Doce balas para el policía que denunció connivencia con los narcos

policia-cejasEl policía Pablo Cejas vivía amenazado. Desde que denunció a sus jefes por complicidad con narcos, el agente iba a todos lados con el arma reglamentaria. Cada vez que se movía daba aviso a los custodios del Programa de Protección de Testigos de la provincia de Santa Fe, que lo monitoreaban a él y a la familia. El lunes a la noche hizo adicionales en un banco y más tarde visitó a un amigo en el barrio Yapeyú de la capital provincial. Cerca de las 21.30 avisó que estaba todo bien, que en un rato estaría en su casa. Nunca volvió. Nancy, su mujer, recibió un llamado y partió hacia el hospital Cullen. Ahí se enteró que su marido había sido acribillado a balazos.

“A Pablo lo perseguían porque no quería arreglar con nadie. Molestaba mucho”, cuenta la mujer a Cosecha Roja. Aunque no tienen ninguna información oficial, cree que a su marido lo mataron porque “no transaba con nadie”. Desde hace dos años, cuando Cejas denunció que había narcos intocables y una lista de “kioscos” que no podían allanar la familia recibía amenazas: les dejaban casquillos de balas en la puerta o los seguían en autos cuando volvían a su casa.

“Todavía no hay ninguna hipótesis en particular”, explicó a Cosecha Roja el fiscal de Homicidios Jorge Nassier, a cargo de la investigación. El funcionario no descarta la posibilidad de que Cejas haya sido asesinado por sus denuncias, aunque también deja abierta la posibilidad de que hubiera “otros motivos de conflicto, vinculaciones particulares que podrían haber tenido este desenlace”.

Los agentes encontraron el cuerpo de Cejas junto a su moto en un baldío cercano a la casa del amigo al que iba a visitar. A unos veinte metros estaba el celular. En el medio quedó un rastro de sangre y pastos aplastados que permiten sospechar que intentó moverse después de haber sido herido o que los atacantes arrastraron el cuerpo. Según el informe preliminar de la autopsia, Cejas recibió entre 10 y 12 disparos que le provocaron 21 orificios de bala.

Los investigadores no encontraron el arma reglamentaria de Cejas. Aunque nadie lo vio ese día con la pistola, todos los testigos coincidieron en que siempre la tenía encima. “La llevaba hasta cuando iba al kiosco”, recuerda su mujer, que aún no declaró en la causa.

Los narcos intocables

La primera vez que Cejas denunció la complicidad policial con el narcotráfico fue en junio de 2015. “Yo no ‘transo’ con la delincuencia y por eso me balearon”, denunció a los medios mientras se recuperaba en el hospital de un ataque en un supuesto intento de robo mientras arreglaba la moto al costado de la ruta. Había recibido dos disparos: se salvó porque llevaba puesto el casco y el chaleco antibalas.

“Tenemos órdenes de no meternos con los narcos. Existe una lista de los ‘kioscos’ que no podemos allanar”, denunció el policía herido. “Todos conocen esos lugares, pero muy pocos se animan a hablar sobre la relación de la policía y el narcotráfico y todo lo que deja el propio narcotráfico. Hay personal policial que en tiempo récord levantó casas, se compró autos de alta gama, se va de viaje al exterior”, agregó.

Desde ese día, Cejas vivió perseguido. El Ministerio de Seguridad le asignó una custodia policial, pero él la rechazó. “Nosotros no queríamos policías en la casa, si ellos lo habían mandado a matar”, explicó su esposa.

La familia quedó bajo el programa de protección de testigos. No tenían custodia permanente pero monitoreaban cada uno de sus movimientos. “Cada vez que iba a algún lado tenía que avisar. Cada una o dos horas ellos lo llamaban o lo mensajeaban para ver si estaba todo bien”, explicó Nancy.

Una tarde, cuatro personas encararon al hijo de la pareja, que estaba en la puerta de la casa con un amigo.

-¿Vos sos el hijo del botón?- preguntaron antes de disparar.

Todas las balas dieron en el frente de la casa.

En julio de 2016, Cejas se atrincheró en un restaurante de la ciudad. Amenazaba con pegarse un tiro con su 9mm. “Yo ya perdí todo, esposa, hijo, no me queda nada. Lo único que me queda es una pistola que ahora tengo contra mi garganta. Que mi sangre caiga derramada”, gritó.

El agente fue derivado a un hospital donde le hicieron estudios de salud mental. Tiempo después le permitieron reincorporarse a la fuerza, en tareas de oficina. Las amenazas desaparecieron.

“En el último tiempo estaba todo muy tranquilo. Puede ser que hayan dejado que se calmen las aguas para que pase lo que pasó”, piensa Nancy.

El lunes a la tarde salió del banco donde hacía adicionales y fue hasta el barrio Yapeyú a ver a un amigo. Entre las nueve y las nueve y media avisó a la custodia que estaba todo bien. Una hora más tarde, los vecinos del barrio Yapeyú escucharon entre diez y doce disparos.

Sebastián Ortega
Sebastián Ortega

Periodista

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