Guardias hospitalarias y drogas: pibes a la deriva

Llegó a la guardia con palpitaciones, la presión por las nubes. ¿Qué tomaste?, preguntó la enfermera. Tardó un rato en decirlo: cocaína. Le dieron un clonazepam, le pusieron suero y lo dejaron dormir en una camilla en el hall. Estuvo cinco horas ahí, hasta que la enfermera le controló la presión. Estaba todo ok, así que fue a despertar al médico para firmara el alta.

La tarea de los médicos no es fácil: suelen estar 24 horas de guardia, y a veces atienden hasta setenta pacientes por turno. El que llega con una fractura, el que se pasó de rosca en un gira y el que recibió un balazo entran por la misma puerta. Quienes reciben a los jóvenes con consumos problemáticos hacen lo que pueden. La respuesta varía de hospital en hospital: depende de la voluntad del médico y los enfermeros, de la cantidad de trabajo que haya ese día y la de insistencia de los pacientes.

Durante dos meses, un equipo de Ijóvenes -el Instituto de investigación sobre Jóvenes, Violencia y Adicciones- recorrió una docena de guardias de hospitales del conurbano y La Plata. Los investigadores entrevistaron médicos, enfermeros, funcionarios y pacientes, pasaron noches en distintos hospitales y siguieron casos de jóvenes que llegan hasta allí bajo los efectos de distintas sustancias. El informe completo fue presentado ayer durante un seminario en el Centro Cultural Borges, y se puede consultar aquí.

En la mayoría de los hospitales los médicos alertaron sobre el aumento de los pacientes que llegan bajo los efectos mezclas, sobre todo de pastillas y alcohol. Los investigadores no encontraron un protocolo de actuación claro. “Ante la demanda, responden a la emergencia”, dice el informe. “Estabilizan al paciente y le dan el alta, a veces con recomendación de asistir al servicio social o a los consultorios externos de salud mental”.

Una de las historias que narra la investigación es la de un joven identificado como L. “Tiene 20 años, es de Isidro Casanova y tiene un consumo problemático de alcohol, psicofármacos y pasta base. Llegó al CPA (Centro Provincial de Atención en Adicciones) que funciona desde septiembre de 2015 en el Hospital Balestrini, a través de un CPA de Laferrere -que se disolvió- y también por un Juzgado de Familia, a donde sus abuelos hicieron una presentación para una posible internación. Fue a dos entrevistas en el CPA del Balestrini y luego dejó de ir”, sigue.

L. suele mezclar alcohol, pastillas y paco. “Hace un quilombo bárbaro en la casa y se terminan pegando. Está bastante lastimado, tiene la cabeza rota, cicatrices, y está muy desafectivizado e indolente frente a todo eso”, dice uno de los psicólogos que lo atiende.

Un tarde salió de su casa, tuvo una situación en la calle, volvió sacado y se peleó con la abuela. Llamaron a la policía, que lo sacó a la fuerza arrastrándolo una cuadra y lo llevó a la guardia del Hospital Balestrini. “Vino acá con la policía, le hicieron un papel y lo fletaron. Le dijeron que no tenían la complejidad para abordarlo entonces se tomó un bondi y cayó de nuevo en el barrio”, contó el psicólogo. Nadie allí supo que L. ya se atendía en el hospital, pero en el área del CPA, que funciona de hecho cómo un consultorio externo.

Cuando se fue del hospital, L. volvió a explotar: la segunda vez la policía lo llevó al Paroissien, donde le dieron el alta a las dos horas porque “no tenían lugar para contenerlo”. El psiquiatra que lo atendió en el hospital le recomendó que fuera al CPA, sin saber que L. ya lo había hecho en otras oportunidades.

Sus abuelos volvieron a pedir ayuda al CPA que está en el Balestrini. “Van a sumarse de nuevo al grupo familiar y vamos a intentar laburar la desintoxicación, ver cómo podemos enganchar nosotros con el hospital del 32-en referencia al Simplemente Evita, de González Catán-, que tiene un dispositivo de la SADA para desintoxicar”, dice uno de los médicos entrevistados.

En otros hospitales, si hay que derivar un paciente -y si los médicos tienen poco trabajo y pueden hacerlo- levantan el teléfono y buscan donde hay lugar. La forma de conseguirlo es informal: se llama a conocidos, se piden favores, se buscan una alternativa. En el Balestrini, el panorama es difícil: cuando deriven a L. al Simplemente Evita, los de allá se van a quejar. “Nos van a decir ¿Por qué me derivás un paciente si vos estás en un hospital que tiene salud mental?”, se adelanta el médico a cargo de la situación.

Hacia adentro del hospital coordinar esfuerzos con otras áreas tampoco es sencillo: “Nosotros estamos tratando de hacer una articulación con los compañeros del Servicio de Salud Mental, pero la verdad es que no hay mucha recepción porque no quieren tener estos casos”, sigue el médico.

Además de ese combo de falta de recursos, protocolos y articulación clara que retrata el informe, el trabajo de Ijóvenes destaca otro problema: los jóvenes con consumos problemáticos son una papa caliente. En uno de los hospitales relevados , los psiquiatras del Servicio de Salud Mental explican que, aunque los pacientes ingresen a la guardia en horario de consultorios externos, ellos no intervienen. Dicen que han tenido “muchos problemas por colaborar”, y que por eso se asesoraron para no tener que hacerlo:

“Hace tres años hubo una situación complicada: un jefe de guardia nos quiso hacer firmar que habíamos visto a un paciente que no habíamos evaluado y que le habían dado el alta. La familia le dijo a este médico que si le pasaba algo al paciente, él era responsable, entonces él quería deslindar la responsabilidad en nosotros. A partir de ese momento no participamos más, dejamos de colaborar como equipo. Si vienen con una crisis por abstinencia es una emergencia, entonces el clínico debe tratarla igual y luego derivar. Si sucede en nuestro horario, nosotros no intervenimos en la guardia porque no es nuestra obligación. Tuve que ir al Colegio Médico para asesorarnos porque antes nos hacían participar, pero nosotros somos de planta y no tenemos ninguna obligación de trabajar en emergencia”.

¿Funciona el ‘volvé mañana’ o ‘andá a tal lugar’ con los pibes que llegan dados vuelta? En las historias que se cuentan en el informe la respuesta es negativa.

“Al hospital ya llegan en su peor situación y es difícil generar un dispositivo acorde. Salud Mental funciona como consultorios externos y muchas veces no están disponibles porque el pibe cayó fuera de ese horario, y también porque ellos toman cierto cupo por día, unas cinco o seis personas: si llegás después no te atienden y te pasan para más adelante. Las situaciones complejas terminan en la guardia y ahí perdiste, no hay seguimiento”, explica uno de los médicos entrevistados.

¿Hay intentos por paliar esa situación? Sí. En en informe se destacan dos tipos de ejemplos. La primera, es la articulación con grupos comunitarios: algunas guardias psiquiátricas,  dispositivos barriales ligados a la iglesia o centros locales con anclaje territorial que siguen el caso por caso, conocen a los pacientes y los siguen a sol y sombra. La segunda: un profundo compromiso de los trabajadores de la salud, que cumplen su tarea con un compromiso casi militante, haciendo gambetas para ayudar a los pibes que llegan en medio de la deriva.

Cosecha Roja
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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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