La historia de Pachila, la mujer que aprendió de Milagro Sala

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos inició su 162 período de sesiones extraordinarias por primera vez en Argentina. Los temas que se tratan son regionales y no habrá debate sobre ninguna situación local, por ejemplo la detención ilegal de Milagro Sala. Es por eso que la organización Tupac Amaru convocó una Marcha de Antorchas en la Plaza de Retiro, frente al hotel Sheraton, donde sesiona la CIDH, para pedir por la liberación de la líder social. Cosecha Roja entrevistó a Pachila, la integrante de la Tupac, detenida durante nueve meses junto a Milagro.

 

***

“Nos habían sacado a todas a limpiar al patio. Cuando al rato me meto, abro la puerta y estaba una mujer colgada, ahí, de las rejas”.

– ¡Entren, entren!, nos gritaron las guardias.

– ¡Entre usted!, le dije yo. Hay una mina colgada.

La levantaron, la mujer temblaba. Con un cuchillo cortaron la soga. La pusieron en el piso y le tiraron agua.

“Yo de ver a la mujer moribunda, así, mal, salí corriendo ¡y me salí para la calle! ¡Estaba en el medio de la calle, al frente de la comisaría! Todas las guardias estaban encima de la mujer porque si se les muere alguna van en cana. Y tan encima estaban que se olvidaron de mí. Pero yo me cagué de miedo, volví a entrar y me metí solita en mi celda”.

Patricia Margarita Cabana, “Pachila”, es integrante de la Tupac Amaru. Estuvo presa nueve meses junto a Milagro Sala. Primero fue acusada de fraude y estafa a la administración pública. Sin pruebas, la justicia cambió la carátula a enriquecimiento ilícito. Los primeros 40 días los pasó en una comisaría. El resto en el Penal de Mujeres de Alto Comedero. Ahora, por falta de pruebas, Pachila espera el juicio en libertad.

“Viene una chica y pide pan. ‘Por favor denme pan. Pan, pan. Tengo hambre’. Nosotras le decimos que no, pero después pensamos ‘No podemos ser tan hijas de puta’. Le dimos papa y pan. ¿Qué hizo la mina? Se metió en la boca toda la papa, todo el pan, se dobló el cuello y se empezó a pegar en el pecho para ahogarse. Y nosotras empezamos a gritar ‘¡Oficial! ¡Oficial!’. Entraron y la empezaron a zamarrear hasta que largó el pan y la papa. Pero ¿sabes qué? A esas dos mujeres que intentaron matarse, al segundo las trasladaron”.

Mientras estaba detenida en la comisaría, a Pachila la dejaban ver a sus ocho hijos, los propios y los del corazón, sólo por media hora. Pero como en ese tiempo no podía ver a ninguno empezó una huelga de hambre. Durante ocho días no comió ni bebió nada. Durante 24 horas tuvo una oficial a su lado y, varias veces por día, un médico le tomaba la presión y la temperatura.

– Cabana coma porque no puede ir al penal. No hay lugar.

Pachila decidió quitarse la vida. “Estaba decidida a todo”, dijo a Cosecha Roja. Al fin, después de 40 días fue trasladada al penal. El primer día la tuvieron encerrada. Recién al segundo pudo ver a Milagro Sala.

“Ella lloraba y lloraba y me abrazaba pero yo no podía tirar una lágrima. Llena de odio estaba. Milagro me decía ‘Ya vamos a salir mami, no hicimos nada. No hicimos nada’. Y yo, nada”, contó.

Cuando Pachila llegó a Alto Comedero no fue a una celda porque no había. Adaptaron un cuarto sin ventilación y le pusieron dos camas. Con ella, trasladaron a la contadora de la organización. Es un lugar al que llaman “de pruebas”, donde están alojadas las mujeres que ya están listas para salir. Al frente, pasillo de por medio, las celdas de las chicas con VIH.

En la unidad hay tres pabellones. Milagro ocupa el número tres. Todas tienen un espacio común. Una especie de cancha al que pueden acceder a partir de las ocho de la mañana y hasta las 12 y desde las 15 hasta las 19. A las 21, cada presa es encerrada en su celda hasta el día siguiente. A las 22, se apaga la luz. A las seis pasan las encargadas para revisar a las presas. Las despiertan con una luz en la cara.

– ¡Cabana! ¿Dolencia?

– El corazón, oficial.

– ¡Cabana! Ya le he dicho que no hay cura para el corazón.

– Busque a alguien que me cure, oficial. Tengo roto el corazón.

Pachila y Milagro se veían todos los días en la ranchada. Al principio, una enojada, la otra llorosa. Pachila le fue encontrando la vuelta con ejercicios físicos y otras actividades. Milagro también, a su modo.

– A ver, a penar y a desyuyar. ¿Sabe qué oficial? Tantas cosas y tan grandes hemos hecho que sacar yuyos es nada para nosotras. ¿O no, Pachila?

– Vámonos a la mierda Milagro. ¿Qué mierda tenemos que venir a cortar yuyos al penal? ¿Qué hacemos acá?

Pachila/Sebastián Ortega

 

 

Pachila nació en el barrio Luján y conoció a Milagro a la vuelta de su casa, en la cancha de Gimnasia y Esgrima de Jujuy. Ella integraba un grupo de batucada. “Los primeros bombos, los tachos, los armaban mis hermanos”, dijo. “Era la única chica entre 60 vagos”.

Milagro iba a la cancha. Vio a los chicos. Los invitó a tocar. “Vengan un rato y se llevan un bolsón de mercadería”, les decía. Los 61 fueron y se quedaron a una reunión de ATE. “Milagro era flaquita, la escuché hablar. Había unos bolsones. Y ella preguntaba: ‘¿Vos tenés hijos? Tomá leche. Vos harina’. Y así, de un bolsón sacaba para cinco y todos nos íbamos contentos. Estábamos felices”, contó. “A mí me empezó a gustar lo que hablaba. Yo decía esta mina está re loca. Quiere armar un rascacielo y no tiene ni piedra”.

Reuniones, organización. Hace 18 años, entre todos, no llegaban a 20. Era la época en que la CTA decía que las fábricas estaban en los barrios. La Tupac Amaru no existía. Su germen estaba en ATE.

– Ustedes tienen que ir al barrio a armar copa de leche. Ahí está la gente, le decía Milagro. Tienen que juntarse y entre todos poner un poquito para armar una copa de leche y darle a los niños.

– ¿Pero de dónde vamo a sacar la leche?, le preguntábamos.

– Cuando uno quiere, todo se puede, decía ella. Cuando hay voluntad todo se hace.

“Para todo tiene respuesta. ¡Nunca la pudimos cagar con nada! Pero ¿la verdad? Era verdad”, dijo Pachila.

Así comenzaron a trabajar en las copas. Y Pachila se cebó: armó un centro comunitario. En el barrio se hizo famosa. “Es que a mí no me podían ni ver. Yo era mala, mala. Cuando pasaba, los vecinos cerraban las puertas”, contó Pachila que se crió en la calle. Nunca conoció a su papá. Su mamá la regaló y después volvió a buscarla. Se crió con una familia formada por un matrimonio con 12 hijos. Los ayudaba en las tareas de la casa. Amasaba 50 kilos de harina para cocinar.

Conocer a Milagro le cambió la vida. En el barrio la empezaron a buscar. “Yo pensaba: Esta doña me puteó mil veces y ahora me busca. Pero claro, después lo fui entendiendo. La gente no tiene la culpa de lo que me pasó a mí, nadie tiene la culpa de que no tenga viejo ni vieja. Después de los 18, me metí de lleno en la organización. Y quise seguir y seguir. Y si hoy está en mis manos poder ayudar a todos, lo hago. No duermo. Trabajar me llena el alma”.

Lunes, miércoles y viernes, copa de leche. Apoyo escolar de lunes a viernes. Viandas comunitarias a 1 peso todos los días. Comida regional, sábado y domingo. El picante de pollo salía un montón. Parte de la plata que se juntaba era para festejar los cumpleaños de los chicos. “Yo nunca tuve. Ellos sí. Todos festejaron sus cumpleaños, juntos, una vez por mes el de todos”.

Milagro la sacó a Pachila de la copa de leche y del centro comunitario. La puso en cómputos, la puso en salud, la puso en obras.

– Vos tenés que pasar por todos lados, Pachila. Tenés que saber todo porque mañana te va a tocar cualquier cosa y tenés que estar preparada.

Hoy Pachila espera su juicio en libertad como tantos otros integrantes de la Tupac. Se desespera con la idea de que Milagro no sea liberada. Quiere volver a trabajar. Quiere ayudar. Y extraña. “Ahora nos toca esperar, dijo. Estoy segura que todo esto pasará”.

 

 

Fotos: Sebastián Ortega

María Sucarrat
María Sucarrat

Periodista.

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