El infierno de la celda 6

Por Luis González González – La Estrella.-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La quietud que suelen tener los domingos esclavizaba hasta a los relojes en una pereza tenaz con más fuerza debido a la ley seca. El duelo nacional por los mártires del 9 de enero de 1964 habría pasado desapercibido entre la mayoría de los panameños, de no ser por las imágenes de las romerías poco concurridas que mostró la televisión como si fuesen de archivo. Después del mediodía, despachos de último minuto en la TV empezaron a despertar la conciencia general. El Centro de Cumplimiento de Menores de Tocumen era un infierno.
—¡Eyyyy, se ‘ta quemando la celda!
—¡Nos ‘tamos quemandoooo!
—¡Nos ‘tamos quemando viejo! ¡Ahhhrrr!
Los videos sin editar mostraban que en la celda 6, las llamas en plena furia se escapaban de entre las ventanas de mallas de metal y se confundían con el revoloteo de los brazos y rostros desesperados de los muchachos que golpeaban para salir unos, otros suplicaban auxilio a los policías mientras la candela los abrazaba hacia dentro.
—¡Viejo, viejo, echa agua!
—¡Aguaaa!
Una de las voces llamaba a la mamá. Otra a Dios y una sin aliento aullaba: estamos todos despellejados, abran las puertas, permitan salir.
Ajena a esto, en el centro de la capital, a unos 20 kilómetros de ese infierno, Marquesa Bersal lavaba la ropa a mano en automático; en su mente remojaba los recuerdos nuevos de la visita que hizo a su hijo en dicho reclusorio el viernes anterior, así le vinieran repetidos. Y los volvía a rebobinar instintivamente, casi a oscuras en el breve apartamento de Curundú. Omar, su hijo de 17 años, el tercero de siete, la había llamado previamente para que le llevara agua embotellada porque en el Centro tenían días en sequía. Ella le llevó comida seca también.
—Estoy cabria’o –le dijo al recibirla.
Su ánimo decaído desdibujó a la señora la sonrisa del saludo lleno de abrazos y besos maternales. Tres años más, tres más de cinco por el hurto de un automóvil en Río Abajo, donde vivía con una tía, quebraban por dentro al muchacho.
—¡Hijo si ya pasaste dos! Ya falta poco para tu permiso —lo consoló.

Portarse bien
En doce días, por primera vez, a Omar lo dejarían ir a casa un fin de semana. Eso lo reanimó, solo un poco. El cabello crecido también lo inquietaba. Quería estar presentable para la audiencia del permiso, así que le pidió a Vanesa, como le llamaba a su madre, que le consiguiera un pantalón largo y que hablara para que le hicieran un corte con estilo. Ella prometió además llevarle fotografías del hermanito de año y medio que nació cuando él ya estaba encarcelado. Aunque no fuesen hermanos con un mismo padre, al chico le hacía mucha ilusión conocer al pequeño y preguntaba por el bebé, y por su hermana de 15, la única que sí es sangre del papá fallecido seis años antes. Su otra gran ilusión era poder entrar a un curso de reparación de computadoras que en el Centro le gestionaban por su buena conducta. ¿Pero cuándo? Portarse bien al menos recompensaba. Le permitían trabajar en la cocina y salir al patio de vez en cuando. Le regalaron un colchón para que no durmiera sobre la dura “tumba”, como le llaman ellos –los menores sin libertad— a lo que parecen ser camas de cemento dentro de las celdas. La licenciada que seguía su evolución en el Centro había notado un cambio en el chico el año pasado, durante un concurso de declamación de poesías organizado con motivo del Día de la Madre. Los que resultaran ganadores recibirían premios para sus madres y Omar sorprendió a la funcionaria, quien nunca lo vio estudiar para aprender nada, mas obtuvo el tercer premio: un bono de 20 dólares del almacén Stevens y la oportunidad para hacer él mismo una cerámica; un conejito risueño color anaranjado que llegado el día 8 entregó a Marquesa con un beso.
En aquel domingo de recuerdos, cerca de las tres de la tarde, Marquesa volvió a tierra en el mini-lavadero, que es el baño a la vez, y se dio cuenta de que su celular estaba descargado… Una llamada perdida de un número fijo que iniciaba con 220 la intrigó. Podía ser del Centro. ¿Para qué? Apenas el viernes había visitado a Omar y estaba bien.
—Esa visita dos días antes fue la última vez que lo vi consciente, con sus ilusiones…
Al devolver la llamada, la voz del otro lado solo le dijo que el hijo estaba en el hospital.
—Hacia allá me fui. Por los noticieros de las seis en la televisión fue que me enteré de lo que había ocurrido en el Centro.
La Sala de Urgencias del Hospital Santo Tomás estaba convulsionada de familiares. Nadie podía creer lo que se mostraba en la pantalla.
—¡Viejo…! ¡Viejo! ¡Echa aguaaaa!
—¡Aguaaaa!
—¡Agua! ¿Ustedes no son hombrecitos? — gritó un hombre desde algún punto que las cámaras fijas a las ventanas no enfocaron— ¡Muérete!, remató la voz.
Las repeticiones del vídeo mostraron que antes del incendio en la celda 6, un policía del GAS (Grupo de Apoyo al Servicio) introdujo por una abertura de la ventana algo que parecía ser una granada lacrimógena. Luego se iniciaron los ruegos de auxilio entre el humo negro y seguido aparecieron las llamas. Todo presuntamente frente a las miradas de los agentes uniformados, que estaban parados en el patio. Se informaba en ese momento que siete jóvenes habían sido trasladados gravemente quemados hacia el Santo Tomás y que antes de la tragedia los pelaos del Pabellón 9 se habían rebelado porque no tenían agua desde hacía días, además de que no les habían dado comida.
Aparentemente en el Centro de Cumplimiento solo estaban de turno tres custodios: dos para los pabellones que albergan a los jóvenes que alcanzaron mayoría de edad y uno para el de menores. En ese momento, una población de al menos 150 internos.

Las víctimas
Las imágenes grabadas en zoom por reporteros mostraron a los siete menores cuando finalmente se los dejó salir de la celda. Lo hicieron en calzoncillos por órdenes policiales. La piel se le veía como derretida en los brazos a uno: a otro en el cuerpo, la cara. A la distancia, una cámara penetró por un corrillo que da al patio y captó el garrotazo que con rostro ensañado propinó un custodio civil a alguien.
El más quemado no podía caminar, fue sacado de la celda en camilla hasta la ambulancia.
Con el paso de los días, la fatalidad reveló sus nombres, uno a uno, cinco murieron. Solo dos sobrevivieron.
El primero en fallecer fue Eric Alexis Batista, de 17 años. Dos días después del siniestro le faltaba solo una semana para respirar libertad. El segundo fue Benjamín Mojíca, de 16 años, a los cuatro días del incendio; al quinto día siguió José Frías; a los ocho, Omar Ibarra, el hijo de Marquesa. Y luego de 13 días hospitalizado, el quinto en apagar latidos fue Víctor Jiménez, de 17 años, primo de Frías.
La muerte de Jiménez se conoció la mañana del sábado 22 de enero. En la noche, el mandatario Ricardo Martinelli rompió el silencio ante las presiones con un discurso en cadena nacional de televisión en el que calificó de “inaceptable” lo que ocurrió. Pidió disculpas ofreciendo sus oraciones a las familias y admitiendo que “a estos jóvenes se les violaron todos los derechos. Esto fue un hecho que jamás se debe repetir… Le exigimos a las autoridades encargadas que actúen ejemplarmente en pos de la justicia y los derechos humanos”.
Y es que en medio de la consternación general de la sociedad, las presiones de grupos civiles y defensores de los derechos humanos, sus ministros de Seguridad, José Raúl Mulino; y de Gobierno, Roxana Méndez, se enfrascaron en una guerra de acusaciones en torno a las responsabilidades de sus subalternos. Por un lado se recriminaron la presunta negligencia y las fallas de los policías durante lo ocurrido y, por el otro, la incapacidad de los custodios y funcionarios del reclusorio enmarcado dentro de un sistema penitenciario a todas luces colapsado.

Las culpas
—Omar había salido caminando, es el de calzoncillo blanco que se ve en el vídeo —suspira Marquesa Bersal cinco meses después, una mañana de junio pasado.
La mujer se apresura a entrar a un pequeño cuarto para sacar y enseñar recortes de periódicos de la llamada masacre y del entierro del hijo en Vista Alegre de Arraiján, donde también está sepultado el papá. “Ya no lloren por mí, estoy bien en lugar de luz”, lee de una de las cuatro tarjetas con fotos del chico que mandaron a hacer como recordatorio del sepelio. También me muestra la cerámica del conejito envuelta aún en plástico transparente y otros objetos que sacaba de algún rincón del apartamento de 5×6 metros, sin más que una mesa de comer chica, dos sillas, una TV en el escaparate, cerámicas de peces en la pared y un pollo que sacaba la cabeza por el hueco de una cajeta. “Cuidado lo pica”, me advirtió la señora. Parecía de noche a las 12 del día.
Tras arreglarse, su hija de 15 salió del cuarto y se despidió de ella con un beso. La había despertado mi llegada. Solo me miró y se marchó sin devolverme el “buenas”.
A Omar la muerte del papá lo afectó mucho, comenta Marquesa. Apenas estudiaba en el sexto grado cuando eso pasó y entonces empezó a involucrarse con malas amistades en Cabo Verde, donde vivían en ese entonces. La tristeza le invade el semblante, pero la disimula enseguida con la misma sonrisa con que me identificó en el punto de encuentro en Calidonia, media hora antes, para ir a su pieza en Curundú. Aquella relación con el papá fue tormentosa, recuerda a sus 42 años. Golpes, violencia. A pesar de todo el niño siempre fue cariñoso con ella, se consuela.
—Su sueño era poder darme una casa un día.
Él se lo repetía hasta en la cárcel. Por eso durante los ocho días en coma en la sala del hospital, ella le hablaba mucho. No importaron las advertencias de las enfermeras que le decían que el hijo no oía. Confiaba en que sí. Le recordaba ese sueño, las cosas que deseaba, como que lo internarían en El Renacer en vez de Chapala, pues en ese centro podía aprender electricidad. Era una de sus ilusiones nuevas porque en pocos meses, el 2 de julio, cumpliría los 18 y siendo adulto debía ser trasladado a otra cárcel para terminar su pena.
Los días que duró Omar inconsciente, la sala del hospital siempre estuvo custodiada por policías. Como si alguno se pudiera escapar, replica la señora. Casi no la dejaban estar allí. Lo único bueno — ¿Bueno? a lo mejor malo también— fue que de uno de estos supo algo que sucedió cuando ella se iba del hospital a su casa cansada.
—Una vez Omar se despertó gritando asustado y quitándose los aparatos. El humo le dañó los pulmones. Los médicos tuvieron que sedarlo más para calmarlo.
Marquesa piensa que Omar todavía creía que estaba en el incendio. Le da vueltas al por qué lo sedaron tanto, quizás para que no sintiera semejante dolor.
Las veces que pudo le pidió perdón mientras lo veía postrado en esa cama, quemado. Tan quemado que después en la funeraria le cubrieron el cuerpo con un plástico para poder vestirle la carne y para retener algo que destilaba su piel. Le pidió perdón porque no le llevó el pantalón largo y las fotos del hermanito. Por no haber logrado que le cortaran el cabello como quería. Porque no le cocinó un arroz con pollo que él saboreó en su imaginación al pedírselo.
—Por ser mala madre a lo mejor— se culpa.
Con el dolor de madre que esta vez la sonrisa no logra disimular, busca más razones y más perdones. Por el padre que le dio, o quizás por ser pobres. O porque no le dieron una buena educación. Corta, insiste con el mensaje de una tarjeta, la que más le gusta: “Extráñame pero déjame partir. Cuando llegue al final de mi camino y el sol no brille más, no quiero que me recuerdes triste, sino los momentos felices que pasamos juntos. ¿Por qué llorar por un alma liberada?”.
—¿Quiere que se la lea toda o se la quiere llevar?
Cómo hacerlo, cómo llevarme ese recuerdo, pensé. Preferí tomar nota.
—Yo creo que no fui la mejor madre— vuelve a culparse Marquesa.
Y al paso de mis apuntes, el silencio entrecortado la internó más en las culpas .
— ¡Perdóname!
— ¡Perdóname..!

 

 

Foto: Archivo La Estrella

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