Medellín: Crimen bajo la lluvia de Orión

Por Róbinson Úsuga, Lluviadeorion.com –

Sábado 19 de octubre de 2002

El cielo aclaraba cuando alguien entró a la sala de velación mostrando un artículo de prensa. “Cuando llegaba a su casa del barrio El Salado, el seminarista Elkin de Jesús Ramírez fue atravesado por una bala perdida. De inmediato murió”. Los condolientes se sintieron indignados desde las primeras líneas y Juan Diego, hermano de Elkin, alzó la voz: “él no murió por una bala perdida. Además no tenía 22 años sino 27”.

Al cementerio asistió una multitud y, entre alaridos y sollozos, el ataúd se elevó en brazos y fue empujado hasta el fondo de una bóveda en el cementerio de San Pedro. El sepulturero cubrió el agujero con una loza de cemento y la caja de cedro se perdió de vista. De los rostros emergieron expresiones de pesadumbre, nadie podía creer que era a Elkin a quién estaban enterrando. Pero no había de otra, con las pupilas atónitas tuvieron que decirle adiós.

Miércoles 16 de octubre: Orión

Esa semana Juan Diego no había ido a la universidad porque estaba enfermo. Pero el jueves despertó sintiéndose mejor y con ánimos de presentar el examen de psicolingüística que tenía a las seis de la tarde. El día anterior no pudo salir de su casa, no sólo porque tenía la fiebre muy alta, sino porque tampoco se lo permitía el tropel de las balas que surcaron el aire desde antes del amanecer.

A las cuatro de la mañana Juan Diego y los demás habitantes de los barrios de la Comuna Trece, en el Occidente de Medellín, fueron sacados de sus sueños por el traqueteo de las ametralladoras y el eco de las explosiones de petardos y granadas. Por una orden presidencial se daba inicio a la operación Orión en sus callejones de barrio subnormal.

Personal de la Cuarta Brigada, la Fuerza Aérea, la Policía Metropolitana, el Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía, CTI, el Departamento Administrativo de Seguridad, DAS, pusieron en marcha el operativo que tenía como misión desarticular las células de guerrillas asentadas en ese territorio.

Los insurgentes reaccionaron con fuego contra los hombres de la Fuerza Pública cuando éstos ingresaron a los barrios, entonces se iniciaron enfrentamientos en medio de los cuales los civiles permanecieron en peligro. La gente tuvo que quedarse encerrada en sus casas todo el día para no morir en medio del fuego cruzado.

En la noche cesó el resuello de las explosiones y al amanecer del jueves se respiró un aire más tranquilo, pero no menos tenso. La gente pudo salir a las tiendas a comprar comida porque la Fuerza Pública ya se había tomado la mayor parte de la zona con tanquetas, dos helicópteros Black Hawk, y hombres con cascos antimetralla y armas de alta precisión.

Un jueves sin presagios

Doña Nelly despertó a Elkin a las seis de la mañana. Pero como de costumbre, él se quedó en la cama y no se levantó hasta las seis y treinta. Se bañó, se alistó y salió a las siete hacia el Instituto Creaser, donde estudiaba una técnica en Sistemas desde hacía dos meses, con una beca otorgada por esa institución.

Aunque Elkin había permanecido dos años en el Seminario Hermanos Menores Capuchinos, habían pasado seis meses desde que se vino porque quería hacer un receso para reafirmarse en su vocación o desengañarse e iniciar una nueva vida. Ahora salía a las siete de su casa, ubicada en una saliente del barrio Nuevos Conquistadores, donde su madre Nelly del Carmen Vélez lo crió al lado sus hermanos Álex, Juan Diego, Paola, Catalina, Edide y Yulieth.

A las diez y treinta de la mañana habían llegado tres mil efectivos del Ejército y la Policía a los barrios Belencito, Corazón, Independencias I, Independencias II y 20 de Julio. Hicieron allanamientos casa por casa mientras continuaban con las requisas en las entradas de la Comuna. La Defensa Civil y la Cruz Roja, con médicos y paramédicos, montaron una enfermería en la calle 35 con la carrera 92 para coordinar la atención de los heridos que dejaron los enfrentamientos. Eran las once cuando Juan Diego salió para la Universidad de Antioquia.

Juan Diego:

“Cuando salí la cosa estaba calmada, la policía había rodeado la zona y ya no se oían balaceras, por eso pude ir a estudiar. Además, tenía examen y no podía faltar. En el camino los militares me requisaron. Eran como las tres cuando me senté a repasar el examen. Luego llamé a mi novia Flor. Ella me preguntó que si ya había llamado a mi casa, le dije que no y me aconsejó que lo hiciera. “A mí me dijeron que eso por allá estaba prendido”, me advirtió. Marqué el número de mi casa. “Mijo, me contestó mi madre, véngase lo más temprano que pueda, están dando mucho plomo”. Por la bocina se colaba el ruido de las balas. Le pregunté que cómo estaban todos y me dijo que bien, pero que Elkin había salido con Alexander y no sabía en dónde estaban.

Tomé el metro y en la estación San Antonio me encontré con Alexander Quiceno, un amigo. Me quedé conversando con él, y ya habían pasado diez minutos cuando vi al novio de mi vecina Leidy que se bajaba del tren. Stiven me miró y avanzó hacia mí: “Juan, si es verdad que mataron a su hermanito Elkin”, me preguntó. Yo me asusté. Eso no es posible –le dije-, pues yo llamé como a las tres y todos estaban bien en la casa. “Mejor llame y se cerciora”, me respondió. Eso fue exactamente lo que hice. Marqué el número de mi casa. Al otro lado de la línea me contestó mi mamá llorando”.

Lucho (Luis Enrique Patiño, amigo de la familia, casi un hermano para Juan Diego):

“Salí a estudiar temprano. Bajé hasta la iglesia del 20 de Julio para tomar un bus. Por todas partes se veían pasar patrullas, tanquetas, motos, camionetas del ejército, del CTI y del DAS. Cuando el bus iba por la escuela 20 de Julio lo pararon los militares para requisar a los pasajeros. Al medio día subí en un bus de El Salado y los militares todavía estaban por ahí. Volvieron a requisarme. De pronto apareció un helicóptero y empezó a rondar por el barrio. Se escucharon unos tiros. Se veía a los soldados corriendo por todas partes. “Váyase para la casa que esto se va a prender”, me dijo uno de ellos. Rápidamente me fui para mi casa. Después de almorzar me tiré al mueble a escuchar el helicóptero. Al rato me pasé para la casa de al lado. Me quedé observando el helicóptero con mi vecino Dieguito. Se escuchaba el eco de las balas. “Mirálo, velo como está de bajito”, decía Bryan, el hermano de Dieguito.

Una tanqueta subía y bajaba, parecía cargar gente que capturaban. Fue entonces cuando vi a Alex y a Elkin que subían. Les silbé, pero no voltearon. Yo los estaba llamando para que se quedaran en mi casa mientras se calmaba la situación. Silbé más duro y en varias ocasiones, pero no me escuchaban. Hasta que los perdí de vista. Por más pasito que yo le silbaba a Alex, él volteaba a mirarme, pero esta vez no lo hizo y no me explico por qué”.

Doña Nelly:

“Los soldados patrullaban la zona. El día anterior hubo muchas balaceras pero los militares ya estaban por ahí sacando a la gente de sus viviendas, llevando hombres encapuchados que señalaban los sitios y casas que los milicianos frecuentaban. Al mediodía llegó Elkin de estudiar. Estaba con Alex. Me pidieron almuerzo pero no había. Elkin mandó comprar una libra de arroz y al ratico se fueron de nuevo. En ese momento no había tiroteos, todo estaba calmado. Pero más tarde, cuando hacía el almuerzo, llegó una tormenta de balacera.

Mi vecina Limbania se vino para mi casa. Con ella y mis hijas me escondí en la habitación más oculta. Mi vecina se metió bajo la cama. A ella le dan ataques y yo temía que en esos momentos le diera uno. Las balas chocaban contra el muro de mi casa. En las de al lado también, incluso en la de Natalí Giraldo, quien tiene un kinder. Esa casa la agarraron a bala y los niños estaban ahí. No sé como hicieron para favorecerse. En ese momento yo estaba preocupada por la suerte de mis hijos. Las balas no cesaban cuando apareció Alex por la ventana y me dijo, “amá, mataron a Elkin”.

Alex:

“Fuí a las diez y treinta a hacer el aseo de la parroquia. Terminé a las doce y treinta y cuando salí vi a Elkin en la peluquería que queda enfrente de la iglesia. Me le acerque. Cuando terminaron de motilarlo nos subimos para la casa. Elkin le pidió almuerzo a mi mamá, pero no había. Entonces se quitó la ropa, se puso una pantaloneta, se paró un rato en la puerta y después se fue para donde la vecina. Volvió a los veinte minutos. Se cambió de ropa y me pidió que lo acompañara a hacerles encuestas a algunas madres de la comunidad para un proyecto del Instituto de Bienestar Familiar, Icbf, en el que estaba trabajando. Al finalizar la tarde sólo tenía una entrevista, aunque debía visitar a tres madres. Durante todo el día llovía y escampaba a ratos.

Cuando subíamos para la casa, él me dijo que nos metiéramos por la parte de atrás y yo le dije que bueno. En ese momento no estaban dando bala. Nos metimos por el solar y cuando yo iba a quitar la puerta, pues apenas estaba puesta, escuché un rafagazo. Elkin exclamó: “Alex, me dieron, me dieron”, y luego rodó por el barranco. Siguieron disparando y salí corriendo asustado hacia la casa de la vecina. Me quedé un instante en las escalas, pero vi que trataban de darme porque los disparos venían en esta dirección y pegaban en el muro. Me subí por la pared de la puerta y logré entrar a la casa de la vecina. Me metí por el baño y salí por la parte de atrás. Me acerqué llorando a la ventana de mi casa. Ahí estaba mi mamá: “amá, mataron a Elkin”, le dije”.

Doña Nelly:

“Mentiroso, le contesté. Pensé que me estaba haciendo una broma. Intenté salir a la ventana para asomarme, pero nos devolvieron a bala. El polvo de los adobes que perforaban las balas no me dejaba ver. Fuimos a la puerta del solar y nos devolvieron a plomo. Sacudimos trapos blancos para que me dejaran salir a buscar a mi hijo, pero tampoco. Todos pensábamos que tal vez estaba herido en la casa de alguna vecina de abajo. Alex también lo creía así. Entonces empezamos a llamar a los vecinos para saber si lo habían visto. Al ver que nadie nos daba razón de él, me asomé a la zanja. Al lado del barranco estaba el cuaderno donde tenía las notas de clase, y al fondo, estaba Elkin tirado. Eran como las cinco y media. A las tres y treinta fue que Alex llegó con la mala noticia. Todo ese tiempo estuvimos adentro, sin poder salir a causa de las balas.

Bajé a darle la noticia al cura. Al frente de la iglesia había una tanqueta. Le dije al comandante que me habían matado un hijo, que por favor me ayudara a bajarlo en esa tanqueta. “Esto no es para bajar ningún muerto”, me respondió. Entonces yo le dije que mi hijo no era ningún ladrón para que me lo mataran de esa manera, que él estaba trabajando. Me dijo que llamara al 123. Llamé y me respondieron que por aquí no subían a recoger a nadie. “Bájelo hasta el Centro de Salud que allí le hacemos el levantamiento, o déjelo ahí tirado”, fue lo que me dijeron”.

Lucho:

“Me llamaron al teléfono. Era Pipe, un amigo que trabaja en la biblioteca de El Salado. Estaba llorando. ¿Qué pasó? Le pregunté. “No güevón, no se si es verdad, llame a la casa de Juan Diego, usted que tiene más confianza”. ¿Pero por qué? “Es que nos mataron el pelao”. ¿Cuál pelao? “Elkin”.

Marqué a la casa de Juan. Catalina me contestó llorando. Traté de consolarla. Después di la noticia en mi casa. No querían creerlo. Yo iba a subir a la casa de Juan Diego pero estaba lloviendo mucho. También llovían balas. Ese man se chupó alrededor de una hora y media de aguacero tirado en esa zanja.

“Mirá toda esa gente. Qué pasará”, me señaló Dieguito. Fuimos a asomarnos. Entre la gente había un muerto sobre una camilla cubierto por un plástico. Se escuchaba la voz de un hombre que lloraba. “Por qué no fui yo, por qué te tocó a vos”, se quejaba. Una mujer también lloraba. Levanté los ojos y vi que eran Alex y Paula. Al instante descubrí que era el cadáver de Elkin. Cuando Alex me vio se me tiró al hombro izquierdo y Paula al derecho. En ese momento yo acariciaba el cuerpo de Elkin sin creer que era él. Montamos el cuerpo en un carro y lo llevamos al Centro de Salud. Lo metieron en una camilla y lo llevaron a un cuarto mientras llegaba la Fiscalía. El cura bajó en su carro con una señora. “Hay que avisarle a Juan Diego”, dijo, y se fue para la universidad a buscarlo. Se largó un torrencial el hijueputa y nos quedamos escampando en la cafetería de enfrente. Miré hacia una buseta del metro y vi que se bajó una persona. Era Juan Diego, estaba llorando”.

Juan Diego:

“No llegaban a hacerle el levantamiento, así que llamé a la Fiscalía. Mi mamá ya había llegado con los papeles de la funeraria cuando aparecieron, a las ocho y veinticinco.

El día del entierro, salió un artículo en El Colombiano en el que decía que Elkin había muerto por una bala perdida. Pero no podía ser así porque las balas impactaron hasta en las casas vecinas. El fiscal que hizo el levantamiento le dijo a Diego Hernández, un amigo, que fueron en total seis impactos, todos de carabina, y que esas armas eran las que usaban los milicianos”.

Doña Nelly:

“A mi hijo le entraron balas por todo el cuerpo. El primer impacto se lo dieron en el vientre, Álex lo vio. Pero también tenía otros impactos en la cabeza. Parece que le hubieran seguido disparando mientras rodaba por el barranco”.

Juan Diego:

“Mi mamá estaba lavando la ropa que le entregaron en la funeraria cuando encontró una ojiva, era de un Galil 5-55. Las casas de al lado tenían esquirlas del mismo calibre. Ese día el ejército estaba usando Galil 5-55 y 7-76. Los fragmentos de bala que encontramos en el piso de mi casa las llevamos como prueba a la Procuraduría y fuimos hasta el periódico para que rectificaran la información. Esta apareció el viernes 25 del mismo mes y en ella se corrigió la edad de Elkin, y se agregó que fue por seis impactos de bala que murió.

Adriana Arboleda es abogada de la Corporación Jurídica Libertad y en sus manos está este caso. En esta corporación nos dijeron que todo está en proceso y que lo primordial era que mi mamá entablara una demanda al Estado. Queremos que nos indemnicen la pérdida de mi hermano, pero más que la indemnización, queremos que esta muerte no quede impune”.

Doña Nelly:

“La doctora Adriana Arboleda tiene el caso con todas estas pruebas y hasta hoy no me ha informado nada sobre cómo va el proceso. La última vez que la llamé a la oficina (el lunes 17 de febrero) me dijo: “usted sabe que este proceso se demora mucho, por ahí siete u ocho años”. También indicó que así son la mayoría de demandas que se le hacen al Estado.

Adriana Arboleda (en entrevista telefónica):

“Llevé el caso ante la Justicia Penal Militar, pero hasta ahora ni siquiera han abierto la investigación. Lo cierto es que allá ya se están pasando del descaro”.

Aun no se ha esclarecido el número de muertos y heridos que dejaron los enfrentamientos armados entre los grupos insurgentes y la Fuerza Pública en la operación Orión, la cual terminó el domingo 20 de octubre en la noche, cuando el alcalde Luis Pérez Gutiérrez declaró el toque de queda en la zona. Las fuentes oficiales hablan de 14 muertos y 45 heridos. Carlos Mario Tabares, líder comunitario, declaró para este informe que en realidad los muertos fueron 44 y los heridos 112.

Carlos Mario Tabares:

“Faltaron medios de comunicación y diálogo para enfrentar el conflicto. La fuerza pública cometió muchos atropellos durante esta absurda operación, planeada desde lo militar, y no desde lo social. A los pobladores de estos barrios les vulneraron los derechos humanos. Murieron muchos inocentes. Otros quedaron con daños físicos y sicológicos, y hasta ahora no han recibido ayuda. Ahora se vive una tensa calma. Hay una guerra primitiva. Aunque se cree que el poder militar del Estado hace presencia en los barrios, sabemos de desapariciones y homicidios con arma blanca por parte de los paramilitares”.

Abril de 2010:

El 29 de octubre de 2009, la Fiscalía, el Departamento Administrativo de Seguridad y la Fuerza Pública emitieron el boletín informativo Nº 9, en el que, dando parte sobre la Operación Especial Conjunta Orión, se presentó al seminarista Elkin de Jesús Ramírez como uno de los guerrilleros muertos en combate. Dado que Elkin de Jesús fue un civil ejecutado por tropas del Ejército Nacional, se entiende que fue presentado como un falso positivo de la Fuerza Pública Colombiana. La expresión de falso positivo es una denominación aplicada a los casos conocidos de civiles asesinados por la Fuerza Pública Colombiana, y que luego son presentados como guerrilleros dados de baja en combate, dentro del afán institucional de demostrar avances en la lucha contra la insurgencia. Aunque los falsos positivos hacen parte de una de las formas de terrorismo de Estado y violación de derechos aplicados tradicionalmente en Colombia, fue durante el gobierno del presidente Álvaro Uribe Vélez que este fenómeno alcanzó mayor dimensión y visibilidad en la prensa nacional e internacional.

A diez años de su muerte, el caso de Elkin de Jesús permanece en la impunidad.

Lluviadeorion.com promueve procesos de reconstrucción de memoria histórica del conflicto armado en Colombia.

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