La golpeó, la abusó y la usó para matar a un hombre: ella está presa

Glenda Aciar tiene 23 años y una hija de 2. Durante casi 10 años su pareja la violentó física y psicológicamente y la sometió a cientos de humillaciones. Hace tres meses la obligó a presenciar un crimen bajo amenaza de muerte y ahora ella está detenida.

La golpeó, la abusó y la usó para matar a un hombre: ella está presa

Por Natalia Arenas
21/08/2020

Glenda Aciar tenía 15 años cuando empezó a salir con Luis Montaño, de 23. Al terminar el secundario, tenía un sueño: irse de Rodeo para poder cursar la carrera de chef en la ciudad de San Juan. Algo de cocina sabía, pero en ese pueblo del noroeste de la provincia, a 195 kilómetros de la ciudad, no tenía posibilidades.      

El sueño de Glenda no estaba en los planes de su novio. Montaño no sólo quería casarse y tener hijos, sino también que su esposa se quedara en la casa, como pasaba en la mayoría de las familias del pueblo. 

Los años de noviazgo ya eran violentos. Una violencia que Glenda consideraba normal  porque no pasaba de los zamarreos, las escenas de celos y el maltrato verbal. Después venía el pedido de disculpas y así seguía la rueda.

A los 20 años Glenda quedó embarazada. Esos nueve meses fueron de gracia: Montaño estaba tranquilo. Lo mismo pasó durante el primer año de la hija de ambos. Como Glenda no se despegaba de su beba, él la trataba “bien”. Lo peor vino después.  

Montaño trabajaba en la mina, en Veladero. Por lo que pasaba allí quince días y los otros quince en su casa. La mitad del mes que Montaño estaba en su casa, Glenda vivía encerrada, no podía salir a hacer las compras ni mucho menos vincularse con otras personas. Él la celaba, la perseguía y la golpeaba. La maltrataba psicológica y económicamente: ella solo contaba con el dinero de una asignación estatal. Él no le permitía tocar un peso de su sueldo. Y le exigía a ella que lo trate de usted.

Este año, a principios de mayo, Glenda recibió un mensaje de un amigo, que decía: “Hola cómo estás”. Montaño lo vio, agarró el teléfono y lo estrelló contra la pared. Después sacó el chip, lo puso en su teléfono y pasó varios días revisando contactos y mensajes que le llegaban a Glenda. Ahí se dio cuenta de que Glenda había tenido un encuentro con otro hombre, hacía un año atrás: Rubén Darío Quiroga.  

Los golpes y las humillaciones sexuales extremas a las que Montaño sometió a Glenda después de enterarse de la infidelidad están detallados en la causa. No hace falta describirlas acá. Todo sucedía con el llanto de la hija de ambos de fondo. 

El 22 de mayo Montaño le escribió a Quiroga haciéndose pasar por Glenda y le propuso un encuentro. A ella la obligó a ir y le exigió que llevara papel, guantes y un encendedor. Él llevaba una botella de querosene.  

-Si él te abraza o te da un beso, los mato a los dos.

El lugar era alejado, una especie de basurero. Ahí llegó Quiroga con su bicicleta a las 12 de la noche. Montaño estaba escondido. Quiroga se acercó a Glenda, que lo esperaba en medio de la noche e intentó abrazarla. Ella se alejó por la amenaza de su marido.  

Montaño se acercó por atrás y le pegó a Quiroga un fierrazo en la cabeza. Quiroga cayó al piso y Montaño le volvió a pegar, esta vez en la nuca. Lo cargó y lo tiró en un lugar donde ya tenía preparadas ramas y cubiertas de goma. Lo mismo hizo con la bicicleta. Roció todo con el querosene y lo prendió fuego. La obligó a Glenda a mirar cada uno de sus movimientos y cómo el cuerpo se incineraba. Todo bajo la amenaza de matarla a ella también si no obedecía.

Los días siguientes Montaño volvió a la mina. Desde ahí la controlaba por teléfono: la llamaba a cada rato y la obligaba a mandarle fotos y videos en posiciones sexuales. 


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Glenda es una mujer menuda: mide un metro sesenta y es muy flaquita. Tenía el pelo por la cintura, con rulos. Pero a Montaño se le ocurrió que eso provocaba a otros hombres – a quienes ella ni siquiera se cruzaba, claro-. Así que una noche, frente a la pantalla del celular, le pidió que se pelara. Si no lo hacía, lo de siempre: iba a matarla.

Por esos días, la policía empezó a buscar a Quiroga. Por el impacto de las antenas, establecieron que en la zona descampada donde lo citó Montaño fue el último lugar en el que estuvo. Montaño se había ocupado de remover los restos y los había tirado en la letrina de su casa.

Por los informes telefónicos, la investigación los llevó a Glenda. Ella se sintió aliviada. Y contó todo. Le señaló a la policía el lugar donde había sucedido el asesinato y hasta describió el fierro con que Montaño había matado a Quiroga. 

Glenda declaró durante siete horas ante el juez Javier Alonso, de la Segunda Circunscripción de Jáchal. Esta historia, con mucho más detalle, es la que figura en la causa judicial. 

Montaño dijo exactamente lo contrario, que la que planeó todo fue su esposa porque él descubrió la infidelidad.

Desde el 19 de junio, Glenda está detenida de manera preventiva en la comisaría 28 de Rivadavia, acusada de homicidio agravado con dos agravantes. Montaño también, pero con un agravante menos. 

“Glenda viene padeciendo una tortura desde los 15 años que ahora continúa porque el poder judicial no tiene perspectiva de género”, dice a Cosecha Roja Juan Fonzalida, uno de los abogados. “Los jueces no están  preparados para un caso de semejante magnitud, donde una mujer es víctima de todas las formas de violencias: física, simbólica, económica y ahora la institucional que la culpa de un crimen que no cometió”. 

Desde Ni Una Menos San Juan se pusieron en contacto con los abogados de Glenda y en estos días van a reunirse con la familia. “Claramente esto es un femicidio vinculado y ella es una víctima”, dijeron a Cosecha Roja.  

La causa está ahora en etapa de instrucción: los abogados de Glenda pidieron la reconstrucción del hecho y pericias psicológicas de ella, para demostrar la violencia a la que fue sometida, y de él, para demostrar su perfil de violento. 

El día que la indagaron, cuando terminó de contar su historia, a Glenda le preguntaron cómo se sentía ahora. Ella dijo: “culpable por haberle sido infiel”.  

Natalia Arenas

Natalia Arenas

Periodista feminista. Egresada de la UNLZ. Diplomada de la UBA en Géneros y Movimientos Feministas. Escribe en Cosecha Roja. En 2018 ganó el Premio Lola Mora en la categoría prensa digital.
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