Neonatología, incubadoras y amor

incubadoraF. estuvo en la Neonatología del Hospital perdido en el conurbano bonaerense casi 10 meses. Cuando nació, su expectativa de vida era de algunas horas. Porque F. era el bebé cuyo cráneo tenía un agujerito, del que salía algo así como un chinchulín delgado y corto, y pesaba poquito, y había que ponerle un pañal que era algo así como un ¿dedal?.

F. nos movilizó como pocos: ninguna enfermera de Neo lo dejó solo un instante. Las psicólogas trabajamos mucho con la mamá y familiares, los médicos no paraban de investigar casos testigo y las paredes del hospi se llenaron de mensajes de amor y fuerza.

En la puerta las vecinas y comadres de la mamá, una joven paraguaya que era trabajadora golondrina, vendían bizcochuelo y café para solventar los gastos.

F. llegaba al tercer mes gordito, con ropa hermosa que se aportaba en conjunto. Los pañales ya se podían comprar en el supermercado. Tuvo la colección de gorros más hermosos de la Neonatología del Hospital Materno Infantil de los confines del conurbano.

Su cunita estaba llena de peluches y aunque él estuviera ciego, nosotras nos ilusionábamos.

Cada tanto se lo trasladaba a algún hospital de mayor complejidad y siempre volvía sin nada: el caso era imposible.

Para nosotras F. fue una fiesta: la pared de acceso a la Neo estaba cubierta con sus fotos y mensajes de aliento, era llegar y preguntar como estaba, seguir el muro de Facebook de su campaña, aportar e intercambiar materiales con los médicos (cosechas, agrotóxicos, condiciones infrahumanas de trabajadoras golondrinas).

Estela, la enfermera a cargo del equipo de Neonatología, lo tomó como causa personal: F. iba a vivir. Hicimos reuniones donde contábamos experiencias, intercambiamos, otra enfermera fue su madrina –F. reaccionaba cuando ella lo apoyaba en su pecho.

Un día lo operaron y no sobrevivió: casi un año tenía.

Lloramos y nos abrazamos, tomamos el último café y comimos el último bizcochuelo de la campaña de F. Pero Estela, canosa, brava, dijo: “Nosotras vencemos a la ciencia con el amor”.

No fue una pérdida: ganamos meses de F., y él nos ganó a todas nosotras.

La mamá pudo ir haciendo el duelo, pelear, dar notas, organizar al barrio, y conseguir que lo operen.

Los médicos estudiaron en meses lo que podría haberles llevado años de un posgrado. Se articuló con otros hospitales, F. fue una presencia constante y amorosa.

Nadie más usó su ropita, sus juguetes, sus chupetes, y –sobre todo- sus gorritos.

En la Neonatología se trabaja todo el tiempo con el límite: la máquina y ese “piiiiipppppppp” sonoro, estridente que marca la divisoria entre la vida y la muerte. Se cae el mate sobre los bizcochos ante una tos persistente, un ahogo, un llanto incontrolable.

Después de F. vino “Victoria”, la beba abandonada en un tacho de basura. Y los gemelos de 800 gramos de la mamá de 15 años con sifílis. Y los familiares de los mellizos down, que dieron datos falsos y fueron inubicables.

Esa es la parte de la Neonatología que yo conozco, la que contiene incubadoras.

La que cuando medio conurbano estaba sin luz recibió 24 prematurxs y ninguno murió.
Leía yo sobre el proyecto de la diputada Campagnoli (PRO), contraria a la Ley de Aborto Legal, seguro y gratuito, acerca de que las mujeres que no deseen tener al bebé lo “sostengan” en su panza hasta la semana 20 o 21, cuando “puedan sacarle al bebé del vientre” y “trasladarlo” a una incubadora, para que su “resultado” pueda ser entregado a una familia tramitadora de una “adopción prenatal”.

Más allá de toda cuestión ética –¿se puede discutir la ética del disparate?- pensaba yo que esta gente que escribe proyectos no ha pisado una Neonatología en su vida.

Pocos lugares generan tanto dolor.

Porque una mamá –sea del estrato social y con las posibilidades económicas que pueda- arma un bolsito, un bolso de marca, o mete algunos trapos en una bolsa de supermercado y marcha al hospital para irse con su/s hijx/s en brazos.

O los abandona, como a los mellis down, pero dá la posibilidad de que lxs bebés sean alojados, acogidos, alimentados, abrigados.

O curadxs –madre y gemelos- de sífilis.

Hay que sacarse leche con el sacaleche –elemento de tortura del siglo XX que no ha mejorado mucho en el Siglo XXI. Hay que no poder tocar ni acunar a un hijo. Hay que estar sentada por horas esperando los partes, la evolución, esos “2100” gramos que habilitan el alta.

Hay que soportar en el pecho al bebé tapado nonato, o fallecido semanas después de esperar una evolución favorable.

La Neonatología es un espacio íntimo, de mucho deseo, de trabajo, de amor, de angustia, de dolor, donde en general transitamos mujeres.

En la nuestra hay médicos varones, el resto somos mujeres.

Lxs bebxs llevan el apellido de sus madres.

No me imagino ese espacio como un sitio de “alquiler” para familias adoptantes.

Las incubadoras alojan niñxs con dificultades en su nacimiento.

Las incubadoras son máquinas necesarias, imprescindibles.

Pero a F., “Victoria”, los mellizos y los gemelos los acunamos personas.

Y le pusimos todo el deseo que pudimos a acompañar, escuchar, pensar estrategias, alojar, estudiar lo que no sabíamos.

Eticamente, el proyecto es un agujero negro: sin sustento, inviable. Pero es fácil criticarlo.
Yo traté de contarles un poco del trabajo de un equipo de Psicología Perinatal, de lxs médicos de una unidad de Neonatología, de las enfermeras que ponen el cuerpo las 24 hs.

Yo traté, en este escrito, de contarles un poco del amor y el deseo que les ponemos a trabajos donde cuerpo a cuerpo ganamos días, horas, algún año o muchos a la muerte.

Yo traté de contarles que las máquinas que suerte, que la medicina qué suerte, pero sin el gorrito, el habla, el abrazo, el deseo, no estaría alcanzando.

 

 

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Miriam Maidana
Miriam Maidana

Psicoanalista, investigadora UBACyT en Consumos Problemáticos.

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