Entrevista al antropólogo Philippe Bourgois

Por Hector Pavon – Revista Ñ.-

Nueva York, años ochenta, con Ronald Reagan presidente, la maquinaria productora de divisas y de pobres funciona perfectamente en el corazón del imperio. Un barrio de Harlem es el escenario elegido por un joven antropólogo para su trabajo etnográfico: pobres, portorriqueños y adictos, las tres identidades conviven tensamente en el perfil a estudiar. Philippe Bourgois llega a “El barrio” y se instala con su mujer e hijo, es “blanquito” pero lo aceptan rápidamente. Allí comienza una experiencia que dura cuatro años en contacto permanente con los vendedores de crack y con las miserias personales de sus vidas segregadas y paupérrimas.

En busca de respeto (Siglo XXI) es el resultado de esa vivencia profunda e inolvidable. Lo presentó en Buenos Aires recientemente.

¿Qué significa el título de su libro “En busca de respeto”? Mi idea es que la problemática de la industria del crack, de los jóvenes que se lanzan a la calle a buscar dinero es para hacerse la vida y, en el contexto de Estados Unidos, es buscar el sueño americano. Y cuando uno no lo logra, como inmigrante, se siente destrozado; porque creía que todo el mundo entraba pobre y salía rico. Ese es el argumento de por qué hay tanta violencia y entrega a la economía del crack: están desesperados buscando el sueño americano. Y si no lo logran, no sienten autorrespeto ni dignidad. Es malo ser pobre en cualquier país, pero en Estados Unidos es realmente un insulto que duele porque la riqueza está ahí.

¿Qué tan distinto es un pobre de Harlem al de otro lugar de Estados Unidos? Harlem era el barrio más pobre en la ciudad más rica de Estados Unidos. Nueva York no es cualquier ciudad, es el centro financiero del mundo. Ser pobre en ese ambiente, donde se juegan las altas finanzas, es diferente a serlo en cualquier otra ciudad más mediocre, donde la pobreza está más repartida. Ellos ven pasar a los vaqueros en sus carros yéndose a las playas más caras de Estados Unidos por la autopista que pasa sobre sus cabezas.

En su libro dice que la antropología puede ser un foco de resistencia. ¿Qué implica esa idea? Los antropólogos investigamos sobre temas urgentes, que tienen vigencia con los problemas actuales, pero que al mismo tiempo impliquen un análisis serio. Es decir, no es propaganda política, pero es un análisis de las contradicciones centrales de los problemas que enfrentan nuestras sociedades. Para mí este tema del fenómeno del gueto segregado es una de las contradicciones y una de las desigualdades más tajantes de mi país, que realmente no deberíamos tomarlo como normal, es algo que se debería cambiar. Esos barrios se mantienen un poco invisibles; la gente tiene miedo de entrar en esos lugares y no se atreven a saber más de la situación.

Cita a una colega, Laura Naders, que dice que es peligroso cuidar a los pobres porque lo que se diga puede ser usado en su contra, ¿qué significa? Esta frase es importante, porque en antropología hemos tendido a estudiar lo exótico, los pobres, los que no tienen poder. Y en cierto modo hemos dejado a un lado las relaciones de poder que crean los pobres, que construyen la situación que enfrentan. Lo importante es entender cómo las fuerzas mayores estructuran la pobreza y activan la experiencia íntima de uno. Entonces, sí, la etnografía es una metodología donde hay cierto peligro de perderse en el fenómeno alrededor de uno porque es difícil ver la historia; cuando uno está en interacción con alguien pierde de vista las fuerzas mayores que hacen que esta persona actúe de esta manera. Es difícil ver las fuerzas sociales.

¿Cómo fue insertarse ahí en el barrio, y además, en pareja y con un hijo? Bueno, eso es el misterio norteamericano de las barreras de lo que yo llamo la segregación, el apartheid. Hay un mito que dice que es imposible para un blanco vivir en esos barrios. Cuando yo le decía a la gente que iba a hacer ese trabajo, y aun viviendo ahí, me decían que estaba loco. Y en realidad, fue muy lindo, de cierto modo. Es cierto que hay mucha violencia en el barrio, pero la violencia está en contra de todos los que están ahí, es una violencia que existe por la pobreza y por la droga que circulaba en ese tiempo y por la lucha por los puntos de venta. Pero una vez que yo viví ahí, me sentí muy bienvenido: “Hey, blanquito, ven pa’cá, quiero hablar contigo”. Es decir, yo era alguien exótico. El milagro de la etnografía es que si uno trata con respeto a la gente alrededor de uno, normalmente reacciona bien. Lo importante es hacerlo paulatinamente, es decir, no entrar como un invasor que hace las entrevistas rápido y sale. Por eso es que alquilé un apartamento y viví ahí con mi familia. Al principio, andaba con mi hijo de seis meses, y así yo parecía normal para los vecinos: era un papá con su niño; no era un loco, no era un policía, no era un drogadicto, nada, era un papá con su niño, y eso me normalizó . Pero, al principio es cierto que la gente pensaba que yo era, o policía, o drogadicto, o las dos cosas. Y cuando yo iba a una esquina donde la gente no me conocía, literalmente la gente huía; se iban silbando y se decían, en la jerga de la calle, 5-0 , que es policía, y la gente corría. Entonces, me deprimía, sentía que tenía una enfermedad que hacía que la gente huyera de mí. Pero con el tiempo la gente se aburría de tener miedo y me integraron a la vida diaria.

¿Cuánto tiempo pasó hasta que sintió que ya estaba insertado en el barrio para investigar? Yo viví ahí unos meses antes de empezar realmente el trabajo; estaba terminando mi tesis de doctorado sobre otro tema. Solía sentarme en la escalera frente a mi apartamento, para relajarme, porque cuando uno está escribiendo su tesis de doctorado, busca cualquier excusa para no escribirla. Entonces, yo me animaba a hablar con cualquier persona por horas en lugar de volver a trabajar a mi apartamento. Creo que pasaron más de tres meses antes de empezar a tomar notas de campo en mi propio barrio. Y ya tenía muchas amistades.

¿Nunca pensó que debía poner algún tipo de límite, distancia a las relaciones? Siempre hay una contradicción en la etnografía, porque uno hace relaciones de amistad y confianza, para tener mejores datos. En realidad, son sólo algunas las personas que uno quiere. Pero se está haciendo amistad con todos, para poder acceder a ellos. Entonces, uno se siente un poco confundido, a veces, porque quiere ser honesto pero tiene que hablar con gente por la cual uno no tiene respeto. Por ejemplo, en ese libro, uno se da cuenta de que el que era mi buen amigo era Primo, y lo sigue siendo actualmente. Mientras que el que trabajaba para Primo, su mano derecha, César, era violento. Y tenía que pasar horas y horas con César, pero no le tenía confianza, es decir, me daba miedo pero yo respetaba el hecho de que era inteligente. Es decir, su manera de hablar es bastante poética, y de hecho es artista de rap, muy bueno. En ese sentido la etnografía tiene contradicciones de ética.

Así como algunos pensaban que era policía, ¿no ocurrió lo contrario? ¿No sospechaban que era un dealer o un consumidor? Sí. Es un gran problema, de hecho, ser blanco en el gueto en Estados Unidos porque, por una parte, los vendedores creen que uno es policía y, por la otra, la policía cree que uno es drogadicto. Varias veces me agarró la policía. Y en una ocasión, cometí el error de tratar de explicarle al policía que yo era un antropólogo estudiando la pobreza. Y el policía creía que yo era un drogadicto burlándome de él. Y casi, casi me pega. Y me metieron en un bus y me obligaron a salir del barrio. “Vete a un barrio blanco a comprar tus drogas”, me dijeron. Y después de eso conseguí una cédula de identidad con la dirección de mi apartamento. Cuando la policía me paraba, yo les demostraba que vivía ahí y limitaba la conversación porque no quería que luego investigaran a la gente a quienes estaba entrevistando. Entonces, tuve que mantenerme lo más lejos que podía. Pero fueron docenas de veces, por lo menos, en más o menos cinco años, en las que la policía me paró pidiéndome papeles y preguntándome “por qué vives aquí”. Ahora estoy trabajando en Filadelfia, también en un barrio portorriqueño. Hace poco, unos policías, sin pedir nada, me tumbaron al piso, me esposaron con mi cara en el cemento, y me patearon, rompiéndome las costillas y luego poniéndome en la cárcel por dieciocho horas.

Y ahora, ¿cómo hace para trabajar tranquilo? Mi abogado dijo que yo podía poner una demanda, pero preferí pedir una carta del jefe de la policía diciendo que no soy drogadicto. Él me ha dado esa carta, muy bonita que cuido de no perder porque tengo mucho miedo a la policía. Claro que eso no me evita ser golpeado, pero por lo menos no me van a llevar dieciocho horas a la cárcel.

¿Cuánto cambió su hipótesis inicial de trabajo en Harlem ? Cuando empecé, pensaba que la droga iba a ser sólo un tema, la palabra crack ni siquiera existía. Yo pensaba estudiar los métodos de supervivencia en la economía paralela, cómo sobrevivía la gente con trabajitos en negro. Y de repente, surgió el crack, y eso realmente dominó la economía ilegal por cinco años. Tenía que cambiar mi enfoque a estudiar, el crack, porque eso surgió como el empleador mayor de los jóvenes del barrio. Eso fue al principio. Luego, surgió el tema de las relaciones entre hombres y mujeres. Al principio pensaba que iba a enfocar cómo buscan dinero y cómo están excluidos del mercado legal y cómo buscan, entonces, el respeto y el dinero en el trabajo del crack. Luego surgió que ellos querían hablarme de sus problemas de amores, de violencia en la pareja, de los padres. Así surgió la segunda parte del libro sobre esas cuestiones de los cambios en las relaciones de poder entre hombres y mujeres en la familia.

¿Hoy sigue igual El barrio? El crack sigue, pero no es bien visto. Entonces, la juventud, cuando usa crack, se esconde. Y eso es una cosa buena. Es decir, cuando uno ve un lugar donde hay gente fumando crack, la edad va de 30 a 50 años. Uno no ve muchachos de 18, 20 años fumar crack.

¿Los consumidores de crack podían pensarse a sí mismos en el futuro? Por eso el crack ha disminuido un poco, porque es muy difícil vivir con crack mucho tiempo. Hay gente que lo logra, pero la mayoría que fuma crack adelgaza muy rápido y empieza a hacerlo muy crónicamente; no logra controlarlo y pierde el apetito, y se pone muy nervioso y pierde el deseo de dormir. Hay quienes lo fuman sin dormir por tres días y luego, pum, caen y duermen 48 horas. Y lo vuelven a hacer por tres, cuatro días. Los que hacen eso pierden demasiado peso y se vuelven medio locos, les produce paranoia, y creo que es por no dormir. Alucinan que hay animales que los muerden, ratas que los persiguen y tienen miedo de todo. Es realmente feo ver eso, y la gente mirando eso, lo ve así. Y la misma gente fumándolo se da cuenta de que es así, en cierto modo. La heroína también tiene ese efecto físico por el que uno se vuelve adicto dependiente; después de una semana de utilizarla, uno se enferma si no la tiene. Las tasas de mortalidad entre los que toman heroína son muy altas. Cuando uno analiza las epidemias por consumo de droga, uno se da cuenta de que las drogas que son más violentas, como el crack, tienen olas de usuarios más cortas; no hay nuevos consumidores porque ven cómo se están desgastando los primeros que entraron en esa droga. Mientras que la heroína, en Estados Unidos, hace olas mucho más largas, porque mata, pero no destruye físicamente con tanta rapidez a una persona. Da miedo ver a alguien que empieza a fumar crack y lo empieza a fumar duro, porque adelgaza y en dos semanas ya su ropa se le está cayendo. La gente del barrio decía que había que mirar el culo del pantalón, y cuando estaba medio caído, concluían: “Mira, está fumando crack”. Cuando me iba por un tiempo de El Barrio y volvía, la gente se olvidaba que era flaco, me miraban asustados y me preguntaban “por qué estás tan flaco”. Temían que les dijera que había empezado a fumar crack.

 

 

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Introducción de En busca de respeto, vendiendo crack en Harlem

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