El Salvador debate qué hacer con las pandillas

Por Redacción – Cosecha Roja

La discusión sobre qué hacer con los miles de jóvenes que viven bajo la ilegalidad de las maras salvadoreñas, sigue tomando temperatura. Hasta ahora, las respuestas del gobierno de Mauricio Funes han sido cambiantes. Llegó al poder con la promesa de políticas inclusivas, pero las crónicas policiales y la presión pública lo llevaron a optar al poco tiempo por una retórica confrontativa. Hace unos días, una investigación del periódico digital El Faro reveló que detrás del enfrentamiento abierto, el gobierno de Mauricio Funes había iniciado una negociación velada con las pandillas. Ayer, el Presidente dio otro golpe de timón: anunció que va a conducir un acuerdo nacional para reintegrar a los pandilleros a la sociedad.

Sonja Wolf es becaria postdoctoral de la Universidad Autónoma de México. En sus trabajos sobre la cultura pandilleril y las lógicas del crimen organizado, y en un libro en proceso sobre el control de pandillas en El Salvador, Wolf analiza los fenómenos multicausales. “Históricamente, El Salvador ha experimentado altos niveles de violencia, lo cual evidencia que el espectro de los actores de la violencia es mucho más amplio de lo que la retórica oficial indica”, afirmó al diario salvadoreño Contrapunto.

La ex oficial de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, opina en la entrevista sobre el dilema ético de negociar con grupos delincuenciales, y cuestiona su efectividad: “el record histórico como la dinámica de las pandillas sugieren que la negociación impulsada por la administración Funes no va a funcionar. Tarde o temprano este pacto fracasará y la violencia volverá a subir”, dice. En otros pasajes, Wolf aborda el fracaso de la Guerra contra el narcotráfico y explica, dentro de lo posible, cómo es que ningún gobierno, cualquiera sea su signo político o convencimiento ideológico, ha podido siquiera resentir el poder omnímodo del crimen organizado.

“Sin estrategia integral, la negociación fracasa”

Por Juan José Dalton – periódico digital Contrapunto

¿Cómo o qué opinas sobre un posible proceso de negociaciones entre un gobierno y grupos pandilleros violentos en El Salvador?

La supuesta negociación entre el gobierno y los líderes de las dos principales pandillas en El Salvador, revelada por una investigación del periódico digital El Faro, ha suscitado controversia así como preocupación sobre sus posibles efectos adversos. Más allá de las dudas morales o éticas que pueda implicar una negociación o un acuerdo de paz con delincuentes (presuntos o demostrados), habría que encarar la cuestión desde un punto de vista práctico: ¿Puede una negociación con pandillas callejeras dar resultados positivos y duraderos?  ¿Puede dar fruto en el caso de las “maras”, grupos que debido al crónico desinterés estatal han dejado de ser pandillas callejeras tradicionales para volverse un fenómeno social y delincuencial mucho más complejo?

Existe un debate similar con respecto al tema del terrorismo. Alrededor del mundo los dirigentes políticos suelen rechazar una posible negociación con terroristas por temor de que su país sea percibido como débil y cediendo ante la violencia. Sin embargo, una visión alternativa propone el diálogo con grupos terroristas ya que las vías diplomáticas y políticas pudieran resolver conflictos que no se dejan resolver sólo por medios militares.

La diferencia entre los grupos terroristas y las pandillas callejeras es que los primeros tienen reivindicaciones políticas que puedan abordar a través del dialogo. Contrariamente, las pandillas no tienen demandas políticas o sociales colectivas. Los jóvenes que ingresaron en estos grupos lo hicieron por motivos tan diversos como el vacile, la amistad, la violencia doméstica, opciones económicas y la venganza. Sin duda hay quienes están cansados de la violencia y anhelan más y mejores oportunidades educativas y laborales para reorientar su vida. Las pandillas, sin embargo, se han aislado del mundo convencional y creado su propia sociedad, sin articular demandas que propiciaran su desmantelamiento y su reaparición.

Si, tal como parece, el gobierno de El Salvador se prestó a una negociación con las  “maras”, ¿qué es lo que se negoció y a condición de qué? ¿Se acordó el cese de la violencia o también de todas las actividades ilícitas? ¿Se prometieron beneficios muy puntuales a los líderes pandilleros o –más ambiciosamente- se ofrecieron mejores procesos de rehabilitación y reinserción a todos los miembros?

La investigación de El Faro da algunas pautas, pero aún así sabemos poco sobre lo que en realidad pasó. Las declaraciones oficiales que posteriormente se dieron no han logrado despejar las dudas. De hecho fueron tan contradictorias que minaron aún más la confianza en las autoridades y en sus esfuerzos de controlar el fenómeno pandilleril. Lo que se prometió o no se prometió, y a quién, seguramente influirá en el futuro actuar de las pandillas. El haber ofrecido ciertos beneficios únicamente a los líderes puede causar resentimientos entre los rangos menores y en última instancia reflejarse en la dinámica de la violencia. Por otra parte, ¿por qué abandonarían los pandilleros sus actividades ilícitas si ellos, y en muchos casos, sus familias, viven de estos ingresos? ¿El Estado salvadoreño les ha ofrecido o les ofrecerá opciones alternativas factibles?

¿Crees que esta negociación sería una salida? ¿Conoces de procesos en el mundo que sean similares? ¿Han funcionado?

Los acuerdos de paz con y entre pandillas son posibles, pero difíciles de lograr. Un caso exitoso existe en Ecuador donde gracias al trabajo de una organización de la sociedad civil se logró un acuerdo de paz entre pandillas e incluso el desmantelamiento de estos grupos. Pero se trató de entidades pequeñas cuyos integrantes participaban de una manera mucho menos activa en el crimen que las “maras”. Fue decisivo el apoyo, la educación, la capacitación y las opciones de trabajo que se ofrecieron a estos jóvenes.

El caso de las “maras” es muy distinto. Hoy día son grupos más grandes, más estructurados, cuyos miembros han intensificado su actuar delincuencial. El hecho de que su organización interna y la capacidad de sanción se han fortalecido nos pudiera hacer pensar que los líderes tienen mayor poder sobre los demás afiliados, pero aún así la dinámica de las pandillas no permite un control férreo sobre sus miembros. Si uno de ellos decide cometer algún acto no autorizado, ¿quién se dará cuenta? La impunidad que reina en El Salvador es conducente a la transgresión de la prohibición de matar.

Todavía no se sabe hasta qué punto el gobierno salvadoreño ha trabajado en los aspectos más estructurales. No se trata simplemente de pedir el cese de la violencia. La violencia y los crímenes impactan la población, pero su ausencia no implica que se haya erradicado el fenómeno pandilleril o que estos grupos no sigan creciendo o mutando.

No es la primera vez que se habla de acuerdos de paz. En varias ocasiones se planteó esta posibilidad, por iniciativa de diferentes actores, pero nunca prosperó. Según Christian Poveda, quien iba a fungir como interlocutor entre las “maras” y el gobierno de Funes, muchos pandilleros no aceptaron la idea de un acuerdo de paz y quienes la defendieron hablaron de eliminar a los no convencidos. En cualquier pandilla hay jóvenes que están más cansados de la violencia y menos comprometidos con la delincuencia que otros. Quienes favorecen la vida pandilleril difícilmente aceptarán una alternativa, pero no sabemos cuántos se rehúsan a salir de este ciclo de violencia. En varias ocasiones las pandillas han mostrado interés en algún acuerdo de paz, pero parece que lo que buscaron fue la disminución de la intervención policial. Ofrecieron dejar la violencia, pero nunca los crímenes, es decir sus fuentes de ingreso.

Cuando el Padre Antonio Rodríguez propuso, en nombre de las pandillas, un acuerdo de paz, la administración Funes rechazó la idea tajantemente. ¿Por qué se resistió a algo que ahora favorece? El viraje de 180 grados demuestra la desesperación del gobierno, pero también una preocupación por mantener una imagen favorable en la opinión pública, más que una preocupación por encontrar una respuesta eficaz a la problemática. La negociación con las pandillas aumenta el poder de estos grupos y deja al descubierto el flanco débil del gobierno. Tanto el record histórico como la dinámica de las pandillas sugieren que la negociación impulsada por la administración Funes no va a funcionar. Tarde o temprano este pacto fracasará y la violencia volverá a subir.

Además, la supuesta negociación deja fuera tanto otras expresiones de la violencia como sus raíces estructurales. Los homicidios pueden atribuirse no sólo a los pandilleros, por más que el ministro Munguía Payés afirma, sin sustento empírico, que el 90 por ciento de los asesinatos son cometidos por las “maras”. Históricamente El Salvador ha experimentado altos niveles de violencia, lo cual evidencia que el espectro de los actores de la violencia es mucho más amplio de lo que la retórica oficial indica. ¿Qué propone el gobierno para enfrentar estas otras fuentes de violencia? Las pandillas se formaron y se complejizaron, porque durante mucho tiempo el Estado salvadoreño ha desatendido tanto las raíces sociales del fenómeno como el fortalecimiento del aparato de seguridad y de justicia. Una negociación con las pandillas pueda permitir una reducción temporal de la violencia, pero no resolverá estos problemas profundamente arraigados. Incluso puede desincentivar al gobierno de impulsar los necesarios cambios estructurales.

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