Desde las entrañas de Bangu, prisión de máxima seguridad de Río de Janeiro

Por Vanessa Rodrigues – Cosecha Roja

El infierno humano coexiste con nosotros, algunas veces manifestado, otras escondido. El infierno, en Río de Janeiro, Brasil, se llama Bangu. Es una prisión de máxima seguridad. Esta ciudad invisible que tiene más de 5 mil habitantes está en el barrio rural que lleva el mismo nombre, a 40 minutos del centro de Río.

Bangu es un viaje al Hades de prisiones, con 24 unidades. En un ala están miembros del Comando Vermelho, en otra los del Terceiro Comando, más allá los violadores. Los separan para evitar la sangría. El odio y la violencia son órganos de la anatomía por la lucha del poder y esto puede ser lenguaje universal cuando hablamos de cárceles.

Fui a conocer esta prisión de máxima seguridad una mañana de noviembre de 2010 para hacer un reportaje para la radio portuguesa TSF. Bangu tiene fronteras amuralladas y cualquiera puede tener un billete de ida, pero raramente de vuelta. Aquel día, pasando el mar, el verde-paraíso de los morros, el murmullo de la gente haciendo jogging cerca la playa, respirando la humedad de un verano tropical, Río de Janeiro era un barril de pólvora que estaba siendo amenazado por el Comando Vermelho (CV), la facción más expresiva del crimen organizado.

Se respiraba la tensión en el Complexo do Alemão, una de las mayores favelas de Río. Había, lo sentíamos, un olor a sangre en el aire. Palpitaba una arritmia como si la ciudad tuviese las manos sudadas y el miedo fuese su anatomía. Rehén de sí misma. Y yo iba sola hacia Bangu.

Comando Vermelho rendía la ciudad ante una ofensiva contra las Unidades de Policía Pacificadora (UPP), grupos militares que son parte de la estrategia de seguridad pública del estado de Río de Janeiro. Nacieron hace cinco años para devolver al Estado los territorios ocupados por el crimen organizado – mayormente controlados por milicias del sistema que congregan policías, políticos y ciudadanos, ejercitando la economía marginal y sometiendo las comunidades al yugo de un poder paralelo.

La temperatura era de un verano infernal. Pero la ansiedad y la adrenalina me helaban los sentidos y me mantenían en alerta como quien va a una caza y no quiere ser sorprendida por un predador. Era la incertidumbre de lo que iba a encontrar.

En la línea roja, la carretera RJ-071 (Via Expressa Presidente João Goulart) que rasga Río de sur a norte, se mataba gente. Es famosa por cercar 18 favelas consideradas geografías del narcotráfico.

Para llegar a Bangu pagué 70 reales de taxi sin saber a qué hora volvería, corriendo el riesgo de no volver, ya que al final del día, la ruta podría ser cerrada. Se decía que las órdenes de lo que estaba pasando allí afuera venían desde adentro de la prisión. Los líderes de la ciudad invisible controlando la ciudad maravillosa.

***

Rogério Menezes estaba en las puertas de la prisión. Me esperaba. Después de siete llamadas telefónicas y una hora más de tensión conseguí que saliera a buscarme. Es el coordinador de la ONG Afroreggae que trabaja en Bangu. Menezes tenía las manos frías. Vestía jeans, zapatillas blancas y una camiseta con el logo de la ONG: el mapa de Brasil. Con arrugas en las comisuras de los ojos; porte delgado y brazos de músculos evidentes. A sus 43 años sería mi barquero dantesco. Aunque me recibió con otros planes:

– No podremos entrar. No es seguro ahora. Puede haber una rebelión del Comando Vermelho. La ciudad puede explotar en cualquier momento. Tengo conocimiento de una carta. Pero hay cosas que no puedo hablar con usted. No puedo comprometerme. Ni a Afroreggae.

Estaba todo planeado para mi ingreso. Para que esté del otro lado. Pero no. Había nervios aflorados como presa en fuga. El sol cumplía su ritmo anunciando el fin de la mañana. El calor es símbolo de que el mercurio puede aumentar en el termómetro como la tensión pre-conflicto. ¿Cuantos grados necesitamos para saber si estamos cerca o lejos del infierno?

– Yo sé de qué hablo – dijo. Si te pongo dentro y hay una rebelión te van a hacer rehén. Es el plato principal de una comida envenenada. No te van a hacer nada, te van a dar café, galletas, pero ante la policía van a amenazar con que te matan, porque eres prensa internacional, una especie de premio de rebelión. Quieren protestar contra las UPP. No nos vamos a comprometer. Es por tu seguridad. La nuestra. Ni yo ahora, que los conozco, estoy seguro entrando solo.

Podía estar a un paso de ser noticia. ¿Cambiaríamos los papeles? No. Confiaba en Rogério. Su voz trémula y contundente me inspiraba tranquilidad. Él había sido por diez años fiel al CV. Ahora era pastor evangélico, mediador de conflictos.

En Bangu, mi barquero trabajaba como consejero para aquellos que querían romper con el crimen organizado; coordinaba los proyectos socio-culturales que Afroreggae desarrolla con presos y en favelas. La ONG impulsa una forma de integración social para probar que existen alternativas al tráfico; a la economía paralela. Hoy un ex-traficante es modelo; otros trabajan en Afroreggae como profesores de danza, percusión, productores audiovisuales y como mediadores.

***

Hasta que aparece una voz que va en contra del tono de miedo maduro de Rogério. Los asesores de prensa de la Secretaría de Seguridad Pública insisten en que yo tengo autorización para entrar y que la directora dice que no hay problema. Que debo pasar con ellos. Que todo está controlado.

Los ojos de Rogério parecen los de una fiera lista para atacar. Se queda. Su porte magro gana vida. Respira. Rosna.

– No arriesgo la vida de nadie por una entrevista. Yo tengo más experiencia. Es mejor creer en lo que digo. Estoy acá todos los días. Estoy dentro de las cabezas de los líderes, sé cómo piensan, sé cómo actúan, sé lo que podrá pasar.  Aunque yo no estoy seguro. Si reciben una orden de los líderes, ellos tienen que cumplir, si no van a ser asesinados. Son seguidores del crimen organizado, esto es como una empresa. Lo sé, esto es un juego peligroso y es mejor no jugar. Tenemos que respetar. Río puede tener una guerra en días.

Empecé a leer las entrelíneas. Rogério sabía lo que sucedería en los próximos días. Más autobuses quemados, sangre corriendo. Y las comunidades del Complexo do Alemão iban a recibir contingentes militares para ser pacificadas. La bandera blanca y la del estado de Río de Janeiro serían hastiadas. La reconquista de una sucursal criminosa, 30 años sobre el poder paralelo. Arsenal militar, un hipermercado de cocaína y hachís. Algunos se evadirían por la cloaca. Habría militares celebrando como si hubiesen ganado una guerra. Implementarían una UPP. Hoy hay 21 favelas pacificadas con Rocinha; quedan más de un centenar.

Entré. Confíe en el pastor. No fui al ala de los líderes del tráfico. Me quedé por el sector femenino, en Talavera Bruce. Bangu es puro cemento gris, pesado, una fortaleza insuperable. Adentro sentí un cierto miedo. Asfixia. Pasé de los 35 grados a un frío helado provocado por la sombra del interior.

Era la una de la tarde. Teléfonos, mochilas, se quedaron tras mi primer paso. Sólo cámara y grabadora autorizadas. Pero sería una máscara, porque todo el material recogido luego lo confiscaron. Una mujer me acompañó. Y Rogério. Quien me iba presentando a otros miembros de Afroreggae, a las reclusas y en un momento apuntó a una mujer de pelo negro y curto.

– Aquella es Rosa, la líder de una comunidad de tráfico de droga. Tiene mano de hierro. Voy hablar con ella para que te de testimonio – dijo.

Pero la directora que manda en Talavera Bruce no me autorizó a hablar con Rosa. Apenas con algunas reclusas. Muchas eran rebajadas en mi frente. Gritos de orden y disciplina militar. Como Catarina, la angolana de cabello negro y grosso, presa por tráfico de droga. Ella firmó la autorización para que le tomemos unas fotos y dio entrevista. Me contó de esa otra ley: la interna. Una tensión entre las mujeres que aguza el instinto de supervivencia. Policías contra reclusas; reclusas contra reclusas.

Catarina fue contratada para tomar aquí un mes de “vacaciones”. No volvió, fue detenida por la Policía Federal en el aeropuerto cuando intentaba embarcar para Angola. La primera cosa que hará cuando salga es ver la hija que traía en la barriga. Ha sido madre en la prisión. A algunos metros la inspectora se queda atenta porque hago muchas preguntas. Catarina me dice que las maltratan.

– Es un infierno. Vivimos en condiciones medievales, pocas horas de sol, poca asistencia de salud, pocas visitas, y yo no puedo ver a mi hija. Solo cuando salga de acá. Me queda poco.

Me miraba como quien buscaba ayuda. Como si viese en mí una Mesías de libertad, la última esperanza quebrando la monotonía de la cárcel. Cuando hablaba de maltrato nombraba una guerra psicológica.

Al cambiar el tema de la charla se animó: el próximo domingo habría un concurso de belleza. Estaba confiada, tenía posibilidades de ganar. Aquel día, además, había un poco de oxigeno: un taller de percusión con Afroreggae para ellas. Todas las semanas el tambor quiebra el silencio de las plantas salvajes de este jardín maltratado.

– Es una forma de libertad, porque cuando toco el tambor no pienso que estoy presa. Vuelo.

La inspectora miró inquieta e hizo señas de que la conversación era suficiente. Circulé un poco. Hablé con los otros miembros de Afroreggae. Me preguntaron sobre Portugal. Reímos. A los ojos de los inspectores y miembros de la Secretaría de Seguridad era como si estuviésemos transgrediendo las normas. Descubrí la mordaza tácita. Reír está prohibido en la cárcel.

***

Periodistas de una cadena importante de televisión almorzaron con la directora. Yo fui a la cantina común. Mejor. Los terceros lugares son siempre preciosos, es la contracara de lo institucional. Donde se pueden encontrar informaciones privilegiadas. Pero me intimidaron a dejar la grabadora y la cámara. Lo que siguió fue una lista de prohibiciones. No pude hablar con un amigo de Rogério, también pastor y ex-narcotraficante. Tuve que mostrar todas las fotografías: 90, una por una. Entendí cómo dentro del infierno puede haber otros infiernos: el de la opresión personal.

Era cierto que este era un juego peligroso y Bangu tenía mala fama. En Setiembre de 2000 a la directora de Bangu 1, Sidneya dos Santos Jesus, la asesinaron cuando volvía a casa. Ella era conocida por ser severa con los presos y constató que algunos de ellos recibían hasta cinco visitas del abogado en el mismo día. Entregó entonces una lista de 130 nombres de abogados sospechosos de ser mensajeros de traficantes y los encaminó a la Comissão Parlamentar de Inquérito de Narcotráfico.

Rogério también nombró varias rebeliones con rehenes. El motín de 2002 había sido uno de los momentos más significativos de la lucha entre las facciones que controlan el tráfico de drogas y el interior de Bangu. Líderes del Comando Vermelho eliminaron a cuatro jefes del Terceiro Comando y de Amigos dos Amigos, después de una tentativa frustrada de fuga. Se encontraron planos de un túnel.

Además, al subdiretor de Bangu I Wagner Vasconcellos da Rocha también lo mataron en 2004. La orden vino de adentro de la prisión.

Las horas que siguieron luego del almuerzo fueron sólo para registrar sonidos de percusión. Tomé notas. E hice fotos controladas solamente a algunas mujeres. No más que los pies o las piernas. Imposible retratar sus sonrisas mientras danzaban y tocaban el tambor.

El ruido retumbante, fuerte, era liberador. Al terminar Afroreggae repartió camisetas, zapatillas. Catarina estaba feliz. No quiso nada:

– Si descubren que tengo algo nuevo me van a robar y no quiero problemas.

Una mujer pasó con una carretilla transportando algo que no puede ver. La policía le gritó. Amenazó con castigarla. Pregunto a Catarina cómo era eso. No quiso decirme.

– Aunque algunas veces es mejor ser reprendido y ver la luz antes que estar en la cela días enteros sin sentir el sol caliente.

1 comentario
  1. Muito bom. Uma imagem vívida e muito actual ao interior do inferno. Parabéns à autora do artigo e parabéns à publicação pela sua qualidade.

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