Los organismos de DDHH empujaron los límites de lo posible

Una semana después del aniversario del Golpe de Estado, un conjunto de editoriales y artículos de opinión en Clarín y La Nación criticó a los organismos de Derechos Humanos. Alfredo Leuco propuso crear nuevas asociaciones con líderes que no hayan estado vinculados al “nauseabundo pantano de la corrupción”. Una nota de opinión y el editorial de La Nación del domingo afirmaron que es necesario construir una memoria “integral” y equiparaban la violencia de las organizaciones de lucha armada con la emanada desde el Estado. El historiador Daniel Lvovich plantea que los organismos superaron sus propios objetivos y se expandieron a favor de un modo de pensar los derechos básicos en relación con el Estado.

Abuelas - donde estan los neitos

Resulta imposible comprender el carácter de los Organismos de Derechos Humanos en la Argentina sin las circunstancias históricas que acompañaron su surgimiento.

La mayor parte de ellos surgió en circunstancias críticas, en las que el compromiso implicaba riesgos para la integridad física, la libertad y aun la vida de sus integrantes. Algunos se originaron en las luchas del movimiento antifascistas de la década del treinta, cuando se originó la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, vinculada a las derivas del Partido Comunista Argentino. Otros surgieron durante la creciente violencia estatal y paraestatal durante el gobierno de Isabel Perón. A fines de 1975 un amplio arco de sectores progresistas fundó la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, y a comienzos de 1976 apareció el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, creado e impulsado por varias Iglesias reformadas de la Argentina y unos pocos Obispos Católicos. En los años en que la última dictadura sembró el Terrorismo de Estado en el país, emergieron los organismos conformados por los afectados directos por la represión – Madres, Abuelas y Familiares – así como el CELS. Y en tiempos democráticos, se crearon otras organizaciones de afectados directos, como HIJOS, y se multiplicaron distintos tipos de organismos de defensa de los Derechos Humanos de carácter profesional, confesional y otros.

Esta brevísima apelación a la historia no tiene otra función que mostrar lo evidente: los Organismos de Derechos Humanos no surgieron como productos de la mera voluntad de sujetos aislados, sino como respuestas colectivas ante situaciones en que se vulneraban los derechos a la vida y a la libertad de las personas. Tan evidente como ello resulta que en casi todos los casos estas agrupaciones se vincularon a diversas organizaciones políticas, sociales y religiosas, desde los partidos de izquierda hasta los colectivos de abogados defensores de presos políticos, distintas expresiones sindicales y algunas Iglesias cristianas. Con desarrollos muy diversos a nivel territorial: afortunadamente comenzamos a contar con historias de los organismos de Derechos Humanos en distintas ciudades del país, que nos muestran las dificultades de sostener una uniformidad para las diversas regiones de la Argentina.

Las organizaciones heredaron un repertorio de acción provenientes de tradiciones muy diversas: los comités de solidaridad con los presos políticos y sociales que se sucedieron a lo largo del siglo XX, la ocupación. – cuando fue posible – de los espacios públicos en los que formular sus denuncias, la búsqueda de la solidaridad nacional e internacional, la vinculación entre sus demandas y el mundo del arte y de la cultura. Pero también idearon un nuevo lenguaje (llamarlo humanitario resulta necesario pero insuficiente), nuevos símbolos y nuevos repertorios de acción.

Con este bagaje a cuestas, los organismos empujaron los límites de lo posible. Sus demandas calaron hondo en una parte significativa de la población y de los movimientos sociales, y su lenguaje se incorporó al discurso habitual de la vida política y social argentina, que asumió la existencia de un piso de derechos básicos que el Estado no sólo no debe vulnerar, sino que está obligado a asegurar y promover.

En esta deriva, existieron momentos de mayor cercanía de algunos de organismos con las autoridades estatales, mientras otros prefirieron guardar una mayor distancia. Así, varias acompañaron a la CONADEP y apoyaron el Juicio a las Juntas Militares de 1985, prácticamente todos se alejaron de las autoridades estatales entre 1989 y 2001 y muchos encontraron en el kirchnerismo un gobierno que sentían que recogía en el más alto nivel del Estado sus banderas. Estos vaivenes no deben ocultar, sin embargo, continuidades. Por ejemplo, la continuidad estatal en la restitución de la identidad de los niños apropiados por las fuerzas represivas entre 1976 y 1983.

El ejemplo de Derechos Humanos inspiró a otras organizaciones de víctimas de la violencia institucional, de los crímenes de inspiración machista y clasista, del saqueo ambiental. En todos ellos campea la principal orientación heredada: hacer público los crímenes perpetrados, señalar a los responsables e impulsar por todos los medios pacíficos disponibles la acción de la justicia. Jamás la venganza o la justicia por mano propia.

Los organismos son hijos de su propia historia y de las circunstancias que les dieron nacimiento. Son padres de un modo de pensar en relación a los derechos de cada individuo y de modos de acción que se expandieron mucho más allá de sus propias filas. Suponer que su función y su influencia podrían ser reemplazados por un conjunto de individuos a los que se considera personalmente virtuosos (sin que pongamos en duda aquí ese carácter) es la expresión de un modo de pensar que, al menos, da por suspendida la densidad de la historia.

Daniel Lvovich
Daniel Lvovich

Doctor en Historia. Investigador y docente UNGS- CONICET.

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