Crónicas del fin del mundo

Germán

“Lo primero que quiero decir es que yo tengo la conciencia tranquila” las palabras de Germán suenan fuertes, como si quisiera que los demás comensales se enteraran de que es un hombre digno, “si uno tuvo que mancharse las manos de sangre fue porque quería defender a su patria, porque era su deber, su trabajo”. Las palabras Patria y Deber suenan más fuertes incluso, estamos en un pequeño café de la zona uno, es sábado y el frío empieza a sentirse en la espalda. Tiene 63 años pero parece mayor, le falta un diente entre los dos colmillos y su pelo se ha encanecido por completo. Luego baja la voz y empieza a relatar cómo su entrenamiento en el Ejército le preparó para el momento decisivo: el día en que debería disparar su arma contra otro ser humano. “No es lo mismo dispararle a un monigote que a un hombre” reflexiona “hasta las balas suenan distinto”. Entró al Ejército por voluntad propia. A diferencia de la mayoría de sus vecinos que en los años ochenta eran arrastrados a las fuerzas armadas, él se ofreció al comisionado. Fueron días duros, dormir y comer poco, sudar mucho. “En ese entonces teníamos un lema: guerrillero visto, guerrillero muerto”.

La primera vez que vio a un guerrillero –más bien creyó haberlo visto– fue un día en la montaña, cuando la maleza se movió con fuerza. No dudó en disparar contra las plantas que se agitaban y tras unos segundos de confusión un compañero gritó que habían acertado. Tres bajas, ese fue el saldo. Pero como muchos de sus colegas dispararon también él no podía estar seguro de que fueron sus balas las que quitaron la vida a aquellos tres cuerpos. De momento seguía invicto. Pero duró poco, días después hubo otro combate y tuvo frente a frente a un guerrillero. Disparó. Y entonces ya no fue el mismo. “Sentí miedo, mucho miedo y no le podía decir a nadie que me sentía mal, porque me iban a decir cobarde”. Así pasó sus días en soledad, grabándose en la cabeza que había hecho “lo que tenía que hacer”. Es el único hombre que lleva en la conciencia. No había pasado un mes de eso cuando tuvo un accidente en la base militar y le dieron de baja. Volvió a su pueblo, confundido. “Luego a mí me hablaron de que el Ejército había hecho cosas malas, masacres. Y entre veces yo no sabía si éramos los buenos o los malos”. Quizá por su propia tranquilidad llegó a la conclusión de que eran los buenos, y que su trabajo fue, al final de cuentas, un deber para la patria. Lo dice, pero da la impresión que no se lo cree.

¿Qué se siente al matar? “Miedo, primero porque uno sabe que puede ser uno el muerto y no el otro. Hay posibilidades de que ambos caigamos” confiesa, en sus palabras hay un dejo de tristeza que disfraza con la convicción del trabajo bien servido.

Carlos

A Carlos le cuesta hablar. Si no tuviera el cuerpo completamente tatuado cualquiera pensaría que es un niño perdido. Lleva una camiseta blanca que con grandes letras azules dice: “Soy un ángel”. Está tan desgastada que trasluce su pecho lleno de marcas, su espalda con el símbolo de una pandilla y sus costillas apenas resguardadas por una fina capa de carne.

La primera vez que mató tenía once años y el crimen sería su visa para entrar en la mara. La pandilla le exigió que asesinara a un hombre mucho más grande que él, si lo lograba recibiría protección y le tatuarían el brazo en señal de su valentía. Le temblaban las piernas. Salió de casa sin decirle nada a sus padres y pasó recogiendo la pistola que uno de los mareros le iba a prestar. Su víctima caminaba tranquila, sin imaginar que el niño que le seguía tenía un arma. “Y le disparé”, así lo resume todo. No le atraparon esa vez, sino nueve años más tarde y por un muerto que no era suyo, según asegura.

“Matar da miedo… la primera vez” explica. Su historia se repite en cientos de rostros jóvenes: niños de hogares disfuncionales, hijos de alcohólicos que terminaron en los brazos/garras de una pandilla. Carlos habla apenas, se lleva los brazos al cuello y respira hondo, sus pies están colgando de la silla, “uno tiene que matar porque si no lo matan a uno. Si uno se quiere ir no hay para donde” dice y baja la mirada, no soporta otras pupilas frente a las suyas, como si sintiera que otros ojos podrían lastimarle.

Casimiro

A Casimiro le empezó a ir muy bien en los negocios. Parecía que venía una buena racha, sus ventas subieron, logró comprarse un picop y de un día para otro se volvió la envidia de los vecinos de un empobrecido barrio de Zacapa. Los primeros en ver con celos la nueva fortuna fueron los parientes pobres, un tío y primo de Casimiro que atribuían su suerte a un terreno que heredó de su madre. El tío nunca estuvo satisfecho con esa herencia, el terreno había sido, en principio, de su padre, y por alguna razón cayó en las manos de su hermana mayor, la madre de Casimiro. Para él lo lógico era que al morir la hermana las tierras se le legaran a él. Pero no fue así, el testamento dejó muy claro que la propiedad sería para Casimiro.
“Antes no habían dicho nada” cuenta Casimiro, está en prisión, lleva la camisa a cuadros desabotonada y uno de sus ojos siempre mira en dirección contraria al otro. “Fue hasta que me vieron con dinero que me empezaron a seguir, a pedirme que me fuera del pueblo, que les dejara el negocio a ellos”, desde luego Casimiro no hizo nada de eso. Por el contrario aprovechaba cualquier ocasión para pasearse con la cadena de oro al cuello y las botas nuevas por enfrente de sus familiares. Hasta que una tarde calurosa lo emboscaron. Le estaban esperando agazapados tras una esquina, cada uno con su machete en la mano.

Sorprendieron a Casimiro, pero él también los sorprendió a ellos: llevaba machete y un odio profundo dentro. De ese día le quedaron tres marcas indelebles en el cuerpo: una grieta carnosa que sobresale de un antebrazo, un surco que le corta la cabellera por encima de la oreja y una desviación total del ojo izquierdo.
Alzó su arma y los tres se batieron en un duelo como de caballeros medievales, pero a lo tropical, con machetes y un sol calcinante encima.

Su tío y su primo murieron y Casimiro se sentó al lado de los cuerpos, como un samurái victorioso, y esperó. La Policía se tardó en llegar pero llegó. Y ese fue el principio de los próximos cincuenta años de su vida. Medio siglo en reclusión, del que apenas lleva un tercio.

¿Qué se siente matar? Casimiro no tiene una respuesta. Los bomberos lo llevaron a un hospital y hasta al día siguiente empezó a recobrar algunas imágenes del asesinato, imágenes que le parecían tan ficticias como las de la película doblada al español que pasaban en el canal local. “¿Para qué arrepentirme?” dice “si lo hecho, hecho está. Estoy aquí por doble homicidio y no lo niego y supongo que si las cosas volvieran a pasar volverían a ser iguales porque uno, no importa lo que pase, siempre va a luchar por su vida”. Peleó por su vida y ganó, dice, aunque no está tan seguro… ganó su vida, pero la perdió y pierde a diario entre barrotes.

 

Foto: Sandra Sebastian

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