Las casas del horror en Buenos Aires

Celina 2_IMG_1393-Sol Amaya  y Contraluz Colectivo Fotográfico / Cosecha Roja.-

El PH donde asesinaron a Solange Grabenheimer todavía esconde el secreto de quién fue el homicida. La casa del cuádruple femicida Ricardo Barreda está sujeta a una disputa sucesoria y a la espera de convertirse en un centro de referencia contra la violencia de género. El departamento en el que mataron a Celina Bergantiños ya tiene nuevo inquilino.

Las casas del horror son testigos silenciosos del momento más cruel en la vida de algunas personas. Fueron escenarios de los crímenes más sangrientos. Algunas se transforman en íconos, una especie de museo del morbo. En otras, quienes las habitan prefieren olvidar.

Si las paredes hablaran

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En la calle Güemes al 2200, en la localidad de Florida, sólo se escucha el cantar de los pájaros. Es un barrio de casas bajas y ventanas abiertas de las que sale olor a comida casera. En esa cuadra viven varias familias y algunos jóvenes. Allí, escuchar el nombre de Solange Grabenheimer hace fruncir el ceño a los vecinos. Los más antiguos en la zona prefieren no recordar, y los más nuevos eligen no saber.

‘¿Crimen? ¿Graben…qué?’, dice una joven que hace pocos meses se mudó a la casa contigua del PH donde fue asesinada Solange. “No sabía pero…”, hace un gesto de rechazo, se baja de la bici y entra a su vivienda.

A Solange la encontraron muerta el 10 de enero de 2007. Yacía boca abajo en el piso, con un brazo sobre la almohada. La cama y su remera estaban manchadas con sangre. En el cuello tenía cuatro heridas fatales provocadas por un objeto punzo cortante que no fue hallado en el lugar. El fiscal de San Isidro Alejandro Guevara acusó del crimen a Lucila Frend, la amiga que compartía el PH con Solange. Pero la investigación no pudo probar la acusación y Frend fue absuelta. El crimen sigue impune.

Si las paredes hablaran tal vez las cosas serían diferentes. Quizás el asesino no seguiría suelto. Lo que no cambiaría es el hecho de que esa casa presenció la agonía de la joven de 21 años, el violento ataque que acabó con su vida.

El PH estuvo clausurado durante un tiempo. Sólo lo visitaban peritos y funcionarios de la justicia. Hoy, a 7 años del crimen, tiene nuevos inquilinos. Si saben lo que ocurrió allí, prefieren no decirlo. No querrán jamás escuchar lo que el eco de esas paredes podría revelarles.

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El asedio

El edificio de Ravignani 2360 era uno más del barrio. Los vecinos nunca se imaginaron que durante varios meses su rutina diaria sería capturada por las cámaras de televisión. Desde que Ángeles Rawson, una adolescente de 16 años, fue asesinada en algún rincón de ese edificio – se cree que sería el sótano o el departamento del portero Jorge Mangeri- cada habitante del lugar se convirtió en presa de los móviles de los noticieros. No importaba si conocían o no a Ángeles, si estuvieron o no el día del crimen. Cualquier cosa que dijeran, incluso si se negaban rotundamente a hablarle a la cámara, cada salida o entrada de estas personas era registrada y transmitida por televisión.

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El asedio duró varios meses y forzó a la familia de la víctima a buscar refugio en la residencia de otros parientes. Tampoco pudo quedarse allí la esposa del portero, que es el único detenido de la causa. Mangeri espera el juicio mientras los investigadores buscan pruebas para determinar cuál fue la escena del crimen.

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Hubo vecinos que dejaron de atender sus teléfonos. Otros que dilataban sus actividades y procuraban salir del edificio cuando ya no veían periodistas merodeando. Según confiaron fuentes cercanas a la causa a Cosecha Roja, el dueño de uno de los departamentos vacíos del edificio entró en desesperación cuando vio que la repercusión del crimen no cesaba. Es que, desde hace tiempo, quería vender el lugar y pensó que jamás podría lograrlo con tanta “mala propaganda”.

La calle Ravignani volvió a la tranquilidad aunque, puertas adentro, algunos vecinos confiesan que sienten escalofrío cuando bajan solos por el ascensor o caminan en silencio por los pasillos.

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Aquella chica bonita

San Telmo y sus adoquines. Los bares y cafés, la vida nocturna, sus pintorescas callecitas y las tiendas de arte y diseño. Tal vez algo de todo esto fue lo que llevó a Celina Bergantiños, la joven diseñadora de 29 años, a alquilar un PH en este barrio porteño.

La vivienda es parte de un complejo ubicado en la calle Bolívar al 700, una de las zonas más elegidas por los turistas que alquilan viviendas temporarias. Para los vecinos y trabajadores que llevan años allí recordar una cara entre tanto movimiento es difícil o prefieren no remover esos recuerdos horrorosos.

“No, no me hables de esa chica. No la conocía, pero ay no qué horror, sí, vivía acá”, dijo una vecina que vive casa de por medio del complejo que habitaba Celina. Tal vez la cruzó en alguna oportunidad, pero prefiere no hacer memoria.

Enrique sí la recuerda. Era “aquella chica bonita” que lo saludaba con una sonrisa cada vez que salía a la calle. Él trabaja en la distribuidora de bebidas que linda con el complejo de departamentos donde el pasado 5 de octubre Celina fue hallada muerta. La habían golpeado, acuchillado y estrangulado. Por el crimen quedó detenido Miguel Ángel Santa Marinha, marido de una de las mejores amigas de la víctima. Lo delataron las cámaras del estacionamiento contiguo donde dejó su auto la noche del crimen.

En el garage ya no recuerdan a Celina. Tan rápido como el intenso movimiento diario es el olvido en esta cuadra de San Telmo. Las chicas de la panadería de enfrente saben que hubo un crimen, pero no el nombre de la joven víctima. El dueño de la farmacia al otro lado de la calle cuenta que las primeras semanas tras el homicidio todo el mundo hablaba de eso. Cuando Santa Marinha cayó preso el tema se diluyó.

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El PH que Celina alquilaba era uno de los tantos que la dueña tiene en ese complejo. Al lado del portón negro hay cinco timbres. Nadie responde a los llamados.

Fuentes de la investigación contaron a Cosecha Roja que cuando la dueña del lugar se enteró del crimen estaba devastada. Lloraba y se sentía muy angustiada de que algo tan horrible hubiera pasado en una de sus propiedades. Sobre todo porque en los meses previos al asesinato Celina le había pedido permiso para cambiar la cerradura en dos oportunidades. ¿Había previsto la joven la posibilidad de un ataque como el que sufrió?

El lugar permaneció clausurado durante unos meses. Las casas pueden quedar a disposición de la justicia durante días, meses, a veces hasta años. Todo depende de la gravedad o la complejidad del caso y de la decisión del fiscal o juez a cargo de la investigación. El dueño del lugar no puede habitarlo ni alquilarlo o venderlo hasta que la justicia lo devuelva.

Hace unos meses el PH donde murió Celina volvió a manos de sus dueños y hoy tiene un nuevo inquilino que no parece afectado por la superstición que rodea a una escena del crimen.

Casas famosas

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No todas las escenas del crimen quedan estigmatizadas. Algunas, por el contrario, se convierten en íconos. Algo así pasó con la casa del odontólogo Ricardo Barreda en la ciudad de La Plata. El lugar donde hace más de dos décadas este hombre asesinó a su esposa, a sus hijas y a su suegra estuvo clausurado durante años.

“Andá a limpiar, que los trabajos de ”conchita” son los que mejor hacés” es la frase que el odontólogo aseguró que le dijo su esposa minutos antes de que él iniciara la cacería.

El 15 de noviembre de 1992 cada rincón de esa vivienda quedó manchado de sangre. La cocina fue el escenario de muerte de la esposa y la hija menor. La escalera fue el lugar en donde asesinó a las otras dos mujeres.

Barreda estuvo en prisión y jamás volvió a habitar ese lugar. Hoy convive en el barrio porteño de Belgrano con su pareja. La casa fue peritada y cuando ya no hubo más elementos para analizar la justicia la clausuró. Así permanece hasta el día de hoy.

Los vecinos se acostumbraron a la postal de las cámaras de televisión que aparecían cada vez que había alguna novedad sobre el caso. Y de vez en cuando, una nueva pintada en las paredes de la casa, en general consignas contra la violencia de género.

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En 2012 la vivienda fue expropiada por la Legislatura bonaerense para usarla como centro de referencia contra la violencia de género. Dos años después, la vivienda sigue cerrada. Según explicaron desde la ONG Casa María Pueblo, que será la encargada de administrar el centro, están esperando que se resuelvan unos problemas sucesorios para comenzar con las refacciones. La ONG se encargó de inspeccionar la casa y de cerrarla herméticamente para evitar que sea ocupada hasta tanto puedan disponer de ella.

Según trascendió, el odontólogo, que hoy está en libertad, se presentó hace un tiempo en tribunales para reclamar su casa o al menos que le paguen por ella.

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Otra vivienda que se hizo famosa fue la de María de las Mercedes Bernardina Boya Aponte de Murano, más conocida como Yiya Murano, la envenenadora de Monserrat. Un tour que recorre lugares “misteriosos” de Buenos Aires tiene como uno de sus puntos de atracción el departamento de esta mujer, ubicado en la calle México al 1177.

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“Aquí estaba la cocina de la muerte”, anuncian los relatores de la visita guiada.

El recuerdo de Yiya es casi un mito y en muchas oportunidades es usado a modo de broma. La mujer, que fue condenada por haber asesinado a tres personas con masas envenenadas a fines de la década del 70, no genera miedo.

En el olvido

Carlos Robledo Puch es uno de los nombres más conocidos de la historia criminal argentina, aunque hoy pocos recuerdan donde vivió. Parte de la infancia la pasó en Olivos, en una casa de la calle Borges al 1800. Los actuales dueños del complejo en donde está esa vivienda son los mismos que en aquel entonces alquilaban el lugar a la familia Robledo Puch.

Tal vez sean ellos los únicos que no pueden olvidar. El barrio hoy vive en paz y los inquilinos que pasaron por esta casa poco saben del pequeño “Ángel Negro” que vivió allí y que hace 40 años está alojado en la cárcel de Sierra Chica. Los jueces lo condenaron por 10 homicidios calificados, un homicidio simple, una tentativa de homicidio, 17 robos, una violación, una tentativa de violación, un abuso deshonesto y dos raptos, además de dos hurtos.

También Arquímedes Puccio era un personaje conocido en el mundo del crimen. El “clan” familiar que se dedicaba al secuestro extorsivo vivía en la calle Martín y Omar al 500, en San Isidro. En el barrio, los pocos vecinos que habitan allí desde la década del 80 lo recuerdan como “El loco de la escoba”. Es que Arquímedes barría la vereda en medio de la noche. Quienes lo veían creían que se trataba de un signo de locura.

Cuando los crímenes se conocieron la hipótesis fue otra: justo en la vereda que Puccio barría con tanto esmero estaba el respiradero del sótano de su casa. Allí el clan mantuvo en cautiverio tres personas y asesinó a dos de ellas. Los vecinos creen que Puccio barría para evitar que se oyeran los pedidos de auxilio de sus víctimas.

En la planta baja los Puccio tenían un local de venta de elementos de windsurf y al lado, un bar. Los movimientos de la familia, según los vecinos, no parecían sospechosos.

Hoy la vivienda funciona como una imprenta y en lugar del café hay una concesionaria. El clan pasó al olvido para bien de los vecinos que aman la tranquilidad del barrio.

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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