México: cómo los narcos usan indios para pasar droga por la frontera

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Luis Chaparro. Spleen Journal.-

Fotos: Luis Chaparro y Francisco Servín

Sobre la tierra rojiza que recorre los estados fronterizos entre México y Estados Unidos, existen poblados que han intentado conservar sus costumbres a través de cientos de años. Pero de un tiempo para acá las cosas han cambiado, el negocio de las drogas ha manchado todo.

En la Sierra de Chihuahua, donde antes se sembraba maíz, ahora se siembra marihuana. Cuando antes se corría por deporte, ahora se corre para cruzar droga hasta los Estados Unidos. En las montañas de la misma sierra, son los menores quienes conforman el ejército más letal del cártel y al norte, ya en tierra estadounidense, los indios nativoamericanos son los encargados de guardar la preciada mercancía.

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La comunidad Tarahumara (‘El de los pies ligeros’ en su idioma natal) ha visto decenas de capos formarse en sus tierras. Siempre son el mismo hombre, un joven codicioso con ganas de superarse, de dejar el campo atrás y convertirse en “empresario”.

Quienes lo logran siempre regresan a ofrecer algo a la comunidad. Llevan dinero y ciertos lujos pasaderos a sus familias y vecinos por los viejos tiempos. Pero sólo Joaquín Guzmán Loera regresó de una manera tan agridulce: a ofrecer trabajo, pero también muerte y esclavitud.

Desde Ciudad Juárez, en la frontera entre México y Estados Unidos hasta Creel, el primer poblado Tarahumara hacia el sur del estado de Chihuahua, se recorren poco más de seis horas en auto, entre sinuosas curvas y paisajes llenos de breves asentamientos y sembradíos interminables.

Los panoramas y el interés por las comunas indígenas habían impulsado el turismo de estadounidenses, europeos y de los mismos mexicanos casi desde que Antonin Artaud escribió “Les Tarahumaras” en 1947.

Con el devoradero de sus tierras por las grandes ciudades y el olvido de la agricultura por parte de los gobiernos, era sólo cuestión de tiempo para que un hombre los explotara sin que ellos tuvieran opción y, desde que comenzó una cruenta guerra de cárteles por apoderarse de territorios clave para la siembra y distribución de narcóticos, es la droga la que da de comer a una gran parte de estos indígenas.

Apenas en la entrada del pueblo las sirenas de cuatro patrullas de la Policía Federal instaladas en un retén violentan el tranquilo paisaje boscoso. Pero pasando la revisión la calma ancestral regresa y me dirijo hacia la plaza principal, frente a una iglesia y al lado de un hostal para extranjeros.

Ahí encuentro a Bernardino, un joven Tarahumara que ha accedido platicar conmigo. A pesar de no estar ataviado con sus ropas tradicionales, el rostro recio delata su origen. Los ojos rasgados y profundos, una nariz ancha, los labios secos, apretados hacia dentro.

Lo saludo y apenas atina a decirme ‘buenas tardes’ en un español golpeado. Mientras el sol cae tras las montañas verdes en las que termina la única avenida, Bernardino me cuenta que tiene 17 años y que su abuela vive a unos kilómetros sobre la misma montaña. Me dice que hasta donde él sabe, ella siembra maíz y no marihuana. Le pregunto que dónde están los que siembran marihuana y su respuesta salta hasta a los dueños de la droga.

-“Aquí andan las trocas de narcos. Luego, luego se ven. Andan ofreciendo jale, a puros chavos”.

-¿Qué tipo de jale?, pregunto.

-“De burrero”.

Los ‘burreros’ o ‘costaleros’ son la fuerza bruta del ‘tráfico hormiga’ de droga hacia los Estados Unidos. Son personas que cargan costales o mochilas llenas de marihuana o cocaína por todo el desierto hasta algún lugar en el vecino país. Se llaman burreros porque cargan los costales sobre el lomo, como burros.

Bernardino ‘bajó’ de la Sierra al poblado de Creel hace apenas unas semanas para encontrar a alguien que lo lleve a Ciudad Juárez a trabajar en la construcción. En la frontera, adolescentes como él son la carne fresca para los cárteles por ser recién llegados y en busca de cualquier empleo con el que puedan sustentar a sus familias.

La noche ha caído sobre Creel y se escucha música ranchera y narcocorridos que salen por las ventanas de los automóviles que dan vueltas una y otra vez sobre la avenida principal. Antes de despedirnos le hago una última pregunta: “Si yo te ofreciera lo que ellos, ¿le entras de burrero?”

Su respuesta es categórica. “No. Yo no le he entrado porque si te equivocas te matan.”

A los que nacimos en la ciudad, los Tarahumaras nos tienen un apodo: chibochis.

Quiere decir ‘hombre blanco’ o ‘mestizo’ con una connotación despectiva, desde que ellos son los dueños originales de estas tierras. Ellos saben que han estado aquí mucho antes que nosotros los chibochis. Es por eso que entrevistar a un Tarahumara se hace complicado. Hablan poco y se siente el recelo.

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Luego de pasar un par de días con Bernardino, me presenta a un grupo de jóvenes. Dice que son sus amigos “de aquí del pueblo”. Ellos me cuentan que en unos días irán a Ciudad Juárez por tercera vez y llevarán unas mochilas con marihuana hasta una ciudad en la frontera de Chihuahua y Nuevo México.

Entre los campos de siembra ubicados en los alrededores de Creel es difícil avistar algo más que matas de maíz o frijol, pero basta con adentrarse a los campos, al fondo de la Sierra para que las largas plantas de cinco hojas comiencen a asomar.

Para ingresar a los campos es imposible llevar cámaras o cualquier cosa que levante sospechas de un trabajo de investigación.

Los amigos de Bernardino me dieron direcciones de un campo donde se siembra marihuana. El sembradío que está al final de un largo camino de tierra es de unas 50 hectáreas y en medio hay un hombre trabajando la tierra. Me acerco cauteloso y luego de ganarme su confianza, me dice a cuenta gotas que su familia ha cultivado la marihuana en esa tierra desde hace tres generaciones.

Cuenta que en aquel entonces ellos eran los únicos, pero que ahora “está todo lleno”. Me dice que le pagan 500 pesos (unos 45 dólares) por trabajar la tierra y recoger la marihuana, pero que los narcos han hecho algo que el gobierno no les ofreció: instalar un pequeño sistema de riego para combatir la sequía.

“El narco hasta nos ayudó más que el gobierno”, dice escondiendo una risilla tímida.

Desde hace décadas, los mestizos, o chibochis, les han quitado el 90 por ciento de sus tierras para obras públicas, carreteras o “ranchos privados de la Coca-Cola y otras multinacionales”, explica el hombre.

Lo poco que dejaron quedó a merced del clima y en los últimos cuatro años los efectos del calentamiento global lo han destruido prácticamente todo. Cuando no es la sequía es la inundación. Y en ese contexto, el narco ha llegado como una amenaza pero también como un amargo alivio.

Antes de salir de la Sierra, una mujer de la misma comunidad me recomienda hablar con un trabajador social que vive en la Sierra de Chihuahua desde hace 20 años.

Randall Gingrich es un estadounidense que ha estado de cerca de los Tarahumaras, impulsado por una convicción de poder rescatar lo poco que queda de su tradición y de sus tierras.

Gingrich afirma que el narco se ha vuelto ‘omnipresente’ en la Sierra y que el uso de Tarahumaras por los cárteles se puede ver sin indagar demasiado. “La situación ha empeorado mucho en los últimos 20 años. He visto cómo los mafiosos han cambiado la manera de actuar con los Tarahumaras. Ahora son omnipresentes”, cuenta alarmado.

El cambio de actitud al que Gingrich se refiere es que anteriormente el narco se limitaba a comprar sus terrenos para la siembra a un precio casi simbólico, pero no buscaba involucrar directamente a los indígenas.

Gingrich además me explica por qué aún existen jóvenes como Bernardino, que no se han atrevido a cruzar de burreros: “Si te emborrachas te matan, si te equivocas te matan, si huyes te matan, si pierdes la mercancía te matan”, dice con una cacofonía que suena a metrallas. “Y a veces ni si quiera te pagan”, termina.

En México la única y verdadera democracia está en el narcotráfico. Las leyes del narco no conocen de sexo, raza, religión o clase social. Para este ‘gringo’ quien ha trabajado en la Sierra hombro a hombro con los Tarahumaras la realidad no ha sido distinta de la de ellos. En más de una ocasión los narcos le han disparado “por deporte”.

Gingrich afirma que ha visto cómo los indígenas se han adaptado a casi cualquier situación, pero que el narco se ha hecho de la misma habilidad.

“A veces los Tarahumaras se refugian en cañones o barrancas, pero resulta que esos son los lugares favoritos de los narcos porque están escondidos de todo”.

Los indígenas nativos de la Sierra de Chihuahua no tienen escapatoria: la mayoría luego de sobrevivir a la hambruna, las amenazas del narco y cruzar una frontera cargado de drogas, terminan en manos de las autoridades estadounidenses quienes los condenan a pasar hasta 30 años en una prisión federal.

Ken del Valle, un abogado particular en El Paso, Texas, ha atendido a “docenas” de Tarahumaras arrestados por tráfico de drogas en esta frontera en los últimos cuatro años.

Desde su oficina, un edificio en el centro de la ciudad marcado por la leyenda “se habla español”, Del Valle cuenta que en concreto pueden haber sido “fácil” 50 jóvenes Tarahumaras acusados de ese delito desde 2008, pero considera que la cifra podría ser mayor, teniendo en cuenta que a otros abogados particulares también les son asignados casos en los que se ven involucrados los nativos.

Del Valle dice que el negocio comienza reclutando jóvenes en ciudades como Parral, Cuauhtémoc, Creel o Juárez.

“Cuando los jóvenes se van a las ciudades o a los pueblos a buscar trabajo, ahí los reclutan. Andan (los supuestos narcotraficantes) en una camioneta preguntando quién quiere entrarle a la burreada, para que crucen con una mochila cargada de marihuana”, cuenta Del Valle a partir de las entrevistas con sus clientes.

“Luego los llevan con un guía, los acercan a donde está la droga y los dejan en la frontera. Los mandan en grupos de siete o diez chavos, cada uno con unos diez kilos y les ofrecen mil 500 dólares si la arman”, afirma el abogado.

El guía, agrega, lleva un teléfono celular y es el que tiene todos los números de contacto para entregar la droga aquí. “Caminan de noche y descansan de día”.

Pero la mayoría de los tarahumaras no saben una cosa: “Si agarran a un grupo y cada uno tiene diez o veinte kilos de mariguana, es una conspiración por el total, es decir, por 100 o 200 kilos y todos son responsables por los 100 o 200 kilos”, dice.

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La red de ‘El Chapo’ no termina con los Tarahumaras. En el hermético pueblo de Guadalupe y Calvo, al sur del estado de Chihuahua en la frontera con Sinaloa, se asienta la etnia Tepehuana, donde a los más jóvenes, el Cártel de Sinaloa los está usando para formar un ejército de indígenas drogados con crack y armados con AK-47’s.

Tepehuan significa gente de la montaña y ya desde los 1600 luchaban batallas sangrientas para liberarse de los españoles que habían llegado a sus terrenos a intentar apropiárselos. Finalmente resistieron a la civilización española y se aferraron a la sierra del occidente de Chihuahua.

Sobre la carretera que conduce al pequeño territorio se han instalado retenes de hombres armados quienes incluso han decomisado los rifles de asalto de la Policía Federal y ahora les exigen dos mil pesos (unos 150 dólares) por regresarlas.

Para entrar es necesario hacer algún contacto desde el exterior y usar el pretexto de ir a visitar a algún familiar o de llevar despensas a los centros comunitarios.

Un hombre que aceptó ser mi guía dentro del pueblo me cuenta la situación: un albergue local que funge como refugio para los indios Tepehuanes que no tienen hogar, es el sitio ideal para reclutar jóvenes que se sienten desamparados, que han salido de lo más remoto del gigantesco estado de Chihuahua en busca de lo más básico para sustentar a sus familias.

Para El Chapo el ejército de Tepehuanes es distinto a las células de sicarios. Su labor no es la de un asesino a sueldo, sino la de un soldado frontal esclavizado para tomar nuevos territorios controlados por otros cárteles.

“El mismo Chapo ha estado aquí en Guadalupe y Calvo para armar operativos. Supuestamente fue herido de bala en una pierna hace un mes mientras entrenaba a los Tepehuanes”, me dice mi fuente.

Según sabe de primera mano, el entrenamiento es profesional y cuentan con campamentos tipo militar donde son instruidos de la misma manera que lo hacen las células terroristas en Medio Oriente. Los jóvenes son “internados” durante seis semanas y obligados a fumar crack como parte del entrenamiento.

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Cruzando la frontera entre Estados Unidos y México, en el sur del estado de Arizona se asientan unas 25 mil ‘personas del desierto’, los Tohono O’odham. Tribu que durante los últimos diez años ha sufrido las consecuencias del reforzamiento de las leyes de migración que han separado a sus familias.

Es ahí, en una tierra milenaria e independiente, donde el Cártel de Sinaloa esconde un alto porcentaje de la droga mexicana que será distribuida por todo Estados Unidos.

La ciudad de Tucson, en Arizona, tiene la mayor parte de la reserva de O’odham, un punto estratégico para el trasiego de marihuana, cocaína y metanfetamina de México a Estados Unidos.

Un adolescente miembro de la tribu y quien me guía en Arizona, conoce bien del negocio de las drogas. Hace apenas unos meses estuvo preso y salió bajo supervisión luego de que lo arrestaran transportando una mochila con 50 libras de marihuana.

“Me ofrecieron dos mil dólares por sacar la droga mexicana de la reserva y llevarla hasta un lugar en el centro de Tucson”, me relata bajo el cielo más limpio que haya visto nunca.

El joven que solo quiere ser llamado Jason, cuenta que miembros del Cártel de Sinaloa se acercaron a él cuando salía de la escuela y le pidieron “un favor muy fácil”. Aun asustado, Jason aceptó porque pensó que sería algo sencillo y con mucho dinero de por medio, pero al cruzar uno de los retenes de la Patrulla Fronteriza instalados sobre las carreteras, de inmediato supo que lo atraparían. “Escuché los perros, los radios de comunicación y personas hablando. Supe que ya había terminado aquí todo”.

El agente Rodney Irby de la Oficina de Investigación Migratoria y Aduanera (ICE) me dice que ésta es la más reciente estrategia de los narcotraficantes para ingresar droga a los Estados Unidos: “ganar terreno dentro de las comunidades tribales en Arizona”.

Los mexicanos hacen la labor de cruzar las mochilas o incluso animales, cargados de droga por el desierto y una vez de aquel lado, buscan un lugar seguro para guardar toneladas de marihuana y eventualmente transportarlas por la carretera I-10 hasta ciudades como Phoenix, Chicago y Denver. El lugar más seguro, por supuesto, es una reserva india que no queda a merced de las autoridades federales estadounidenses y donde nadie sospecharía.

La administración de la tribu Tohono O’odham se encuentra en la ciudad de Sells, Arizona, a pocos kilómetros de la frontera con Sonora. Ahí me encuentro con Verlon Jose, miembro del concilio de la comunidad.

Jose me cuenta que ‘El Chapo’ intenta ser parte de la comunidad por la sencilla razón de que cree que ahí puede guardar su droga una vez que cruza la frontera. “Quieren atraer a los miembros de la tribu porque creen que así estarán dentro de la comunidad”, me explica el indio nativo americano.

Dice que las medidas que están tomando son denunciar a los narcos “a pesar del miedo” y expulsar a los miembros que se involucren con ellos.

Ya entrada la noche, otro integrante de la comunidad, me explica que no todo está perdido en el desierto de Sonora. “Aún tenemos buen corazón y aunque sean narcos, hay veces que los hemos ayudado porque cruzan ya deshidratados”.

El Equipo Médico de Emergencia (EMT) de la reserva tiene contacto directo con la Patrulla Fronteriza con la finalidad de comunicarse y coordinar operativos, pero también ayuda a los indocumentados o traficantes que se encuentren por sus tierras.

El hombre me explica que la tribu, de hecho, paga la mayor parte del dinero usado para la seguridad fronteriza y servicios de emergencia.

“Junto a Janet Napolitano, le hemos pedido al gobierno federal que nos pague de vuelta lo que hemos invertido en estos dos rubros, pero no nos han dado nada”, se queja Verlon.

Es en esta tierra de indios donde se pierde el rastro de la droga y es, desde aquí, de donde partirá en automóviles particulares, camiones de carga e incluso avionetas hacia el resto de los Estados Unidos para ser consumida por jóvenes enfiestados y políticos acongojados.

Seguramente una pequeña cantidad tendrá la mala suerte de terminar decomisada y abandonada en un solitario cuarto de evidencias donde a los únicos que podrá condenar, es a quienes no les dejaron otra opción más que cargarla por el desierto.

*Las coordenadas geográficas que nombran los capítulos dentro de esta crónica son interactivos con Google maps y señalan la geolocalización exacta de la que se habla en el texto.

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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