Sangre entre los Diablos Rojos: la sombra del señor de los anillos

Cosecha Roja.-

Hoy, en la puerta del Hospital Fiorito, junto a la sala de terapia intensiva, todos parecen hacer guardia. Los amigos y familiares de César “Loquillo” Rodríguez por un lado, y los medios por el otro. No hay más información que la que circula: a Loquillo le pegaron un tiro en la axila que terminó cerca del corazón; a  Ángel Mora, en el tórax, y a su hermano, también presunto barra brava, en la pierna. Las fuentes policiales dicen que el enfrentamiento fue después de que Loquillo le reclamara a un “trapito” el alto precio por el estacionamiento del auto. Pero un mensaje en Facebook del destronado jefe de los “Diablos Rojos”, Pablo “Bebote” Álvarez, alimenta el fantasma de la venganza. El barra brava, instalado en Barcelona, se hizo hacer un anillo dorado en el que grabó: “Todo vuelve”.

“Se trata de una estrategia que Bebote usa para continuar la pelea o desafiar la posición del presidente del club (Javier Cantero). El honor se juega cara a cara. Desde la distancia, se convierte en una forma de permanecer y seguir presente en el club”, le dijo a Cosecha Roja, la investigadora María Verónica Moreira, antropóloga y profesora en la Universidad de Buenos Aires. Para Moreira, este enfrentamiento claramente “se puede interpretar como una disputa por el liderazgo”.

El Hospital Fiorito es aséptico, sucio y sin ángel; un lugar que usan los vagabundos para dormir la soledad y la errancia. Las paredes son testigos del paso del tiempo. Las manchas de hollín y humedad, la prueba.
Los barras esperan. Putean. Uno se ata los cordones. Algunos lo miran. No hay camisetas de Independiente. Se escucha que dicen cosas como “barras”, “tiros”, “mentira”.

“Loquillo es un hincha inflado, porque los medios lo señalan como tal. Él va a la cancha para alentar a su equipo y no para hacer todos los negocios que algunos dicen. El conflicto surgió después de que un cuidacoches le quiso cobrar demasiado por el estacionamiento”, dijo un amigo de Rodríguez.

Algunos periodistas instalados en la puerta especulaban con un inminente refuerzo de seguridad policial para evitar un caso como el que ocurrió a mediados de junio con los hinchas de Nueva Chicago, cuya barra entró al Hospital Santojanni para vengar la muerte de uno de los suyos.

Florencia Arietto, jefe de seguridad de Independiente de Avellaneda, le dijo a Cosecha Roja que “los hinchas tenían aplicado el derecho de admisión y el acceso prohibido al estadio. Los sucesos se cometieron afuera. Eso es todo lo que tenemos para decir”. Y agregó que “las actividades que estos delincuentes hagan fuera del club es responsabilidad de la policía, no de Independiente”.

Mientras César “Loquillo” Rodríguez apenas sobrevive, la disputa dentro de la barra de Independiente continúa. La balacera de ayer, durante o después del partido -aún no se sabe-, parece parte de esa interna, de la que se libra, hace ya varios meses, entre los viejos mandos, comandados por Pablo “Bebote” Álvarez, y la facción de segunda línea, encabezada por Rodríguez.

El hecho policial, el detonante, dicen quienes conocen por dentro a la hinchada, sería el conflicto entre Loquillo y el “trapito”, pero por debajo, no dudan en afirmarlo, la hipótesis del ataque es una venganza, una lucha por el poder.

Desde que Javier Cantero llegó al club, la barra dejó de recibir dinero de la dirigencia y  comenzó  a buscar otras vías de “financiamiento”. Los “trapitos” se convirtieron en una alternativa para recolectar fondos. “Loquillo” fue a pedirle la recaudación a un trapito. El hombre le dijo que no podía darle nada porque trabajaba para Bebote. Ahí surgió una discusión que terminó a los tiros.

La historia de los disparos que se oyeron ayer en Avellaneda, en la calle Gutemberg, entre Crisólogo Larralde y Lafuente, comenzó hace seis meses cuando la campaña política por la dirigencia del club llegó a su fin. Javier Cantero se posesionó como presidente del Independiente de Avellaneda y prometió desbaratar la barra brava: acabar con el negocio detrás de la hinchada. Bebote era en ese momento, y desde el 2001, el jefe de la barra “Del Rojo”, llamada también “Somos Nosotros” o “Los Diablos Rojos”.

El enfrentamiento verbal entre Cantero y Bebote no se hizo esperar. Con las redes sociales como trinchera, hubo insultos y reclamos. Cantero había ganado por mayoría en las urnas y Bebote recién comenzaba a descender en popularidad. Se acusaban mutuamente de menguar los beneficios de los barras y de no apoyar genuinamente al club de sus amores. Varias veces Bebote presentó su renuncia como jefe de la hinchada, y varias veces el presidente le contestó que ni se la aceptaba ni se la rechazaba, porque ese no era un cargo oficial. Los reclamos iban y venían.

“Es un secreto a voces: había que dejar que se enfriaran las cosas para intentar recuperar los negocios que les quita la gestión de Cantero”, dijo a Cosecha Roja un hincha de independiente crítico con la vieja guardia de Bebote. El hincha está convencido de que Bebote se alejó de la cancha para que el conflicto entre la dirigencia y la barra no pasara a mayores. Los podían expulsar definitivamente y con eso acabar los beneficios económicos que representa controlar ciertos terrenos.

El jefe barra se fue y dejó encargado a “Loquillo” Rodríguez, el segundo en línea que hasta ese momento tenía como función comandar la logística en las tribunas: el uso de banderas, los bombos, los gritos de aliento. Hubo calma por un mes en la cancha de Avellaneda. El “rey puesto” resultó para muchos mejor que el anterior jefe y hasta estaban contentos con él, a pesar de que tenía un perfil muy bajo y llevaba poco tiempo fuera de prisión. “Él se dedicó a escuchar los pedidos que había: si los hinchas estaban aburridos de que las banderas les taparan el partido, él hizo que las bajaran. De a poco, Loquillo fue subiendo su perfil y acercándose a la nueva dirigencia del club”, agregó la fuente.

La reacción de Bebote no se hizo esperar. Aunque él mismo había legitimado que Loquillo asumiera como jefe de la barra, lo criticó por Facebook, aduciendo una especie de “traición”, pues, según él, estaba aliado con Cantero y “ya no apoyaban al equipo como antes”. El ex jefe de la barra, atento a los cambios, volvió al redil; hace dos meses se lo volvió a ver en la hinchada, intentando mostrarse como el jefe de siempre. Su mano derecha, y delegado, Loquillo, había crecido lo suficiente como para que ese liderazgo ya no fuera tan efectivo.

Convencido de la traición, asesorado por su abogada, Débora Hambo, Bebote se las tomó, y con ruido: eligió como destino Barcelona, aunque se promociona en Ibiza. Loquillo quedó al mando de la hinchada pero una facción importante siguió reconociendo a Bebote como su líder de tradición. Al fin y al cabo, para salir del país de la manera en que lo hizo, “debe haber hecho un arreglo económico, si no, no se entiende el asunto”, define uno de los hinchas consultados.

Tras unos días al mando del barco, Loquillo quedó fuera de la tribuna. Le negaron el derecho de admisión porque, a mediados de junio, se metió con otros barras a la oficina de Cantero. Ayer no fue a ver Independiente – Quilmes y esperó afuera. Así aguantó el 1-1, otro palazo para Independiente, que en este campeonato todavía no gana.

Dicen que ayer el ambiente en el Libertadores de América estaba tenso. En la popular se rumoreaba que algo iba a pasar. Cuando el local iba perdiendo, un hincha sin remera se descolgó de un alambrado y casi logra que detuvieran el partido. Era un llamado de atención. La cancha se veía rara: no había banderas, no había bombos, no había instrumentos. Esa fue la orden que impusieron desde arriba los que comandan la seguridad del juego. Hugo Matzkin, jefe de la Policía Bonaerense, en persona, estuvo en la Puerta 4 controlando el ingreso de la hinchada; Florencia Arietto, la nueva jefa de seguridad, supervisaba que el primer partido a su cargo no tuviera errores.

Dentro del estadio no pasó nada. Afuera, se pudrió todo. A pocas cuadras, Loquillo fue baleado junto a dos personas, su hermano y otro barra. Algunos se apuraron a decir que Loquillo quiso cobrarle a un “trapito” la plata que le correspondía al “dueño de la barra”, a él o a “Bebote” Álvarez: así funcionan los beneficios del negocio. Otras personas, hinchas y expertos en barras bravas consultados por Cosecha Roja, agregan que la intención era bajar la nueva cabeza para devolver el poder a la vieja guardia.

¿Quién baleó a César “Loquillo” Rodríguez? Nadie lo sabe. En la fiscalía de Avellaneda que investiga el crimen intentarán confirmar la hipótesis del trapito, sin dejar de lado la de una venganza. La hinchada se dedica a leer donde puede. Facebook parece ser el lugar ideal: a Bebote le encanta la red. Esta semana se mandó a hacer un anillo dorado diseñado por él mismo con una especie de deseo escrito en él: “Todo vuelve”. ¿Deseo o sentencia?, se pregunta la hinchada.

Cosecha Roja
Cosecha Roja

Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

Sin comentarios

Responder

Su dirección de email no será publicada