La Evita de los presos liberados

 

La evita de San Martín jpg

Ana Soffietto – Cosecha Roja.-

-Che, acá dice que este pibe tiene causas por abuso y está viviendo con la mujer y los hijos. ¿La jueza lo sabrá?

-Este tiene una discapacidad mental y estuvo preso.

-¿Cómo que estuvo preso?

-Acá hay otro que no tuvo documento en su vida. El juez dice que se llama Juan Rodríguez, pero él dice que se llama Juan López.

-Yo tengo uno que viene hace catorce años al Patronato porque el juez perdió el expediente.

Lo primero que se encontraron Constanza Piñeiro y otras trabajadoras sociales nuevas cuando llegaron al Patronato de Liberados de La Matanza fue una coordinadora que les decía que los tutelados –pibes y pibas que tienen alguna deuda con la justicia- son todos unos negros ladrones. Lo segundo, pilas y pilas de expedientes casi sin abrir.

En toda la provincia de Buenos Aires, el Patronato de Liberados es un organismo del ministerio de Justicia que solo en La Matanza trabaja con 2.390 personas que ya cumplieron su condena o que por orden judicial necesitan supervisión estatal. En toda la Provincia de Buenos Aires son 42.600 tutelados o “tutes”, cómo le dicen en la jerga.

***

Constanza Piñeiro no vive en La Matanza, pero para trabajar en el Patronato tuvo que pedirle el domicilio a un novio con el que salía. En 2006, el ministerio de Justicia de la Provincia de Buenos Aires lanzó un concurso público para sumar 1500 trabajadoras sociales a los patronatos provinciales. Hasta ese entonces estos lugares apenas si existían por el nombre. Una reglamentación exigía que las trabajadoras vivieran en un radio de 30 cuadras del lugar de trabajo. “Andá a conseguir una trabajadora social de la villa San Petersburgo”, justificó Constanza. Ocho años después conoce hasta el último pasillo del barrio.

El primer día no sabía para dónde ir. “A Puerta de Hierro”, le dijeron. Llegó a la villa sola, con el cuadernito en la mano, la marca de la asistente social que sale a la calle. Se acercó a una mujer que pasaba por ahí.

-Estoy buscando a Juan Pérez. ¿Lo conocés? – Aunque recuerda en detalle la historia de vida de cada uno de sus “tutes”-, se confunde todos los nombres y se olvida de la mitad.

Justo era la madre. El pibe la llevó a recorrer la villa. Charlaron. Él le presentó a sus amigos.

-¿Y ahora cómo me voy?- le preguntó Constanza, aún desorientada.

-Se tiene que tomar un colectivo, pero venga que yo la acompaño que esta es una zona peligrosa. Hay muchos violadores ahora por acá.

Se acuerda y se ríe. Se muerde los labios y mira la nada, todavía incrédula: “Diez años preso, reincidente, se supone que sos recontra peligroso y vos me decís que esta zona es peligrosa”.

Hoy ya la conocen en todos lados. “Yo en la villa me siento Evita”, dice y agita sus manos hacia los costados, a modo de saludo. Sonríe con carisma. Su cara es blanquísima y resalta entre los rulos y ojos negros.

La mayoría son casos de libertad condicional, asistida y probation. Cuando salen, el juez les ordena ir a firmar todos los meses al Patronato, residir en el domicilio declarado, no consumir drogas ni alcohol, trabajar y terminar la primaria en caso de no tenerla. Constanza llegó a tener 300 tutelados a la vez.

Le conté que quería escribir sobre su trabajo. Enseguida aceptó que la acompañara. Nos encontramos una mañana.

-Te viniste en ojotas- dijo mientras me señalaba los pies. Ella tenía zapatillas negras.

-Sí, es que hace calor.

-Yo voy en zapatillas a las villas. Hay pis y caca en el piso. Son taras de cada uno.

***

Dos colectivos y una hora de viaje después llegamos al barrio donde vive Tito, uno de los tutes. Se acerca el mediodía y hace mucho calor. Agarro mi bolso y lo cruzo de un hombro a otro. Siempre lo llevo colgado de un lado, sin cruzar, pero alguien hace poco había dicho que mejor cruzarlo para que no te afanen tan fácil. Constanza se detiene.

-La cartera no se lleva así. Se lleva así –muestra la suya, colgada de su hombro derecho- Porque así evitás que te tiren si te quieren robar.

Llegamos a un barcito que da a la calle. Es un patio. Hay una parrilla y un hombre que cocina. Alrededor de él, mesas con manteles de hule, platos y vasos. Del fondo sale Tito.

-¡Ah, pero mirá quién viene!

Tito es un hombre grandote. Lleva el pelo muy corto, con canas. Su piel está bronceada, curtida. Los nombres de sus hijos tatuados en el brazo. Es un pirata del asfalto que intentó secuestrar a la hija de un millonario y lo agarraron. Tito dirá que le pasó por tratar de hacer lo que no sabía hacer. “Por drogón”, agregará Constanza. Estuvo en el penal de Marcos Paz con José Arce, condenado por el asesinato de su esposa en un country cerca de Pilar, y Carlos Carrascosa, también condenado por el asesinato de su esposa María Marta García Belsunce. Allá tenían televisión plasma, aire acondicionado. “Como pagó su libertad anticipada y salió en septiembre de 2012”, explica Constanza, “tiene que ir al Patronato hasta 2015 porque el juez no confía en él”.

-¡Mirá qué bueno quedó esto! –empieza a los gritos Constanza. Pasa para el fondo. Arriba de una puerta hay un estante con un altar repleto de velas y estampitas.

-¡No queda un santo por poner ahí!

-No, no, si esta es la virgen de Yemanyá nada más. Así se llama el lugar.

La imagen que se repite es la de una mujer vestida de blanco, con el pelo largo, negro, que camina sobre la orilla de una mar azul oscuro en el medio de la noche. Lleva una corona sobre la cabeza y sus brazos abiertos. Es Yemanyá, una orisha –divinidad- originaria de la religión yoruba.

-¡Me habías dicho que le ibas a poner El chorizo arrepentido!

Desde el Patronato, Constanza puede gestionar programas de becas de estudio, habitacionales o de mercadería o infraestructura para sus tutelados. El problema es que tardan un año en llegar. Cuando lo conoció a Tito y él le contó que se quería poner un bar a la calle, ella le asignó un plan para comprar una heladera. Un año después ya la había conseguido, ya no la necesitaba.

-¿Ves esas chapas de ahí en el techo? Eso iba a hacer la heladera, pero lo tuvimos que cambiar por esto.

Por lo menos Tito pudo conseguir la heladera por su cuenta. No siempre es el caso.

-¿Cómo está tu mamá?

-Está contenta.

-¿Te estás portando bien con tu mamá?

-Si, bueno, no está contenta con el asunto… con ella.

Hace algunos días la mamá de Tito fue a ver a Constanza al Patronato. Estaba preocupada porque no le gusta la novia de su hijo. “Pero escúcheme, yo quiero una como usted. Yo quiero que tenga una chica buena, de su casa”, le dijo la mujer. Tito ya le había llevado su nueva novia a Constanza. “Es una piba chorra”, contará ella luego.

-¿Con la mina esa que tenés?

-Pero no le gusta ninguna.

-¿Se porta bien esa chica?

-¿Conmigo? Espectacular. Me cuida, me lava la ropa, me hace la comida, salimos a todos lados juntos.

-¿Qué otras cosas hacen juntos? ¿Todo legal?

-¡Sí! ¿Cómo qué? –grita medio indignado Tito y después estalla en risas.

-No sé, ¿van a robar juntos?

-¡No, ni en pedo!

-¿Y por qué no la quiere?

-Porque le tiene idea. No sé, me tiene las pelotas llenas, 52 años tengo.

-Che, me re gustó cómo te quedó tu casa. Lo que me preocupa es que esto está todo abierto. Te van a entrar a afanar.

Tito se le ríe en la cara.

-¿Fuiste al patronato a firmar este mes?

-Este mes no, pero cuando fui la ultima vez, ¿no firmamos febrero y marzo?

-No me chamuyes, pero bueno, dejá, no importa, yo digo que estuve acá. Portate bien igual. En algún momento el juez te va a mandar una trabajadora social de él porque no cree que vos estás así.

-No vas a tener ni un disparo mío ni nada, quedate tranquila. Yo tengo ganas de poner un puterío, pero de trabas. ¿Viste que ahora está de moda? Todos van para Palermo. Yo no quiero ir. ¡A ver si me gusta!

***

Luisito fue uno de los primeros tutes de Constanza. Por él, movió cielo y tierra para que echaran a un policía. Perseguía a todos sus tutes: golpes, allanamientos inventados, detenciones, corridas a los tiros. Pero con Luisito tenía una saña particular. Por eso Constanza hablaba todo lo que podía con el tute: “Dejate de hacer quilombo. ¿Te estás portando bien? Vas a caer en cana de nuevo. Luisito, escúchame, no le podés robar la vianda con el sánguche de milanesa al obrero que va a trabajar. ¿Vos te das cuenta que sos un pelotudo importante? ¡Vas a ir en cana por un sánguche de milanesa! No, si, yo sé, es que estaba empastillado, Constanza”.

Otra vez un allanamiento inventado. Esta vez en la casa de Luisito. Él estaba parado con su bebé en brazos. El policía dispara y de rebote le da a Luisito. Cae.

-Constanza, me llega a hacer algo de nuevo y le voy a poner un tiro en el medio de la frente.

-Luisito, vos lo matás y vas a estar veinte años en cana por este hijo de puta.

Desesperación. Constanza llama al juzgado. Pide ayuda en el Patronato. Nada. Luisito lo había dicho con tanta determinación.

-Luisito, ¿no tenés a dónde irte? Andate de acá.

-No, bueno, me puedo ir a la 18 porque soy ahijado de Mameluco.

-¿Vos lo conocés a Mameluco? Andá y decile que le digo yo, que soy la del Patronato, que te deje estar ahí adentro y que te esconda de la policía.

Miguel Ángel “Mameluco” Villalba es uno de los narcos más reconocidos de la villa 18 de diciembre en La Matanza. “El único recurso que tenés para proteger a un pibe de la policía es un narco. ¿Entendés cómo funciona? Luisito estuvo ocho meses escondido en la 18. A Mameluco yo le tengo que estar agradecida”.

Tiempo después Luis volvió a caer preso. Eso es lo que pasa con la mayoría de los tutes de Constanza: todos pibes chorros, sin recursos, que no estudian ni trabajan, con problemas de consumo. Todos muy pobres, todos trabajan para los kiosquitos que manejan los policías. Como Jony, al que vamos a ver ahora. “Pibe de drogas tomar”, lo presenta en su relato Constanza mientras entramos por el pasillo ínfimo que da a su casa. Está lleno de caca de perro. Hay olor a pis. Hay cemento en el piso, pero está todo roto, húmedo. Hay charcos a cada paso. “Es un trabajo de hormiga el que hay que hacer con estos pibes. Toda la familia de Jony, por ejemplo, vende. ¿Le vas a pedir al pibe que no consuma? Lo que le podés decir es que no vaya a la calle a consumir. A nadie le cambia la vida, pero al pibe sí. Por suerte los narcos de acá no dejaron entrar el paco. Al que se quiso animar, le prendieron fuego la casa. El paco se los consume rápido a los pibes. No tenés tiempo para trabajar con ellos. Otra cosa para trabajar es cómo se visten: la marca de la gorra. ‘¿Pero vos sos boludo, te vestís así para que te agarre la cana? ¿Vos querés que la cana te lleve todo el tiempo? ¿Por qué te vestís cómo ellos quieren que te vistas?”.

Nos paramos en una de las primeras puertas. Constanza aplaude y sale una mujer de pelo largo y flequillo, morocha. Lleva una remera roja.

-¡Hola, Celia! ¿Tu nene?

-¿Quién, Santiago? Está durmiendo porque trabaja de noche.

-¿Está yendo a firmar?

-Ah, no sé.

-Bueno, que vaya.

No es la madre de Jony, y por un momento me descoloca, creo que ya estoy confundiendo todos los nombres, pero no, entiendo que Constanza tiene un tute en cada puerta. Según el reglamento del Patronato, no debería tener más de 30. Hoy tiene más del doble, aunque alguna vez fueron cientos.

-¿Y el otro, Facundo?

-Todavía está en Varela, en la 42.

-¿Cuándo sale? ¡Todavía no le conozco la cara a ese chabón! ¿Le podés decir que por favor se quede una semanita afuera? Que me avise y lo vengo a ver.

Celia se ríe. Constanza sigue hablando a los gritos, simpática, canchera. Todos le sonríen. En la calle la quieren.

-Vine a ver al Jony.

-Está en cana. ¿No sabías? Está en la comisaría, en la primera.

-¡Pero si lo vine a ver el mes pasado!

-Cayó de nuevo –le responde la mujer, con una parsimonia que no deja de llamar la atención. A Constanza se le va transformando la cara del enojo. A Celia no se le mueve un centímetro de la cara.

-¡Pero qué hijo de puta! Me juró y me perjuró.

Una nena pasa esquivando los charcos. Tiene todos los pelos parados, como si la hubiera atrapado un viento huracanado.

-¡Está igual que vos! -dice Celia. ¿Qué te pasó?

-Estuve internada seis meses y se me cayó el pelo. Me quedé pelada. Por eso estuve desaparecida un tiempo. ¡Casi me muero!

Constanza tenía el pelo muy largo, casi por la cintura, y catorce kilos menos. No se cansa de decirlo. El estrés le perforó el colon.

Seguimos caminando hasta que el pasillo se termina y choca con otro que sale hacia los costados. La mamá de Jony escucha los gritos y sale. Tiene el pelo negro y una sonrisa muy grande, llena de dientes rotos. Sus uñas están pintadas de varios colores, pero todas iguales.

-¿Qué hizo ahora el tarado de tu hijo? ¡Tenía un programa para él y ahora no lo puede cobrar!

-Es un pelotudo, te juro.

-Ahora lo voy a ir a cagar a pedos, ¿pero qué hizo?

-Ese día estaba acá. Le digo: “Jonathan andá a comer, mirá que hice milanesas con fideo al pesto, date un baño y afeitate”. Vino un hijo de puta en la moto y se fue. Me abrazó, me besó y no lo vi más. Es un pelotudo.

Una mujer que también escucha la voz de Constanza se acerca despacio. Es bastante mayor, muy bajita, maciza. Su hijo era uno de los del grupo de pibes chorros del villerío. “Pero era de esos que te están diciendo de alguna manera: ‘sacame de acá”, aclara Constanza. La mujer mayor está contenta porque su hijo ahora está bien y se lo agradece con la mirada a Constanza.

-Che, Constanza, ¿qué es ese programa que me dijiste que tenías?

-Un programa para el Jony, pero tiene que estar, si no, no lo va a cobrar.

-Lo mismo pasó con Facundo –se suma Celia.

-Y si no están nunca, ¡me los vengo guardando yo!

-Ay dios –repite la mamá de Jony. ¿No te digo que son unos pelotudos bárbaros? Juntá todo y comprate un coche, Constanza.

-¡Que se jodan por giles!

***

En la comisaría 1º de La Matanza dicen que no, que no es posible ver a Jony. Con su voz más amable, el oficial explica que Jony tenía que ir al juzgado, pero como no quería, lo tuvieron que obligar, y que hoy mejor no, mañana, porque hoy ya hay otra visita y no se pueden sacar a dos pibes a la vez, hay que respetar las visitas.

“Lo cagaron a palos”, es lo primero que dice Constanza cuando salimos.

“Lo cagaron a palos”, es lo primero que dice Mónica, una compañera de Constanza, cuando llegamos al Patronato y apenas empezamos a contarle lo que acababa de pasar en la comisaría.

El Patronato está en una casita a pocas cuadras de la comisaría 1º y de los tribunales de La Matanza. El lugar es muy chico y está repleto de cajas con legajos. Algunas, desbordadas. Otras tienen solo algunos expedientes.

Mónica es una de las pocas trabajadoras sociales del Patronato que trabaja igual que Constanza. Por eso son amigas. Se nota. Al resto las saluda, pero por atrás y por lo bajo me aclara que no, que ellas solo van a sentarse atrás del escritorio y que nunca salen a la calle. Solo se ocupan del requisito mínimo de su trabajo: tomarle la firma a los tutes una vez por mes, cuando van al Patronato. “Hace poco un tipo viene y me dice que le habían llevado un montón de mercadería. ‘¿Pero yo qué hago con esto? ¡Yo quiero laburar! Estaba a los gritos. Lo calmé y nos pusimos a charlar. Me cuenta que había querido sacar el registro pero no se lo daban. Fui, averigué, al final se lo dieron. El otro día subo al cole y cuando voy a sacar, el chofer, pelado, anteojos negros, dice: ‘no, la licenciada del Patronato no paga boleto’. Se da vuelta y le grita al resto de los pasajeros: ‘gracias a ella yo estoy acá, tengo trabajo’. Ahí lo reconocí, era él. Le voy a dar la mano, da vuelta y me da un beso”. Mónica y Constanza saltan y gritan de felicidad, de contentas.

Es el último martes del mes de un semana llena de paros y feriados. Casi no hay tutelados que vengan firmar. La sala es muy chiquita y hay tres mesitas para que las chicas atiendan. Las mesas y sillas son de madera y se parecen a los bancos de iglesia o de esas escuelas viejas. Acá no hay privacidad para hablar. Se escucha que otra trabajadora social atiende atrás. Al pibe que entra no lo tutea y le habla con voz de locutora, grave y neutra, aunque ella es bastante chiquita.

Llega uno que no está supervisado por Constanza. Era de una trabajadora social que renunció y ahora sus pibes no tienen quien los tutelee. Cayó drogado, muy fumado. Medio paranoico. Se atajaba. Firmó y se fue.

“Los míos saben que tienen que venir caretas. Como mínimo, doce horas antes de ir al Patronato no tienen que consumir. Todos lo respetan”, dice Constanza, como si quisiera defender a sus tutelados. La miro. Pienso que este también terminará entre sus tutes y ella intentará por todos sus medios que el pibe le caiga careta, que no vuelva a caer.

 

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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