Las masacres de José León Suárez en la camiseta del pueblo

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El homenaje será emotivo este 9 de junio cuando se conmemoren los sesenta años de los fusilamientos retratados por Rodolfo Walsh en Operación Masacre. Muy cerca de ese lugar, en 2011, la Policía Bonaerense fusiló a Mauricio Ramos y Franco Almirón por defender un tren de autopartes que había descarrilado. Joaquín Romero resistió los disparos igual que Carlos Livraga, el único sobreviviente del ‘56 que se atrevió a buscar Justicia. La camiseta que diseñó el Club Central de Ballester en honor a los fusilados abrió las puertas para una relectura de las dos masacres de José León Suárez.

La historia de Livraga llegó a oídos de Walsh en el club de ajedrez de La Plata. Fue el colectivero de la línea 10 quien dibujó los planos del lugar de la masacre y el que inició un camino para buscar justicia. Porque los fusilamientos de 1956 fueron antes de que se dictara la Ley Marcial, tal como comprueban los libros de turnos de los locutores de la radio y la memoria de los familiares de las víctimas. Y fueron tan ilegales como los de 2011 en manos de la Bonaerense.

La camiseta del Ballester une las dos masacres, igual que el relato de Livraga, Romero y los familiares de los fusilados. Algunas de las víctimas del 56 eran militantes, otros sólo se juntaron a escuchar una pelea de box. Unos pocos sabían que el objetivo era escuchar la proclama que daría instrucciones sobre cómo apoyar el levantamiento contra el gobierno de Pedro Eugenio Aramburu, máximo responsable de la proscripción del peronismo desde el año anterior.

Los de 2011 eran pibes que iban a la quema del CEAMSE a buscar algo para vender o para comer. A la vera del Río Reconquista, los barrios crecieron a partir de la toma de terrenos arriba del relleno sanitario. Son muchos los que viven de la basura. Entre el barrio y el basural están las vías, y aquel 3 de febrero descarrilaron dos vagones de un tren de cargas que llevaban autopartes. La represión fue brutal, con escenas dignas de una cacería.

Sangre peronista

María Eva Carranza tenía seis años cuando una vecina le contó a su mamá que había escuchado el nombre de Nicolás Carranza por la radio: estaba en el listado de fusilados por la  autodenominada Revolución Libertadora. Carranza era el ferroviario más comprometido y estaba prófugo. Fue el protagonista del primer capítulo de Operación Masacre, el libro que volvió peronista a Walsh.  

Cuando María Eva creció también militó en el peronismo y llegó a ser concejal de San Isidro. Ella es la segunda hija de Nicolás, después de Elena -que falleció el año pasado-. Tal como cuenta Walsh, Elena fue detenida en Frías, en Santiago del Estero a los 11 años. La interrogaron sola en la comisaría durante cuatro horas. Hasta su muerte, Elena militó en San Martín, y en el último tramo de su vida estuvo en contacto con organismos de Derechos Humanos. Su hijo Christian, nieto de Nicolás, es parte de la Corriente Peronista Descamisados, que el año pasado inauguró el local “Compañera Elena Carranza”.

María Eva siempre tuvo una militancia político-gremial en San Isidro, fue trabajadora municipal y concejal por el Frepaso entre 2001 y 2005. Cuando habla de Nicolás cuenta que se acuerda “de todo”, que andaba “pegada a su papá”, y que los psicólogos -con los que interactuó por su labor política, porque nunca se analizó- le confirmaron que suele ser así: los sucesos importantes quedan grabados en la memoria de muchos chicos.

“Mi madre quedó a cargo de nosotros seis. Alguien le consiguió entrar a trabajar en el ferrocarril. No era militante y nunca se reunió con nadie que le ayudara a pensar que había que hacer juicio porque los fusilaron antes de que saliera la ley marcial”, cuenta María Eva. Antes de morir, su hermana Elena tuvo conversaciones con organismos de Derechos Humanos para calificar a los fusilamientos como crimen de lesa humanidad, que no prescribe con el paso de los años.

“Elena y yo éramos chicas, empezamos a andar con mi mamá. Íbamos cuando se empezaron a organizar los homenajes en José L. Suárez. Éramos poquitos. Cuando aparecían ‘estos con los caballos’ (la policía montada) nos íbamos. No podíamos hacer otra cosa. En ese momento trabajábamos también con (Norberto) Gavino, uno de los que se había salvado”, cuenta a Cosecha Roja.

Según ella, el grupo estaba liderado por Gavino (un hombre atlético de unos 40 años a quien Walsh describe como “propenso a la jactancia”), Carranza (ferroviario, el amigo preferido de chicos propios y ajenos) y Carlos Lisazo junto con “algún que otro jovencito de la JP que le gustaba la política”. Se juntaban hasta que vino la represión del 55. “Entonces ya no se podía, pero buscaban determinados lugares para reunirse”.

Después de la masacre, Nicolás visitaba a sus hijos a escondidas a la noche. A veces se enteraban de él por otras personas. La vida era “año a año” porque “cuando estaba Perón era Perón, pero después había que ver con quién seguía uno”.

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Comisión de homenaje

Alicia es la hija de Vicente Rodríguez -uno de los fusilados- todavía vive en la tercera casa de Florida, cerca del tren Belgrano, donde la Libertadora castigó el intento de levantamiento del General Juan José Valle y buscó a Raúl Tanco, el segundo al mando. Hoy ya no alquila: Alicia pudo comprarla. Al momento de la masacre ella era una niña pero se acuerda “de todo” lo que pasó cuando se llevaron a su papá.

Alicia está junto a Berta Carranza, que cuando pasó todo tenía dos años y con Julia de 40 días eran las menores de los 6 hermanos. Alicia y Berta Carranza son parte de la Comisión de Homenaje, que se hará presente en este 60ª aniversario, como siempre. Llegaron juntas y se sentaron una al lado de la otra en la reunión que se organizó cuando el diputado Leonardo Grosso presentó el proyecto para declarar de interés de la Honorable Cámara de Diputados del Congreso de la Nación la camiseta del club Central de Ballester que homenajea a los caídos en 2011 y 1956, a la vera de los basurales que ahora son del CEAMSE.  

– Recuerdo todo. Mi papá trabajaba en el SUPA, en puertos – cuenta Alicia. Cumplió 11 años el 22 de junio, trece días después de la muerte de su papá.

– Mi papá y Francisco Garibotti eran ferroviarios. Mi papá es el que se le escapó a la policía en el tren y estuvo prófugo –, se presenta Berta, dando por descontada la lectura previa del libro de Walsh.

Quienes estaban en la casa de Florida escuchando la pelea por el título sudamericano entre Eduardo Lausse y el chileno Humberto Loayza, ya estaban detenidos cuando se enteraron del fracaso de los alzamientos militares con Aramburu. Esa noche nadie leyó la proclama de Juan José Valle (fusilado el 12 de junio) y Raúl Tanco (que obtuvo asilo en la embajada de Haití y se exilió en Venezuela), que estaba prevista para las 23.

– La pelea de boxeo era una excusa. Mi papá tenía 35 años y lo llevó a Livraga, que era 15 años menor. Le dijo ‘vamos a escuchar la pelea’–, explica Alicia.

– Iban a escuchar la proclama. En Avellaneda estaban tratando de arreglar una antena donde iban a largar la proclama contra la fusiladora–, se mete Berta.

Allí habían escrito que el país vivía “una cruda y despiadada tiranía” que excluía de la vida cívica a la “fuerza mayoritaria”. Denunciaban la persecución, el totalitarismo y la abolición de la Constitución para liquidar el artículo 40, que impedía la entrega “al capitalismo internacional de los servicios públicos y las riquezas naturales”. Walsh lo consideró un texto “profético”. Valle y los suyos pretendían llamar a elecciones en un plazo no mayor a 180 días.  Entre el comienzo de las operaciones del alzamiento y la reducción del último foco transcurrieron 12 horas. En La Plata el combate se extendió durante toda la noche.

Alicia Rodríguez era muy chica para entender las consecuencias de las disputas políticas. “Después lo viví todo eso”, dice en un suspiro. Su mamá -que falleció hace tres años- tenía 27, su papá 35 y ella era la mayor de tres.

– ¿Tu mamá militaba?

– Mi mamá ni militancia, ni que abriéramos la boca. Nos decía que nos iban a matar a todos-, contesta entre risas.

–¿Cómo relacionan los hechos del pasado con la violencia institucional de hoy?

– No es lo mismo, pero el gatillo fácil, como en la Masacre de Carcova, es un punto de encuentro. Siempre matan a los de este lado, a los trabajadores– dice Berta.

– Hay que seguir peleando. Después de todo lo que viví, pienso que la justicia es la injusticia– agrega Alicia.

– Hoy en día los que nos están gobernando son todos empresarios –, remarca Berta, porque sienta que hay una relación entre anti peronistas y represión –No saben del dolor de panza que tenés cuando tenés hambre.

– No, no saben– , asiente Alicia.

Carcova, presente

La idea del Club Central de Ballester fue hacer una camiseta con los dos fusilamientos, para que los pibes pregunten, sepan y recuerden. El club atraviesa una crisis, pero ante las dificultades conformó una comisión normalizadora con mucha iniciativa. Ezequiel Rodríguez, encargado de prensa, diseñador gráfico y autor de la idea de la camiseta, contó a Cosecha Roja que el Club tuvo su cancha en Carcova y la perdió por “la necesidad” del barrio. “Se loteó y se ocupó. El que era el presidente en 1996 aprovechó que la gente estaba en otra. Y desde entonces el club es nómade, sin sede, sin bar para que los viejos se junten a jugar al tute cabrero. Para nosotros, cumplir el rol social es imposible, por eso la camiseta. Para que los pibes la vean, pregunten qué es y se enteren lo que pasó, y lo que está pasando”, dijo.   

Joaquín Romero sobrevivió a la Masacre de Carcova, del 3 de febrero de 2011, cuando tenía 19 años. Le gusta la iniciativa de la camiseta, lo hace sentir “bien, apoyado”. Con los años fue recuperando la sonrisa, pero se sigue poniendo nervioso cuando piensa en el segundo juicio: la Cámara de Casación Bonaerense ordenó rever la absolución que le otorgó el TOC 2 al policía motorizado Gustavo Rey, presunto autor de los disparos que terminaron con la vida de Mauricio Ramos y Franco Almirón. Rey recuperó su libertad por “el beneficio de la duda” y por contar con un gran abogado privado.

Casación también ordenó que se haga una audiencia con todas las partes para que se agrave la pena que recibió en la primera instancia el instructor de tiro Gustavo Vega, quien disparó contra Joaquín. “Se me apareció entre los pastos y me dijo, ‘¡Corré!’”, contó en el juicio. Después sintió el ruido metálico de las balas y el ardor en la espalda. La condena que Vega recibió por tentativa de homicidio -a poco más de 7 años- no consideraba que fuera un agravante su investidura de funcionario público.  

La nena más chiquita de Joaquín, mira todo desde los brazos de Karen, su mamá. Se llama Hanna Esperanza, y le hace honor a su nombre cada vez que festeja los chistes de su hermano dos años más grande. La vocera de la familia es la tía, Doris Gallardo. La mamá de Joaquín le pidió ayuda su hermana porque ya tenía “experiencia” en la lucha por la escuela del barrio, la Nº 51.

“Tenemos que luchar todos juntos para que esto no se olvide nunca. Sobre todo ahora que Macri nos quiere eliminar. La clase media se va a venir a la clase baja y la clase baja va a desaparecer, al paso que vamos”, dice. Justo el 3 de febrero último, cuando se cumplieron los 5 años del día en que fusilaron a los pibes, se quedó sin trabajo como operaria. “Tengo un hijo con capacidades diferentes y una hija que estudia medicina en la Universidad de La Matanza”. Los logros de sus hijos los cuenta como propios, lo consiguió como madre, ella sola.

Basura, sangre y lucha

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El diputado Leonardo Grosso es de San Martín e impulsa la Campaña Nacional contra la Violencia Institucional. Abre la reunión con familiares de víctimas y autoridades, días antes del 60º aniversario de la Masacre de los Basurales. “Acá también están Dolly Demonty y Miriam Medina, que son mamás de Ezequiel Demonty y Sebastián Bordón -asesinados por policías-, que son ejemplo de esa lucha, esa consecuencia y esa militancia que los familiares empiezan a construir para conquistar Justicia, que siempre es muy difícil y más cuando los que mueren son trabajadores: en una caso peronistas, en otro caso pibes del barrio, pero siempre de sectores populares”.

También participa de la reunión el diputado Remo Carlotto, hijo de la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, quien asiente respecto del largo camino, y cuenta que buscando explicaciones a la persecución y las pérdidas en su familia, en su búsqueda militante, se sintió entrelazado con aquellas 300 familias que fueron víctimas fatales de los bombardeos a Plaza de Mayo en 1955.

– Si como país no tenemos Memoria vamos a errar mil veces, como pasa, como está pasando-, responde por impulso Alicia, la hija de Vicente Rodríguez.

También están presentes algunos chicos de la escuela Rodolfo Walsh y la Comisión de Memoria, Verdad y Justicia de Zona Norte. El intendente Gabriel Katopodis dijo: “cada 9 de junio va a seguir siendo para toda la militancia un lugar de encuentro, de resistencia. Nosotros recuperamos este distrito para el peronismo y ahora nos toca trabajar para que podamos volver a ser gobierno a nivel nacional, y para que los sueños las banderas y las ilusiones de esos compañeros que dieron la vida estén vigentes”.

Fotos: Facundo Nívolo

Vanina Pasik
Vanina Pasik

Periodista. Integrante de la Campaña Nacional contra la Violencia Institucional.

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