El Petiso Orejudo: un coloquio y dos textos

Se cumplen cien años de los crímenes del Petiso Orejudo, el primero y más celebre de los asesinos seriales que conocieron las calles de Buenos Aires. El martes 2 de octubre se hará un coloquio sobre delito, memoria urbana y escritura en el Museo del Libro y de la Lengua de la Biblioteca Nacional (Las Heras 2555, CABA)

Habrá dos mesas con escritores, historiadores, periodistas, abogados, policías y psiquiatras. En la primera, a las 17 horas,  participaran Carlos Elbert, Álvaro Abós, Raúl Torre, Daniel Silva y será coordinada por Diego Galeano.  La segunda, a las 19 horas, contará con la presencia de Lila Caimari, Rodolfo Palacios,  Osvaldo Aguirre y Leonel Contreras. El coordinador será Javier Sinay.

Para amenizar la espera -y entender quién fue el Petiso Orejudo, presentamos dos textos: una evocación de Mariana Enriquez, y una ficción de Juan Diego Incardona.

 

Pablito clavó un clavito

Mariana Enriquez

La primera vez que se le apareció fue en la lida de las nueve y media de la noche, la que se hacía en ómnibus. Fue durante una pausa del relato, mientras recorrían el tramo que iba desde el restaurant que había sido de Emilia Basil, descuartizadora, hasta el edificio donde solía vivir Yiya Murano, envenenadora. De todos los tours por Buenos Aires que ofrecía la empresa para la que trabajaba, el de crímenes y criminales era el más exitoso. Se hacía cuatro veces por semana: dos en ómnibus y dos caminando, dos en inglés y dos en español. Pablo supo que cuando la empresa lo designó como guía del tour de crímenes le estaba dando un ascenso, aunque el sueldo fuera el mismo (sabía que, tarde o temprano, si lo hacía bien, esa cifra también iba a ascender). El cambio lo había alegrado mucho: antes hacía el tour “Arquitectura Art-Nouveau de Avenida de Mayo”, que era muy interesante, pero aburría después de un tiempo. Leer completo.

 

El Oreja

Juan Diego Incardona

Lo conocí en la bodega de un barco. Ambos vestíamos trajes a rayas, teníamos engrillados los pies y las muñecas, y nuestras caras estaban manchadas de carbón. Tosíamos negro debido al humo de los motores. Cuando lo vi por primera vez, lo reconocí enseguida. Él era un criminal famoso y su foto había salido en los diarios. Era tal cual lo retrataban: un pequeño monstruo, bajo, cabeza chiquita, cejas gruesas, un par de orejas gigantes que le daban apariencia de duende, y una mirada perdida e idiota, como la de un pez. Leer completo.

 

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