Colombia: Cicatrices de la Masacre de Miramar

Por Walter Arias Hidalgo – Para Cosecha Roja.-

Al llegar la noche, Juan Fernando Suárez levantó la vista y soltó una sonrisa. La fachada del Punto Cervecero le pareció más hermosa que nunca. Las bombas rojas, las serpentinas, las frases de amor escritas en cartulina, que había ayudado a poner durante toda la tarde, lucían espléndidas. Pensó que la decoración agradaría a los clientes y que las rosas que entregarían más tarde serían el broche de oro para un festejo memorable del día de Amor y Amistad.

Más tarde, se sentó en una de las mesas con dos amigos y la novia y vio caer una pertinaz lluvia que le pareció que iba a durar toda la noche. Pese al frío, observó llegar decenas de clientes. Echó un vistazo en los alrededores del estadero -en el Punto Cervecero, en la licorera del lado, en el negocio de comidas rápidas de su padre, en la taberna del fondo- y calculó unas 200 personas.

A las 12:00 de la noche, cuando parecía que no cabía más nadie, los vecinos seguían llegando al lugar. A tres cuadras de allí estaba acostada Cruz Elena Agudelo, rendida. Era operaria de la empresa de confecciones Way, cerca de Medellín, y había trabajado sin parar ese día aunque su jefe las premiara al final de la jornada con chocolates en honor al día del Amor y la Amistad.

– Mamá, acompáñame a tomar una cerveza- le pidió su hijo Andrés, luego de golpear a su puerta.

Cruz Elena dudó un instante. Pero su hijo cumplía años ese día y su esposa, con siete meses de embarazo, no se sentía bien para salir. Se bañó y se cambió de ropa. Minutos después, Erika, su hermana, la vio pasar al frente de su puerta mientras decía: ¡Me voy de rumba!

– Vea este muchacho, me despertó- le dijo a Jorge Suárez, al llegar al estadero.

Jorge, el papá de Juan Fernando, preparaba hamburguesas. Miró complacido a la mujer que había sido inquilina de su suegra durante años, a quien nunca había visto por allí a esas horas de la noche. Le dio la bienvenida. Luego echó tres hamburguesas más a la plancha y tomó una salchicha entre sus manos.

Cruz Elena se acomodó con su hijo en una de las mesas, a pocos pasos del negocio de Jorge y en el centro del corredor principal.

A dos metros de allí, en la entrada al Punto Cervecero, que se levanta sobre una especie de barranca de la curva de una avenida principal, un tumulto de muchachos luchaba por ganar un milímetro de espacio.

En ese barullo, parados y de espaldas a la calle, estaban Manuel Arias y su novia, Sandry Blanco. Muy cerca, casi pegados, Manuel Valencia y Jhony Spitia, abrazados a un amigo, hablaban sobre el partido que Atlético Nacional le había ganado a Huila dos goles por cero.

A eso de las 12:20, el taxista Jhon Stiven Marín Ortiz se unió al grupo. Saludó a los amigos que casi siempre encontraba en ese mismo punto. Le echó un vistazo a su taxi, recibió un aguardiente y clavó su mirada al fondo del Punto Cervecero, un local tan pequeño que solo cabía la pista de bailar y dos mesas.

El ataque

El reloj daba las 12:25 de la noche cuando un taxi Chevrolet Sprint y una motocicleta Yamaha DT blanca descendieron por el carril derecho de la calle 95A. Redujeron la velocidad en el Punto Cervecero, justo al frente del grupo de muchachos.

El pasajero del taxi, sin bajarse, sacó una subametralladora por la ventanilla derecha y soltó rafagazos, a la vez que el parrillero de la moto disparaba con una pistola.

Stiven sintió un quemonazo en el ala derecha de su nariz y tuvo la sensación de que una cuchillada entraba en su cara quebrando cuanto encontraba. Jhony Spitia cayó sobre las escalas, con un profuso hilo de sangre en la boca, jadeando y moviendo su cabeza hacia los lados. Manuel Valencia quedó en el piso, inmóvil. Sandry Blanco Izquierdo quedó justo al lado de las escalas por donde habían subido los clientes. Manuel Arias corrió hacia dentro del negocio, sosteniendo el abdomen, y segundos después salió y gritó: “¡Mi novia!, ¡No me la dejen morir!”. Cruz Elena cayó herida sobre la mesa, ante la mirada incrédula de su hijo.

Los disparos también alcanzaron a Carlos Arturo Gallego Uribe, Oscar Castañeda Builes, Armando Inestroza, Yeiser Iván Jaramillo Vásquez, Wilfred Arcadio Atehortúa Sanabria y Julieth Gaviria Urrego. Y perforaron las paredes y el techo del local.

El taxi y la motocicleta, como si los ocupantes hubieran esperado una retaliación inmediata, emprendieron carrera como bólidos, giraron a la izquierda y luego a la derecha. Se perdieron por la carrera 79, hacia el sur de Medellín, con la complicidad de la noche fría y oscura, solo salpicada de luces que parecían brazas de colores.

Atrás, el chillido de puertas metálicas que se cerraban. Hombres y mujeres en el piso. Gritos de dolor y pánico. Celulares regados por todos lados. Bandadas de personas que pasaban por encima de otras. Motos que caían al piso. Personas caminando descalzas como si hubieran salido de un naufragio.

Jorge Suárez pensaría ya en la madrugada, mientras veía las tres hamburguesas quemadas y comía salchichas, que la tragedia pudo ser peor. Ahí, al alcance de las balas, quedaron intactas tres pipetas de gas y tres pailas repletas de aceite caliente.

¡Mamá, me mataron!

Stiven Marín se llevó la mano a la cara, la sintió empapada de sangre y musitó:

– ¡Ay marica, me mataron!

Si me muero no voy a ver crecer a mi hija, no voy a verla reír. Tengo que hacer lo último por mi vida, pensó.

Con la cara convertida en una masa sanguinolenta, metió la mano izquierda en el bolsillo, donde siempre mantenía asomado un llavero, corrió hacia su taxi y lo encendió.

– ¡Llévalos, llévalos!- escuchó trás de sí.

Era un muchacho conocido como Jaguar. Había visto caer a Manuel Arias y Jhony Espitia y ahora los levantaba y los arrastraba hacia el taxi. Los metió en la silla trasera y se ubicó en la silla del pasajero.

Stiven reversó el vehículo con pericia y emprendió el destino hacia el Hospital Pablo Tobón Uribe.

Mientras percibía el sabor de la sangre, que a veces surgía a borbotones y quería ahogarlo, y sentía que las fuerzas lo abandonaban, escuchaba los gritos de Jaguar:

– ¡No te vas a marear!

– ¡Despierten!, ¡No se vayan a morir!, les decía Manuel Arias y a Jhony Spitia.

Stiven saltaba policías -obstáculos en la vía- como no lo había hecho en tres meses de conducir el taxi. Pensaba cada vez más en su hija.

Sonó el celular. Lo sacó con su mano derecha y contestó.

Al otro lado de la línea, María Gennivera Ortiz, su madre, escuchó:

– ¡Mamá, me mataron! ¡Mamá, me mataron!

A la casa de Gennivera, a dos cuadras del Punto Cervecero, había llegado su compadre Freddy.

– Gennivera, hubo una balacera en el Punto Cervecero. Vaya a buscar a Stiven.

Estaba levantada. Stiven había salido hacía cinco minutos y le había dicho:

– Mamá, caliénteme la comida, ya vengo.

Gennivera salió en pijama. Caminó dos cuadras. Vio gente correr. Escuchó gritos, gemidos. No vio el taxi de Stiven.

– Stiven no está herido- escuchó decir a un niño.

Sin embargo, cogió un taxi y le pidió llevarla al Hospital Pablo Tobón Uribe.

Ignoraba por qué se había cortado la llamada. Y como es obvio, jamás se hubiera imaginado lo que había hecho su hijo.

Stiven estrelló el taxi contra el muro de la urbanización Lomas de Altamira. Quedó inconsciente por unos segundos, pero su compañero de viaje gritaba y lo alentaba a seguir.

Recuperó la conciencia. Le dio reversa al taxi y retomó el camino. Fue el primero, de las víctimas del Punto Cervecero, en llegar al Hospital Pablo Tobón Uribe. Cayó desmayado. Despertaría cuatro días después.

Atrás de él, decenas de taxis transportaban heridos y familiares, también hacia el Pablo Tobón Uribe, el hospital más grande y de más capacidad de esa zona de Medellín.

Un camión de la Policía había llegado al Punto Cervecero minutos después del ataque.  Los policías ayudaban a parar taxis y reportaban por radio lo ocurrido.

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