Confesar la violencia. El Tiempo de Colombia recupera las historias que más impactaron a los fiscales de Justicia y Paz.

La Unidad Nacional de Justicia y Paz, depende de la Fiscalía General de Colombia que investiga los crímenes perpetrados por los grupos paramilitares a lo largo de más de una década.

Confesiones de los “paras”, permitieron recuperar casi tres mil cadáveres.

La nota de El Tiempo comparte testimonios de familiares de las víctimas y las impresiones de los fiscales.

Justicia y Paz, seis años de terribles confesiones

El Tiempo, 24 de julio de 2011

Algunos de los casos que estremecieron a los fiscales que empezaron a destapar la verdad

El 30 de junio de 1999, dos días después de la masacre, Luis Emilio Betancourt, un hombre de 60 años, regresó al colegio de la población antioqueña de La Caucana, a recoger los restos de su esposa embarazada.

Ella tenía seis meses de gestación cuando los ‘paras’ del bloque Mineros le abrieron el vientre, le quitaron la cabeza a la bebé y se la arrojaron encima. Los asesinos llegaron al pueblo a ‘castigar’ el supuesto robo de un cerdo.

“No entiendo la sevicia. No he podido encontrarle una explicación -dice Patricia Hernández, fiscal 15 de la Unidad de Justicia y Paz-. Y es muy difícil no pensar en la mirada de tristeza y abandono del esposo en las audiencias”.

Historias como esa son las que han descubierto los 1.060 funcionarios de Justicia y Paz. Algunas son tan escabrosas que la Fiscalía ha tenido que habilitar un grupo de psicólogos para que los ayuden a seguir adelante con sus investigaciones.

En Puerto Venus, corregimiento de Nariño (Antioquia), Justicia y Paz recuperó de una fosa común el cuerpo de un menor de edad cuyo crimen fue pagado por su propia madre. El muchacho, al parecer, tenía problemas con la droga y duró desaparecido por años. Los abuelos nunca se resignaron y en una audiencia los asesinos, que eran guerrilleros, confesaron el crimen y dónde estaba la tumba.

Elba Beatriz Silva, la jefa de Justicia y Paz, dice que, aunque no pasa un día sin que escuchen confesiones aterradoras, “no se puede perder la objetividad”: “No nos podemos dar el lujo de sentir, de llorar, de irnos contra el ex ‘para’ o el ex guerrillero. La obligación de encontrar la verdad implica tener equilibrio”‘

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