Juan Cajas, bajo la lupa de un periodista de policiales

Dante Leguizamón es activo miembro de la Red Cosecha Roja, participó en los seminarios sobre coberturas de violencia de Montevideo y ciudad de México organizados por la FNPI. Este año editó un suplemento sobre narcotráfico para el diario argentino Día a Día. Es autor del libro “La marca de la bestia“.

Una dosis de antropología para abordar la incertidumbre

Juan Cajas estuvo ahí, y su trabajo “El truquito y la maroma” es el certificado de que detrás de los submundos que los periodistas creemos retratar cada día se esconden universos mucho más complejos de lo que nos atrevemos a imaginar.

Esa es la primera impresión que produce la lectura de la experiencia antropológica por las calles de Nueva York, realizada por el mismo misterioso ser que en la mañana del 22 de octubre de 2009 participó del Seminario Narcotráfico y violencia, realizado por la Fundación Nuevo Periodismo. El hombre de pelos rebeldes dijo que para él la antropología era un proyecto de vida y la vida (parafraseando a Ciorán) una hipótesis de trabajo y al mismo tiempo se desquitó con ese insulto tan paisa: gonorrea hijueputa. Juan Cajas es un aventurero que en algún momento, entre fines del siglo pasado y éste, llevó a la práctica aquello de trabajar en el territorio mediante la observación participante y se involucró en la vida de un grupo de narcotraficantes colombianos que forman parte de la inmensa comunidad de más de 1,5 millones nacidos de ese país que habitan en Nueva York, o “los yores”, como dicen sus personajes.

Con una prosa envidiable Cajas desarrolla a lo largo de 310 páginas un trabajo que comienza como una indagación sobre el mundo de los traquetos y los sicarios, avanza hasta el análisis económico del fenómeno del narcotráfico y la prohibición, llega a su punto más alto cuando propone el problema como herramienta para juzgar la modernidad y termina emocionando cuando describe el triste fin de alguien que aunque sabíamos que iba a morir, esperábamos que lo hiciera sin enterarnos.

Traquetos

La primera clave que aporta el antropólogo radica en un análisis basado en el contacto diario con el funcionamiento de las redes del narcotráfico. Con la ayuda de Garfield, el tierno mini capo colombiano que hace las veces de guía de Cajas en los “Yunais”, se explica hasta qué punto la estructura de los grandes cárteles sirve a veces como una fantasía que impide ver que hoy las estructuras clánicas y familiares son las que han avanzado hasta controlar gran parte del negocio de las drogas. “La idea de las rígidas estructuras verticales se disolvía. A mi paso sólo encontraba a núcleos familiares dedicados al comercio de drogas y negocios colaterales: telefonía pirata, prostitución, robo, contrabando de armas y de seres humanos”, dice Cajas. Los clanes excepcionalmente exportan toneladas de droga, explica, y optan generalmente por pequeños envíos, pero logran introducir así un promedio de 400 toneladas anuales de cocaína a los Estados Unidos.

El mercado

Cajas avanza en un análisis del comportamiento del mercado estadounidense en relación al consumo de drogas y sugiere que el boom de la cocaína se desató en los 80 desplazando al de la marihuana de la década anterior. En este sentido resulta muy interesante la hipótesis de Antonio Escohotado, quien sugiere, citado por Cajas, que “el polvo blanco colombiano en los 80 representó la táctica gubernamental para contrarrestar la contracultura de los setenta”.

El subtítulo de “El truquito…” es “una antropología de la incertidumbre y lo prohibido”. Sin embargo Cajas, que habla de los traquetos como “hijos bastardos de la economía de mercado”, no parece tener muchas incertidumbres en su trabajo en el sentido de que, además del comportamiento de los consumidores, la lógica del consumo está marcada por intereses que son principalmente económicos y vinculados al poder.

“El narcotráfico mundial manipula cerca de 500.000 millones de dólares anuales. Su origen delictivo no es impedimento para abrir el apetito de economías desarrolladas o de naciones con mercados emergentes”, dice antes de sentenciar: “la cocaína no llega a estados Unidos como resultado de una cruzada maligna de hombres diabólicos y perversos. La droga accede al público a merced de autoridades corruptas”.

El consumo

Acto seguido Cajas indaga en el origen del consumo y sienta la que quizás es la posición más polémica de su trabajo al separar de la “lógica del consumo” la “lógica de la ley”. “La dosis la determina el usuario y nadie más; es el usuario el que construye su adicción y en consecuencia no se le puede atribuir a la droga el sino fatal de la destrucción. La adicción es una construcción cultural. Asimismo, el narcotráfico es una construcción jurídica”, dice.

Algunos podrían confundir a Cajas con una especie de apologista del consumo cuando en realidad es simplemente un enemigo de aquellos que abordan el tema de las drogas desde la superficialidad.

Es común escuchar la palabra “flagelo”, asumiendo comportamientos políticamente correctos de quienes gustan mostrándose “horrorizados por los débiles esclavos de las drogas” (las comillas son mías), como si eso bastara para ser un buen periodista, un buen padre, un buen político o un buen maestro de escuela. Pero lo dice mejor Cajas en su libro: “La idea de ‘malas amistades’ o el engaño sutil de los ‘enganchadores’ de drogas que anuncian los spots televisivos es la imagen demoníaca que manejan los prohibicionistas. Los agentes propiciatorios pueden estar en casa sin despertar sospechas: padres intolerantes, madres castrantes; hogares expuestos a una orfandad de besos. El comerciante de drogas existe porque las instituciones lo engendran y la sociedad lo tolera; es el hijo bastardo de la sociedad de consumo”.

Me encantaría preguntarle a Philippe Bourgois (otro de los antropólogos que forman parte de esta red y que estuvo presente en México) qué piensa de la descripción de los adictos callejeros que realiza Cajas. Hubiéramos tenido, imagino, un interesante debate al respecto en el auditorio Rufino Tamayo, donde nos hicimos una pequeña hermandad. Cajas muestra más cariño por su narco latino y ex militante de izquierdas que por el yonqui adicto que cruza por las calles y a quien su propio guía le vende sustancias adictivas. “El heroinómano reafirma su lugar en el mundo a través de la penosa y sacrificada expedición urbana en búsqueda de sus dosis salvadoras. Necesita ser visto. El yonquismo se transforma en espectáculo”.

Lecturas de la incertidumbre

“Qué y cómo hacen los humanos para convivir entre sí y con la naturaleza ha sido el objeto que le ha dado entidad a la antropología como ciencia humana”. Con esa afirmación, extraída de una de sus lecturas, Cajas inicia los dos capítulos más jugosos de su trabajo en los que indaga sobre el uso de las drogas a lo largo de los siglos y las maneras en que el “mercado” ha sostenido ese uso para concluir haciendo un análisis de las razones, las búsquedas y las incertidumbres que llevan al hombre moderno a refugiarse en estas sustancias y a los antropólogos a mezclarse entre traquetos (narcos), pistolocos (sicarios) y los secretos del Truquito y la Maroma.

Pienso en Juan Cajas como un Roberto Arlt del nuevo milenio buscando en las calles de Nueva York lo que el escritor argentino buscó en las calles de Buenos Aires: una explicación al sentido general de la existencia humana. En ese sentido el libro de Cajas parece ser también una autobiografía de su propia incertidumbre. Él, hombre moderno al fin, vive “el vértigo de objetos que pasan delante de sus ojos. Las cosas que perturban sus sentidos lo impresionan, pero no cautivan su corazón”.

Pistolocos y Don Dinero

Las páginas más tristes son las dedicadas a los que se dedican a “trabajar con el dedo”, los sicarios. Ese otro asalariado informal de la sociedad capitalista que cobra dinero a cambio de la muerte. Es de tener escuchar a Cajas citando a un asesino que pareciera hablar en poesía “Es como si el frío del muerto se me pasara a las manos”, le dice al antropólogo un pistoloco. Un temor similar produce aquella otra frase que define tan claramente el doble discurso del sistema: “El que peca y reza, empata”. La muerte es parte del Truquito y la Maroma, pero estremece el hecho de que los sicarios sean esos chicos pobres que tienen a su madre como semidiosa y que, como sutilmente decía Adolfo Bioy Casares “poco saben todavía de la vida que desgasta y empareja”.

Los sicarios son el ejemplo más cruel de cómo la cultura del dinero es lo que gobierna la vida traqueta. “El dinero traqueto viene y va. Se gasta con la certeza de que cantidades mayores aguardan en cualquier parte (…) no importa que en el afán de conseguirlo se les vaya la vida; vale la pena intentarlo si el éxito de un cruce les permite exhibir el abandono transitorio de la pobreza: un paréntesis a una vida marcada por el hambre…”.

Garfield.

Gardfield, el fiel guia de Cajas, es un viejo militante del Partido Comunista, Marxista-Leninista-Pensamiento Mao Tse Tung que dejó sus sueños revolucionarios en la Colombia de la década del 70 para convertirse en un traqueto entre fines del siglo pasado y el comienzo del nuevo milenio. Garfieldno responde al perfil del traqueto y lo sabe muy bien nuestro antropólogo: “es en realidad un sugestivo prototipo, en cuya actividad se resume la experiencia de cientos de hombres de distintas nacionalidades que vieron sus utopías personales descender y desintegrarse en sepulcros sin fondo; hijos, pues, de la incertidumbre, hoy en día, lucran con el narcotráfico”.

Su presencia, que es también la del capo o, mejor dicho, la del líder del clan, a lo largo de todo el libro tiene el aspecto de un homenaje que Cajas le brinda a quien no pudo o no quiso, como el antropólogo, encontrarle una vuelta más constructiva a su propia incertidumbre.

Por eso es que suena al mismo tiempo enternecedor y chocante que el hombre a quien Cajas ve abrazase con un sicario que vuelve de hacer bien su trabajo en una noche de juerga, tenga la posibilidad de justificar su accionar en varias oportunidades a lo largo del libro. A veces como empresario: “Introducimos la calidad. El resto le compete a los gringos”, y otras como revolucionario: “En unos años vamos a tener a los gringos culturalmente penetrados; al imperio lo vamos a derrotar por la nariz”.

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