Escuela de detectives

Alberto Beltrán es un detective de la vieja escuela. Aquella que impartía sus cursos por correspondencia y que ofrecía un mundo de aventuras y peligros donde los investigadores lucharían por la causa de la verdad y de la justicia. La Escuela de Detectives le había pintado un futuro con todas las atracciones de una película de suspenso. No cualquiera atraviesa este umbral, decía el director, Máximo Abdala, y señalaba el ingreso de la Escuela. Espionaje industrial, robo de información, fraude con pólizas de vida, parecía haber tanto trabajo por delante. Un detective debía capacitarse para descubrir a expertos estafadores y dobles agentes, tenía que infiltrarse en el crimen organizado, arriesgarse sin más armas que la inteligencia y la memoria. Ustedes pueden ser los sucesores de los grandes detectives de la historia, decía Máximo Abdala, como al pasar. Scotland Yard, la Sureté, el FBI, no podrían haber alcanzado su fama sin los detectives, decía, y sus alumnos no podían escucharlo sin sentirse parte de una especie de cofradía.

Beltrán esperó durante toda su vida que llegara ese momento. La realidad se mostró muy diferente a los sueños, y tuvo que dedicarse a cuestiones amorosas y maridos infieles. Hasta que un caso aparentemente de rutina lo enfrenta con un crimen y lo coloca en un centro de una conspiración mafiosa. Una trama que se desata a partir del asesinato de un empresario farmacéutico y en la que descubre una red de intereses que en principio lo sobrepasa y en la cual deberá recurrir a su saber y su experiencia no solo para resolver la historia sino para salir con vida.

Un adelanto de “Escuela de detectives”, de Osvaldo Aguirre, para Cosecha Roja.

EscuelaDetect

Osvaldo Aguirre-.

Aquella mujer no parecía diferente a las que Beltrán cono­cía. Era el tipo de las que lo consultaban, las que llegaban en busca de ayuda, con la ilusión de que alguien desmintiera lo que ellas sospechaban y con la certeza de buscar lo imposible. Tenía la expresión desolada de la mayoría, la misma ansiedad, esa mezcla de vergüenza y odio que les impedía mirar de frente, distenderse con una sonrisa, articular tres frases seguidas.

Beltrán lo intuyó a primera vista, y no le quedó la menor duda. Un intercambio de miradas fue suficiente para saber que Ivana, su secretaria, tenía la misma sospecha.

En aquel oficio, con los años, uno aprendía ciertas cosas so­bre el mundo y las personas. Cosas que asombraban a la gente común y que los verdaderos profesionales manejaban con dis­creción. Beltrán se creía capaz de predecir comportamientos y rasgos psicológicos sin necesidad de grandes averiguaciones. Aquella mujer que lo esperaba, se le ocurrió, era una persona nerviosa e impaciente. Y como si ella le leyera el pensamiento, como si no quisiera defraudarlo, no esperó a ser anunciada.

—¿Detective? —preguntó, un poco nerviosa.

Beltrán sonrió sin responder. En realidad no podía pronun­ciar palabra. Terminaba de subir siete pisos por la escalera a paso vivo. Eran los ejercicios que le recomendaba el médico, y el esfuerzo lo dejaba agitado, sin aire.

De pie en la sala de espera, si podía llamarse sala de espera a un rincón provisto de cuatro sillas y una mesa baja, la mujer dudaba entre acercarse o permanecer en su lugar. Beltrán le indicó que lo siguiera y dejó su maletín en manos de Ivana, que en el mismo movimiento le entregó el diario y la corresponden­cia, en realidad el resumen de la tarjeta de crédito y un reclamo por impuestos vencidos. En las películas los detectives no reci­bían semejantes reclamos, pero él no vivía en una película, a él le tocaba la dura realidad.

Ivana fue a su escritorio. Cruzó las piernas, abrió su agenda en una página en blanco y se quedó pensativa, como si hubiera olvidado algo. Apenas tenía 19 años y llevaba poco más de seis meses en aquel trabajo. Beltrán la había conocido en un debate sobre seguridad pública organizado por el Colegio de Abogados; en los últimos tiempos se sentía un poco solo en la oficina, cansado de ocuparse de todo, aunque todo no fueran demasiadas cosas, y decidió contratarla luego de que ella le presentara su currículum vítae, no tanto porque tuviera algún antecedente importante, sino porque era la primera persona, en mucho tiempo, que le pedía trabajo.

Beltrán hizo pasar a la mujer a su oficina. Le ofreció asiento con una leve inclinación de cabeza y se dejó caer en su sillón, un sillón giratorio de cuero negro, estilo butaca, con respaldar alto y anchos apoyabrazos. La gimnasia lo había dejado peor de lo que pensaba; se dejó mecer por el movimiento del sillón. Podían tomar té, café, incluso había una botella de Johnnie Walker, obsequio de un cliente. La mujer prefería algo fresco y él estuvo de acuerdo; transpiraba, se desabrochó el botón superior de la camisa.

Llevaban diez días de otoño, pero la temperatura recorda­ba los peores momentos del verano, esa atmósfera sofocante de calor y humedad, el rasgo característico del clima de la ciudad. Beltrán se asomó a la puerta de la oficina y le pidió a Ivana que le alcanzara agua y vasos. Volvió a sentarse, sacó los cigarrillos, los anteojos y sus apuntes, una libreta de mano con espiral. Era una libreta Norte de 6 centímetros por 10; antes usaba otras más grandes, de 13 por 21, pero ya no se fabricaban.

Parecía estar en otra cosa, parecía en las nubes. La mujer lo miraba con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

—Es la primera vez que viene por aquí —dijo de pronto Beltrán, y la mujer tuvo un sobresalto.

Él se puso los anteojos y comenzó a revolver en los cajones del escritorio hasta que encontró una ficha.

—Tengo que tomar sus datos —agregó—. ¿O ya lo hizo la secretaria?

—No —respondió la mujer.

—Me imaginaba —dijo Beltrán y suspiró—. ¿Nombre?

La mujer pareció dudar.

—Vengo para hacer una consulta —dijo. El detective le obse­quió una sonrisa automática—. Susana Alonso —agregó, al fin.

Beltrán anotó su dirección, número de teléfono y correo electrónico. Pero la información más importante se registra­ba con los ojos. Aquella mujer tenía poco menos de cuarenta años, ojos marrones, un rostro liso, sin una sola arruga. Era delgada, bien formada. Se veía bronceada y llevaba una polle­ra larga, blanca y con arabescos verdes, y una remera blanca ajustada al cuerpo. ¿Le importaba que fumara? Le importaba. El detective guardó el atado en el bolsillo de la camisa.

El primer encuentro con una persona, pensaba Beltrán, era revelador. En las palabras con que alguien se presentaba, los movimientos con que las acompañaba, la forma en que miraba o evitaba mirar, en fin, el modo en que contaba cuál era su problema, se cifraban los datos básicos del comportamiento y el carácter de esa persona. Por supuesto, había que captarlos, hacía falta un entrenamiento especial, cierta aptitud para descubrir los signos reveladores y no provocar sospechas, per­manecer alerta sin llamar la atención. Y su impresión inicial sobre Susana Alonso fue negativa. Es decir, sabía por qué es­taba en su oficina, era capaz de explicarle lo que ella tenía vergüenza de decir. Tal vez había algo de deformación profe­sional de su parte, tal vez estaba cansado de escuchar historias que no le interesaban. Pero tampoco podía elegir su trabajo, la gente consultaba cada vez menos a los detectives privados.

—¿Qué la trae por aquí? —preguntó Beltrán. Se quitó los lentes y los plegó sobre el escritorio.

La mujer tardó un momento en contestar. Si quería crear algún suspenso, con Beltrán no iba a conseguirlo. Ivana pidió permiso para dejar una botella de agua mineral y dos vasos frente al detective, y volvió a su escritorio.

—Vengo por mi esposo —respondió la mujer.

Se quedó en silencio, pendiente de la ventana que daba a la calle y del sol recostado en los dobleces de la persiana. Luego recorrió la habitación con la mirada, como si en alguna parte de aquella habitación estuvieran las palabras con que seguir. Pero no vio más que las paredes donde juntaban polvo el di­ploma de la Escuela de Detectives, las plantas a las que Ivana salvaba de vez en cuando de la muerte, los portarretratos en el escritorio con una foto de Beltrán y un hombre más bajo y gordo, de mirada penetrante, y otra donde el detective aparecía con su esposa, Nora.

—Quiere hacer alguna averiguación en relación con su ma­rido —dijo Beltrán para darle ánimo. Sirvió agua en los vasos y vació el suyo en un par de tragos; comenzaba a reponerse del esfuerzo físico.

—Sí.

Beltrán esperó un poco, pero Susana Alonso se mantuvo callada. Habría que sacarle las palabras con tirabuzón. No llegaba por ninguna recomendación, dijo, no había hablado con nadie de lo que le pasaba. Había visto el anuncio que salía los domingos en los clasificados y, por alguna razón que no sabía explicar, le había parecido mejor que los avi­sos de la competencia. Quizás porque era el primero del rubro, quizás porque publicaba el nombre de la agencia en negrita, Alberto Beltrán, investigaciones y seguimientos, e interpelaba al lector con un desafío: “Trate con la verdad y sea libre”.

Iba a decir algo, pero se contuvo para mirarla mejor. Era una mujer bonita, de buen pasar económico. Eso la volvía inte­resante. En ese sentido no daba exactamente el tipo de las que lo contrataban, en general mujeres mayores, en general desgas­tadas por la edad, el resentimiento y el engaño, en general con dificultades para pagar.

Pero su historia era la misma de otras mujeres. Solo varia­ban los nombres y algunos detalles. El marido, en su caso, era farmacéutico.

—Es el dueño de la farmacia Neuman —dijo la mujer y, por primera vez, lo miró a los ojos.

Esperaba una respuesta. Beltrán la animó a continuar con otra sonrisa.

—El Doctor Económico —agregó Susana Alonso—, ¿lo oyó nombrar?

—Creo que sí —respondió Beltrán—. ¿En la televisión, puede ser?

—En un aviso. Hasta un cincuenta por ciento de descuento en los medicamentos para jubilados y pacientes sin obra social.

La mujer extendió los dedos y se contempló las uñas pin­tadas de rojo hasta que fue al grano: el tipo la engañaba con otra y ella quería saber quién era, qué hacían juntos. No había ningún misterio por resolver. Lo que ella esperaba eran prue­bas de lo que ya sabía.

—No necesita un detective privado —dijo Beltrán, para ha­cerse rogar—. Puede hablar con su marido y armar una buena escena. O asesorarse con un abogado para tramitar el divorcio.

O ir al psicólogo, pensó. El noventa y nueve por ciento de las personas que lo consultaban estarían mejor con un psicólo­go. Pero parte de su oficio era también escuchar.

—Hablé varias veces con mi marido —respondió Susana. De pronto tenía los ojos enrojecidos—. Dice que estoy loca —se le quebró la voz y debió tomar un poco de agua para reponerse.

Beltrán tuvo ganas de decirle que difícilmente un marido infiel reconociera lo que ocultaba. Prefirió volver a llenar los vasos y, poniéndose de nuevo los lentes, anotar los datos del hombre, su próximo objetivo: Gustavo Neuman, 43 años. La mujer le extendió un sobre, y pudo ver el rostro sonriente del farmacéutico en un par de fotos familiares. Esa sonrisa falsa de los gerentes de recursos humanos, los ejecutivos menores y los encargados de relaciones públicas, esa máscara rígida que se dedica al mundo mientras en silencio avanzan una úlcera, el estrés o una calvicie acelerada, como era el caso.

Repasó las fotos una vez y se las devolvió.

—¿No las necesita? —preguntó Susana.

Beltrán no quería jactarse, pero la gente se sorprendía de que pudiera retener un rostro en pocos segundos, y justamente estaba entrenado para mirar de una cierta manera, no para ver lo que otros no veían, como creían los aficionados, sino para atender a las señas particulares, a lo que distingue a una per­sona en un millón.

Llevaban nueve años de matrimonio, contó la mujer. Una pareja aparentemente feliz, sin hijos. Vivían en una casa de dos plantas que les quedaba un poco grande, pero de todas mane­ras se sentían cómodos. O se habían sentido cómodos hasta un tiempo antes. El farmacéutico no se permitía relajarse por más que viviera en un barrio cerrado y cada mañana regocijara su vista con un Nissan Roadster de color acero y una cuatro por cuatro Hyundai, o pudiera elegir, los fines de semana, entre descansar en una casa con piscina y juegos de salón o pasar el día en el Yacht Club. Le gustaba ir al río cada vez que po­día, la comida italiana, la ropa Christian Dior. Leía a Deepak Choprah y tenía un perro beagle con el que compartían sus vacaciones.

—¿Y eso qué importa? —repuso Susana Alonso después de que Beltrán le preguntara por los gustos de su marido. De pronto parecía desconfiar.

—Importa —respondió el detective, sin mayores detalles.

Probablemente ella tenía razón y aquellos datos no servían para nada, pero era difícil saberlo en ese momento, cuando la investigación no había comenzado. Y hacer ciertas preguntas ayudaba a crear esa ilusión que necesitaba el cliente. La ilu­sión de que el detective estaba al tanto de las circunstancias menores y era infalible en su trabajo. Eso le agregaba encanto al asunto, quizá porque la gente descubría que las minucias de su vida adquirían un relieve especial. La persona que se siente engañada, pensaba Beltrán, construye historias complejas; los detectives son los aguafiestas que destruyen los castillos que con tanta aplicación se levantan en el aire.

—Necesito la información completa sobre la zona de tra­bajo de su esposo —agregó Beltrán—, los datos acerca de sus movimientos habituales, y los días y horas que a usted le resul­tan más sospechosas.

Anotó las patentes y las señas de los vehículos y la direc­ción de Neuman en Alabama, el barrio donde vivía. Beltrán necesitaba además los datos de las empleadas —en la farmacia solo trabajaban mujeres—, los nombres de los mejores amigos de Neuman y de cualquier persona que mencionara en sus con­versaciones.

—Haga una lista en su casa —ordenó.

Neuman seguía una rutina con pocas variantes. De lunes a viernes salía de su casa a las ocho de la mañana y regresaba a las ocho de la noche. Pasaba todo el tiempo en la farmacia. Es decir, era lo que se suponía.

—Lo llamé varias veces, en distintos horarios, y nunca lo encontré —dijo Susana.

—Es el dueño, ¿no? Puede ir y venir.

—Sí. Tiene sus razones. Pero yo no le creo.

Las excusas no eran demasiado originales. Neuman se en­contraba con amigos para ir al ciclo del Mozarteum o bien atendía reuniones de negocios. Los amigos eran empresarios con inquietudes culturales, a quienes les gustaba salir en las fotos de las crónicas sociales. Neuman tenía tres farmacias y acababa de comprar otras dos, con un socio, su abogado, el doctor Emilio Arce. Planeaba expandirse aún más, los nego­cios iban bien.

—Trate de recordar cualquier cosa que su marido le haya contado sobre el socio —dijo Beltrán. Antes de que la mujer respondiera, aclaró—: En su casa. Lo escribe y me lo envía por correo electrónico con los otros datos que le pedí; después borra el mensaje.

—Está bien —contestó Susana. Desvió su mirada hacia la ventana y se quedó en silencio—. Un día lo seguí con el auto —dijo—. Pero se dio cuenta y se enojó muchísimo. Por eso decidí consultarlo.

—¿Y descubrió algo en ese momento?

—Nada. Gustavo fue de la farmacia a un restaurante de la costa al que le gusta ir, Echevarría.

Tampoco encontraba nada raro en su casa ni entre los pape­les y la ropa de su marido. Ni una carta, ni un cabello ni objetos desconocidos. Había revisado su casilla de correo electrónico y los mensajes de su celular, con resultados también negativos.

Pero estaba segura de que había otra persona. Durante su no­viazgo y casi todo el tiempo que llevaban de matrimonio habían tenido una buena relación. De pronto él había comenzado con esas salidas y con la idea de montar una red de farmacias. En los últimos tiempos ella lo había visto volverse diferente, refu­giarse en el silencio, pensar en otra cosa cuando le hablaba.

—Como si fuera un desconocido —dijo Beltrán.

—Exacto —aprobó Susana.

Por un momento lo miró algo sorprendida; el detective es­taba menos asombrado, ya que todas las mujeres llegaban a la agencia con el mismo descubrimiento, y en general las historias de infidelidad hablaban de ese proceso, el proceso por el cual algo extraño afectaba a lo más íntimo y familiar. Pero Beltrán siempre lo escuchaba por primera vez, como si aquello fuera insólito.

—¿En qué cosas parece diferente? —preguntó.

Era una pregunta que provocaba incomodidad. Susana Alonso dejó pasar unos segundos hasta responder.

—No me presta atención —dijo y enrojeció.

El detective le sirvió otro vaso de agua. Si Neuman se olvi­daba de la mujer que tenía a su lado, la amante debía ser toda una belleza. Ahí asomaba no el misterio, estaba convencido, sino el absurdo de las relaciones humanas. Beltrán se palpó el bolsillo de la camisa, tocó los cigarrillos y cuando iba a sacar­los, pensó en su médico, pensó en su clienta, y dejó el atado donde estaba.

—Hay otras cosas —agregó Susana Alonso—. No tengo forma de demostrarlo, pero sé que las reuniones de negocios no existen —vaciló, se quedó pensativa—. O que son una ex­cusa —agregó—. Nunca tiene nada para contar, solo dice que nadie lo puede molestar.

Beltrán asintió con la cabeza. Era un típico cuento de ma­ridos infieles.

—¿Qué quiere que haga? —preguntó, como si no lo supiera.

—Sígalo. Averigüe qué hace cuando sale de la farmacia. Quisiera saber dónde va, con quién se ve —la mujer hizo una pausa—. Saber cómo se llama la otra.

—¿Qué hará después?

Susana lo miró a los ojos. De pronto no parecía tan desva­lida. Bebió el agua y pareció distraerse con sus manos, como si quisiera revisar la pintura de uñas otra vez.

Beltrán no insistió; su trabajo terminaría cuando averigua­ra los datos de la otra. Explicó entonces cuáles eran los servicios que ofrecía la agencia. La tarifa básica incluía un álbum de fotos de la persona a la que debía seguir. También podía hacer fotos de la otra persona, es decir, la amante, en caso de que existiera. Y había diferentes packs, con filmaciones y escuchas telefónicas. Esto último era lo más caro, ya que debía recurrir a Antúnez, un policía de la sección Comunicaciones.

Los clientes elegían la tarifa básica, que era la más econó­mica, pero en general terminaban pidiendo más fotos. Algunas mujeres no tenían bastante con un álbum, querían más imá­genes, y a veces hasta en posturas determinadas, como si el detective fuera un director que diera indicaciones a las parejas.

Susana quería fotos de su marido y de su amante. Des­graciadamente Beltrán no trabajaba con tarjetas de crédito ni obras sociales, y necesitaba un adelanto. El cincuenta por ciento antes de comenzar el trabajo. Y el cincuenta por ciento restante al finalizar.

No lo dejó terminar. Abrió su cartera y empezó a contar billetes. Uno tras otro, billetes nuevos, sin marcas ni arrugas. Llegó al cincuenta por ciento y siguió contando hasta comple­tar la tarifa.

Beltrán se echó atrás y se dejó mecer otra vez por el movi­miento del sillón. Por fin algo que salía de lo común.

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