El Polaquito

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“En el diario no hablaban de ti, ni de mí…”

Es vergonzoso: un programa que se presume hecho por periodistas presenta filmado a un niño nacido y criado en Villa Caraza, partido de Lanús.

De los dichos del niño se desprende: que robó una camioneta, manejó desde Lanús hasta Villa Soldati para “reducirla”, que por ella le dieron $50.000 pero que tuvo que “balear” al cómplice “porque no le quería dar su parte”. También se jacta de haber “matado” a un transa (parece que no fue investigado “porque era un transa, no lo pagó nadie”), de manejar armas, de fumar “nevada” (marihuana con cocaína, que sólo le endurece “un lado de la cara” pero que lo “recoloca”, aunque Nevada es un estado de Estados Unidos, lo que el fuma se llama “nevado”), de su padre ex prófugo actual detenido por “dos asesinatos” y de otra serie de hechos.

El chico aparenta pesar menos de 50 kilos, es bajito, y sus “ídolos” son –siempre según el informe- un “asesino de policía” y otro joven muerto luego de “cargarse a diez personas”.

Como todos los chicos de provincia tiene un apodo: el polaquito.

El video es inclasificable: el periodista investigador le dice, por ejemplo: “¿Vos robaste? ¿Vos mataste? ¿Vos tenés armas?” y el pibe contesta y habla sin parar. Un testimonio “espontáneo”, que tiene su cumbre cuando el pibe dice que “no quiere ir a un reformatorio”.

Momento delicioso: el pibe habla del reformatorio….

Ese datito sutil, minúsculo, es la llave de la “veracidad” del testimonio: ¿qué pibe/a habla de “reformatorio”?

Tampoco dicen “policía” (en tal caso gorra, cana, tira), por poner un ejemplo. Porque –hay que decirlo- cada grupo de niñxs o adolescentes tiene su lenguaje.

“Reformatorio” estaría en uso en el año 1940, aproximadamente. Actualmente le dicen “la intermedia”, “la tumba”, “el agujero”. El polaquito no: dice “reformatorio”.

Como si nos hubieran tomado poco el pelo, el debate en la mesa del programa luego de tremendo testimonio es imperdible: se recuerda que en Inglaterra “la Ley Penal se aplica desde los 8 años”, se critica a UNICEF “que hace leyes para países como Suecia”, se enuncia que estos jovencitos “son producto de la ausencia de la familia, la escuela, la sociedad” y se preguntan “quiénes eran los que gobernaban cuando nació el polaquito”. Se pide recordarlos “para no volver a votarlos”. Porque, ya sabemos todos, antes del Polaquito no había niños con actividades delictivas: es el fundador. Y lo descubrió un programa de televisión, porque “la Justicia no hace nada” y menos que menos los servicios sociales que se “ocupan de la infancia”.

Me cuesta reconocerlo, pero lo más sensato que escuché vino de la boca del conductor y productor general del programa: en la discusión se hablaba de que “el chico no quería ser separado de su familia y que lo llevasen a un instituto” (que por otra parte parecen ser escasos, estar colapsados, y lo mismo pasa con los lugares para internar adictos y los hospitales y casi todo) y el conductor dijo: “Es un nene de 12 años, no tiene criterio propio, tienen que obligarlo, por eso es menor”.

Digo: ¿cómo se colapsarían los institutos si a los chicos se les “consulta” sobre que quieren hacer?

Lo peor, lo más cínico, vino de la boca de otro columnista: “Cuesta imaginar a un chico de 12 años asesino, ladrón, vendedor de drogas…¡PERO LO ES!”

Si leyeron hasta acá entiendan algo: no se mostró en el programa UNA SOLA PRUEBA.

Si el padre está preso por asesinato, sospecho que periodistas tan avezados tardarían 15 minutos en saber dónde y por qué. ¿No se investigan asesinatos violentos de transas? ¿No ingresan heridos de bala al hospital?

Y no, no es Inglaterra ni Estados Unidos: allí saben muy bien que cuando inician la búsqueda de asesinos en serie, reciben al menos 100 llamados al día adjudicándose los hechos.

Se llama “problemas mentales”, se llama “fabulación”, se llama “ganas de figurar”.

Hace unos años en un canal de televisión habían hecho un especial sobre adolescentes que robaban para sustentar su consumo de Pasta Base de Cocaína. Al otro día con un equipo llegamos al lugar ya que varios nos habían resultado conocidos: la ranchada estaba de fiesta, todos medio dados vuelta.

Les habían pagado “como 200 mangos” por “decir giladas”.

Yo hace varios años que trabajo con familias cuyos hijos fueron separados de la vida en común y con adolescentes en conflicto con la Ley. En eso tiene razón el conductor: no les preguntan a los chicos que desean hacer y con quién quieren vivir. Les mandan el patrullero –a veces los retiran del colegio, por ejemplo- y por un tiempo no se sabe donde están. En los barrios, los transas no les dan acceso a pistolas caras a niños: suelen ser los que hacen los mandados.

No puedo afirmarlo con seguridad, porque sino el domingo próximo tendría que estar integrando la mesa de los afamados periodistas, pero si el chico hubiera hecho todo eso ya estaría varios metros bajo tierra: por los familiares y amigos del transa, por los familiares y amigos del baleado o por algún/os vecinos que se hartan de los pibes y los dejan tirados en una esquina.

No son Myke Tyson ni el Gordo Valor: son chicos. Corren rápido, tiran piedras y demás. Pero no son ni tan corpulentos ni tan bravíos como para poder con dos o tres personas enojadas.

Una vez más el problema central son los adultos: unos los utilizan regalándole drogas o un arma vieja y oxidada, y otros los muestran sin descaro.

Luego, miran las planillas de rating y se van a dormir satisfechos.

Miriam Maidana
Miriam Maidana

Psicoanalista, investigadora UBACyT en Consumos Problemáticos.

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