Jorge Rojas escribe para The Clinic, de Chile, una historia de vecinos que buscan venganza y encuentran más inseguridad.

La venganza de los vecinos de la villa Las Bandurrias

Por Jorge Rojas. The Clinic, 23 de agosto de 2011. Chile.

Foto: Cristóbal Olivares.

El sonido ensordecedor de los pitos dio la alerta en la Villa Las Bandurrias, en Huechuraba. Eran las diez y media de la noche del miércoles 10 de agosto y ésa era la señal que los vecinos esperaban para salir en turba a la calle y “hacer justicia”.

La noche anterior, alguien había entrado a robar a la sede de la comunidad. Se llevaron un televisor, un microondas, un equipo, una juguera y máquinas de trabajo de la constructora que arregla los muros medianeros que el terremoto botó el año pasado. Los vecinos buscaron y encontraron todos los electrodomésticos robados dentro de una choza que está a un costado de la villa, en un terreno en toma. Es casi una pesebrera en que viven entre 10 y 15 personas. Para la gente de Las Bandurrias, los habitantes de la choza son ladrones y drogadictos; ellos, aseguran, están vinculados con al menos 70 robos que han tenido que soportar en sus casas.

Con las cosas recuperadas, se comunicaron con la policía.

-Llamamos a Carabineros y ellos nos dijeron que sacáramos las cosas, pero yo les dije que no, que esa era la evidencia de un delito. Ellos llegaron como a las tres horas y dijeron que no podían hacer nada. Nos juntamos en la sede y quedamos de acuerdo que en la noche íbamos a quemarles la choza y a pescar a palos al que estuviera allí –recuerda María Castro, de 41 años y presidenta de la Unidad Vecinal 24, Las Bandurrias.

La sede vecinal se había transformado en un juzgado; y la directiva, en tribunal. Esa tarde ahí se decidió que el incendio era justo y que debía ser comunicado. Le avisaron a los canales de televisión para que fueran a cubrir la noticia y empezó a correrse el plan entre los vecinos y los dueños de los locales del barrio, en su mayoría todos víctimas de asaltos. La idea era que ni los pasteros, ni los jóvenes de la villa que se juntan con ellos a fumar, se enteraran de lo que iba a pasar.
Nadie objetó la idea de quemar la casa.

María Castro encabezó la turba con un megáfono en la mano. Le hablaba a los vecinos para que se sumaran a la “defensa” del barrio, mientras decenas de personas salían de los pasajes. La columna avanzó por calle Isluga y al llegar a Los Chercanes, en la plaza donde están las multicanchas que dan al eriazo en el que estaba la choza, se encontraron con lo que María llama “la juventud”, jóvenes de la misma villa que fuman droga con los pasteros y que -según ella- roban las casas y cogotean a la gente que regresa de su trabajo.

Allí el enfrentamiento fue duro.

-Había como 20 cabros volados que nos gritaban cosas. “¡Viejas culiás, cahuineras, vayan a lavarse la zorra en vez de andar cahuineando!”. Cuando entramos al predio, tres cabros, entre ellos mi vecino Rodrigo Jorquera, fueron a defender la casa de los pasteros. Allí él me tiró una patada y me botó -cuenta José Miguel Sandoval, secretario de la junta de vecinos.

La pelea dividió a la villa Las Bandurrias. Tanto, que mientras Rodrigo le pegaba a su vecino, su madre tocaba el pito y azuzaba a la población para quemar la casa. Una vecina que se dio cuenta de hasta dónde habían llegado las cosas encaró a Rodrigo y le preguntó si su mamá también era una “vieja culiá”. “Sí, son todas iguales”, respondió él. Ahí su madre le quitó el apoyo a los vecinos y le prestó ropa a su hijo. María en eso lo que ve es miedo, debilidad en la crianza: “nos dimos cuenta que los papás les tienen miedo a sus hijos”, dice.

Los vecinos cumplieron su cometido. Desarmaron la choza y tiraron todo lo que encontraron a un hoyo: un colchón, un palet que usaban de somier, ropa, papelillos de pasta base, frascos de jarabe y chaquetas. Luego, le prendieron fuego a todo. La escena fue transmitida en vivo por un equipo de TVN, que le pidió a los vecinos retrasar un poco la protesta para alcanzar a salir en el noticiero de la noche.

Aunque el incendio se registró a veinte metros del cuartel de la Octava Compañía de Bomberos de Conchalí y Huechuraba, ningún carro salió a apagar las llamas. Los bomberos aclaran que dos funcionarios fueron a supervisar la situación para estar atentos a que el incendio no se propagara, pero que no tenían orden de apagarlo. Dos horas demoraron las llamas en consumirlo todo y Carabineros sólo llegó cuando los enfrentamientos entre los vecinos y los jóvenes que defendían a los dueños de casa se ponían más violentos. Pese a que provocar un incendio es uno de los delitos más graves que contempla el Código Penal, la policía no se llevó a nadie preso. Sólo prestaron seguridad para que los vecinos volvieran tranquilos a sus casas. En la Fiscalía tampoco hay ninguna investigación.

Fue después de toda esta escena que Rodrigo Jorquera encaró nuevamente a los vecinos: “¿Cómo pueden quemarle la casa a los pasteros? Si ustedes nos vieron crecer a todos”, les dijo.

Los vecinos volvieron a sus casas. Al día siguiente estaban orgullosos de lo que habían hecho. Dieron entrevistas a los canales de televisión y entre ellos se daban ánimo: “¡María, te felicito por la fuerza con que han actuado!”, le decía una vecina a la pasada a la presidenta de la junta.

“Actuamos con venganza”

Todos los pasajes de la Villa Las Bandurrias tienen nombres de aves chilenas. Fue inaugurada en 1993 y Machasa y el hospital José Joaquín Aguirre la construyeron para sus trabajadores. Sin embargo, mucha gente que no trabajaba allí llegó también.

Son muy pocos los propietarios; la mayoría pactó la compra conxl Banco Estado con un crédito a 20 años y, a 18 años de la creación de la villa, muchos alegan que ya han pagado casi cinco veces el valor de la propiedad. La mayoría paga un dividendo de 35 mil pesos, por casas de 49 metros cuadrados, que originalmente costaban tres millones de pesos.

Una vecina recuerda que el lugar, pese a recibir a familias de distintos sectores, al comienzo era una taza de leche, porque la gente se había organizado: hacían fiestas de navidad, actividades familiares recreativas y colectas cuando se moría la gente.

Muchas familias llegaron allá con niños pequeños, recién nacidos. Hoy, muchos de ellos están enfrentados con sus padres. Según María, la falta de trabajo y los arriendos de quienes no pudieron pagar los dividendos, hicieron que mucha gente nueva llegara al barrio. Con ellos -dice- llegó también la droga. Y con la droga, los robos. Y esos robos convirtieron a Las Bandurrias en un campo de batalla. Explica:

-La droga, mijo, cambió todo. Los enloqueció. Mi hijo a los 15 se metió en eso y a los seis meses me contó. Moví cielo, mar y tierra para sacarlo. Y ahora ya no consume. Mi idea no es hacerles daño a los jóvenes, sino que ayudarlos a salir de la droga. Y la única forma que tenemos es erradicando a todos los traficantes.

Para Hernán Mardones (65), el problema está en la falta de trabajo. Allí, explica, la gente trabaja haciendo aseo en los condominios de Pedro Fontova, lavando, planchando, como obreros, maestros chasquillas y vendedores de tiendas.
-¿Qué le puede pedir usted a un hombre que gana 180 mil pesos y tiene tres hijos? ¿Qué le puede pedir a esta familia? ¿Le pueden pedir a ese hombre que se siente un domingo a conversar con los hijos? Jamás lo va a hacer, señor. Acá, entre el hombre y la mujer hacen como 320 mil pesos. Y todo se les va en cuentas.

La cosa no ha estado en calma desde el incendio. José Miguel Sandoval dice que inmediatamente se devolvieron a la casa comenzaron las amenazas. Mientras cuenta esto, su vecino que lo golpeó, pasa gritando por fuera de su casa: “¡vamos a quemar las casas de la Villa!”.

-Esa noche pasaban grupos de jóvenes hablando entre ellos y decían: “¿A qué casa nos vamos a meter ahora? ¿Qué nos hace falta? ¿Un computador?”. Nosotros estamos amenazados de que nos van a quemar las casas y nadie de la municipalidad se ha hecho presente -dice.

Los vecinos dicen que las amenazas no los amedrentan. Están, explican, en un punto en que no hay vuelta atrás. “O nos mostramos fuertes o les entregamos el control de la población a los narcos y los ladrones”, dicen. Lo que más les enfurece es que los robos son cometidos por sus propios vecinos, con problemas iguales a los del resto.

-Estamos chatos con todo este tema. Fuimos a exponer nuestra integridad física porque había que decir basta. Los vecinos nos hartamos de estar sometidos a la delincuencia, al lumpen, a la droga. Adentro de la choza encontramos hasta un andador de una guagüita. Es puro daño. El año pasado, una mamá lavó los zapatitos de su guagua y los dejó secando arriba del medidor y cuando los fue a buscar ya se los habían robado.

En la Villa no es difícil encontrar víctimas de la delincuencia. Todos tienen historias que contar.

A José Miguel Sandoval le entraron a robar la noche del terremoto. La pared de su casa se vino abajo y, denuncia, por ese boquete pasó su vecino -el mismo que le pegó la noche del incendio- y se llevó la ropa nueva de su nieta que aún no nacía, un decodificador y 400 mil pesos.

Jacqueline Hernández tiene una historia más dramática. A ella le entraron a robar en la casa mientras dormía y se llevaron dos computadores, una juguera, cámaras fotográficas, loza y mercadería. Jacqueline denunció, pero la investigación terminó sin culpables. Antes de que eso pasara, recibió un anónimo escrito con letras de diarios pegadas. “Cuida a tu hija de nueve años. Nosotros sabemos a qué colegio va”, decía. A su hijo de 16 también lo amedrentaron. “No te quiero ver en la calle porque si no vai a cagar pistola”, le dijeron un día. Hace tres meses Jacqueline lo sacó del colegio. Dice que prefiere que pierda el año a que le pase algo.

En su casa, ella cambió las ventanas, la chapa, le puso puntas a las rejas y levantó un muro de tres metros alrededor del patio. Pero no se siente segura. “Estoy pensando en comprarme un arma, porque si tengo que matar a alguien adentro de la casa, lo voy a hacer”, dice.

Pero Jacqueline, con el pasar de los días, ha reflexionado sobre lo ocurrido. Aunque no fue parte de la turba, sí ayudó a correr la voz, y eso la tiene intranquila. Dice que actuó con rabia y que eso no fue correcto, porque la ira colectiva se volvió inmanejable y potenciada. Tan arrepentida está, que se ha prometido no volver a tomar decisiones en ese estado.

-Me parece bien que la gente se junte, se organice, pero no para esto. Al final, cada vecino sentía más rabia que el otro. Actuamos con venganza y nos enceguecimos. Fue como decir: ‘nos quieren joder, vamos a ir a joderlos nosotros a ustedes’. Acá tendría que haberse hecho una investigación como correspondía para saber lo que pasó, pero lo único que logramos fue sacar al ladrón de la casa y ahora no sabemos dónde está.

Pero el resto de los vecinos, en cambio, no piensa como Jacqueline. Para ellos, los delitos justifican la quema de la choza. Se sienten indefensos y llamados a defender el barrio. En la Villa ya nadie confía en Carabineros, porque sólo hay dos funcionarios para un cuadrante con más de 10 mil personas. En la justicia tampoco confían, porque -dicen- agarran a los delincuentes y a las horas están sueltos, riéndose en sus caras. Allí, los delitos no se resuelven. Nadie ha recuperado las especies después de un robo y casi ninguna causa termina con condenas. Eso, pese, a que todos saben allí quién roba a quién.

-Todos tienen razones para argumentar por qué no hacen nada con la delincuencia y nosotros, que hacemos algo, nos critican. Pero ¿quién defiende nuestra calidad de vida? Esto no es muy saludable. Es verdad que es malo tomar la justicia por nuestras propias manos, pero ¿si es por el bien común? -se pregunta Luis Rojas, vecino que participó de la quema.

Matar el tráfico
Los vecinos de Las Bandurrias han aprovechado las tensiones para preguntarse cómo es que llegaron a esto. Para muchos, todos sus problemas tienen que ver con que la municipalidad los dejó botados. El concejal de RN Daniel Bustos piensa así. La otra vez les dijo, con una sinceridad abismante: “este sector ha sido abandonado por la alcaldesa porque acá votan cuatro mil personas y la elección municipal se decide en La Pincoya, donde votan 25 mil”. Pero también son varios los que ahora empiezan a mirar al gobierno, por su responsabilidad en “no frenar la puerta giratoria”.

-Acá Piñera sacó la mayoría, en una pura mesa perdió, porque cuando nosotros lo escuchábamos, pensábamos y decíamos: “acá va a parar la puerta giratoria”. Y hasta ahora no hemos visto ningún cambio. Yo voté por Piñera porque estaba aburrida de tener que estar sometida a la delincuencia, y estoy súper desencantada y arrepentida de haber votado por él -dice María Castro.

El sábado, por primera vez la directiva que encabezó este movimiento volvió al lugar del incendio. Varios jóvenes se acercaron para tirarles piedras y gritarles cosas. Pese a eso, en los vecinos sigue existiendo la convicción de que actuaron bien.

Por la tarde recibieron la visita de Francisco Fernández, Coordinador del Área de Prevención del Delito de la Zona Norte. La reunión fue en la multicancha y allí asistieron más de cien vecinos. Muchos de ellos habían participado del incendio, otros venían a enterarse de lo que había pasado.

Fernández les habló de cómo protegerse de la delincuencia, les habló del plan Denuncia Seguro y de lo que debían hacer cada vez que sufrían algún delito. Pero la gente no estaba allí para hablar sobre prevención. Al contrario, querían acción. Si no, ellos seguirían tomando la justicia como junta de vecinos.

Tan cegados están en “limpiar la Villa” -como dicen-, que poco a poco han aparecido sus profundas y apasionadas convicciones para terminar con la delincuencia: una vecina dijo que había que reestablecer la pena de muerte; otra pide que vuelva la detención por sospecha y otro que los jueces no tengan rostro, para que así los delincuentes no puedan comprarlos.

Sin embargo, una solución más afiebrada que el incendio ha empezado a circular en secreto entre los vecinos. Según cuenta Jacqueline Hernandez, algunos ya están pensando en ir un paso más allá.

-Muchos han estado de acuerdo en que la solución para este problema es matar a las dos personas que gobiernan el tráfico de la droga en la Villa -dice.

Sin duda que el conflicto se les escapó de las manos. Como no pueden demostrar debilidad, la hostilidad entre los vecinos y los jóvenes ha ido creciendo. Tanto, que el sábado en la mañana la directiva de la junta se enteró que los niños de la Villa, los hijos de los que fueron a quemar la casa, habían quemado otra choza, justo al lado de la que sus padres habían destrozado.

-Yo los vi y les dije que los iba a acusar a sus mamás. Andaban todos los que vienen a encumbrar volantines. Ahora, las dos chozas están quemadas ya -cuenta un vecino.

Jacqueline Hernández agrega:

-Es triste ver a los niños así. ¿Qué tiene que hacer un niño en ese lugar? El día del incendio hubo gente que llevó a sus hijos y hasta en coche andaban algunos. Esa es una estupidez del porte de un caballo, porque les estamos transmitiendo toda la rabia y la venganza a los niños. Les estamos enseñando que los problemas se solucionan así: ojo por ojo y diente por diente. Y el día de mañana, ellos van a solucionar los problemas con violencia -concluye.

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