Esos que caminan a nuestro lado: el femicidio de Melisa Tuffner

melisa tuffnerOscar Sosa tiene un nombre y apellido que el barrio había olvidado: era el Buey, apodo poco honroso que recordaba que su esposa y uno de sus mejores amigos se habían ido para siempre estando él preso por robar un almacén.

En Glew y alrededores Melisa Tuffner era Mel. Estudiante de Psicología, había salido de su casa el domingo 19 de julio de 2015 para hacer la “previa” en el Centro Cultural “Gringo Viejo” y luego asistir con su papá a ver al club al que seguía a todas partes: Temperley, que esa noche jugaba con Independiente. No llegó muy lejos: apareció tirada pocos minutos después con dos puntazos de arma blanca en la cabeza. Estaba inconsciente en la vereda. Luego de un par de traslados se dictaminó que tenía “muerte cerebral” y falleció el miércoles 22 del mismo mes, habiendo ya su familia tomado la decisión de donar los órganos.

En su brillante artículo “Ciudades duras y violencia urbana”, Rosa del Olmo cita a la periodista española Francese Barata: “Las nuevas fábricas del miedo: las mass media ante la inseguridad ciudadana”, donde Barata apunta a que el discurso de la inseguridad ciudadana encierra a las personas en sus casas pero estas no están tan ligadas a la “seguridad”, sino que son espacios en que indicadores de la violencia urbana se desarrollan frecuente e intensamente (por ejemplo, la violencia intrafamiliar, donde las víctimas son mujeres y niñxs).

También cita a la catedrática inglesa Elizabeth Stanko: “El debate público sobre el delito silencia nuestra compresión privada sobre el peligro personal…pese a la clara evidencia de que el riesgo de violencia interpersonal es mucho mayor por parte de quienes están cerca de nosotros, pareciera que nos preocupa más la amenaza de extraños”.

El caso de Mel dio lugar a múltiples interpretaciones (se llegó a decir que había sido atacada por su fanatismo futbolero, lo que fue desmentido por su hermana: “tenía dos buzos sobre la camiseta”) hasta que las cámaras de seguridad comenzaron a dar pistas: un mes después ya habían reconocido al Buey, el mismo que había participado de una marcha pidiendo el esclarecimiento del caso, y que un día antes de entregarse en la comisaría había ido a visitar al padre de Melisa: se conocían bastante. Sosa oscilaba entre la entrega mística y el descontrol findesemanero, entre la venta de sándwiches casa por casa y una causa por intento de violación a su sobrina, entre ese vecino preocupado que se acerca a un padre que busca saber que le pasó a su hija y una exclusión del hogar por violencia familiar contra su pareja.

“De quienes están más cerca de nosotros”, dice Stanko.

Sosa se presentó en la comisaría el 17 de agosto de 2015, diciendo que quería aclarar el caso y luego expresando que “iba a hablar cuando Dios se lo permita”. A partir de ahí se quedó mudo.

En mayo de este año hubo oferta por juicio abreviado: 12 años de prisión para el Buey. La familia dudó –si el acusado enfrentaba el juicio oral podía quedar libre- pero finalmente tomaron la decisión de que sea juzgado en los Tribunales de Lomas de Zamora, lo que sucederá a partir del jueves 26 de octubre de este año.

La familia no tiene abogados: han decidido confiar y apoyar la acusación del fiscal Pablo Pando, quien pediría 25 años, el máximo que permite la acusación por “homicidio simple”.
No hay certezas en el caso, aunque hay coincidencias en que Sosa intentó agredir sexualmente a Melisa y la mató sin concretar el hecho porque lo reconoció.

Porque, como en la mayoría de nuestras asesinadas, el asesino estaba ahí nomás, cerquita.
Dentro de la misma cama, en el mismo barrio, en las fotos de Instagram y de Facebook.
Marcelo Tuffner perdió a su compañera tribunera, a su hija.

La psicología perdió a una futura colega.

Sus amigxs perdieron a Mel, la de Glew.

Dijo su papá: “ninguna justicia te devuelve un hijo, pero por lo menos vamos a estar un poco mejor”.

Que, traducido, sería algo así como poder comenzar un duelo interminable porque no hay lógica inconsciente para familias que deben enterrar a sus hijas asesinadas.

Por alguien a quién ellos mismos le compraban sándwiches, o les daban unos mangos para cigarrillos.

El mismo que había intentado violar a una sobrina, el mismo que había golpeado a su pareja y a sus hijos pequeños.

Ese que estaba ahí nomás, tan cerca de nosotrxs.

Miriam Maidana
Miriam Maidana

Psicoanalista, investigadora UBACyT en Consumos Problemáticos.

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