No es otro cuento chino

Edelvis Edith Librán nació en La Plata en 1952. Militó en el Partido Comunista Marxista Leninista, como su hermana Mirtha o “Monona”. En los ’70, conoció a Daniel Alfredo Inama, miembro del partido. Fue su pareja y padre de su primera hija, Paula. La mujer aún no declaró en ningún juicio: su testimonio yace bajo las sombras. Dice que se refugió en el silencio para vivir. Pero la memoria le demostró que difícilmente podía seleccionar qué cosas olvidar. Y qué cosas no.

 

Por Agustina Tartaglini y Julia Gallizzi

 

Mar del Plata fue el lugar del reencuentro. Corría 1977 y Dora Barboza y Edelvis Librán viajaban juntas desde La Plata. Eran dos mujeres que tenían algo en común, algo que era como un secreto a voces en la organización: ser madres de Ramón y Paula, ambos hijos de Daniel Inama, un cuadro político del Partido Comunista Marxista Leninista, que había sido pareja de ambas en distintos momentos de su juventud. La estadía clandestina de Daniel en Mar del Plata fue una de las medidas de seguridad que los miembros de la agrupación maoísta habían tomado ante la represión militar. Cuando llegaron, las mujeres pararon en un departamento donde también se alojaba “La Gringa”, una militante que vivía con su hija. Por esa casa pasaba Daniel a visitar a los suyos.

Y entre madres solas con niños, entre parejas ensambladas, entre ex novios y ex novias, en la intimidad del hogar todo transcurría en extraña normalidad.

Edelvis, que también militaba activamente en la organización, se quedó pocos días. Tiempo antes, había viajado con su hermana Mirtha, más conocida como “Monona”. Hasta ese momento, Daniel y Edelvis no habían cortado el lazo amoroso, pero Monona se enteró que su cuñado se presentaba ante los demás como “separado” y que había comenzado a salir con otra compañera, Noemí Beatriz Macedo. Al poco tiempo, Edelvis conocería esta situación y la pareja se separaría. Pero ahora estaba en Mar del Plata, reencontrándose con el que creía el amor de su vida y eso era lo que más importaba.

Nunca pensó que sería la última vez que lo vería.

Por razones de estrategia para distraer a los represores que lo buscaban, algunos días después del reencuentro, Daniel viajó a Capital Federal -aún no se sabe si lo hizo solo o con Noemí- y visitó a Jorge Manuel “El pianta” Giorgieff y a Teresa Galeano, un matrimonio amigo que vivía en un departamento en Barrio Norte con sus tres hijos, Darío, Nicolás y Natalia.

Inama llegó a instalarse durante un tiempo corto hasta que una patota irrumpió en el domicilio. Era el “Grupo de Tareas 3”.

Todo se produjo después de una cita “cantada” en la que cayeron otros dos compañeros: Oscar Ríos y Beatriz Longhi. Esa pareja, que en ese momento iba al departamento junto con su hijo Facundo, fue secuestrada por un operativo militar, igual que el matrimonio Giorgieff y el propio Daniel. Los cuatro niños fueron encerrados en una pieza de la que escaparon horas después. En la entrada del edificio pidieron ayuda a un vecino, quien llamó a la Policía. Así fue cómo terminaron en el Hospital de Niños y fueron recuperados por sus familiares, después de que vieran fotos de los chicos publicada en un diario. En aquella época, los secuestros, las desapariciones y los fusilamientos de militantes solían aparecer con el eufemismo de “enfrentamientos con la guerrilla” en el marco de “la lucha antisubversiva”. 

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El PCML, de influencia maoísta y creado en 1973 como parte de la ruptura del Partido Comunista, sufrió la caída de sus grandes cuadros tras la puesta en marcha del “Operativo Escoba” ejecutado a lo largo del país en el ’ 77, que aniquiló las regionales de Mendoza, Córdoba, Santa Fe, Misiones y Mar del Plata.

Daniel Inama, de 25 años, fue uno de los blancos de la región bonaerense en la que cayeron más de 200 militantes. Ese año la organización fue desmembrada por completo.

“No quiero que me atrapen los milicos, prefiero morir”, había dicho Daniel antes de su secuestro. El 5 de noviembre de 1977 fue llevado hacia el centro clandestino “Club Atlético”, donde sus compañeros de prisión lo notaron flaco y enfermo.

Una tarde su exmujer, Dora Barboza, recibió una llamada en la casa donde trabajaba como empleada doméstica.

Una voz amenazante habló desde el otro lado:

-Daniel está enfermo, tiene hepatitis. Tené cuidado porque te podés contagiar.

Presa del pánico, Dora se lo comentó tímidamente a sus empleadores. Al poco tiempo, fue despedida.

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El “Club Atlético” estaba sobre la Avenida Paseo Colón al 1266, en el barrio de San Telmo. El chupadero, a cargo de la Policía Federal, formaba parte de un circuito llamado “ABO” junto a otros centros clandestinos como “El Banco” y “El Olimpo”. Las denuncias judiciales por el secuestro y desaparición de Daniel fueron desestimadas por la fiscalía en la “Causa ABO II”. En la actualidad, su hijo Ramón intenta que ingresen en la “Causa ABO III”.

Hasta el momento, nunca se pudo confirmar si Noemí Macedo, de 22 años, exnovia de Daniel, estaba junto a él en el departamento donde fue secuestrado. Su rastro se perdió y aún continúa desaparecida. Estaba embarazada. Ramón y Paula no tienen noticias del paradero de su hermano, quien probablemente haya nacido en cautiverio.

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Edelvis lo vivió en carne propia: vio a Daniel y a Noemí salir juntos de un departamento sobre la avenida Colón de Mar del Plata. “Si hubiese tenido un lugar cerca me tiraba de un quinto piso a la mitad del mar. Porque una cosa era saberlo, y otra verlo. Eso fue muy duro”, dice ahora, a los 64 años, vestida con campera deportiva y jean. Pasaron 40 años de aquel episodio y todavía lo evoca con cierta amargura.

La verdad, en efecto, fue aún más dolorosa: Daniel y Noemí estaban esperando un bebé, que nacería a principios del ’78.

Años después, Edelvis conoció a Oscar Tartaglini, con quien tendría dos hijas, y así lograría “reconciliarse con la vida después de tanto dolor”. Eso sucedería casi una década más tarde.

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Paula tenía sólo dos años y medio al momento del secuestro de su padre. Y no lo recuerda. Ramón tenía seis y se acuerda de un paseo en el Torino. También que un día le compró un avión de juguete. Otras veces, a Ramón lo despertaban en las visitas fugaces que su padre solía hacer de madrugada.

A Paula sus familiares le contaron que su papá era una persona alegre y querida, que hacía asados y que en los carnavales se divertía mojando a los vecinos.

Paula y Ramón nunca vivieron bajo el mismo techo y durante varios años no tuvieron un vínculo estable.

Paula nació el 31 de marzo de 1975. Se crió con su mamá en el hogar de sus abuelos maternos, Arturo Librán y Nélida Tirao y vivió hasta los cinco años en el primer barrio obrero de La Plata, el de “las mil casas”, ubicado en Tolosa. Luego se mudaron a otra casa, pero su abuelo Arturo, referente ortodoxo del PCML, nunca quiso comprarla porque se resistía a ser propietario. No fue la única vez que Paula lo vio firme en sus ideales: una vez lo echaron del trabajo por su ideología y la familia pasó necesidades.

Con el paso del tiempo, la niña se convirtió en adolescente y empezó a resignificar algunos hechos. De joven, estudió Psicología, pero tuvo que abandonar la carrera por haber sido madre. “Mi viejo luchó por otro mundo, pero no lo tengo. Dejó un vacío importante”, dice Paula, junto a su madre Edelvis, en su casa de Tolosa, el barrio de infancia.

“De chica me sentía un bicho raro y tenía una relación conflictiva con mi hermano Ramón porque no era hijo de mi mamá pero sí de mi papá. Y cuando me convertí en madre mi principal temor fue que si a mí me pasaba algo, mis hijos no tendrían un recuerdo mío”, dice mientras su madre la mira en silencio.

Para Ramón la memoria del progenitor fue un rompecabezas que, al igual que su hermana, nunca terminó de reconstruir. Se educaron con la idea de que su padre había sido un buen pibe, voluntarioso, pero nadie sabía bien lo que hacía y subyacía que era responsable por lo que le había pasado. En la familia no podían entender el dolor, la pérdida. Los hermanos no se comprendieron hasta ser adultos. Hasta comprender una certeza: que Daniel Inama, su padre en común, estaba desaparecido. Y no iba a volver nunca más.

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Ramón entró a la agrupación H.I.J.O.S en el ’94. Hasta ese momento, los organismos de Derechos Humanos se referían a “los treinta mil” de manera genérica pero sin particularizar cada historia.

Allí encontró un eco común que no había podido hallar en su familia. Las asambleas ponían en primer plano los relatos de militancia de los padres y Ramón entendió la lucha apasionada de aquella generación por transformar el mundo. Pero no de una forma idílica.

Cuando comenzaron los primeros escraches de H.I.J.O.S., sintió miedo. Y se preguntó: “Si ahora tengo temor por lo que nos pueda pasar en la calle, qué habrá pasado con mi viejo cuando estaba secuestrado”. Ramón no compartía la mirada de los que creían que los militantes políticos de los ’70 habían estado arrojados a una lucha idealizada y romántica.

Ramón creía, más bien, que los que pensaban eso era porque nunca, jamás, habían sentido miedo a nada.

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En diciembre de 1977 Edelvis se exilió junto a una mujer que no conocía. Miembros del PCML las presentaron en el bar “Mapuche”, de Camino Centenario y 508, les entregaron dinero en dólares y les comunicaron que su destino sería el sur del país.

Edelvis dejó a su hija Paula con sus padres y salió de viaje. Una de las primeras paradas fue en Bahía Blanca. Allí supo que el lugar al que iba no se podía llegar por un desprendimiento de lodo. Quedó con su acompañante varada en Bahía. Edelvis recuerda que ese día, mientras estaban sentadas en el banco de una plaza, un camión estacionó en la vereda y bajaron cerca de 30 soldados. Su compañera se puso nerviosa, pero ella simuló “como si fuera un actriz”.

El nuevo destino fue Bariloche. Las dos llegaron sin ropa y con documentos de identidad que debían esconder constantemente. Una mujer que trabajaba en una casa de artículos regionales les prestó cinco pulóveres que se turnaban para usar junto a otras tres poleras que compraron en la ciudad.

Edelvis trabajó en la venta de bolsos hechos en macramé. Un día se acercó a una chocolatería y el dueño, cuando conoció su origen platense, preguntó si no eran de los que ponían bombas.

Alquilar una pieza en Bariloche era altamente costoso. Cierta mañana preguntó en el consulado de Italia si se necesitaba una empleada. Al poco tiempo, comenzó a trabajar como administrativa. Su compañera, a su vez, consiguió trabajo de partera. Ante los demás, debían inventarse una relación: por qué estaban ahí, a qué se dedicaban, cómo eran sus nombres. A la propietaria del departamento que alquilaban le dijeron que eran turistas.

Todos los días hacían una larga travesía para ir y volver del trabajo. Edelvis, para recordar a su hija, cantaba “Romance de Curro el Palmo”, de Serrat, y solía recitar unas estrofas: “Ay, mi amor, sin ti no entiendo el despertar. Ay, mi amor, sin ti mi cama es ancha”.

Los primeros días de abril de 1978 no aguantó más y volvió a La Plata. Cuando llegó a la casa de sus padres, en City Bell, su mamá la estaba esperando en la puerta. “¿Qué hiciste con tu hermana?”, le dijo, y la pregunto sonó a sentencia. Así se enteró que “Monona” había caído.

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La patota del grupo Fuerza de Tareas 6 irrumpió en la casa N° 3815 de la calle 22 de la ciudad de Necochea, en la zona costera de la Provincia de Buenos Aires, y secuestró a todos los que estaban en la casa.

Mirtha Noemí “Monona” Librán Tirao, militante del PCML, fue secuestrada el 2 de febrero de 1978 en Necochea por el Grupo de Tareas 6 junto a Patricia “Pato” Carlota Valera y María Cristina “Graciela” García Suárez,. En la casa también estaban el niño Santiago Kraiselburd y las niñas Ana Kraiselburd y Selva Victoria Bon, los primeros, hijos de Patricia, y la segunda, hija de María Cristina.

En el momento del hecho, Santiago, de cinco años, jugaba en la calle cuando vio estacionado un camión tipo “celular”, con pequeñas ventanillas y espacio para trasladar a detenidos. Cuando entró a su casa, encontró a las tres mujeres esposadas y encapuchadas en el sillón del living. A él también le taparon la cabeza y lo subieron al camión, mientras que las dos niñas fueron llevadas por otra vía al Hospital de Necochea.

“Monona” fue trasladada junto a sus compañeras al Centro Clandestino de Detención Base Naval de Mar del Plata. Las tres mujeres estuvieron juntas hasta que comenzó el Mundial de Fútbol, tiempo en que Patricia y María Cristina fueron trasladadas al Centro Clandestino de Detención La Cacha, en la ciudad de La Plata. A partir de ahí, el rastro de “Monona” se perdió de una vez y para siempre.

Por su secuestro y desaparición, y por el de otros y otras militantes del PCML, fueron condenados varios militares entre 2013 y 2015: el ex coronel Aldo Carlos Máspero, ex Jefe de la subzona militar 15; el ex capitán de navío Raúl A. Marino, comandante de la Base Naval de Mar del Plata, el ex capitán de navío Mario José Osvaldo Forbice, y Roberto Luis Pertusio, ex capitán de fragata y jefe de la Fuerza de Submarinos asentados en la Base Naval Mar del Plata.

Edelvis recuerda a “Monona” como una mujer con fuertes convicciones y de generosa sencillez. “Ella aprendía a hacer una torta, hacía torta para todos; aprendía a tejer, tejía para todos; era modista, cocía para los demás”, dice mientras en uno de sus brazos asoma un tatuaje de “Monona”.

-Recuerdo bien la fecha. Nosotras nos despedimos el 11 de diciembre del 77. Hay momentos en los que me parece que fue hace diez minutos

Habían entrado a militar juntas al PCML, donde participaron de formaciones teóricas y un viaje a Rosario, al sexto congreso del Frente Antiimperialista y por el Socialismo. En esa ciudad fue donde Edelvis conoció a Daniel. “Monona” era la mayor de las dos mujeres y el grupo de cuatro hermanos se completaba con Arnoldo y Arturito.

La desaparición de “Monona” significó un ligero olvido, triste y final. “Ella estaba dentro mío, de mis padres. Y en ningún lado quedó una foto ni una anécdota. Cuando se muere alguien, una va al velatorio, o no, pero hay un cajón, cementerio, tierra, flores, tumba, punto: se cerró el círculo. A nosotros no, el círculo sigue sin cerrar”.

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Luego de refugiarse en el silencio, y sin aún haber declarado en ningún juicio de lesa humanidad, Edelvis se propuso escribir hace unos años una especie de diario personal para entender su historia. La suya y la de su hermana. La de Daniel, la de su familia. Con las palabras comprobó que, con el paso del tiempo, los recuerdos no se olvidaran. Y se transforman en acontecimientos del presente. Como cuando, sus sobrinas llevaron la fotografía de “Monona” en lo alto de la marcha del 40 aniversario del golpe genocida en la Plaza de Mayo. Aquella tarde Edelvis no pudo estar, pero ellas juntaron sus fuerzas y gritaron: “Mirtha “Monona” Librán, presente. ¡Ahora, y siempre!”.

 

 

*Esta crónica fue producida en el marco del Seminario de Grado “Contar el horror: las nuevas narrativas de la memoria”, dictado por los profesores y periodistas Laureano Barrera y Juan Manuel Mannarino durante el último cuatrimestre de 2016 en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata. El seminario se inscribe dentro del Taller de Producción Gráfica I, Cátedra II.

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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