Cultivo legal uruguayo: cosecharás lo que siembres

marihuana

Desde Uruguay*

Sebastián es un apasionado de la jardinería. Tiene estudios al respecto. Es lo que se dice un jardinero. En su vergel conviven muchos tipos de plantas. Una colección de cactus, con algunos árboles de Ginkgo Biloba, aromáticas y arbustos ornamentales. Es jardinero practicante y tiene su vivero. Cuando tiene la posibilidad vende cactus a viveros amigos.

Su cultivo de cannabis está en el medio del vivero, entre unas estructuras que evitan la entrada de su hija pequeña. La estructura también sirve de apoyo para plantas de tomates, orégano y otras trepadoras. El cultivo está orientado al norte. Así reciben el sol casi todo el día. Hace ya 13 años aplica sus conocimientos botánicos al cannabis. Tiene 38 años y vive en Puntas de Manga, bien al norte de Montevideo.

Ahora tiene un gran fondo. Pero antes las cosas eran distintas. Vivía en un apartamento del centro de Montevideo. Nunca hubiera imaginado que iba a tener un jardín legal de marihuana cuando probó el prensado paraguayo en un baile, era 1994.

Todavía se acuerda cuando fumaba faso prensado. Pero sus recuerdos más nítidos son de la primer cosecha que sobrevino tras repetidos fracasos tratando de decodificar a una planta que la sociedad a su alrededor llamaba hija del crimen.

Germinó sus primeras semillas en la primavera de 1998.

Pero entender la planta le costó más que un germinador. Por entonces era complicadísimo acceder a información. La planta estaba más que prohibida, era parte de la mitología oscura de la sociedad. Sus padres pensaban que el uso de cannabis lo llevaría a la perdición: el uso de drogas “más pesadas” y la delincuencia. Era lo que repetían los diarios, era lo que decía la gente.

Entre amigos y conocidos nadie sabía cómo germinar las semillas que aparecían del prensado ni qué hacer con el tallo que se estiraba entre la primavera y el verano. No sabían si había que cortarla o cuando. Muchos de los que plantaban esporádica o casualmente, en la vigilia de la clandestinidad, llegaban a fumar hojas.

Sebastián encontró fotocopias con información de cómo plantar cannabis.

—Me pareció de lo más interesante y en aquel entonces muy económico.

La primer cosecha propia que fumó fue en 2001 “más o menos”, titubea. Cuando fumó “flores” conoció el verdadero efecto de la marihuana. Fue la época en que internet también unió a cientos de cultivadores de todo el mundo en sus foros. La información —no siempre la mejor ni la validada, solo la suficiente para cosechar— se esparció como baldazo de agua con el avance de la conectividad digital.

Desde entonces, Sebastián no dejó de plantar y hasta pudo seleccionar y reproducir, con el correr de los años, las variedades de cannabis que mejor se adaptaron a su gusto y al de la madre de su hija.

Sebastián arma, prende y fuma porque le “gusta el sabor, el efecto y porque lo planto yo”. Ahora se ocupa que el sol de verano no queme las plantas y le pone tejidos de media sombra. Vigila que el cogollo no se llene de hongos cuando empieza el frío, el rocío, las lluvias y la humedad. Entre marzo y abril el vaho se condensa en las flores pudiendo acabar con seis meses de trabajo. Pero eso no le pasa, porque es un jardinero del cannabis.
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Joaquín del Prado, vive en las orillas de Sayago, a veinte minutos de Montevideo. Al igual que Sebastián también se registró. No le convencía el registro, pero es padre de dos niños. Lo meditó bastante.

—Decidí hacerlo para militar por el asunto. (…) Por aquello de que la unión hace la fuerza. Es la manera de decir que somos miles y no queremos escondernos más. Somos gente normal, padres, madres, estudiantes, hijos, abuelos, trabajadores, empresarios, profesionales y políticos.

“Cuando nos demos cuenta de que es una planta más, el registro será igual de absurdo que registrar una parra que usas para hacer vino en el fondo de tu casa”, espera. Por ahora, casi 5000 cultivadores de cannabis se registraron para evitar problemas.

Joaquín probó su primer porro en 1994, tenia 13 años, estaba sentado en un muro del barrio costero de Punta Carretas. El hermano de un amigo lo convidó con prensado. Le dijo no, que hacía mal. Pero le ganó la curiosidad.

Sin embargo, la primera vez que fumó marihuana fue en España, en 2005, cuando se fue a hacer una temporada de trabajo en hotelería.

—La diferencia era abismal, casi como comparar el alcohol de farmacia con un whisky etiqueta negra.

En su barrio el cannabis sigue la dinámica de los noventa. Un par que venden y un montón que compran prensado paraguayo. Pero para él la cosa es bien otra.

Joaquín está a cargo de una industria familiar junto a sus hermanas. Tiene dos hijos que acuna en una casa amplia con un fondo de 200 metros cuadrados. Dos de esos metros cuadrados los dedica al cultivo de cannabis y otro metro al cultivo interior. Prepara en interior lo que luego saca para afuera.

Fuma por la misma razón que toma Coca Cola. Le gusta. El cannabis le da otro estado de conciencia, un momento de relax, de reflexión donde la bronca se desvanece, la mandíbula se afloja y se desinfla su estado de alerta .

Así digiere los pensamientos y esa comida rápida que es el trabajo moderno plagado de estrés de oficina, autos, teléfono, mails y más mails; pedidos, entregas, chequear la producción, hacer los trámites, entregar y poner la cara seis días a la semana, 12 horas por día, siempre alerta.

Para Joaquín la marihuana es un generador de ideas.

—Es un escape, como surfar, ir de compras, andar en bici o tirarse en la cama por un maratón de Netlix.

El cannabis no es evaluado así por todos. Cuando sus mayores se enteraron de su consumo en la adolescencia, escuchó la palabra internación. Los mayores se preguntaban qué habían hecho mal. El tiempo siguió pasando hasta fumar algunas veces con su madre. Decía estar sorprendida del efecto, más suave que el vino. Algunos padres de sus amigos también lo probaron. Y hasta lo usan para frenar dolores musculares, del nervio ciático y dormir a la noche.

Los tiempos cambian. Pero algo permanece intacto en Joaquín, además de su humor. Sigue usando cannabis. Pero desde que empezó a plantar encontró un buquet de sabores que compara con la diversidad del paladar al vino.

El pegue, el efecto y sus variaciones, dimensiones o intensidades los pone al nivel del “universo de la música, cada variedad despierta cosas diferentes”.

—El valor de mis cogollos es enorme. Pero el precio es el mismo que tiene el perejil, el orégano o los limones en el fondo de casa: cero peso.

Tose el cultivador de 35 años.

*Nota originalmente publicada en Farmakón, un blog de La Diaria

Guillermo Garat
Guillermo Garat

Periodista - Uruguay.

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