México: un día en el pueblo donde asesinan a los candidatos

David Espino – Para Cosecha Roja.-

Una parvada de zopilotes revolotea sobre el cadáver de un animal en medio de la carretera. Parece un tejón o una ardilla. Es difícil saber porque la llantas de los carros lo han destrozado sobre el asfalto del tramo Ayutla-Cruz Grande al punto de dejarlo irreconocible. Los zopilotes se ven mucho por estos caminos. Zopilotes como manchas negras en lo azul del cielo, zopilotes amontonados en la rama baja de un árbol, zopilotes dando pequeños saltos para hacerse a un lado cuando ya no pueden seguir devorando la carroña, o de plano echándose a volar cuando se sienten arrollados.
Unos kilómetros antes de entrar a Ayutla, las aves se muestran en su habitad. Cortan el viento, planean sobre el bosque de neblina, desafían la gravedad. Es su reino.
En Ayutla se pierde la vegetación e inicia el concreto. Las casas de corredores de teja, las tienditas, las escuelas y los anuncios de las campañas electorales llenan la vista ahora. Un par de gallardetes de Margarito Genchi Casiano –el último de los candidatos asesinados- cuelgan en la calle principal de la ciudad, señal de que el distrito 14 más o menos por acá inicia, señal de que el cemento que recubre su lápida aún está fresco. Unos metros más hacia fuera de la cabecera está la brecha que da al lugar donde hace cuatro años, por estas fechas, asesinaron, también, al candidato del PRD por el mismo distrito, Homero Lorenzo Ríos.
La historia se repite. El 25 de septiembre de 2008 Lorenzo y su hija Hilda Ruth se ejercitaban en un paraje afuera de Ayutla. Homero era alcalde con licencia y si ganaría la diputación local por la que contendía contra el priísta Alvis Gallardo Carmona ya no podrá saberse. Una semana antes de las votaciones un grupo de hombres armados lo asesinó. Ahora recorremos la vía federal y dejamos atrás la brecha donde mataron al candidato, la dejamos atrás porque el pueblo a donde vamos es otro: vamos a Llano Grande, donde el 11 de junio pasado hombres armados asesinaron a Margarito, el segundo candidato del PRD muerto, aunque en diferentes periodo de elecciones, de manera consecutiva.

***

El ambiente de Cruz Grande, a 100 kilómetros apenas del balneario de Acapulco, parece tranquilo. Los escolares salen de sus escuelas, el comercio sigue su curso de todos los días, en el zócalo los muchachos platican a risotadas, un hombre reparte propaganda del candidato del PAN a la alcaldía y hasta unos que otros novios retan, abrazándose, al calor de cerca de 40 grados de las 12:00 del día. Es más, aun un grupo de cinco chicos se fuma un churro de mariguana enfrente del ayuntamiento, donde los policías se sacuden la modorra sofocante. En la iglesia de la Santa Cruz que está metros arriba una señora con un muchacho hacen arreglos con flores. En el fondo estallan cohetones, pero no se sabe por qué, y cuando se les pregunta la señora apenas y alza los hombros.
En las casas de campaña de los candidatos a alcalde Ociel García Trujillo y Alvis Gallardo Carmona, la gente llega de a poco, bien para tratar asuntos personales, para entregar sus listas de promovidos (hojas con nombres de 10 gentes que estén dispuestos a votar por cualquiera de ellos) o bien para hacerles sugerencias. Todo parece normal, y no. En corto la gente dice cosas, murmura su temor, hace cuentas de los asesinatos y de los secuestros. Para este día, según nos dice una comerciante a la que le dicen Chica, van como cuatro.
–Apenas ayer secuestraron a una muchacha de la prepa. Dizque pedían tres millones –dice a la orilla de la carretera federal donde tiene su tienda de pinturas.
Los charcos de agua dan cuenta de la lluvia de un día antes. Chica, una mujer madura cuyo vestido negro hace juego con el color de su piel, platicaba con tres comerciantes más cuando nos acercamos.
–Y hoy acaban de secuestrar al hijo de un médico –vuelve a decir.
Sus dichos vienen a cuenta porque en cuanto nos saludó lo primero que salió a la plática fue el asesinato de Margarito, tres días antes, pero de esto no dijo mucho porque estuvo fuera del municipio el día que ocurrió.
Dice en cambio que la situación es muy difícil, que la gente tiene miedo, que es apenas hoy jueves que viene abriendo su tienda por andar fuera y luego, ya al final cuando nos despedimos, recomienda que nos cuidemos mucho.
En la ferretería que está a unos metros de la tienda de pinturas de Chica, cuelgan más gallardetes de Margarito. El dueño, Luis Manzanares, es un perredista que buscó la candidatura a la alcaldía pero que perdió frente a Ociel, un muchacho de unos 30 años a quienes muchos le ven amplias posibilidades de ganar. Al menos los perredistas, y el dueño de la ferretería es uno de ellos.
–Vamos a ganar –nos dice–. Ociel hubiera perdido si yo no me sumo, pero lo estamos apoyando y vamos a ganar.
Sobre la muerte de Margarito prefiere no hablar. Excusa que tiene prisa y se le cree, porque está arriba de su camioneta pick up con el motor encendido; sin embargo, se nota ansioso, y ante nuestra insistencia apenas y nos da seña de cómo llegar a la casa de Margarito.
En El Perico la fiesta debe continuar. Aunque en la pozolería de más tradición en Cruz Grande apenas cuatro mesas de las treinta que hay están ocupadas. El grupo Los Ramírez, de San Marcos, busca amenizar a los comensales que comen menos de lo que beben. El sonido de la guitarra, la batería y teclado tiene el inconfundible estilo de la costa de Guerrero.
–Para ser quincena y ser jueves –nos dice ahora El Perico, un hombre blanco y sonriente, dueño del restaurante– el lugar está vacío… ¿Pero qué se toman? –nos pregunta efusivo.
El agua fría sigue siendo la opción contra el calor.
–¿Es por lo mismo? –le preguntamos.
–Sí. La gente no salió hoy. O no como en otras ocasiones. En este lugar se empieza a comer a las 3:00 de la tarde y a las 11:00 de la noche van saliendo bien servidos. Toda la tarde está lleno.
El Perico confirma lo que se dice en la calle. Hay temor porque no se sabe quiénes son los delincuentes que están secuestrando y muchos menos quienes pudieron haber matado a Margarito.
–Yo por eso no he dejado salir a mis hijos –dice sin parar de reír y de dar instrucciones al único mesero que hoy ocupó.
Te han dicho de mí / que soy como el río / que llega, que besa, que besa y se va. / Te han dicho que soy / frívolo y vacío / que soy como el lobo que caza y se va…
Siguen Los Ramírez con la música.
–¿No van a comer? –nos pregunta. Negamos con la cabeza y entonces entendemos que es mejor despedirnos.
De fondo queda la fiesta.

En Llano Grande el ambiente es otro. En el pequeño pueblo cuyas casas en su mayoría son de adobe y teja hay un luto modesto, un luto verdadero. No se oye música, poca gente deambula por la calle principal, la única pavimentada. Tampoco hay gente en los corredores, aunque las puertas permanecen abiertas para mitigar el sopor. Los almendros no dan sombra a nadie y conforme se avanza hacia las afueras del poblado, con rumbo a lo que fue el pequeño rancho de Margarito, da la sensación de que todos se han ido. Una casita austera, de adobe y teja de donde nadie se asoma siquiera, aún tiene pintada la propaganda de cuando se lanzó para alcalde en 2005 y ganó.
Terminó en 2008, luego siguió en su labor de dirigente del sindicato refresquero en Acapulco y haciendo vida política en el PRD dentro del grupo Izquierda Renovadora hasta el fin del gobierno en 2011. Ahora, cuatro años después de terminar su mandato de alcalde, buscó la diputación local por el Grupo Guerrero.
El rótulo con su nombre, Margarito Genchi, a un lado del escudo del sol azteca. Una barda alta de tabiques oculta la casa y le da lugar al corral con postes de concreto y tubo donde pastan vacas y becerros. A unos metros se ven unos toldos de lona blanca y al fondo unas caballerizas pero no asoman los pura sangre que Margarito sabía tener. Luego, pasando apenas el corral, a unos cuantos centímetros del camino, bajo un árbol, yacen las flores marchitas y las veladoras ya apagadas donde el 11 de junio cayó muerto por las balas de pistolas 9 milímetros y 38 que los asesinos usaron en su contra.
Desde afuera el caserón parece solo, pero conforme avanzamos de regreso, luego de dar la vuelta adelante del camino que seguro lleva a una playa, percibimos la mirada de un hombre desde adentro. Decidimos seguir hasta la mitad del pueblo y parar en una pequeña tienda donde dos botellas de agua fría calman el calor de 40 grados. Es una caseta de la Coca-Cola donde una señora joven con una niña que luego desaparece atiende a la vez que ve una telenovela en el Canal 2 de Televisa, de las únicas señales, además de las de TV Azteca, que recibe aquí el aparato. Unos niños con la camisa desabotonada y descalzos llegan a comprar golosinas. Se muestran huraños y no lo disimulan a la hora de mirarnos con ojos de extrañeza.
En la televisión salen los spots de Peña Nieto, uno muy al estilo del #YoSoy132 cuando anunció su conformación. Luego otro de Josefina Vázquez, diciendo si la gente votará por la regresión o por la intolerancia. La telenovela reinicia pero el tema político queda en el lugar y lo aprovechamos.
–Ya se dicen muchas cosas –nos dice la señora cuando le hacemos referencia al asesinato de Margarito–. Que fueron dos hombres que hicieron como que le querían comprar unos becerros y cuando él les dio la espalda para enseñárselos le dispararon; que no, que fue uno solo, que llegó en una camioneta lo mató y se fue; que seguramente sus peones no estaban en ese momento porque si no otra cosa hubiera sido; que a lo mejor fue de algún problema que traía en Acapulco. Ya ven como están las cosas allá que a diario están matando gente. De a cuatro, de a 10. ¡Qué horrible está eso…!
–Tenía fama de mujeriego.
–Eso sí, para qué negarlo, traía así –dice y junta las puntas de sus dedos de ambas manos–, de a muchas –reímos todos.
–¿Y usted no oyó nada?
–No, para qué más que la verdad. Fue muy temprano, como eso de las 7:00 de la mañana. A esa hora apenas uno se anda alistando para llevar a los niños a la escuela y algunos muchachos de secundaria ya se andan yendo.
–Oiga, pero ésta es la única calle; por aquí debieron entrar y salir luego de que lo mataron.
–Sí. Pero a saber.
La tendera habla sin titubear. Sonríe a veces, a veces mira de reojo el televisor para no perder la secuencia de la telenovela, pero sobre todo platica de lo preocupados que están todos en el pueblo porque simplemente no se explican de dónde pudo venir o quién pudo haber mandado matar a Margarito.
–Aquí lo queríamos mucho –dice–; pero a ver, nomás nos quedó el recuerdo –y señala un gallardete del candidato que cuelga del techo de lámina de asbesto.
Luego señala la calle pavimentada con arena esparcida por la lluvia de un día antes y asegura que ésa la hizo Margarito cuando fue alcalde.
–Si le digo que aquí lo queremos mucho. Mucha gente lo está sintiendo. Él iba a ganar. Ahora a saber quién va a ser el candidato.
Para cruzar hacia Llano Grande, si se viene del rumbo de Cruz Grande, se tiene que pasar el 48 Batallón de Infantería, incluso la carretera que conduce al poblado casi es limítrofe con el predio donde se encuartelan los soldados. Y si se viene de Acapulco se tiene que pasar al menos un retén de soldados hoscos y ceñudos que revisan las mochilas, las cajuelas de los automóviles y piden identificación.

Desde acá arriba, desde el camposanto con tumbas de 1963, caminos perdidos entre las sepulturas con cruces de maderas remendadas con alambre recocido y flores artificiales se mira la cúpula de iglesia de Santa Cruz. Más arriba se mira el pueblo, los muertos de acá tienen buena vista. Pero el panteón está demasiado lleno y no cabe un difunto más, salvo quienes en vida compraron su pedazo para bien morir. Al entrar, bajo un arco con el rotulo de Panteón municipal, un hombre sale a nuestro encuentro y nos pregunta si andamos buscando a los compañeros. Pensamos que se trata de compañeros del PRD que vienen a visitar a Margarito y decimos que sí. Entonces nos señala una lomita.
–Ahí están –nos dice.
No son ellos. En realidad se trata de una familia que limpia la lápida de algún familiar. Les preguntamos por la tumba que buscamos y nos mandan con los albañiles. Un chico moreno como de 17 años le da su espalda desnuda al sol mientras mezcla cemento. Otros hombres mayores pegan tabiques. Seguro hay otro difunto, pensamos. Le preguntamos por la tumba de Margarito, y el más grande nos responde.
–Está hasta allá, en aquella lomita. Luego, luego la van a ver, es la más bonita.
Se tiene que salir del panteón para llegar a la cripta familiar de los Genchi. Las coronas de claveles que aún huelen atiborran el lugar. Está sin detallar. Paredes revocadas sólo con concreto, mangueras negras en el techo y baldosas que no han sido colocadas. El acceso está enrejado y las cabezas de unos Cristos vigilan sangrantes a quienes llegan. Margarito no lo estaba construyendo para él, sino para su madre que murió un año antes y que fue enterrada allí. El lugar es una extensión del panteón municipal. Dos tumbas más acompañan a la de Margarito cuyo cemento que la recubre aún está fresco. Desde acá no se ve ni la cruz que emerge de la cúpula de la iglesia ni la pequeña Cruz Grande. Un cerro de abrojos y espinales tapa incluso cualquier intento de ver la caída del sol a las 7:00 de la tarde.

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