Hablemos de la peor madre del mundo

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Un video muestra a una mujer levantando a su hija pequeña de los pelos, zamarreándola de una manera brutal. El motivo: algo relacionado con una tablet. Las imágenes se reprodujeron por millones: circularon en muros de facebook, por whatsapp, llegaron a la portada de los diarios. La protagonista tiene 23 años y tres hijos. La que levanta de los pelos es una de ellas. La que filma es una niña de seis años: la hija mayor de la protagonista. La que denunció a la justicia es la madre de la mujer que golpeó a la nena. Ella presentó el video en la justicia. La justicia deberá investigar quién lo filtró.

En Facebook armaron una página dedicada a la mujer: “La peor madre del mundo”. Los comentarios le auguran carcel y castigo aún después de la muerte. “Hay que quemarla viva”, escribió alguien. Los diarios titularon: “Video: la feroz golpiza de una madre a su pequeña hija porque no encontraba una tablet” y “Madre fuera de control: le dio una brutal paliza a su hija por una tablet”.

Mientras, se reproducen las imágenes del video y las capturas de pantalla que hicieron los medios. El límite entre la información y el morbo se pasó hace rato: la imagen se reproduce porque indigna fácil, porque da clicks, porque produce cierto regodeo inconfesable ver el cuerpo de los otrxs produciendo daño o siendo dañadxs. A los medios no les importa nada: cada vez que se hace play, que se retuitea, la violencia sobre ese cuerpo indefenso se vuelve a reproducir de manera simbólica. Revictimizar es eso: repetir ad infinitum lo que ya se grabó en la carne.

Los vecinos le tiran piedras a la casa. Insultan a toda la la familia, incluso a su hermano discapacitado. Familiares, amigos y desconocidos la insultan. Los vecinos habían convocado a una marcha de repudio pero la suspendieron porque terminaba en la casa de la abuela, la encargada de cuidar a los niños. Linchar a quién se considera un monstruo es tranquilizador: absuelve de mirar hacia adentro.

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“¿Sabes cuantas mujeres hay en este mundo que no pueden tener la dicha más hermosa de ser madre?”, escribe una mujer en Facebook. Pareciera que la maternidad para las mujeres sigue siendo una obligación, un deber moral, un sacrificio al que deben responder. “Es muy difícil entender que una madre golpee así a un hijo”, dice un periodista sobre el caso. El foco está puesto en el rol de la madre. Si hubiera sido un varón el golpeador, ¿le hubieran puesto “padre” a los titulares? Claro que eso no la exculpa de pegarle a los hijos, es grave, el Estado tendrá que hacerse cargo de los niñxs y de la mujer. Pero ¿podemos seguir diciendo que las mujeres se realizan sólo cuando son madres?

La forma de crianza a los golpes no es exclusiva de los varones: las mujeres la reproducen porque así fueron criadas, porque son las que están al frente del hogar, las que gestionan puertas adentro y en muchos casos las que salen a trabajar. A veces, son las únicas adultas. Pero cuando hay varones la frase “ya vas a ver cuando venga tu padre” se vuelve un clásico.

La figura masculina como autoridad capaz de ejercer violencia para imponerse se transmite de generación en generación. El golpe al niño o la niña es una confesión de impotencia: muchas veces se golpea porque no hay otras herramientas, porque la frustración y la ira desbordan. Los golpes también son cicatrices: se golpea porque se aprendió así, porque ‘no hay otra manera’. Porque no se pudo deconstruir esa forma de vincularse con el mundo.

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“Mi marido me pegó a mi desde la noche de bodas”, contó la abuela de los chicos en una entrevista radial. Ella supo que sus nietas eran golpeadas cuando las cuidó para que la madre hiciera un curso. Ahora se arrepiente: para ella la violencia también estaba naturalizada. Dos meses atrás, la familia se tuvo que ir de la pieza que alquilaba porque no podían pagarla. Estaban en una pieza prestada, donde tenían que poner el colchón en el piso.

¿Eso absuelve de culpa a la madre que levanta de los pelos a su hija? “No justifica nada, todo lo contrario”, dijo la abuela de los chicos mientras contaba la historia.

No justifica, pero estaría bien que los medios logremos ver la película completa: ¿Por qué esa mujer tan joven tiene 3 hijos? ¿Por qué tuvo un hijo a los 16?

“Ella tiene 23 años y toda una vida por delante”, dijo la madre. “A mi me llevó mucho tiempo recuperar muchas cosas. Sé que es muy duro y muy fuerte y me banco las agresiones. Habrá que esperar el dictamen de aquellos que entienden en el tema para decidir si le devuelven a sus hijos. Todo el mundo necesita una oportunidad”. ¿Se la vamos a dar?

Cosecha Roja
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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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