Dos jóvenes y una mujer asesinados en Guatemala ¿Pandillas o crimen de odio?

Rodrigo Baires Quezada. Plaza Pública.-

Al mediodía del sábado 14 julio, en Chimaltenango se habló de muerte. Lo hizo el bombero, ese que dio la primicia a los periodistas mientras veía los garabatos que anotó en su libreta; lo hizo el policía con una voz ceremoniosa y cansada; y lo hicieron los medios de comunicación que dieron cuenta de tres víctimas mortales en la zona 2.

Diez días después, por las calles que rodean el nuevo mercado de Chimaltenango todavía se habla de las tres víctimas: Carlos Guillermo Osorio Escobar, de 22 años; Eddy Paúl Pol Gálvez, de 19 años; y Karla Lusmila Varena Gálvez González, madre de éste último. Lo hacen sin dar sus nombres propios, en murmullos y viendo a otro lado. Lo hacen con miedo.

Todos hablan, menos ella. Es familiar de Karla Lusmila Varena y de Eddy Pol, tiene los ojos rojos y afina su voz para decir que ni ella ni nadie de la familia van a decir nada sobre el crimen, pide disculpa y cierra la puerta de su casa. Afuera, en la calle, la gente alimenta los rumores de ajustes de cuentas entre pandillas o de que los mataron porque los jóvenes eran “raros”, eran homosexuales y mantenían abiertamente desde hace más de ocho meses una relación como novios.

“Fue arribita de la farmacia… Ahí pusieron un moño negro”, dice un vendedor del mercado, sobre la 1ª calle. Desde su puesto, son dos cuadras desordenadas en el corazón de la zona 2 de Chimaltenango con camionetas parqueadas a los costados, vendedores de bolsas de frutas que espantan moscas y abejas por igual, y ventas de ropa de paca intercalándose con tiendas, panaderías y una que otra cervecería.

El moño negro estuvo en algún momento en un muro pintado de rojo arcilla y rosado. Hasta ahí llegó un sacerdote a hacer una oración y lanzó agua bendita hace un par de días. Ahora no hay nada, solo dos raspones que dejan ver el blanco de la cal del muro y que los vecinos aseguran que fueron las marcas que dejaron las balas la mañana de aquel sábado. Nada más.

Alrededor de las 10:50 de la mañana de ese sábado, Guillermo Osorio, Eddy Pol y su madre caminaron sobre la 4ª avenida, cruzaron hacia el oriente con dirección el mercado nuevo de Chimaltenango. A penas recorrieron 30 metros en la acera izquierda de la 3ª calle cuando una motocicleta se estacionó a su lado. Luego se oyeron las detonaciones.

Nadie dice saber qué pasó realmente. Propietarios y personas que atienden los negocios frente al lugar en el que los asesinaron aseguran que no vieron nada. “Ese sábado no abrí el negocio”, responde una vendedora de ropa. “Estaba con un cliente y no vi nada”, repone el encargado de una panadería. “Estaba cocinando adentro… Solo escuché los disparos y cuando salí estaba un montón de gente alrededor de los cuerpos”, recuerda otra persona.

Ese sábado, los testigos con que hablaron los bomberos municipales y los agentes de la Policía Nacional Civil (PNC) dieron cuenta de los hechos: “Eran dos tipos en una motocicleta, les pidieron que se subieran la camisa y al ver que tenían tatuajes, los mataron”, dijeron a los primeros. “Llegaron dos tipos en una motocicleta y, sin mediar palabra, los mataron”, dijeron a los segundos. “Iban por el muchacho, el hijo de la señora”, asegura, 10 días después del crimen, uno de los policías que estuvo presente en el reconocimiento de los cuerpos.

Más dudas que certezas

El teléfono de Jorge López, director ejecutivo de la Organización de Apoyo a una Sexualidad Integral frente al Sida (Oasis), sonó con insistencia al final de la tarde de ese sábado. Si se pudiera resumirse el mensaje central de todas las llamadas que recibió sería: “están matando homosexuales en Chimaltenango”, y la voz de sus interlocutores reflejaban miedo. La misma hipótesis llegó a la redacción de Plaza Pública.

Jorge negó la posibilidad desde un inicio. “Con las primeras informaciones disponibles y después de hablar con algunos de sus conocidos, no encontré indicios de un caso de exterminio social, de crimen de odio”, resume. Habla con base en la experiencia de más de 15 años de investigar en el país el acoso y homicidio de personas con preferencias sexuales diferentes de la heterosexual.

“Esta era una pareja linda… No escondían su preferencia sexual pero tampoco eran de los que se daban color”, dice un amigo de ambos. En su página de Facebook, Eddy Pol mostraba las fotos junto a Guillermo Osorio, su novio. En dos de ellas, se daban un beso en la boca; en otra, posaban para la cámara. Osorio, también tenía una galería dedicada a su relación. Vivían juntos y abrieron un negocio de cubiletes, que distribuían por pedido. Su refrigeradora estaba llena de ellos.

–¿Su familia sabía que era homosexual?

–La familia de Eddy respetaba su preferencia. Vivían en la capital y él viajaba a Chimaltenango a ver a su madre –dice un conocido.

–¿Nunca tuvo problemas con nadie por su preferencia sexual?

–Los comunes en una sociedad tradicional, machista y religiosa, como lo es Chimaltenango.

–¿Y amenazas?

–No… no que yo conozca.

–En Chimaltenango, algunos dicen que los mataron por ser homosexuales.

–¡Se dice tanta cosa en ese pueblo! ¡Hablan por hablar!

Eso mismo preguntó López a sus fuentes cuando empezó a investigar el caso. “Ninguna persona me dijo que hubiera amenazas directas contra ellos”, afirma.

El 25 de junio, Eddy puso una nueva foto en su muro de Facebook. Era la de hombre con el torso desnudo y con frases homofóbicas pintadas sobre la piel. Sobre la imagen, con letras negras y rojas, se leía: “No a la homofobia”. Él mismo comentó al respecto: “Cuesta ser uno mismo, pero por personas ignorantes no vamos a dejar de ser quienes somos… Lucha por ser libre y por tener tus derechos como ser humano”. Veintidós de sus amigos aprobaron el mansaje con un “like it”. Otro más, comentó a favor.

Para algunos de los amigos de Eddy, aquella fotografía era un mensaje directo para alguien que veía con malos ojos sus preferencias sexuales. López y otras personas del movimiento LGBT de Guatemala creen que no. “¿Qué tan difícil es tener una preferencia sexual diferente en este país?”, pregunta. , Guatemala tiene una sociedad homofóbica que reacciona con agresiones de todo tipo para no reconocer el derecho a tener una identidad sexual diferente. Así no es raro que se tenga que estar defendiendo y reafirmando la identidad propia todos los días. “Somos más vulnerables que otros y otras a cualquier tipo de agresiones por la misma cultura machista y homofóbica guatemalteca”, remata.

Fue a mediados de los años 2000 cuando los crímenes contra homosexuales y transgénero hicieron eco en los medios de comunicación guatemaltecos. Entre 1996 y 2006, según los datos de Oasis, se logró identificar 64 crímenes de odio dirigidos a la comunidad homosexual, lésbica y transgénero. Las características de esos casos son diferentes a los de Pol y Osorio: eran ataques directos en zonas en las que permanecían gente del movimiento, dejaban mensajes claros de odio previniendo al resto de la comunidad LGBT y tenían un alto nivel de ensañamiento con las víctimas. “No se tiene un caso reportado en que se haya utilizado un sicario, por ejemplo; ni que el ataque se extendió a familiares de los mismos, como en este caso”, dice.

Los casos que investigó López en aquel momento, incluyendo el atentado a colaboradoras directas de la organización que dirige, terminaron con una demanda de la organización Human Rights Watch al entonces presidente Óscar Berger. “Fueron los años de persecuciones sistemáticas, en las que participaban miembros de las instituciones del Estado… Algunos de ellos todavía no han pagado por sus delitos. Pero en el caso de esta joven pareja no vemos esto”, dice, hace una pausa y lanza una pregunta: “¿No podría ser un delito que está ligado con el crimen común u organizado?”

La teoría de López es sencilla: los homosexuales, las lesbianas, los bisexuales y los transgéneros son vistos de menos y tienden a ser más vulnerables para ser víctimas de cualquier delito en la sociedad guatemalteca. “Un homosexual que es golpeado en la calle o una pareja de transgéneros que son víctimas de un asalto no despiertan las ganas de nadie de salir corriendo a su ayuda”, dice y habla por experiencia propia. Así, sostiene, Pol y Osorio pudieron estar más expuestos a delitos comunes, como una extorsión. “O quizás era por la madre de uno de ellos, que tenía un negocio en Chimaltenango”, dice.

La sombra de las extorsiones

Sobre la puerta de la casa de la familia de Eddy solo quedan los ganchos de hierro que sostenían el cartel de la sala de belleza que atendía su madre. Si uno toca, algún familiar entreabre la puerta y se excusa de hablar del crimen.

–Disculpe, quería hablar sobre el asesinato del 14 de julio…

–… No sabemos nada

–Quería saber si los jóvenes o la señora eran víctima de extorsiones.

–No.

–Podría ser que se hayan negado a pagar…

–No, no los estaban extorsionando. Lo hubiéramos sabido.

–Es que hay denuncias de extorsiones en toda la zona…

–… Pero a ellos no los extorsionaban…

Durante las últimas seis semanas, las extorsiones caldearon el ambiente en Chimaltenango. Empresarios de autobuses urbanos, extraurbanos, mototaxis y taxis denunciaron el aumento de extorsiones a sus pilotos la segunda semana de junio, según reportó Prensa Libre.

Las extorsiones se extendieron hasta el mercado de la zona 2, al lado de la terminal de autobuses extraurbanos. El 11 de julio, un grupo de vendedores, la mayoría de ellos con el rostro tapado cerraron sus locales y marcharon hacia la municipalidad de Chimaltenango exigiendo mayor seguridad en su lugar de trabajo.

Entonces, los comerciantes aseguraron que los pandilleros exigían entre Q500 y Q5 mil diarios para permitir el funcionamiento de sus negocios. Tenían ya una víctima entre sus filas: Marco Tulio Santizo Méndez, un vendedor de chocolate, de 52 años de edad, que fue asesinado de dos balazos dentro del mercado. Todavía ahora, se habla de que Santizo se negó a pagar las extorsiones de los pandilleros de la zona. Los que hablan, lo hacen casi murmurando. “Yo no sé nada de eso… pero dicen que son gente peligrosa”, remata un comerciante y vuelve a lo suyo.

Desde la capital, Mauricio López Bonilla, ministro de Gobernación, prometió más seguridad, más policías y menos delincuentes. “Chimaltenango ha sido una ciudad con mucho problema por las extorsiones (…) Lo que vamos a hacer es reforzar la seguridad en el lugar; hemos trabajado con la Fuerza de Tarea sobre lo que sucede en esta cabecera”, dijo en declaraciones a Prensa Libre.

El Ministerio Pública está convencido de que es gente peligrosa. Desde hace semanas, la Fiscalía de Delitos Contra la Vida investiga una estructura criminal dedicada al sicariato y las extorsiones en la zona. Las capturas por el triple asesinato reforzaron las pesquisas que se venían haciendo en la Chimaltenango.

El lunes 16 de julio, la PNC detuvo a José Carlos García Menéndez, Héctor Wilfredo Pérez Morales y la salvadoreña Lilian Rodríguez Paniagua. Los encontraron en una venta de licor en el kilómetro 53 de la antigua ruta entre Chimaltenango y El Tejar. Tenían consigo una pistola 9 mm con el registro borrado, ocho cartuchos y 26 bolsas de marihuana.

El mismo sábado, pocas horas después del crimen, la PNC fue alertada con una llamada anónima hecha desde un teléfono celular. Les dijeron que los responsables del asesinato de Guillermo Osorio, Eddy Pol y su madre estaban escondidos en una casa en la colonia Buen Vista, en la zona 3 de Chimaltenango.

“Se mantuvo vigilancia en la casa porque sospechábamos que ahí estaban los sicarios de este crimen, pero fue hasta el domingo que se pudo hacer efectivo el permiso de allanamiento del Juzgado de Primera Instancia Penal de Sacatepéquez… Cuando llegamos, ya no estaban”, asegura un agente que participó en el procedimiento policial.

Pérez Morales, alias “el Inquieto”, es un viejo conocido del Ministerio Público. En 2005, se le inició una investigación por extorsión, en Chimaltenango, y otra por homicidio, en la Fiscalía Municipal de Mixco. Un año antes, cuando tenía 11 años de edad, se le siguió un caso por posesión para el consumo de marihuana.

En la actualidad, “el Inquieto”, García Menéndez, de 22 años, alias “el Chejazo” o “el Malo”; y Rodríguez Paniagua, de 30 años, alias “la Lailí”, pertenecen presuntamente a una estructura vinculada a casos de sicariato y de extorsiones en Chimaltenango. Los tres, según las investigaciones oficiales, son supuestos integrantes de la Mara Salvatrucha (MS).

¿Una equivocación?

La noche de vela de Eddy, un joven desconocido se acercó a sus familiares y les dijo que ni los jóvenes ni a Karla Lusmila les tocaba morir, que ellos “no la debían” y que todo fue un error.

–¿Una equivocación?, preguntamos.

–Sí…, responde una persona cercana a la familia de Eddy.

–… ¿No querían matarlos a ellos?

–Solo dijo que fue un error…

–¿Se confundieron por los tatuajes que tenían?

–No sé… Porque los tatuajes de Eddy no eran de pandillas ni nada por el estilo.

El 12 de enero, Guillermo Osorio tomó una fotografía con su Black Berry al nuevo tatuaje que se había hecho su novio. Con letras estilizadas decía “Ever da one”. Era una referencia a la canción “You da one” (Eres el único, en español) de la cantante pop Rihanna, una de las artistas favoritas de ambos. “Completamente en shock, nadie había hecho esooo nunk por mi Te Amo demasiado!!! Speechless” (sic), comentó Guillermo Osorio en su Facebook. Eddy tenía cuatro tatuajes más. Ninguno lo ligaba a ninguna pandilla.

Si las cosas pasaron como dijeron algunos testigos, cuando sus victimarios le ordenaron a punta de pistola que se levantar la camisa, lo primero que vieron fueron tres estrellas de bordes negros pintadas sobre su abdomen. A la altura del pecho, dos tatuajes más, incluido ese que estaba dedicado a Guillermo Osorio. Otro en el cuello, del lado izquierdo. Y otro más, un diseño de un viejo casete con la cinta de fuera, en el brazo derecho. Nada de “números” –ni 18 ni 13-.

Igual, les dispararon.

De eso dieron cuenta algunos medios y ligaron los asesinatos a un ajuste de cuentas entre pandillas. Citaban las conjeturas del gobernador de Chimaltenango. “El funcionario indicó que el hombre que murió en el hospital tenía varios tatuajes en el cuerpo que posiblemente lo vincularían con alguna pandilla juvenil”, transcribió Siglo XXI.

Esa misma equivocación, se supone, cometieron los asesinos. El 18 de julio, en un mensaje en el portal de la PNC, una persona anónima aseguraba que “el Chejazo” (García Menéndez) era “el responsable de múltiples asesinatos en Chimaltenango”, que ordenaba a sus víctimas desvestirse para “verificar la existencia de tatuajes” y luego los asesinaba.

Según los bomberos, la madre, que había tratado de proteger a su hijo y su novio, murió de inmediato. A Guillermo y Eddy, con sendos disparos en la cabeza, los llevaron a al hospital nacional de Chimaltenango. Guillermo Osorio murió mientras era trasladado, constataron los médicos de Emergencias.

“El otro, el más joven, llegó todavía con signos vitales pero estaba inconsciente”, recuerda Carlos Orantes, cirujano de turno. Tenía un orificio de bala al lado derecho de la boca con salida en el cráneo. El proyectil dañó su cerebro severamente y tenía restos de masa encefálica que salían por su oído derecho. “Lo entubamos y le dimos respiración manual… Intentamos estabilizarlo para meterlo a sala, pero murió como a la hora u hora y media de haber ingresado”, dice.

Los encargados del Instituto nacional de ciencias forenses en Chimaltenango, aduciendo que es una investigación abierta, resumen las causas de muerte con una sola explicación: Pluritraumatismos causados por proyectiles de arma de fuego. Del móvil, poco se sabe. El MP no ha descartado ninguna hipótesis y siguen las investigaciones. Mientras, en Chimaltenango, se sigue hablando de muerte.

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