esto último, si bien se encuentra en una zona de difícil comprobación, y aun es objeto de investigación judicial, puede sugerir posibles dinámicas de connivencia entre quienes organizaron el evento, las autoridades y las fuerzas de seguridad.

En varias investigaciones encontramos que las personas que participan de la llamada “movida electrónica” consideran que las drogas sintéticas tienen escasos efectos secundarios. A diferencia de otras sustancias que les resultan más nocivas, como la cocaína, creen que con estas drogas es más fácil controlar y elegir los momentos de consumo, lo que los lleva a sentir que pueden manejar la situación y a sentirse más seguros. Si bien reconocen que siempre hay un grado de incertidumbre y riesgo al consumir drogas, no ven en el éxtasis una sustancia que pueda llevar, por sí sola, a la muerte o a consecuencias graves para la salud. En cambio ven que un entorno excesivamente concurrido, la combinación con bebidas alcohólicas o pastillas adulteradas con sustancias de relleno o con dosis muy altas de MDMA sí son factores que pueden llevar a complicaciones graves.

Que las y los jóvenes que participan de la movida electrónica tengan una mirada desprejuiciada y transgresora en relación a las drogas, especialmente las drogas sintéticas, no significa que no reconozcan los potenciales efectos negativos que estas pueden provocar. Lejos de un consumo descontrolado o irracional como muchas veces se presenta, hay una búsqueda por conciliar el placer y los cuidados, el disfrute y la salud. De allí que desarrollen una gran cantidad de prácticas para prevenir o mitigar las posibles consecuencias negativas del consumo. Por supuesto, estas prácticas no son comunes a todos los públicos que asisten a las fiestas electrónicas.

La masificación de la cultura electrónica llevó a un aumento de la demanda de drogas y al consiguiente aumento de la oferta y de las modalidades de adulteración de las sustancias. Frente a ello, han proliferado estrategias de cuidado para conocer lo que se está consumiendo. Por ejemplo, hay testeos químicos amateur que permiten saber la composición y la dosis de MDMA en una pastilla. El carácter ilegal de la comercialización y consumo de estas sustancias hace que estas prácticas de testeo de pastillas –como el test de Marquis– deban realizarse en la clandestinidad.

En algunos países de Europa, el Estado y organizaciones de la sociedad civil como Energy Control ofrecen a las y los usuarios la posibilidad de realizar el testeo de pastillas en el propio ámbito de las fiestas. Este tipo de estrategias forman parte de lo que se ha denominado “reducción de riesgos y daños”. Quienes se oponen a estas estrategias sostienen que constituye una apología del consumo de drogas y brinda un mensaje que relativiza las consecuencias negativas de estas sustancias. La experiencia muestra que, como ocurre con el aborto, la clandestinidad no inhibe a las personas a llevar a cabo la práctica, sino que las expone a hacerlo con mayores riesgos. Tampoco sirve, como se ha intentado, prohibir las fiestas porque esto lleva a que se realicen en ámbitos con menores posibilidades de control por parte del Estado.

En nuestro país, en los últimos años han comenzado a implementarse algunas acciones preventivas. La SEDRONAR, por ejemplo, instala carpas en los propias fiestas en las que personal especializado brinda contención e información, hay puntos de hidratación y se provee de frutas y dulces.

En un contexto en el que el consumo –en todas sus formas– se presenta como un ordenador fundamental de la vida social, las respuestas prohibicionistas parecen una quimera. En ese marco, celebramos toda iniciativa en pos de mayores posibilidades de maximizar las instancias de cuidado, inclusive aquellas que intenten conciliarlo con el ocio. Abogamos por la apertura de un debate serio e informado sobre el testeo de pastillas que permita prevenir o mitigar las consecuencias negativas de los consumos y, en última instancia, evitar muertes como la de Alanís y los cinco jóvenes de Time Warp. Ojalá que se pueda.

*Sociólogos. Instituto de Investigaciones Gino Germani