“La libertad de Robledo Puch se puede resolver mañana”, dijo su abogado

 

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Por Federico Schirmer – Cosecha Roja. –

Carlos Eduardo Robledo Puch tenía 20 años. El pelo enrulado, enormes ojos azules, la cara limpia de un nenito bien. Hablaba inglés y alemán con soltura, tocaba el piano con cierta maestría. Era hijo único de un empleado de la General Motors y la dueña de una panadería. Vivían en una casa de Borges al 1800 en Vicente López, provincia de Buenos Aires. Los domingos iba a misa con la madre. A regañadientes, pero iba. Al menos, eso es lo que hacía Carlos Eduardo durante el día. De noche, el Ángel de la Muerte mutaba sus formas andróginas en una máquina asesina sin remordimientos que dejaría un tendal de, al menos, 11 cuerpos inertes y un sin número de delitos –abuso deshonesto, violación, hurto.

La noche del 3 de febrero de 1972, Carlos y Héctor Somoza llegaron en moto a la ferretería Masseiro Hnos., de Carupá. Dos estruendos secos resolvieron el problema del sereno. En cuclillas, alternaron el tacto hirviente del soplete sobre la caja de seguridad. Las chispas iluminaban la cara de Robledo Puch, que estaba de espaldas a Héctor. Somoza, su compinche, decidió hacerle una broma: lo tomó por el cuello y lo acogotó con suavidad, sonriéndose en silencio.  La mirada de Somoza se oscurece pronto al contacto del plomo. Ninguno de los dos termina de entender el chiste. Carlos lo ve morir en silencio, pistola en mano. Pasa el soplete sobre la cara de Héctor, sobre las manos de Héctor. Lo asusta la posibilidad de que lo vinculen con él, que era empleado de la panadería de su madre. Carlos, al que los medios llaman El Ángel de la muerte, el Muñeco Maldito, el Unisex, el Tuerca Maldito, agarra el botín y monta su moto.  El detalle que define el resto de su vida es un error de principiante: en el apuro se olvida de quitarle la cédula de identidad que Somoza llevaba en el bolsillo.

Ese mismo día, por la tarde, alguien toca la puerta de la casa de los Robledo Puch de Vicente López: es el subcomisario Felipe Antonio D’Adamo con las esposas en la mano.

La justicia determinó, 8 años después de su captura, la pena de reclusión perpetua con accesoria de reclusión por tiempo indeterminado. “Esto fue un circo romano. Algún día voy a salir y los voy a matar a todos”, dijo al conocer la sentencia.

El tiempo pasó como un vendaval y Carlos Robledo Puch, lejos de la cobertura de rockstar que recibió su caso, envejece solo, alejado del foco mediático. Hoy, la defensa del mayor asesino serial de la historia Argentina realizó el tercer pedido de libertad.

El primero fue en 2008. La Cámara de Apelación y Garantías de San Isidro rechazó el pedido de los abogados y le negó la excarcelación por actitudes “desidiosas y falta de iniciativa”. Puch también intentó acogerse al beneficio de la libertad condicional en 2009. Pero la Sala II de Casación Bonaerense no hizo lugar al planteo de la defensa. “Sienten temor, sienten miedo, por eso no me dan la libertad”, dijo después de que le volvieran a decir no.

El Doctor José Luis Villada, en su condición de Defensor General del Departamento Judicial de San Isidro, es el encargado de su defensa y explica:  “Es un pedido de libertad por agotamiento de pena y, además, la declaración de inconstitucionalidad del artículo 52 del Código Penal  que dicta la reclusión por tiempo indeterminado como pena accesoria”.  Fue radicado en la Sala I del Juzgado provincial, pero el trámite recayó en la Sala II, integrada por los camaristas Luis Cayuela, Ernesto García Maañón y Juan Eduardo Stepaniuc, que atienden la feria judicial.

“Que se expidan sobre el caso depende de la buena voluntad de los jueces intervinientes. Sobre todo porque este tipo de tramites no tiene plazos establecidos. Si tienen buena voluntad, se puede resolver mañana”, aclara Villada.

El paisaje diario de Carlos, desde hace 41 años, es un compañero y la celda de cemento de 3,75 metros de largo, 1,80 de ancho y 3,60 de alto que comparten. Tienen un inodoro y un lavamanos de concreto como todo mobiliario. Ahí pasa sus días escuchando los Redondos o leyendo a Nietzsche. Su universo vital se extiende a las 9 hectáreas del sector intramuros, ese mundo delimitado por los paredones de granito de 7 metros que ensombrecen todo a su alrededor.

Villada dice que Carlos tiene un tío y un primo con vida “a los que les pidió que no lo visiten más para evitarles el engorro de la ida al penal”. Puch es, lo que se considera en la jerga, un “desamparado”. Tras las muertes de sus padres ya no recibe visitas y no tiene mayor contacto con el mundo exterior. Agrega Villada: “Después de tantos años los compañeros de encierro se transformaron en su único círculo intimo”.

Carlos Eduardo se convirtió en el preso más antiguo del sistema carcelario argentino. Uno de los 38 condenados a reclusión perpetua del penal de Sierra Chica. Sobre su figura se han alimentado un sinfín de mitos. Que es psicótico e irrecuperable. Peligroso para la sociedad. Que no trabaja. Que se convirtió en pastor evangélico y predica dentro del penal.  

Villada dice que no le consta su conversión evangélica. Lo que sí le consta es que Carlos trabaja. Dice: “Es mentira que él no tenga voluntad. Desde hace muchos años que trabaja en la carpintería de la unidad II. Está insertado en la dinámica laboral del penal. Tiene buena voluntad y buen trato con los otros reclusos”.

-Los medios repiten que es antisocial y que no le interesa progresar educativamente.

-Su conducta es 10 puntos. Su última sanción disciplinaria fue en el 2001, por una discusión en el pabellón, pero nada raro. Desde hace más de 11 años que el detenido tiene una conducta ejemplar, sin ningún desajuste. Como decimos en la jerga, Robledo Puch es un preso modelo.

Lejos de sus promesas de balas para todos, Carlos Eduardo Robledo Puch parece reafirmar las palabras de Villada en una de sus últimas frases públicas: “Quisiera salir a misionar fuera del país para que mi vida tenga sentido. Una vez lo dije: no me queda otra posibilidad de hacer el bien hasta que me muera”.

Lo que se dice, todo un angelito.

 

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