De la playa al calabozo

Por Martín Gené.-

El jueves 22 de diciembre fui testigo de una agresión contra una mujer perpetrada por la Policía Federal brasileña en el Aeropuerto de Salvador de Bahía. Por no haber mirado hacia otro lado me encerraron junto a otros dos argentinos dentro de una diminuta celda para someternos a interrogatorios y tramitaciones durante 12 horas.

Mis hijas, de 7 y 12 años, y la de mi compañera, de 13, tuvieron que aprender de primera mano y entre llantos cómo conviven maltrato policial y violencia machista en nuestros países.

Todo empezó cuando vimos que el oficial Josenir Magalhaes le retorcía el brazo a Ana, una bioquímica que trabaja en un hospital público. ¿El motivo? Por inexperiencia, Ana olvidó despachar una botellita de agua y un recipiente de crema.

Unos diez pasajeros nos acercamos y pedimos que se hiciera presente personal femenino para resolver la situación y que este hombre dejara de sujetarla de esa manera.
Viéndonos, los policías cambiaron el blanco y adentrándose en la sala de embarque vinieron sobre los que intentábamos pacificar esa reacción. Martín Canay, periodista de Radio del Plata, fue tacleado y pretendieron reducirlo.

El reproche y el temor crecieron. Magalhaes dispuso entonces el despliegue de la Policía Militar que irrumpió en la sala y fue principalmente sobre Martín.

Dos policías lo sujetaron por la espalda. Uno le hizo una toma de ahorque. No tenía los pies sobre el suelo mientras lo asfixiaban. Otra vez intenté disuadirlos verbalmente pero me rechazaron con brusquedad.

Cristina Álvarez Rodríguez, diputada nacional, les pidió que dejaran de maltratarlo a él y a Ana. Previó lo que vendría y le preguntó a Martín su nombre para que todos lo escucháramos.

Enseguida los uniformados fueron también contra el conjunto de los pasajeros que miraban sin intervenir. Entre ellos reconocí a los actores Griselda Siciliani, Jorgelina Aruzzi, Gloria Carrá y Diego Ramos.

Una mujer protegió a su bebé de los empujones y fue cuando Ezequiel, que tiene 19 años y estudia para ser soldador, quedó frente a frente con Magalhaes, que lo golpeó en el hombro.

Con Cristina alejamos de la escena a nuestras hijas Manuela, Josefina y Alma, y nos acomodamos junto a ellas en una fila de sillas, consolándolas.

Policías y militares se internaban entre las butacas y parecían bandeirantes en una cacería de esclavos.

-Este tipo me está buscando a mí, le dije a Manuela.

Faltaban 20 minutos para que se abriera nuestro avión. Demasiado tiempo para permanecer invisible.

En esa espera eterna estábamos hasta que vi la multitud de borceguíes plantarse frente a las puntas de mis zapatos.

-Está detenido. Aléjese de su familia, me gritó Magalhaes acompañándose por otro federal inmenso que ya me tomaba del brazo y por tres policías militares con fusiles de asalto.

Me paré inmediatamente, les pregunté por qué y me quedé mirándolos.

-¡A mi papá no se lo van a llevar!

Por toda respuesta recibí su amenaza de descargar los 3.500 voltios de su Taser M-26 sobre mi cuerpo.

A pesar de que no opuse resistencia, los cinco me escoltaron persuasivamente hasta donde estaban Ana y Martín.

Se me acercó para corroborar mi identidad Joao de Souza, el solidario Gerente de Aerolíneas Argentinas en Salvador. Su equipo dio aviso de lo que pasaba a nuestro Consulado.

Todos los empleados permanecían callados y tensos. Ellos conviven a diario con esta Policía y es claro que le temen.

Magalhaes nos hizo desfilar por el Aeropuerto con las manos en la espalda ante la mirada pública, como si fuéramos trofeos en la desmesura de su guerra imaginaria.

Cruzamos una puerta y me hizo entrar a una celda vacía. Pasó el cerrojo. Del otro lado me preguntó si no me daba vergüenza por mi familia. Dijo que en Brasil hay leyes, no como en Argentina.

-En Argentina también tenemos leyes. Y algunas son para que esto no pase.

-Ahora se va a quedar acá sólo. Va a aprender a respetar.

-Me voy a quedar acá, sí. Pero cuando salga vamos a ver quién se hace responsable y qué dicen nuestros países de este quilombo.

Se lo dije con una serenidad desestabilizante que castigó quitándome el colchón del calabozo, en una clásica y patética picardía penitenciaria.

calabozo-smallEnseguida trajeron a Ezequiel y a Martín, que estaba disfónico y dolorido.

A la distancia, escuchábamos cómo alguien torturaba verbalmente a Ana diciéndole que pasaría mucho tiempo en prisión.

Sin relojes, el tiempo es una medida que se disuelve. Nos sorprendió la orden de que nos trasladáramos a una dependencia contigua. Era una sala con un sillón, una TV y una estimulante colección de libros sobre el uso de armas ligeras.

Entendimos la repentina amabilidad porque enseguida entraron Mariano Vergara, Cónsul General en Bahía, y Claudio Ré, agregado.

Había llegado antes, pero durante media hora le impidieron tomar contacto con nosotros con el pretexto de que debía aguardar la llegada de Marcelo Andrade, Delegado de la PFB.

Temió que nos hubiesen golpeado y pidió ver los videos del aeropuerto. Se lo negaron.

Cuando por fin logró vernos, nos saludó disculpándose porque la premura lo había hecho venir en manga corta y bermudas, y vi que eran las 9 de la noche. No necesitó atuendo para demostrarle autoridad a ellos y contención a nosotros.

A partir de la llegada de Mariano hubo un giro en la situación. Se quedó con nosotros, llevó tranquilidad a las familias y fue conversando con las autoridades.

Andrade condujo la ronda de interrogatorios. Lo hizo con serenidad.

El Cónsul nos comunicó la única opción que nos daban. Firmar un compromiso de comparecencia ante la Justicia brasileña. Los cargos son por resistencia a la autoridad, artículo 329 del Código Penal, con una pena prevista de dos meses a dos años. O permanecer en una cárcel común. Sin eufemismos.

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En el Brasil de Michel Temer, la máxima autoridad se hizo con el control del Estado sin escrutinio popular. De allí para abajo se instituyó una legalidad incierta. El autogobierno policial es sólo el rasgo más coercitivo de un régimen, pero no el único.

Nada bueno presagia para las libertades que la ley, el poder y la palabra se concentren despóticamente. Eso también lo aprendieron de primera mano las mujeres detenidas en Jujuy.

Cuando alguien desprecia eso que se llaman garantías, conspira contra su propia seguridad. Cuando alguien cree que lo que ocurre en un país hermano o en una provincia distinta a la suya no lo afecta, es incauto.

En nuestros países hay violencia de género, hay violencia institucional y hay deterioro social.

Yo no tengo paciencia para escuchar la pregunta sobre si todo esto es real. Rechazo sin más el camino por el que se agreden los cuerpos, se humillan las almas y se mata el espíritu.

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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