Él le pegó durante 18 años. Ella lo mató.

Ana Rodríguez. The Clinic.

La mañana del lunes 17 de octubre del año pasado, Karina Sepúlveda Cisternas (33) se metió a la ducha para relajarse después de un fin de semana de terror. Pero la idea sólo sirvió para que el agua caliente reviviera los golpes que durante toda la semana anterior había recibido.
Karina apenas había podido dormir por el dolor de costillas.

Frente al espejo encontró la imagen de su cuerpo moreteado, las cicatrices y tuvo la certeza de que su hijo mayor, C., también empezaba a recibir azotes de su padre.

En silencio, Karina entró al dormitorio donde dormía Claudio Reyes (38), su pareja hace dieciocho años y padre de sus tres hijos de 17, 12 y 3 años. Sacó una pistola Famae calibre .9 de debajo del colchón, apuntó a la cabeza de Claudio y disparó.

-En ese momento tenía terror porque pensaba que Claudio se iba a levantar, me iba a pegar e iba a empezar todo otra vez -recuerda.
Karina Sepúlveda repasa los hechos desayunando en la cárcel San Miguel. Es día de visitas. La acompañan sus padres y A., su hija menor.
A. llegó a visitarla esa mañana trayendo de regalo una foto que le tomaron en el jardín infantil. En letras blancas sobre la fotografía, se lee: “Feliz día papá, eres mi mejor amigo”.

Karina Sepúlveda lleva ocho meses presa, desde esa mañana que mató de un tiro a su pareja y llamó a Carabineros para informar lo sucedido. Aquella vez, Karina esperó que los policías llegaran a su casa en Puente Alto, contó todo y se entregó. Dice que no planeó nada de lo que hizo.

-No es que yo lo haya pensado, fue en ese minuto que vi a mi hijo agredido. Jamás se me pasó por la cabeza haberlo planeado. Mi hijo me desesperó.

Realmente no pensé. Se me pasó por la mente que Claudio podría llegar a matar a mi hijo, porque eran muy fuertes los golpes que le daba -explica.
La semana que precedió a ese disparo, la violencia física, sicológica y sexual que sufría habitualmente Karina de parte de su pareja se intensificó.

El viernes, Claudio Reyes le propinó una paliza que incluyó azotarle varias veces la cabeza contra el piso. Karina recuerda que después de los golpes no sentía las piernas. Sólo escuchaba que Reyes le gritaba que despertara. También lo escuchó pedir auxilio.

En ese momento, Karina sólo quería que la dejara morir. Reyes la acostó en la cama y logró que reaccionara. Entonces volvió a golpearla, diciéndole que dejara de hacer show, y luego la atacó sexualmente.

Ese día fue su suegra a visitarla. Karina cojeaba de una pierna.
-Este huevón es un desgraciado contigo. El día que te mate va a estar tranquilo -le dijo.

El sábado, mientras le propinaba otra golpiza por no hacer bien el aseo de la casa, Claudio Reyes sacó su pistola de debajo de la cama y amenazó a Karina con matarla. Le molió la cara a golpes.

El domingo, mientras Karina trabajaba en la feria con sus dos hijas, Reyes le dio una paliza a su hijo mayor porque éste le pidió plata para comprarle un regalo a un amigo. Cuando Karina llegó de la feria le dijo: “Mi hijo no es un maricón para andar comprándole regalos a los amigos”.

A LOS QUINCE

La primera vez que Estefanía Cisternas vio a su hija con el ojo morado fue en su propia casa, en la Villa Cousiño Macul en Peñalolén.

-Me dijo que se había caído de la escalera. Y como uno es tonta, de primeras le creí -recuerda Cisternas.

En ese entonces Karina tenía quince años. Al año siguiente quedó embarazada de su primer hijo, C. Durante ese primer embarazo los golpes no cesaron.

Tampoco en el segundo. Ni en el tercero.

Estefanía Cisternas recuerda que varias veces Claudio Reyes fue a dejarle a Karina a la casa toda machucada. La botaba ahí y luego la empezaba a acosar por teléfono hasta hacerla volver a la casa. A tanto llegaba su descaro que incluso la golpeaba en la casa de los padres de Karina en la población Santa Julia.

-Yo la iba a buscar y como Claudio la amenazaba con quitarle a los niños, ella se quedaba con él. Yo volvía a mi casa llorando -dice Cisternas.
En los últimos cuatro años la violencia se intensificó. Karina dice que esto coincide con su salida a trabajar a las ferias de Santa Julia, Ramón Cruz con Rodrigo de Araya y Los Plátanos.

Karina empezó a acompañar a sus padres feriantes en el trabajo luego de que Reyes, lanza internacional, abandonara toda actividad para quedarse en la casa.

-Ahí la cosa empeoró. Él decía que yo lo humillaba al trabajar para proveer, pero él no hacía nada por traer plata a la casa. Además, yo tenía que mantener todo impecable y salir a comprarle su droga con la plata que ganaba. Consumía diez lucas diarias -dice Karina.

La mamá de Karina sabe que su hija deambulaba por la población Santa Julia buscando satisfacer los vicios de Reyes, adicto a la pasta base y la marihuana. Lo sabe porque vecinos y parientes vieron a Karina desesperada pidiendo plata prestada, muerta de miedo.

-Como ella andaba pidiendo plata, la gente pensaba que era ella la que se drogaba, pero era porque si no le llevaba droga él le iba a pegar. La veían desesperada, con miedo comprando -dice.

La lista de episodios en que Karina fue golpeada es larga. A veces, Reyes la golpeaba, la desnudaba y la dejaba en el patio de la casa bajo la lluvia, o derechamente la tiraba a la calle sin ropa. Una vez la amarró con cables e intentó electrocutarla. Para golpearla no sólo usaba sus puños: a veces incluía escobillones, varas de metal o sillas. No le importaba que sus hijos estuvieran presentes.

Su abogado defensor, Nelson Cid, califica las sesiones de violencia como verdaderas torturas.

-Eran sesiones de hora y media, dos horas, donde Claudio Reyes la golpeaba brutalmente. Era una especie de descarga de energía en contra de esta mujer -asegura.

Producto de estos ataques, Karina tiene 64 cicatrices visibles que están constatadas en un informe pericial. Las marcas están por sus piernas, muslos, brazos, espalda y en su rostro. Tiene, además, un dedo de la mano derecha fracturado, una fractura en el oído derecho y las consecuencias de una fractura de mandíbula que Karina recuerda como el peor episodio de violencia que vivió.

MIEDO INSUPERABLE

Sucedió en febrero del 2011 en la casa que arrendaban en Puente Alto. Esa noche, el round de golpes fue tan intenso que Karina salió corriendo hacia la calle con la boca sangrando por la mandíbula rota. A una cuadra había una patrulla de carabineros y los hizo detenerse. Al instante se arrepintió.

-Me acobardé y les dije que me habían asaltado. Cometí un gran error al no denunciarlo -reconoce Karina.

No era la primera vez que se acobardaba. Vecinos que declararán como testigos en el caso aseguran que la violencia era tan evidente que, cerca de la casa de Karina, prácticamente no se podía vivir.

Una vez una vecina escuchó gritos y se asomó por la pandereta para mirar. Lo que vio la horrorizó y no fueron cachetadas: Claudio Reyes azotaba la cabeza de Karina, embarazada, contra una pared. A su lado, el hijo mayor miraba la escena tieso de miedo.

Un llamado de denuncia de los vecinos alertó a Carabineros, que llegaron hasta su casa a constatar lo que pasaba. Karina salió a la calle ocultando su rostro tras enormes lentes a decir que no había pasado nada. A su mamá le dijo que había chocado en la micro.

-Yo lloraba, le suplicaba. Le dije miles de veces, Karina, por favor, sepárate de ese desgraciado. Un día te va a matar -dice Estefanía Cisternas.

En dos ocasiones, Cisternas acudió a Carabineros para poner una constancia o denuncia por las agresiones de las que era víctima su hija. La respuesta siempre era la misma: quien debía denunciar era Karina personalmente.

-Si yo hubiera sabido todo lo que le hacía a mi hija lo hubiera matado yo -dice Cisternas.

Actualmente la defensa cuenta con dos denuncias por violencia registradas en el pasado. Una corresponde a la realizada por los vecinos y otra por la madre de Karina.

Karina dice que tenía tanto miedo de las amenazas de Reyes, de matarla, quitarle a los hijos, incluso matar a su papá, que jamás denunció. Además, Reyes tenía tantas órdenes de detención pendientes que Karina simplemente no confiaba en la justicia y tenía temor a las represalias.

-Aquí hay un ambiente de terror y esto crea un miedo insuperable de la imputada hacia su pareja. Hay causales de exculpación que tienen que ver con la sicología de las personas. El miedo insuperable te produce una alteración tal que tú no puedes actuar de una manera normal. La persona no está en un estado de normalidad, incluso puede estar en un estado crepuscular -explica Nelson Cid.

Además, según detallan los informes periciales de la defensa, cuando un individuo recibe golpes sostenidos en el tiempo tiende a sufrir daño cerebral.

Es el caso de Karina: al aplicársele el Test de Bender, éste da cuenta de un deterioro cerebral del 5%, “por lo que estarían algunas funciones intelectuales con probable daño orgánico, asociado a traumatismos o violencia intrafamiliar”, indica el informe.

-Al principio, cuando era cabrita, yo creo que Karina estaba enamorada. Pero después era miedo lo que tenía. Ella me decía, mamá yo no lo quiero. Pero tiritaba de miedo con él porque por cualquier cosa podía pegarle. A veces le pegaba frente a su propia familia y nadie se metió, nadie dijo nada ni nos vinieron a buscar. Ellos eran cómplices -recuerda Estefanía Cisternas.

El martes 26 de junio la justicia aceptó la petición del fiscal Patricio Vergara para obtener más plazo de investigación y dio veinte días más. Esta es la tercera vez que postergan el cierre de investigación. La fiscalía, dice Nelson Cid, fundamenta la petición de extender los plazos debido a que está buscando a los supuestos amantes de Karina Sepúlveda y a testigos que indiquen la existencia de violencia intrafamiliar.

-Conceptualmente creo que están equivocados. Primero, mi representada no tiene amantes. Y segundo, no es relevante: que una mujer tenga amantes no es justificación para torturarla. Para la fiscalía aquí hay un parricidio y punto. Para nosotros hay una conducta justificada de Karina. Cuando uno habla de justificación obviamente eso no tiene sanción penal -asegura Cid, indicando que la defensa ya cuenta con quince testigos que pudieron localizar rápidamente.

Karina lleva más de ocho meses presa a la espera del inicio del juicio. Sus dos hijos mayores han dejado de ir a visitarla, según ella y su madre, influenciados por sus abuelos paternos, con quienes viven. “Yo no siento que soy culpable, pero tengo un miedo horrible”, cuenta Karina en el patio de visitas de la cárcel de San Miguel. Dice que en las noches sus amigas le piden que no escuche música para que los recuerdos no vuelvan a angustiarla. “Pensar que él ya no está y todavía me hace daño”, reflexiona en voz alta.

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