El oro es la nueva cocaína, un reportaje de la revista Gatopardo

EL ORO ES LA NUEVA COCAINA

Por Ioan Grillo / Foto: Oliver Schmieg. Revista Gatopardo, noviembre 2011.

El pasadizo de la mina clandestina de oro es tan pequeño que me tengo que acostar boca abajo sobre el piso de tierra y arrastrarme con las manos. Estoy a sólo veinticinco metros debajo de la superficie, pero el aire se siente asfixiante por la dolorosa falta de oxígeno. Si siento peligro, puedo poner la boca en el tubo de plástico que viene de la superficie y cuelga entre las rocas. El tubo también sirve para gritar mensajes a los trabajadores que están alrededor de la bocamina. Espero no tener que hacerlo para pedir ayuda. Hace seis meses, en estos mismos túneles unos mineros gritaron por el tubo que había una peste venenosa y que tenían que salir. Dos de ellos no sobrevivieron. Ésta es una de las causas principales de muerte de mineros: asfixia por uno de los muchos gases venenosos escondidos entre las rocas y la tierra que pueden escapar al romper la piedra equivocada. La mina nunca cerró, aunque de todas formas la operación es completamente ilegal, como en muchas de las minas de oro de la nueva bonanza colombiana.

Para llegar a este pasadizo, dos hombres musculosos me bajaron con cuerda y polea. La rueda de la polea parece del siglo XVII y la tecnología empleada en toda esta mina no ha avanzado mucho desde esa época. Los pasadizos se siguen deteniendo con palos de madera. Rascan las piedras con machetes y varas de metal. Pero sí usan cascos de plástico con luces eléctricas. Cuando llego a veinticinco metros de profundidad, doblo a la izquierda por el pasadizo que lleva hacia donde está el oro escondido. El pasadizo va directamente abajo del poderoso río Cauca y se logran escuchar los millones de litros de agua que vienen desde las montañas andinas, ricas en minerales, y llegan hasta el Mar Caribe. Me da miedo que el río rompa las piedras, inunde el túnel y llene mis pulmones de lodo. Ésta es otra de las principales causas de muerte de mineros de oro. Todo habitante de este pueblo ha perdido a alguien en estos hoyos.

Pienso en el barro líquido, en que las paredes se pueden colapsar, en que me puedo asfixiar por falta de oxígeno y en cómo estoy atrapado como una rata y siento que me va a dar un ataque de pánico en este mismo instante en este maldito hoyo. Pero veo a los mineros cavando y eso me tranquiliza. Se ríen y sonríen, y me preguntan qué pienso de las mujeres colombianas y me dicen que en Irra, un pueblo cercano, me pueden conseguir cualquier cosa que desee. Para ellos esto no es nada. La mayoría ha estado bajando por estos hoyos desde la infancia y ha dejado de lado todo miedo a las profundidades. Están enfocados en el metal brillante en la espera de encontrar un gran depósito de oro que los hará millonarios —o al menos les financiará una semana de borrachera con mujeres en la cantina del pueblo—. Me dicen que la fiebre del oro ha subido mucho los precios. Es el momento de hacer fortuna.

Son años gloriosos para explotar minas de oro. Mientras la economía mundial se tambalea de recesión en recesión, el precio del oro sigue disparándose como un misil tierra-aire. Es arriesgado invertir en acciones de compañías, así como en bonos de gobiernos plagados de deudas. Entonces los inversionistas regresan a los lingotes de oro —ese metal denso, maleable y brillante que ha sido una apuesta segura desde la época de la antigua Sumeria, tres mil años antes de Cristo—. En 2001, en Nueva York una onza troy valía trescientos setenta dólares. En 2007 ya valía setecientos dólares. Mientras la economía mundial caía en picada, este año se disparó aún más y rebasó los mil seiscientos dólares. El incremento ha sido realmente asombroso. De haber comprado un lingote hace diez años, uno ya habría cuadruplicado su dinero.

La nueva fiebre del oro ha llegado a muchos países del mundo, pero es particularmente alta en Sudamérica, donde el imperio español cosechó de los Andes el metal brillante para financiar la acuñación de monedas en Europa. Así como los conquistadores buscaban la ciudad de El Dorado, los nuevos buscadores de oro han llegado a las montañas y selvas esperando hallar minas. Colombia goza de una bonanza con miles de minas nuevas y miles de millones de dólares de inversiones extranjeras. Más de dos mil quinientos millones de dólares en oro salieron del país el año pasado para ser vendidos en Nueva York, Suiza, Londres y en otras capitales financieras. Colombia espera duplicar esa cantidad en 2012.

Pero la lluvia dorada ha sido un arma de doble filo. Como dicen en Irra, una comunidad minera tradicional en el departamento de Risaralda, “el oro es maldito”. La bonanza reluciente ha llamado la atención de las tres fuerzas insurgentes que desgarran Colombia desde hace décadas —grupos paramilitares, guerrillas y narcotraficantes—. Las milicias armadas se han aprovechado de la falta de regularización de gran parte de la explotación minera. Construyen sus propias minas ilegales, extorsionan a algunas de las otras y lavan dinero a través de las demás. Las condiciones en varios de los pozos son espeluznantes. Algunos liberan agentes contaminantes que devastan el medio ambiente. Y así como la industria ilegal de la cocaína financió ejércitos criminales, sicarios y armas, ahora se pagan con una oscura industria. “El oro ya vale más que la coca”, dice Jaime Montoya, un minero de Irra.

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