El “milagro” de Rio

Marcela Turati. Desde Rio de Janeiro. Proceso.-

Pareciera que en los años recientes todo en Brasil es milagro: milagro político, milagro económico y, ahora, milagro anticrimen… Si habrá que creer las más recientes cifras oficiales, la pesadilla criminal en el sexto país más violento del mundo, con 50 mil homicidios por año, se redujo 27%. Este descenso se atribuye al nuevo modelo de seguridad denominado Unidades de Policías Pacificadoras, implantado en 2008 y que se ha ido expandiendo con éxito de favela en favela en el estado de Río de Janeiro. Si bien la eficacia de las UPP ha entusiasmado a líderes de todo el mundo, hay quienes siguen siendo escépticos…

Pasada la media noche, de camino a la playa de Copacabana, las canchas de futbol siguen llenas: con pases cadenciosos entrenan los futuros Ronaldinhos, Romarios, Pelés o Neymars. Entre los trasnochados espectadores pasea Caveira, un hombre esquelético y tatuado, que ofrece crack a los transeúntes. No tiene macoña (mariguana), dice que es más cara, tiene que recogerla de otro municipio y se le dificulta traerla.

“Es difícil, hay upepés por todos lados”, explica, refiriéndose a la UPP, la policía que está de moda en esta ciudad.

Si los turistas antes venían a Río para dejarse amasar por la multitud de cuerpos libres que se frotan a ritmo de samba durante el carnaval o beber caipiriñas sobre playas blancas bajo el sobaco del Cristo Redentor, últimamente el tour incluye caminatas por las temidas favelas (los tugurios empotrados en las laderas de los cerros, habitados por millones de pobres cuyas vidas están controladas por narcotraficantes armados), y las fotografías del recuerdo incluyen a los policías que han pacificado esos barrios.
Con miras a atraer visitantes a la Copa del Mundo 2014 y los Juegos Olímpicos 2016, el gobierno carioca decidió estrenar una estrategia diferente para lograr la seguridad y modificar la imagen violenta de Río, inmortalizada en películas como Ciudad de Dios o Tropa de Élite, donde policías y traficantes libraban guerras con metralletas y bazucas por sus callejuelas laberínticas color cemento, que siempre dejaban tras de sí personas muertas y heridas.
Mientras en Latinoamérica –con México a la cabeza– crecen los homicidios, en Río de Janeiro bajan en una picada tan empinada como sus calles: en tres años cayeron 27%. El milagro es adjudicado a este nuevo modelo de policía, las UPP, o Unidades de Policías Pacificadoras –ésas que tanto teme Caveira–, cuyo estreno fue en 2008 y que se han ido expandiendo de favela en favela.

Para constatar “el milagro de Río” el presidente Barack Obama se paseó por la famosa Ciudad de Dios. Otros visitantes distinguidos de las favelas pacificadas han sido la reina del pop Madonna; el secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon; el exalcalde de Nueva York Rudolph Guliani y muchos otros famosos, periodistas y políticos.

Las UPP son las unidades que entran a las favelas y ahí se establecen para imponer el orden. Son el nuevo producto brasileño de exportación.

 

Policía de proximidad

Pricilla de Oliveira Azevedo es una de las agentes elegidas para llevar el cambio a la favela Santa Marta, en Botafogo, creada hace 70 años, cuando campesinos nordestitos comenzaron a poblarla, y que los últimos 30 años estuvo controlada por traficantes.

Ella estuvo a cargo de la primera UPP, cuando todavía era un proyecto a prueba, y, en 2009, fue la responsable de dirigir el tour de Madonna.
La joven negra y tímida, con 14 años como policía, dice que cuando la asignaron a la nueva misión de instalar una base permanente dentro de la favela a fin de pacificarla pasó días enteros pensando si algún día podría acabarse la guerra.
“Al principio no sabíamos cómo se iban a comportar los vecinos ni ellos sabían qué haríamos nosotros. Había un prejuicio, cuando veían a la policía escupían. Para mí fue difícil: antes siempre usábamos blindaje para entrar a una favela y ahora tenía que reformular mis propios prejuicios, olvidar opiniones personales, aprender a comportarme diferente, caminar por las calles y escuchar a los vecinos y trabajar para ser una nueva policía: estando siempre presente, dando el buen ejemplo. Y fuimos aceptados más pronto de lo que calculábamos.”
Desde su instalación en Santa Marta, no se escucha un solo tiro.
¿Cómo la dejan operar? “Nuestro objetivo no es acabar con las drogas, eso es imposible en cualquier parte del mundo. Lo que buscamos es recuperar territorios e inhibir al máximo la venta, y hoy no tenemos tanto trabajo para encontrar la droga porque tenemos al vecino como nuestro máximo aliado”, explica a Proceso.
Oliveira dice que ahora que labora en las oficinas de la Secretaría de Seguridad Pública sigue en contacto con los vecinos de Santa Marta. Muestra entonces su celular y señala una serie de llamadas registradas: “Esta chica me llama todos los días y otros moradores me llaman para invitarme a una fiesta, a sus reuniones de vecinos, contarme sus problemas. Desde que salí de allá no ha pasado una semana sin que reciba una llamada preguntándome cómo estoy, que cuándo iré a visitarlos”. Y se ríe.
¿Cómo se logró el cambio? Cambiando de estrategia, explica Roberto Sá, subsecretario de planeación e integración operacional de la Secretaría de Estado de Seguridad, creando una nueva policía más próxima al ciudadano y menos bélica, que se dedica a recuperar territorios perdidos y a ganarse el corazón de la gente.
En la cronología que hace el funcionario menciona que los grupos criminales comenzaron a surgir en las favelas desde los años 70 y a finales de esa década ya habían descubierto que la cocaína era un buen negocio. En los 80 se fraccionaron y comenzaron su disputa territorial, se armaron para la guerra y reclutaron soldados. En los 90 era común ver niños con armas.
“La estrategia anterior era de operación policiaca bélica, pero las armas y drogas que incautábamos eran pronto sustituidas y la operación tenía efectos colaterales: muertes de policías, bandidos y vecinos víctimas de esa confrontación. Eso, al final de cuentas, sólo aumentaba la violencia: las bandas empezaron a reclutar cada vez más niños soldados, los que en un principio sólo avisaban cuando la policía se acercaba; pronto ya tenían armas y la gente (de las favelas) los veía con un cierto romanticismo, como protectores, aunque eran crueles”, dice.
Para 2007, cuando los capos de la droga se sintieron con más poder, los ataques se salieron de los márgenes de las favelas y se extendieron por la ciudad. Atacaron puestos de policía, bancos, automóviles y llegaron al extremo de quemar un autobús con todo y pasajeros.
Todo ello coincidió con una visita que el gobernador Sérgio Cabral hizo a Colombia, donde quedó encantado con el modelo de policía comunitaria y las obras sociales para abatir la exclusión social de los más pobres y reducir la violencia.
Con ese modelo en mente se creó la UPP, eligiendo a los policías menos maleados y reclutando nuevos elementos, que fueron adoctrinados con enseñanzas sobre la policía comunitaria, su misión de servicio y el respeto a los derechos humanos.
Sá lo explica así: “Tenían que ser policías recién formados, no porque todos los demás fueran corruptos, sino porque los viejos entendían esto como una guerra, porque muchas veces habían sido recibidos a tiros o resultaron heridos, y la comunidad los vea con desconfianza”.
El plan ocupacional se desarrolla por fases: entra la policía militar en un operativo sorpresa en el que captura o arrincona a delincuentes, tiene de 30 a 60 días para abatir los focos de resistencia y, una vez conseguido el objetivo, se instala un destacamento de UPP formados por jóvenes, educados en derechos humanos, con órdenes de ayudar.
Su primer acto simbólico consiste en izar la bandera brasileña, hacerle honores y convertir en centro comunitario la casa donde operaba el capo local. La siguiente fase, según el libreto, es introducir obras sociales para ganarse el corazón de la gente. Durante su permanencia, los policías tienen que pasar a la policía investigadora los datos que vayan obteniendo sobre los traficantes y sus nexos, para que esa otra corporación los desarticule.
Las unidades con mejores resultados son compensadas con bonificaciones de hasta nueve veces su salario convencional.
“Las UPP se crearon para garantizar la presencia del Estado y evitar que las autoridades sean los traficantes”, explica el funcionario.
Cuando la policía retoma el control regulariza los servicios que estaban en poder de los criminales, como son la televisión por cable, el internet, el transporte público y la dotación de agua, gas o luz irregular.
Todas las mediciones indican que la estrategia ha dado resultado: tras la toma de 25 favelas (de las 45 que tienen como meta) los homicidios en Río bajaron 38% en tres años.
Según datos preliminares del Foro Brasileño de Seguridad Pública, además de la reducción de crímenes ha bajado el miedo y el sentimiento de inseguridad de los cariocas. La organización Disque-Denúncia reporta que las llamadas ciudadanas de delitos se han cuadruplicado en las favelas ocupadas.
La clave del éxito, dice Sá, es haber cambiado el foco: el objetivo es que el Estado recupere los territorios controlados por los narcos en vez de dedicarse a combatir el tráfico de drogas.
La operación no ha sido sencilla: en respuesta las bandas quemaron automóviles por toda la ciudad. En complejos como Alemáo, la paz la mantienen militares.

Favela’s tour

“Aquí murieron muchos durante las operaciones policiales, en las que hasta 500 (elementos de las fuerzas de seguridad) entraban por las cimas. La gente se volvía loca de preocupación por los niños que estaban en la calle. En cada tiroteo se vivía el pánico, había miedo y mucho recelo. Entraban, mataban, destrozaban, torturaban, y cuando poníamos la queja nos negaban que hubieran sido ellos. Pero ahora hemos aprendido a respetar el poder policial y ellos reaprendieron a respetar a los moradores.”
Esto lo dice la anciana Eliza Rosa, presidenta de la asociación de vecinos de la favela Dos Prazeres, regida desde los años 70 por traficantes, que –según cuentan otros vecinos– “eran adorados por dar empleo, por ser como el padre de los pobres, porque expulsaban a los ladrones de las comunidades”, aunque en su disputa por el territorio sus venganzas llegaron a ser muy crueles, como jugar futbol por las calles con la cabeza de un enemigo.
Una semana antes de esta entrevista, un grupo de 50 turistas franceses visitó esa favela, ocupada desde hace un año por la UPP. Antes, ni siquiera los taxis tenían permitido el acceso sin permiso de los narcos.
Este día un grupo de adolescentes guía el recorrido por las estrechas callejuelas color cemento, hasta la cima del cerro, desde donde se observa la bahía de Guanabara, hasta llegar a una cancha de futbol patrocinada por MTV. Metros abajo, un par de policías –un hombre y una mujer– hacen un rondín de rutina. Se ven tan felices como dos enamorados…
“Cuando nos propusieron la idea de las UPP sonaba raro, no imaginaba cómo sería”, dice el capitán treintañero Jefferson Odilón, quien se encuentra a cargo de los 170 policías que integran la base de la UPP en Prazeres y Escondidinho (que conjuntan 15 mil habitantes).
Interrumpe su reflexión para llamarle la atención a un niño que va por la calle tirando piedras.
“Antes la gente lloraba cuando nos veía pasar porque sabía que si estábamos en su favela era porque había empezado la guerra. Ahora lo primero que hacemos al llegar es buscar a los líderes de la comunidad, preguntarles qué trabajo se necesita, en qué podemos ayudar. Pero costó trabajo que nos hablaran. Ahora organizamos paseos con niños, actividades culturales y deportivas, y creo que vamos a revertir poco a poco la cultura de guerra y les mostraremos que la policía es más humana, respeta los derechos humanos y trata a la comunidad con dignidad.”
–¿Y los traficantes a dónde se fueron? –se le pregunta.
–Es una gran incógnita. Existen todavía. Dicen que se fueron a la periferia metropolitana, pero es algo que no puedo confirmar.
El vecino Orlando Dato, un moreno dicharachero y cincuentón que vivió todas las fases de la violencia, festeja que Dos Prazeres hubiera sido elegida para ser pacificada, pero manifiesta su escepticismo:
“Cuando la UPP entra abre puertas para que puedan entrar servicios, oportunidades, pero no es la solución porque alguien más tiene que dar agua, educación, cultura y salud. Las favelas necesitan dignidad, servicios públicos. Eso todavía está distante. Además, su éxito depende de nosotros, los moradores, porque nosotros somos los que conocemos los problemas y sabemos cómo resolverlos.”
El sociólogo Renato Lima, secretario general del Foro Brasileño de Seguridad Pública, explica otra causa de su éxito: “Cuando tienes participación comunitaria consigues revertir la inseguridad y disminuye la criminalidad y la violencia. No se trata de meros aspectos técnicos, sino de disposición política”.
Menciona que no únicamente la policía de Río ha dado buenos resultados. Otros estados brasileños, dice, han mejorado en seguridad porque conjugaron varios elementos: mayor inversión en inteligencia policial, en tratamiento y prevención acerca del uso de drogas, reformas penitenciarias, capacitación a policías, participación comunitaria, integración estado-municipio, desarme y transparencia en la rendición de cuentas.
El dato es importante si se tiene en cuenta que Brasil gasta 9% de su presupuesto en seguridad (igual que Alemania o Francia) y es el sexto más violento del mundo, con 50 mil homicidios por año. El 20% de los asesinatos los comete la policía.
Entrevistado por Proceso durante el Seminario sobre Seguridad y Vida Cotidiana en las Grandes Ciudades de América Latina, Sá, el jefe de la policía de Río, destaca que la implementación del nuevo modelo policiaco tiene que estar basado en una estrategia cuyo objetivo sea crear regiones seguras –“ir logrando una expansión territorial, como lo hizo el Imperio Romano”– y no únicamente pacificar una favela.

Prueba del tiempo

La mayoría de las favelas pacificadas se localizan en la zona sur de la ciudad, la turística. La periodista de O Globo Cristina Tardáguila precisa que están ubicadas en el entorno del estadio Maracaná, los estadios de la Barra de Tijuca, la zona portuaria y el museo de Amañá, el Acuario Municipal y la Pinacoteca.
El “milagro” de Río está sustentado por una fuerte estrategia publicitaria. Tardáguila documentó las sesiones de media training con las que fueron entrenados los jefes de unidad al momento de recibir visitantes.
En Cantagalo, el sargento Celestino Daniel, de 44 años, veterano para el rango de edad de los integrantes de la UPP, posa para las fotos arreglándole los rizos a una niña mulata con la que se topa en el camino.
Narra una anécdota que parece increíble: hace unos años descubrió a un niño que simulaba estarle apuntando en el corazón con un arma. Dice que esa noche comenzó a preguntarse si había errado al convertirse en policía. Ahora que ya es un policía con una nueva mentalidad, que organiza partidos de futbol infantil y charlas para padres, escuchó a un niño decir que de grande quería ser policía.
“Me vinieron las lágrimas a los ojos porque ese niño que había visto morir a su papá en un enfrentamiento con la policía había visto el cambio”, dice.
Llama la atención que a sus espaldas pasean cuatro integrantes del Grupo Táctico de Policía Pacificadora, siempre listos, con sus metralletas, por si algo se sale de control. En las calles con pavimento roto unos obreros del municipio cortan la enredadera de cables colgados de postes de los que los vecinos se robaban la luz. En adelante, todos tendrán que pagar el servicio.
“Cuando llega la UPP hay más impuestos, suben tarifas y precios, se revaloriza el espacio, hay especulación inmobiliaria y eso dificulta la vida de la gente porque los mercados entran detrás de la policía. Aunque fue un gran avance la recuperación del control territorial, son necesarios más controles y una lógica republicana porque el poder no está pasando al Estado, pasa a los policías; el jefe de la UPP es el nuevo jefe de la favela y controla incluso los permisos para los bailes funkies; la pacificación se da en una lógica de guerra, con una fuerza ocupante”, dice Jailson da Sauza, el director del Observatorio de las Favelas.
En entrevista denuncia que la policía sólo desactiva a los traficantes de drogas y no a las milicias, como se les nombra a los grupos de ciudadanos armados, entrenados por policías, que actúan como autodefensa para contrarrestar el poderío de los narcos.
“Ahora todo son flores. Son pocas las historias de corrupción en la policía que salen a la luz y me pregunto cómo cambiaron tan rápidamente los policías; hay pocas detenciones y me gustaría saber dónde están todos los criminales (…) ¿y de dónde sacaremos tanto policía para las fases que faltan?”, pregunta la reportera Tardáguila, experta en seguridad.
Por su parte, Sá, el jefe de la policía de Río, admite que existe un rezago en materia investigadora de delitos y enfocada a la desactivación de criminales.
Las críticas hacia la UPP son poco escuchadas aunque, poco a poco, comienza a señalarse que la nueva estrategia se desentiende de la venta de droga, que no existen controles que impidan que los nuevos elementos sean corrompidos, que las obras sociales han tardado en llegar, que los precios suben, que los antiguos capos operan desde otras zonas de la ciudad, que todo es obra electoral.
Benjamin Lessing, experto de la Universidad de California, en Berkeley, señala que los resultados de la UPP contienen una lección para el gobierno mexicano: “La prioridad del uso de la fuerza del Estado debe ser enfrentar a los más violentos. Con las UPP hicieron eso: ‘Ustedes que están armados van a enfrentar toda la fuerza del Estado. No los vamos a dejar vender; pero ustedes que están desarmados, vendiendo a sus clientes en una casa, sin violencia abierta, sin armar niños, no van a ser prioridad para nosotros’.
“En México ocurre lo opuesto: se declara contra todos los cárteles por igual, ninguno está a salvo. Y como eso no crea incentivos para los cárteles de manera que dejen la violencia, éstos se arman más porque el gobierno está yendo contra ellos. El error del Estado es pensar que la única cosa que puede hacer es luchar contra todos los cárteles, pero hay que gerenciar el mercado de drogas para que los narcotraficantes sean más hombres de negocio y menos hombres de guerra.”

Cosecha Roja
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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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