El precio de la libertad

Por Roxana Sandá| Pag12. Argentina

Foto tomada de Diario Panorama.

 

El hombre tuvo que pisar una embajada en los confines de Sudamérica para escuchar por primera vez el término femicidio. A Jean Michel Bouvier alguien de la diplomacia francesa le dijo que “eso” era lo que les había sucedido a su hija Cassandre y a su amiga Houria Moumni, un “fenómeno común a toda Latinoamérica”. Días después pronunció la misma palabra frente a Cristina Fernández de Kirchner, que lo miró a los ojos con fijeza, tomando nota de esa figura que debería incluirse en el Código Penal. La Presidenta sabe y avala que los digestos argentinos precisan introducir reformas y actualizaciones, como ya lo está haciendo un equipo de juristas sobre el Código Civil, con apreciable perspectiva de género. “Se impuso en mí la idea de que el encadenamiento de actos cometidos primero contra su libertad de mujer y finalmente contra su vida merecían una calificación específica que tuviese las mismas consecuencias jurídicas que un crimen contra la humanidad”, escribió Bouvier en una carta pública que reiteró ante el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, para incorporarlo al derecho penal de ese país. Propuso que “el ser humano que golpea, viola y asesina a una mujer porque es mujer y dispone de un ascendente físico sobre ella sea denunciado como un bárbaro y castigado al igual que quien comete un crimen sobre la humanidad. Lo mismo sucederá con quienes cometan este crimen en forma colectiva”.

El padre de Cassandre nació en Africa del Norte. Allí conoció los pliegues de la violencia institucional y civil en códigos de horror. Vio cabezas decapitadas, cuerpos mutilados, mujeres suplicando por la hambruna de sus familias. Pero ninguna de estas imágenes, advirtió, se compara con los grandes ojos negros abiertos “como dos cristales” de su hija muerta, en los que supo leer “un sino trágico de dignidad y terror”. Lo que les deparó la morgue judicial de Salta a los Bouvier no sólo fue la imagen de dos cuerpos desnudos y masacrados, sino la certeza abrupta de que “lo que funda el femicidio es la reducción a la nada, la aniquilación. Las negaron como mujeres”.

Es difícil poner en caja que a la sociedad le pesa convivir con mujeres trashumantes, con nómades que abonan el crecimiento personal, catadoras de una vida en soledad, componedoras de experiencias entre pares, hacedoras del empuje que les imprime su libre albedrío. “Fue un crimen contra la libertad de las mujeres”, expuso con aguda percepción Jean Michel Bouvier. Pareciera entonces que en tanto soberanas de sus rumbos, otras como Houria y Cassandre habrían sido obligadas a pagar con finales oscuros, como la ciudadana alemana Nikola Henkler, desaparecida en Bariloche en 2002, o la suiza Annagreth Würgler, de la que sólo se hallaron su bicicleta y rastros de sangre en un paraje de La Rioja, en 2003. Apenas un año después, la francesa Perine Bermond fue encontrada muerta en su departamento del centro porteño, sobre un sillón del living, golpeada, violada, estrangulada y con la garganta cortada por un cuchillo que su victimario, un empleado de seguridad privada del edificio, le dejó clavado en el cuerpo. Alumbran la experiencia y el recuento interminable de casos: a diferencia de otros crímenes, los cometidos contra las mujeres no buscan ocultarse ni “limpiar” la escena. Se las marca, se las golpea, se las envuelve con sus sábanas, maniatadas con pedazos de sus prendas; se las asfixia, se las corta, se las quema, se las desfigura, se las descompone. En infinidad de causas los autores, casi siempre hombres, no se molestan en borrar huellas. Son los peores emergentes de una cultura machista ensalzada en la impunidad, aun cuando el destajo de sus ataques los incrimine.

Heather Jarvis, una de las fundadoras de SlutWalk (Marcha de las Putas) en Canadá, dijo a este suplemento que “se ataca a las mujeres, se las marca, quema, penetra por la fuerza y luego se las juzga, porque la violación no termina en el hecho en sí, sino que se extiende al aparato legal y social que lo continúa, debido a un potente engranaje que nos inculca que allí está nuestro cuerpo, disponible para ser penetrado. Hay una operación inconsciente que desmiente de alguna manera aquello de que ‘si vas vestida de puta te la estás buscando’, y que tiene que ver con que, en definitiva, todas estamos en la mira. Queremos alertar sobre estos cuerpos, los nuestros, y que la lupa ensanche la mirada allí donde debe estar: en los violadores y en la mentalidad sociocultural que los habilita”.

Las pericias psicológicas realizadas a los tres implicados en las violaciones seguidas de muerte de Cassandre y Houria los describen como individuos fríos, de conducta psicópata, manipuladores, con un doble discurso, sin sensación de culpa, dueños de un lenguaje perverso. Sin embargo aparecen, en conjunto, como hombres comunes. Se perderían en una muchedumbre. Sus vidas no despiertan admiración ni repudio, sus vínculos afectivos podrían inscribirse en el gris cotidiano. Pero la crueldad y el ensañamiento de sus actos traducen otras impotencias alevosas. No era posible tener frente a sí a mujeres independientes, luchadoras y sabias de lo que se ponía en juego cuando lo que se escurre entre los dedos son los derechos sobre sus propios cuerpos y sus libertades.

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