Ella dijo basta, él mató al hijo discapacitado y se tiró debajo del tren

tren roca

Miriam Maidana – Cosecha Roja.-

“Ay amor mío / qué tremendamente absurdo es estar vivo”.

                        Sin tu latido / Luis Eduardo Aute

 

Hay personas que nacen y se van de este mundo de una forma cruel.

Imaginen una madre y un padre con un bebé nueve meses en la panza. Imaginen la cuna, el bolsito celeste, el camisón materno. Imaginen ese camino donde hay que desplazarse por pasillos, entrar a consultorios y escuchar que no, que ese bebé no se irá en 48 horas. El lenguaje médico suele ser frío en estos casos: retraso madurativo implica que las dificultades se evaluarán con los años.  Y donde escribo “dificultades” lean “daños”.

El adolescente de quince años no puede caminar ni valerse por sí mismo: además de síndrome de down tiene un retraso madurativo severo. Está en silla de ruedas, casi sin contacto con el medio exterior. Su hermano mayor, poco mayor, se rajó apenas pudo: a los 18 años tiene un hijo, otro en camino, dos ex novias.

La relación entre el padre y la madre no es la mejor, pero la violencia se fue incrementando con los años. Como los daños.

Es muy difícil ubicar el punto del “basta”: la caída de la escena que hace que una mujer no aguante un golpe más. Y que haga un bolso y se vaya a la casa de la hermana. Y que haga una denuncia solicitando una exclusión del hogar. Y que llame por teléfono a ese hombre para ponerlo al tanto. Y que se ilusione con que él aceptará el límite legal. Y que la Ley se ocupará de ella: la cuidará, no la expondrá. Y que ella podrá tener un futuro diferente, lejos de los golpes y la violencia cotidiana.

Es muy difícil, en este caso les diría imposible. Porque las ilusiones no suelen ser más que eso. Como dijo un vecino cuando se enteró del caso: “El hombre no está hecho para abandonar su casa”.

Juan y María estaban juntos hace más de veinte años. Después del nacimiento de Facundo ella se volcó al hijo “que la necesitaba”. Y Juan se volvía un poquito más violento con ella cada día. María comenzó a refugiarse en una congregación religiosa, salió a trabajar y un día, el día del “basta”, se fue. Dejó al hijo menor con el padre porque con él no era violento. Hizo la denuncia. Y comenzó el embrollo. Acordaron que María iría a la casa a cuidar a Facundo por la mañana, para que Juan vaya a trabajar. Un segundo llamado desarmó el plan: Juan no iría a trabajar, ella debía ir a la tarde porque Juan abandonaría la casa ante la denuncia.

Los familiares de María no la dejaron ir sola. En las barriadas las familias suelen ser numerosas y temían que Juan tomara represalias con ella, o que le pegara como hacía habitualmente. Así marchó María con sobrinos jóvenes y otros parientes. No se sabe quién vió primero las manchas de sangre. Pero le dijeron a María que no entrara, que esperara, que ellos se fijarían primero cómo estaba la cosa adentro.

Encontraron a Facundo con un cinto en la garganta, acuchillado y volcado de la silla de ruedas.

La muerte es fea. En soledad, el cuadro es aún más desolador.

Al entierro del pibe asistieron vecinos, familiares, miembros de la congregación y la familia del asesino de Facundo: su propio padre, que se tiró por la tarde a las vías del tren Roca, que lo arrolló y tuvo que interrumpir el servicio varias horas.

Nadie quiso llevarse el cadáver de Juan y no hubo llanto, flores ni velatorios para él. Su propia familia de origen no quiso saber nada.

A Facundo lo velaron a cajón cerrado: los llantos y gritos de dolor se escucharon en toda la cuadra. No había tenido una buena vida y la había terminado de un modo horrendo.

He aquí otra pregunta imposible de responder: ¿Qué se le cruzó por la cabeza a Juan mientras planeaba el asesinato de su hijo? Porque fue planeado: avisó que no iba al trabajo, compró unas sogas para atar al pibe, dejó el cadáver caliente calculando la hora en que llegaría María.

La congregación y los vecinos se ocuparon de limpiar la casa, pintarla, cubrir de alguna manera el olor a muerte adolescente que quedó flotando. Pero María no quiere ni acercarse: ella fue a la justicia para pedir que pusieran distancia entre ella y los golpes de Juan, no a quedarse con la casa.  Desde el velatorio canta en voz baja salmos.

La última pregunta es: ¿quién enterró a Juan, y adonde? Porque aunque los vecinos dijeron a la prensa que era “tranquilo” y con “muy buen trato” con su hijo, nadie quiso hacerse cargo. Su familia lo repudió. ¿Dónde van a parar los muertos que nadie reclama?

Es el problema de la violencia muchas veces: no porta carteles ni es estridente.

Por eso los vecinos y familiares eligen creer que las caras marcadas por los golpes son “caídas”. Y, como se dice en los barrios, el buen hombre había levantado su casa de dos pisos a fuerza de trabajo. No la iba a abandonar solo porque María un día dijo: “Basta”.

 

Notas:

  1. El caso es del viernes 27 de marzo, en la localidad de Claypole, Prov. de Buenos Aires. Juan Leiva, de 61 años, asesinó a su hijo discapacitado Facundo de 15 años y se tiró abajo del tren. Su mujer, María Soledad Ponce, había solicitado la exclusión del hogar luego de años de violencia de género.
  2. La figura de exclusión del hogar es excelente si tuviera cobertura completa: poner una custodia que verifique el cumplimiento efectivo. Con mujeres asesinadas cada día, muchas veces la figura (un papel que dá el Juzgado, una denuncia radicada en un expediente, una causa que se radica por “incumplimiento de la misma”) queda en la anécdota. Y evidencia la soledad y marginalidad que les acontece a las personas (mujeres) que se animan a denunciar situaciones de agresión y violencia generalmente de larga data.
  3. Los pocos diarios que levantaron la noticia replicaron la versión de que Juan mató a Facundo tras una discusión con su mujer: no mencionan en ningún momento la denuncia de ella. Ni hablan de violencia de género.

 

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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