Destrozos en México: lo que deja la tormenta Manuel

manuel Crónica de David Espino-.

EN TODA LA calle es el mismo escenario. Mujeres y chicas barriendo el lodo de sus casas. Hombres cargando refrigeradores y camas hacia un lugar seco. En el medio, muebles amontonados y gente enlodada de las rodillas para abajo. El ruido del agua es un estruendo de objetos arrastrados de las casas. Por allí, la creciente del río Huacapa pasó sin tocar la puerta. Estufas, colchones, tanques de gas, roperos, sofás, osos de peluche, ropa, zapatos y hasta pedazos de pared. La gente se une en grupos frente a las puertas de sus viviendas, sin siquiera reconocerse, para tratar de salvar lo que queda, lo que se pueda. Para tratar de limpiar el paso del vecino con quien alguna vez, tal vez, apenas cruzaron un saludo.

En el Paseo Alejandro Cervantes Delgado, un bulevar construido a la orilla del Huacapa a mediados de los 90 y concluido hace apenas unos cinco años, sólo hay escombros, lodo, árboles arrancados de raíz y retazos de lo que fue la carretera. Aunque el nivel del agua aún es alto y la corriente truena en su andar loco, hay muchos chicos tomando fotos y video. Uno de ellos caerá más tarde al agua allá por el marcado Benito Juárez. Una familia de comerciantes lo verá desde unas gradas y no podrá hacer nada por él. El chico pasará flotando y gritando con el último aliento que le quede y será oído por los vecinos de la colonia Morelos que estarán rescatando sus pertenencias y darán la voz de alerta. Varios hombres saldrán corriendo entre el lodo y el agua de las calles y le tirarán una reata para sacarlo, pero será inútil: las pocas fuerzas que le queden le impedirán tomarla y salvarse.

SON LAS cinco de la tarde del martes 17 de septiembre. Muchas calles de las partes bajas de las colonias San Francisco, Centro, Vista Hermosa, Cuauhtémoc Norte, Santa Cruz, Morelos y Galeana siguen inundadas. Los daños causados por la tormenta Manuel en el estado son noticia nacional. El presidente Enrique Peña Nieto sobrevuela el cauce en un convoy de helicópteros acompañado del gobernador Ángel Aguirre Rivero y el alcalde Mario Moreno Arcos. Si por tierra la vista es impresionante, por aire el daño debe contemplarse en toda su dimensión. Pero el presidente no quiso verlo de cerca y aterrizó sólo por un momento en las canchas deportivas del CREA, que se habilitaron como albergue para los damnificados de la región Montaña.

Dos días antes, el 15 de septiembre en la tarde, el gobernador Aguirre anunció en un noticiario del canal 25 de cable que no festejaría el Grito de Independencia. Ya tenía información de lo que pasaba en el estado. Al amanecer del día siguiente, el lunes 16, la corriente del Huacapa –que en tiempos de estiaje sólo arrastra hilillos de aguas negras sin tratar de la ciudad– había arrancado una casa desde sus cimientos en la colonia Morelos, y lo mismo había hecho en la Vista Hermosa, en la Galeana, en la Tequicorral.

En febrero de 2010 había caído una lluvia torrencial, llamada “atípica” por las autoridades, que también había derribado casas y desbordado los niveles de agua del río Huacapa. Aunque nada parecido a esto. Y nada, parece, se aprendió de aquello.

Ni los soldados pudieron salvar su fama de previsores y guardianes. Manuel los agarró dormidos. En la zona militar 35, el agua formó un río en medio de sus instalaciones, pasó por el callejón del Tío Nacho, por una casa de ancianos y terminó cayendo en cascada al afluente. Los muros fortificados por los que nadie pasaba, a pesar de que hace unos años el área que colinda con el barrio de San Francisco era un parque público, cedieron a la fuerza de la corriente.

LA CALLE Ejército Nacional, que da paso a las instalaciones militares, era un río que bajaba desde el bulevar y terminaba en el Huacapa. Allí El Titichi, un colega caricaturista, miraba el trabajo colectivo. Cruzamos algunas palabras. Me recordó que yo había reporteado el Paulina en Acapulco en 1997 y preguntó si había similitud en el desastre. Le dije que no, que Paulina había devastado Acapulco y esta vez Manuel no le había hecho nada.

Pero estaba equivocado. Pensé en los daños que Manuel había causado en Chilpancingo, no en más de la mitad de los municipios de Guerrero, donde dejó vías carreteras destruidas, miles de casas destruidas, 139 muertos y una cifra aún desconocida de desaparecidos. Cuando le explicaba otras cosas, un vecino de la zona se acercó y saludó a El Titichi. Preguntó si yo era reportero. Cuando se lo confirmé, dijo que Protección Civil no había servido de nada porque toda la gente estaba trabajando por su cuenta. Dijo, también, que nunca hubo un aviso de que abrirían las compuertas de la presa Cerrito Rico y que por eso en la madrugada del 16 la gente se había quedado atrapada en el agua.

–Si no fuera porque mi casa es de dos pisos nos hubiera arrastrado la corriente.

–Pero hay máquinas trabajando –observé.

–Las pagamos nosotros. Nosotros les pagamos el diésel. Llegaron contratados por lo militares para que limpiaran su área, y una vecina les dijo que si podían venir más para limpiar de una vez todo.

Cuando hablábamos, un convoy de camionetas se acercó por una parte transitable del paseo Alejandro Cervantes Delgado. En la parte de atrás de una pick-up iba trepado el alcalde Mario Moreno Arcos con gente de Protección Civil municipal. Se paró justo donde estábamos. Moreno daba instrucciones. Tenía una gorra y andaba sin chamarra a pesar del frío.

–Es parte del show –dijo el vecino–. ¿Para qué vienen a esta hora que ya la gente está trabajando por su cuenta? Ni el Ejército nos hizo caso cuando le pedimos ayuda. Te lo puede decir la vecina. ¡Vecina!

El convoy de camionetas se alejó. Una mujer madura se acercó con su hija.

–Cuéntele a los periodistas cómo los soldados ni nos hicieron caso –pidió.

Cuando el agua estaba empezando a crecer, los vecinos salieron de sus casas para quitar troncos y demás basura que estaba reteniendo el agua. “Entonces los soldados dijeron: ‘echen su basura para allá, echen su basura para allá’, en vez de que nos ayudaran”, contó la mujer.

–Pusieron una máquina pesada en la entrada para que les sirviera de dique –intervino la hija– y por eso la casa de una vecina se inundó toda.

EN LA PLAZUELA de la Santa Cruz, una chica y un chico, estudiantes, deambulan. Son de la casa número 2 de la Universidad Autónoma de Guerrero (UAG). Se acercan para decirme que su dormitorio quedó todo inundado y no saben qué hacer. Sugiero que vayan a las autoridades de la UAG para pedir ayuda. Cuando platicamos, se acerca otro vecino, Ramón Alarcón Adame.

Ramón, un cincuentón de tez blanca, profesor de profesión, está molesto. Dice que Mario Moreno pudo haber prevenido todo esto. “Él es de este barrio, él aquí nació, sabe los riesgos. Pero nadie pasó a avisarnos que abrirían las compuertas de la presa para intentar salvar a tiempo las cosas y la vida”.

Una bomba extrae el agua de su casa. La muestra desde fuera, mientras habla a gritos para hacerse oír. “Otras veces los de Protección Civil pasaban a avisar con tiempo para que tomáramos precauciones. Esta vez no lo hicieron. Y para acabarla esta cancha de basquetbol que construyeron en medio del río taponeó toda el agua y se vino para acá. La plazuela nunca se había inundado así”, dice sin pregunta de por medio.

En las bancas aún mojadas, una mujer hace sandwiches para los policías del estado que los comen con ansiedad. Más allá, el cura de la iglesia de la Santa Cruz hace labores junto con otros policías que ya comieron. Un pozo artesiano emerge del agua. Alguna vez funcionó, pero ahora sólo es un adorno que le da un aire pueblerino al lugar. En la calle lateral, la Andrés Figueroa, está la casa de los estudiantes. La marca del agua se nota en las paredes. Tiene casi un metro de altura. Adentro, los chicos suben lo que pueden a la planta alta y afuera un funcionario de la UAG se asoma con timidez sin animarse a pasar. Dos estudiantes salen para saludarlo. Es Miguel Ángel Carrillo Chora. A las seis de la tarde tenía una reunión. Tenía. No hay donde hacerla.

–¿Cuándo van a mandar la ayuda para los muchachos? –pregunto.

–Mañana traeremos una bomba para sacar el agua, porque ahorita ya es tarde –dice. Se levanta el pantalón bien planchado y busca no pisar el lodo.

LA COLONIA Santa Cruz pega con la colonia Morelos, pero no se puede seguir por el cauce del río. En esta colonia los daños son mayores. Un camión Dina de la policía del estado carga los muebles de una familia. Desde la parte alta de la calle mucha gente observa la operación de rescate. Son muchos policías. En la cabina del vehículo una mujer joven abraza un bulto de una virgen de Guadalupe. Más abajo, el lodo impide caminar. Sólo se puede hacerlo por encima de él.

Dos personas miran lo que fueron sus pertenencias, que ahora son apenas un montón de escombros en el medio de la calle. La mujer dice que cuando abrieron la compuerta de la presa el agua ya la tenían encima; aunque les hubieran avisado no habrían podido salvar nada. El hombre no lo cree así.

Más adelante, donde la Mier y Terán hace esquina con el encauzamiento del Huacapa, una casa verde de dos plantas está volteada, arrancada desde sus cimientos. Una casa alta y ancha. Fuerte. Pero la fuerza de la creciente la arrastró como un barco de papel. En Google Maps se le puede ver erguida. Ahora yace tirada, enterrada a la mitad con una cortina volando de una ventana de lo que era el segundo piso. Los cimientos quedaron de lado y la tubería del drenaje y el agua al aire libre. A un par de metros, una vivienda de una planta de tabicón sin revocar está ladeada y semienterrada. La casa verde le sirvió de dique y la corriente no le pasó encima, de lo contrario la hubiera enterrado por completo.

DOS DÍAS DESPUÉS bajó el nivel del agua y con esto emergieron más daños. Postes de luz rotos como palillos, más casas destruidas por la creciente. Y hasta se supo de casos de robos a las viviendas por quienes, aprovechándose del miedo de la gente por mayores inundaciones, alertaban sobre el colapso de la presa y cuando la gente salía ellos entraban a robar.

En el callejón de la Roqueta de la colonia Galeana, Sara Urióstegui Acevedo me invita a pasar a su casa aún con charcos y lodo. Tiene 48 años, es morena y de pelo negro y usa lentes para ver. Me muestra la marca hasta donde subió el agua que alcanza mi estatura: un metro con 80 centímetros. Me muestra lo que era su sala, su cocina y sus recámaras, donde lo único que se salvó es un retrato de dos parientes lejanos. Y sus padres, de 88 y 96 años que subieron a tiempo a una casa de más arriba.

Le pregunto si alguna autoridad los previno del desastre. La respuesta es la misma que la de los otros. No.

En el callejón todas las viviendas están en las mismas condiciones. Ahora que el sol salió, los dueños siguen sacando lodo y tirando objetos que quedaron inservibles por la inundación. Más adelante sigue el Huacapa con su corriente embravecida que impide avanzar río arriba. Unos trabajadores de la Comisión Federal de Electricidad supervisan la zona buscando cómo restablecer el servicio. En la banqueta del encauzamiento hay montones de objetos mojados y destruidos.

La gente deambula. Una madre de calzado enlodado contempla con su hijo las ruinas dejadas por la tormenta Manuel.

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